Manlleu, Cataluña, 1967. Su novela más reciente es Confeti (Anagrama, 2024), ganadora de los premios Sant Jordi y Setè Cel.
Traducción del catalán del autor
Existe un pueblo en el norte de Bélgica, a medio camino entre Brujas y Amberes, donde una joven catalana que se llama Mar es una celebridad. Sólo estuvo allí una vez en su vida, durante una semana, pero si algún día regresara es probable que la gente la detuviera por la calle para pedirle autógrafos. ¿Por qué? Pues porque su rostro sonriente apareció en la portada del semanario local y su retrato cuelga en una de las salas del ayuntamiento. Hace unos años, en ese pueblo insignificante donde nunca pasaba nada, nuestra protagonista ganó el campeonato europeo de rompecabezas, en la categoría individual.
En la gran final, Mar se impuso a los otros 9 jugadores completando el puzle de un paisaje tibetano, de cielos azules, montañas nevadas y con unos monjes en primer plano vestidos con túnicas de un naranja subido. Parecía un puzle elegido para poner a prueba la resistencia mental de los concursantes, pero para ella fue una forma de meditación. Cuando colocó la última pieza, dejó de sentir el peso de su cuerpo, el ruido de las respiraciones a su alrededor, el estrés de los jueces con cronómetro, y como si su mente hubiera iniciado una danza secreta con el paisaje tibetano, se sintió en paz con el universo entero.
En la entrega de premios, el presentador le preguntó cuándo había empezado aquella pasión por los puzles, y entonces, como un fogonazo provocado por la emoción y los nervios del momento, recordó una escena de cuando era pequeña, a los 10 años. Un día, dijo, jugaba a la pelota con su prima en el patio de casa y rompieron uno de los faros del coche de su padre. Lo acababa de estrenar y, temiendo la bronca que les caería, Mar recogió todos los trozos de cristal y, con mucha paciencia, reconstruyó el faro pieza por pieza, pegándolo con cola. Luego ella y su prima lo volvieron a colocar en su sitio como si nada hubiera ocurrido. La cola debía de ser de mala calidad y al día siguiente el padre encontró el faro hecho añicos junto al coche, pero se dijo que algún conductor torpe lo había roto al aparcar. Aquel fue su primer rompecabezas, recordó Mar, y el público rio con la anécdota. Después, cuando bajó del escenario con el trofeo en la mano, una señora del público le pidió que le firmara la tapa de una caja de puzle. Le hizo gracia. Ignoraba que aquello sería sólo el principio.
Tras su inesperado triunfo europeo, Mar fue invitada a participar en el campeonato mundial que se celebraba en Tokio. Ella dudaba si ir, porque la salud de su padre, que sufría de problemas cardíacos, se había agravado y el pronóstico no era bueno, pero él la animó.
—Hazlo por mí —le dijo con un tono irónicamente dramático, como de película de Hollywood—, ¡gana por mí!
Ella sonrió, aunque en el fondo sabía que no era una broma, o sí lo era, pero al mismo tiempo sus palabras contenían una pizca de esperanza. Entre ella y su padre no hacían falta frases solemnes, bastaba con el silencio al observar juntos un puzle a medio hacer. Antes de que se marchara de viaje, casi como un amuleto, él le regaló una libreta pequeña donde había ido anotando, en secreto, todos los puzles que habían hecho juntos desde que ella era una niña. Estaba ese del mercado italiano con un puesto de frutas, que le hizo descubrir que su padre sabía distinguir mangos de papayas, o aquel otro de un velero de 3 mástiles en medio de una tormenta, tan endiablado, y que terminaron durante una gripe compartida, entre pañuelos y tazones de caldo.
En el campeonato mundial de Tokio, Mar fue avanzando en las eliminatorias con facilidad, para sorpresa de sí misma, y en la gran final se enfrentó a Kenji Murakami, un primo lejano del gran escritor que, cuando colocaba las piezas, parecía tener 8 dedos en cada mano. Esa vez Mar no ganó por muy poco, sólo 3 segundos, y quedó en segundo lugar. La Pieza de Plata. Ambos habían completado a gran velocidad las 500 piezas de un cielo cubierto de nubes idénticas, pero en el último momento ella dudó y se equivocó al encajar una. Fue sólo un segundo de incertidumbre, pero ese segundo hizo temblar su mano y alteró el orden de lo que había sido un ritmo perfecto. Kenji Murakami la felicitó con una reverencia sincera, y ella le devolvió el gesto con cierto torpor porque su corazón seguía acelerado.
Tras aquel frenesí, Mar volvió a casa con una extraña sensación de descanso. Ya tenía suficiente, no quería competir más, aquello sólo era un juego. Su padre, cuya salud había empeorado, la recibió con una sonrisa cansada y, cuando oyó que ella quería dejarlo todo, la comprendió y le hizo una propuesta:
—Hagamos uno juntos, anda. Que sea el último.
Ella escogió un rompecabezas fácil, de 200 piezas: un coche rojo aparcado frente a una casa de campo, con un perro de lanas durmiendo en el porche. Lo empezaron un domingo por la mañana. La luz que entraba por la ventana hacía brillar las piezas como si fueran trocitos de un cristal encantado. Como su padre se cansaba con facilidad, lo iban completando en silencio, como a los dos les gustaba, compartiendo cafés y miradas de complicidad. Les bastaba con estar juntos.
Cuando llegaron al final y sólo les faltaba una pieza —uno de los faros del coche, qué casualidad—, se dieron cuenta de que no estaba en la caja. La buscaron por todas partes. Levantaron la alfombra, vaciaron la bolsa de la aspiradora, hurgaron entre los cojines del sofá, pero nada. El padre sonrió ante aquel contratiempo, y decidieron dejar el puzle incompleto, quién sabe si esperando alguna señal.
—Quizá la ha cogido el perro de la foto —dijo él.
—El perro —sonrió ella.
—Sí, tiene cara de pillo.
Dejaron el rompecabezas allí, con la pieza ausente, como si se tratara una broma privada. Una noche, pocos días después, el padre murió mientras dormía. Los de la funeraria se lo llevaron al tanatorio y luego vino todo aquello que se hace en estas ocasiones. Pasados unos días, con la tristeza que rebosaba en sus ojos, Mar decidió poner orden en la habitación de su padre. Ya era hora. Entonces, cuando cogió su pijama, notó algo en el bolsillo del pecho. Sin mirar dentro, sopló palpando aquella forma, supo que era la pieza que faltaba.

2025
Pastel sobre papel
95 × 70 cm