Guadalajara, Jalisco, 1973. Es autora de Cien voces de Iberoamérica. FIL Guadalajara 35 años (con fotografías de Maj Lindström, Universidad de Guadalajara, 2021).
La maestra Margarita tuvo la culpa. Mi vida sería otra si ella me hubiera enseñado el sentido profundo que les atribuyen a las matemáticas, si una mañana de esas terribles de principios de los años 80 nos hubiera dicho a los del salón: «Hoy vamos a aprender cómo funciona el universo a través de los números», o algo incluso más cursi.
Pero no.
En vez de eso, la maestra Margarita, la de segundo, tercero y cuarto de primaria nos obligaba a escribir, con tinta azul, la fórmula y, con tinta roja el resultado: 2 planas de la tabla del 2, 2 planas de la tabla del 3, 2 planas de la del 4… Luego, sin avisarnos nos preguntaba la tabla del 7 o la del 8, la que estuviera más difícil, y pobre del que no se la supiera. Todavía puedo oler el aliento de nicotina de la maestra Margarita, puedo ver su mano corpulenta empuñando una rama seca y pelada del colorín que estaba en uno de los jardines de la escuela, todavía puedo mirar su cara de Margarita, sus labios delgados, descoloridos, sus ojos japoneses, los cachetes hinchados de la satisfacción mientras nos agarraba a chingadazos a los más burros; porque eso era lo hacía la maestra Margarita, agarrarnos a chingadazos casi todos los días, la mayoría de las veces por culpa de las matemáticas; a los hombres con la pretina del pantalón café oscuro por abajo de las nalgas, a las mujeres con la falda del jumper café arremangada sobre las nalgas. Unos y otras de espaldas al grupo y de frente al pizarrón, los calzones expuestos, el culo fruncido de la vergüenza, el alma deseosa de que el momento pasara antes de que la conciencia hubiera contado hasta 20. Los segundos retorcidos resistiéndose a trascurrir.
Aquellas mañanas de palizas entre 1981 y 1983 para mí sólo había algo peor que la humillación; el desamor, porque aunque me pegara yo quería mucho a la maestra Margarita, y quería que ella también me quisiera a mí; sin embargo, los números se interponían entre ambas. Y ya se sabe, son infinitos.
Yo creo que desde entonces me vino ese vínculo pernicioso que tengo con las matemáticas. Yo creo que, a fuerza de varazos a nalga pelada, ante la crueldad de las 23 niñas y los 25 niños del salón que recibían sus propios varazos, me volví mala, y malísima para el cálculo, el álgebra y la trigonometría. 45 años después, la tabla del 7 me genera serias dudas, no soy capaz de resolver a lápiz operaciones con divisor de 2 dígitos, y sigo sin entender para qué sirve una raíz cuadrada.
En todo esto estoy pensando mientras un espéculo me fuerza a mantener la boca abierta aquí, en el consultorio pálido del doctor Santillán, un endodoncista de Santa Tere al que le tengo pavor.
Pienso, por ejemplo, que soy capaz de contar de uno en uno, sin perderme y, al mismo tiempo, visitar mi infancia, ahí donde están la melena oleosa de la maestra Margarita, su blusa lila de terlenka, con botones de flores amarillas, el escritorio avellano de fierro y, sobre él, una cajetilla de Raleigh y 2 caramelos para los accesos de tos hirviente que la maestra padece a veces. Todavía no lo sé; hoy voy a llegar al 1 513, y en el camino podré incluso pensar que lo que pienso es el argumento de «El perseguidor», el cuento de Cortázar inspirado en el saxofonista Charlie Parker.
Cuento siempre de 1 en 1, siempre cuando tengo miedo.
Les temo a los viajes en avión, y en un vuelo entre la Ciudad de México y Buenos Aires llegué hasta el 10 814, al tiempo que rezaba el rosario, que no debería saberme porque soy atea; me aterroriza la brutalidad, y un día que mi hijo adolescente no me contestó el teléfono llegué al 3 002; me angustian los gastos, y la otra vez, cuando la quincena se me acabó el día 13, tuve un insomnio que duró 7 500.
Ahora mismo estoy contando 39, al tiempo que me acuerdo de mis otros miedos y el uíii-uí-uíuíuuuíiu de la fresa odontológica se abre paso hacia el centro del primer molar izquierdo inferior; 63, me obligo a pensar en la palabra, no el símbolo numérico; 99; aparecen la tabla del 7, el escritorio; 214, Margarita con cara de placer, la cabrona; 301, los mosaicos tintos del piso del salón; 588, la humillación. En el 715, el primero de 3 varazos. Pienso en la distancia que hay entre un número y otro (723); no me acuerdo si también era infinita, si es posible que ahí, en el hueco entre el 1 y el 2, habiten algunos de mis recuerdos.
«¡No me mueva la lengua!», escucho, ya no distingo si la orden viene de Santillán, el endodoncista, o de la maestra Margarita, que también está aquí. «Terminamos. Escupa», indica él un poco después, mientras retira el espéculo. Escupo. De mi boca agarrotada salen una baba sanguinolenta muy deshonrosa, fragmentos de muela, la rama seca de un colorín, humillación. Y números, 1 513 unidades que Santillán finge no mirar, tal vez porque a él también lo cosieron a golpes por culpa de las multiplicaciones.