Lima, Perú, 1982. Su libro más reciente es Concierto para solo (LP5, 2025).
I
Oh tanque, res eres de lo eterno.
Hambre hay de tu granja y tu vaca.
Motor eres del tiempo.
Feo ano tiempo de la eterna resaca
de cuarteles que la neblina levanta
al borde de la marea.
Existe gracias a ti el obeso dolor de los huesos.
Dios eres de la plancha de metal que te viste,
y con bota sucia entra el pelotón
a matar a gallo la madrugada.
He ahí el primer motor.
El que mueve todo detrás de la sombra.
Tu lanzallamas achicharra la muñeca
del niño y derrite diminuta
la mejilla de su llanto.
Adentro dirige el motor la trampa del pobre:
¡NO MATARÁS!
Y ya ha dado el teniente a patadas
la orden de misilear los muros del mar.
Eres el motor de todo lo que
existe, arrastrando la muerte
en su diarrea. Antes de ti no
hubo nada; después de ti tampoco lo habrá.
Profundo es el hoyo de tu arrebato.
Larga la zanja que partes.
Terror produce tu dedo acusador.
Te llamo dios porque pesas
lo mismo que el idiota.
II
Causa la mosca tu mano.
Viene diminuta arquitectura infinita a
posarse en el cagadero de los
portales coloniales.
No la espantes con tu mano blanca.
Pura es tu intención de acribillarla, pero
no te has dado cuenta aún
de que su fin supremo es rodear
el cráneo del mundo sensible.
Y la tosca y peluda patita del bicho
confirma clamorosamente qué
hórrida ha sido la matanza del gobernante,
aliándose con su pariente para confabular
los designios del cadáver, y luego abrirse paso
entre las gentes con su desfile nonagenario
de bombo y casquillo, besando
la mano azul del santo padre.
Es ella la causa primera.
Su halo fúnebre anuncia
el final. Con ella llega la
parca a sentarse en su silla para mirar,
desde el vitral triangular de su confesionario,
qué pálida y húmeda está ahora la aldea
del lobo, qué roja es su lengua humana,
qué alunado es el pelambre de su menguante
degollador. Y ahí va
la mosca eficiente a meter la trompetita
en la perforación podrida de la herida, y sus
hermanas dípteras revolotean
incansables sobre el corazón
que golpea todavía el pecho torcido
del otoño.
III
La rata es necesaria.
Para que caiga la noche es ella la que
abre la tierra.
Su músculo calienta el asfalto de mi
sueño, pero no es sino de día
que el sol la revela blanca cual nube,
en el cerco campo minado donde
corren los ríos de la ruina.
Que no se entere el mar que sólo
hay una luna. Que no se entere
la rata tampoco que su misión es diezmar
las almas que dormitan de pie en los grandes hangares
de la ira. Arañando la garrita la suave
tela de las ansias, roe su cabeza
la cabeza enana de la muerte.
La necesitamos.
Aunque la despreciemos por vil y
escondida, su abundancia es la
riqueza de la muerte en elegir, de entre la
plebe, al rey miserable.
Sin ella caería la lluvia sólo en peceras,
o el amor sobre la arena sería sólo
un corazón sobre la zarza, y la flor del
amante una pinza gris arañando el viento.
Si nos faltara, el beso sería escama,
anillo de plomo el dedo orillándose
a la cama con su puño peludo de
pólvora y diamante.
La rata es la criatura que ama,
mientras el adulto mata con las manos
la primavera de todas las playas.
IV
Ha de haber un ser máximo, uno
que, desde la gloriosa naturaleza que exuda
la tierra, haga la fauna y la flora perfecta
a los sentidos, armónica, hermosa, formidable.
Ese ser máximo ha de habitar los
esponjosos nubarrones del firmamento.
Desde donde mira la creación inaudita
y rige con puño de hierro los designios
de los pueblos que sus dedos
crearon laboriosamente al principio de la guerra.
Máximo, magnánimo, magnífico.
Ser en el peldaño más alto de la luz.
Poderoso estructurador del universo, capaz
de ser padre y castigador, batallón y
terciopelo, asesino y abastecedor.
Un ente operador, máximo jefe
de la fuerza bestia del orbe.
Pero resulta que es tan sólo un parásito
carcomiendo la sien,
devorando la materia gris de la espesa lluvia
que nos llena la boca de arena.
V
Conoce el bruto la caries de tu
boca, con el colorete seco
que pinta tu puño de cesárea.
El diente de tu mordedura,
perro detrás de la bala, famélico
hocico de la noche.
Conoce la palma con que abofeteas
la calma agreste de la playa,
despertando eriaza al abrazo de la garúa.
La cabeza peluda
sermoneando contra muros,
contra casas sin luz donde la noche apolilla.
Conoce tu voz en los parlantes
de la plaza, pétreas esquinas
de aldea donde un campanario no endereza el cristal de la luna.
Sabe a dónde va tu coche, arreado
por cadáveres, cuando da la hora la tumba
y ningún niño cruza la calle.
Conoce el tintineo de la joya, pues
no hay otro ruido inaudito que el de la baba
de la condecoración.
A qué hora comes, pues sobre la mesa se posa
el moscardón de la tripa de la mujer que parió
sola un sol entre cobardes.
Dónde está la silla, la mesa;
dónde la foto protocolar, el retrato propio poniendo
la mano en el pecho de la fosa.
Dónde yace la espada de tu cinturón: no
hace mucho que se desenvainó pues chorrea aún
la sangre de la noche.
Cómo se apoya tu bastón, bajo qué
horrendo crucifijo, pues su cristo es más feo que occiso
en fiesta patronal de precipicio.
Sabe dónde cachas, dónde se te va la mano
con la muchacha y dónde orinas extasiado
junto al tieso manzano del invierno.
Conoce tu cama, donde pones
la cabeza en la almohada blanca hecha de plumas,
porque volar te gusta como caza sobre el sueño del obrero.
Conoce el bruto que ignoras
que el viento llena aún de brisa el hedor
de tu fama sobre los pastos curvados de la noria.
Ahí va la yegua siglos dando
la vuelta al tiempo, y tu santo
galón de puerco se sienta a la mesa
a beber el vino de los muertos, con
copa de hueso y gala de carroña.
Pero ya vendrá la ceniza a talquear
la arruga verrugosa de tu farra, y
el bruto no será bruto nunca más.
El siguiente dibujo fue hecho por
el autor a base de lápiz y lapiceros
sobre papel de cuaderno. Abre
una colección inédita de poemas,
titulada Suma contra seniles, a la
que pertenece «Las 5 vías»
