Juana de Arco en la hoguera

Gonzalo Calcedo

(Palencia, 1961). Su libro más reciente es Como ánades (Menoscuarto, 2021).

Iban a pasar la Navidad al pie de las montañas, en una cabaña alquilada. A tan poca altitud la nieve no sería un problema, sólo una parte más del atrezo navideño: hasta encontrarían un abeto recién cortado, «cortesía» de los caseros. La precisión sobre la altura iba dirigida a Berta, cuyo interés por el viaje decaía por minutos. Para demostrarlo, llevaba días encerrada en su cuarto pintado de negro y plata. La montaña no era un destino precisamente barato, pregonaban los encantados adultos. Como si acarrear leña, pasar frío y sufrir la soledad de Amundsen fuesen actividades deliciosas por las que pagar un dineral. Una extravagancia para ciudadanos aburridos de los poliédricos centros comerciales. Berta prefería ser desollada viva antes que ir.

Por el contrario, su hermanastro Marco —el padre de Berta había vuelto a casarse tras el fallecimiento de la madre de ella por una intratable sepsis— cosechó todo el entusiasmo que le faltaba a la insurrecta; incluso obtuvo permiso para esgrimir un dentado cuchillo de monte. Se pasaba el día tendiendo cuerdas de escalada de un extremo del dúplex que abandonarían en escasos días. Susan, la madrastra de Berta, intentaba no mostrar sus preferencias. Era exageradamente social, pero le apetecía aquella escapada, contemplar los atardeceres con una copa de vino en el regazo y dar de comer a las gallinas.

—Las gallinas no están incluidas en el billete —sentenció Berta durante el último desayuno en casa, mientras dibujaba una acuarela de mermelada en el platillo—. Son un extra.

—¿Quién quiere otra tostada? —Susan (la repelente Susan) practicaba la diplomacia como un avezado embajador.

—¿Puedo usar mi cuchillo de monte para la mantequilla? —tanteó Marco.

—Mejor córtate un dedo. —El puntapié de Berta hizo retemblar la mesa.

Se equivocaba. Había gallinas dichosas y blancas como gaviotas en el folleto de las cabañas. Y alguna cabra amansada. Una fauna que se sumaba a la promesa de una paz infinita: paseos a caballo y ventanitas de cuento con vistas a las cumbres rosadas.

La pelea se reprodujo cuando partieron en el Volvo familiar. El jefe de la expedición la interrumpió dando una palmada al salpicadero. Miró a su hija con gravedad a través del retrovisor. Ni siquiera lo había intentado. Dijeron adiós a la ciudad entre simulados suspiros de añoranza —qué iba a ser de sus vidas sin la moqueta comprada en Godiva’s— y tomaron la autopista norte. En el fondo no era un gran viaje. Tenían el privilegio de disponer de montañas al alcance de la mano y hacia allí se dirigían. Los coches que iban quedando atrás parecían comparsas, figurantes sin línea de diálogo. Antes de coserse con seda dental los labios heredados de su madre, Berta vaticinó:

—Nos encontrarán congelados en primavera.

Al llegar vieron seis cabañas diseminadas a lo largo de una suave ladera. Su disposición trataba de ser casual, fruto del espíritu pionero. El conjunto evitaba parecer una milimétrica urbanización al uso, de manera que no se distinguían parterres ni senderos. Aunque probablemente, dedujo Berta, la hierba creciera menos tupida allí donde la desesperación había conducido a sus despavoridos ocupantes a relacionarse entre sí. Se apeó rabiosa y contó los coches aparcados, dos de momento. Un despistado BMW de ejecutivo bancario y un Range Rover blanco con esquíes en la vaca. Idiotas igual de engañados que su padre y Susan. No eran muertos de hambre, por supuesto.

—Tocamos a dos bultos por cabeza —anunció su padre organizando el desembarco.

Berta puso los ojos en blanco en aquel momento. Ella no era ninguna porteadora y esgrimió su delicada escoliosis infantil —en parte corregida— para desentenderse del asunto.

Haraganeó. Apenas cargó bultos menores hasta el porche donde los demás esperaban. Su padre acertó por fin con la llave —el medieval manojo no daba facilidades— y el interior de la cabaña se desplegó leñoso ante sus ojos. Olía a cera. Fue como entrar en la gruta de los horrores del taxidermista feroz. El techo era muy alto y no se distinguían habitaciones separadas por puertas.

—¿Vamos a dormir todos juntos? —Berta se asustó.

—Es una cabaña, cariño. Y tenemos un altillo. —Susan se acercó a los fogones—. Estaremos juntos todo el tiempo. Charlaremos. Cantaremos.

Susan debía haber ido a campamentos de pequeña y la huella que habían dejado en su corazoncito de exploradora pugnaba por atravesar la silicona de sus pechos. Berta le preguntó si pensaba bañarse desnuda en el manantial.

—Más que nada es para anunciarlo por ahí y que haya espectadores.

En vez de enfrentarse, Susan se despachó con una sonrisa.

—El agua debe estar helada. No creo que lo haga.

—Los baños fríos reafirman los tejidos —contraatacó Berta.

—Vamos a quemar algo. —Marco se puso a afilar la hoja de su cuchillo contra el canto metálico del fogón.

—Eres un peligro, listillo —le dijo su hermanastra.

—Berta… —llamó su padre al orden.

Refiriéndose a los implantes, ella le preguntó hiriente:

—¿Hay algo natural en ella, papá? ¿Hemos venido aquí para descubrirlo?

El silencio de todos hizo pensar a Berta que estaba encerrada en un gran arcón de madera del que sólo podría sacarla un conjuro cifrado siglos atrás. Aquella maldición no era moco de pavo.

—Me importa un comino —zanjó antes de obtener respuesta—. Voy a echar un vistazo al altillo.

Con sólo asomar la cabeza descubrió el infierno.

—Catres… Y sólo hay cortinas para separarlos. ¿Qué película de terror es ésta?

A Marco le encantaron con su aire militar. Susan aventuró que podían juntar dos para los adultos, así dejarían más sitio para los chicos.

—Necesito tomar el aire —anunció Berta—. No me esperéis para la cena. Y bajó la escalerilla dispuesta a regresar andando a la ciudad.

Lejos del capricho de las cabañas, carretera abajo, tuvo frío. Un par de coches la habían adelantado guiñándole sus alicaídos faros. La gente de por allí debía llevarlos encendidos por costumbre, aunque fuese de día. Imaginó a los lugareños como topos. Albinos muy raros. Había amanecido hacía horas, aunque no había nada reconfortante en aquella puesta de largo del sol. Demasiadas nubes. Los riscos rosados no emitían fulgor alguno. Berta se sentó en un apeadero improvisado con troncos toscamente serrados, el techo era una lona de remolque sujeta con cordeles y piedras como plomadas. Parecía un puesto ambulante. Prendió un cigarrillo; la mitad de su neceser de viaje —el intocable— era tabaco rubio. Pall Mall sobre todo. Consumado el requisamiento previo a la partida, el paquete de ahora formaba parte de una reserva de emergencia escondida en forros descosidos. Calculó que su padre tardaría diez minutos en aparecer con el Volvo. Un cuarto de hora a lo sumo. Charlarían tras el reencuentro. La consolaría por no haber superado la muerte de su madre y odiar a Susan, aunque Susan no la odiase a ella, muy al contrario. ¿Y qué decir del idiota de Marco? Tenía trece años y actuaba como un niño. ¿No podían disociarse, ser dos familias? Ella no quería otra madre ni un hermanito.

Lanzó el humo al vacío del vallecito. Qué lugar más horrible. ¡Cabañas! ¿No había un lugar peor dónde ir? Entonces escuchó una detonación. Seguida de otra. Su eco se propagaba intrigante, un petardeo ilocalizable. Se le erizó el vello de los antebrazos. Abajo, en la neblina, algún salvaje estaba disparando contra un pobre animal. Las patéticas cornamentas que decoraban la cabaña provenían de esa caza. Furtivos. Una tercera detonación la escalofrió entera. Esta vez había sonado cerca. Quizás por el viento, una brisilla que animaba la tiesa vegetación de la cuneta. ¿Se preguntó qué harían si no eran asesinados por caníbales y se ponía a nevar? ¿Tendrían que ser evacuados? ¿Morirían de frío? No llevaba suficiente ropa de abrigo, apenas una cazadora que se le escurría hacia arriba desnudándole la cintura.

Los disparos se prolongaron rítmicos, espaciados. Imaginó el trajín en la cabaña, al idiota de Marco cargando la leña apilada fuera. Todos estarían pensando que ella, sencillamente, había querido escaquearse y no trabajar. Deshacer los equipajes, adaptarse a la casa, requería un esfuerzo conjunto. Berta aparecería cuando el fuego ya ardiese en la chimenea y la cabaña fuera un lugar cálido. Repugnante, diría abanicando el humo. Y se pondría a toser. La idea de reunirse los cuatro junto a la chimenea de piedra labrada y asar algo crudo le provocaba arcadas.

Escuchó un motor acercándose. No era su padre; el Volvo sonaba de otra manera más civilizada. Era un todoterreno manchado de barro con la defensa delantera descolgada y ramillas enganchadas a los retrovisores; había circulado por alguna pista. Se detuvo salpicando grava de la carretera hasta sus pies. El hombre que conducía le dijo algo al acompañante. Bajó la ventanilla.

—¿No me digas que te has perdido?

—He salido de compras.

—Ya ha oído, jefe. De compras.

Eran cazadores, seguro. Vestían ropa de camuflaje, llevaban gorras de visera con publicidad de una gasolinera. Aunque a lo mejor todo el mundo vestía de esa forma por allí. Escudriñaron a Berta.

—Estás en las cabañas, supongo —dijo el conductor—. Ahora íbamos para allá a echar un vistazo. Hay días en que el suministro eléctrico falla y hay que recurrir al generador. Esos trastos a veces son diabólicos. Si estás cansada podemos llevarte.

—No estoy cansada.

—Ese calzado que llevas no es buena idea.

Berta contempló sus deportivas. Se habían ensuciado. Antes de que se diese cuenta, Susan se lo recriminaría usando un trapo húmedo para limpiarlas. Se mostraría feliz de hacerlo por haberla pillado en falta. Los tipos cruzaron dos, tres frases. No parecían tener prisa, como si les divirtiese la tozudez de la chica de ciudad. Se pusieron a fumar tras subir el volumen de la radio. De vez en cuando le decían una tontería a Berta, pero hablaban de sus asuntos; el acompañante sacó unos prismáticos y enfocó hacia las crestas. Un corzo herido, pensó ella horrorizada. Lo estaban siguiendo para rematarlo. Animales. Aún era pronto para que su fuga tuviese solidez y no supo qué hacer.

—Tengo que hacer un trabajo —se le ocurrió decir.

—¿No ibas de compras? —habló el conductor.

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó el otro.

—Un herbario. Para el profesor de ciencias naturales. —Una ocurrencia genial, irrebatible, y ésa fue su excusa para decirles adiós y comenzar a trepar por el terreno rocoso del talud.

Por el rabillo del ojo vio que los dos hombres discutían. Finalmente, tocaron la bocina a modo de saludo y el todoterreno continuó su bamboleante ruta. Berta presintió que los bichos muertos ocuparían el remolque trasero. Qué asco. Criaturas atravesadas por cientos de perdigones.

Le quedaba un cigarrillo, que, haciendo un alto, fumó como si fuese un último deseo. Después sus manos se quedaron vacías. El aire olía a madera supurando resina. En vez de las esperadas aves de presa contó estelas de aviones. Ya no se escuchaban disparos. Oteó el paisaje en busca del humo de las cabañas. Aquellas ridículas chimeneas le servirían de pista para no perderse. Especuló con que Susan hubiese estado llorando todo el tiempo; a un hipido le sucedería un arrumaco de su padre. A Susan le convenía acaparar la culpa. Tenía una tendencia natural a asumir todos los desplantes de su hijastra; era egoísta incluso repartiendo pecados.

Berta vagó otro trecho, eses de tierra que evitaban las óseas raíces al aire: temía que fuesen restos de animales enterrados. Debía haber llovido, porque, en la meseta recién coronada, espejadas charcas ocupaban las depresiones del terreno; el resto estaba embarrado. Notaba la succión de la tierra empapada en sus zapatillas. Tendría que tirarlas a la basura. No pensaba llevarlas de vuelta a la ciudad en ese estado. Serían un estigma, el recordatorio de aquel bárbaro sufrimiento. Se subió la cremallera de la cazadora hasta el cuello cuando la brisa comenzó a tender la escasa maleza. Ululaba en las crestas que, ahora sí, eran rojizas, como carne viva. Granito rosa, rezaba en la publicidad de las cabañas. La referencia del valle y sus montañas. Berta se sopló el flequillo. Al menos había entrado en calor de tanto esquivar charcos y buscar lascas que pisar. No tenía mucha idea de dónde estaba y seguía sin divisar el humo de las chimeneas.

Acabó por sentarse en una rocalla para descansar. Tenía sed a pesar del frío. Le rechinaban los dientes e intentó silbar; los labios no le obedecieron. Alzó la voz para adueñarse del sitio. Gritó. Se puso a cantar un tema de The Maniacs. Sus chillidos espantarían a los bichos. Colaba frases sin sentido en la letra de la canción, estrofas burlonas dedicadas a aquel lugar descorazonador. Se dejaría cortar las venas a cambio de volver a la ciudad.

Estaba palpándose las acartonadas mejillas cuando oyó una voz cerca.

—Está aquí. La hemos encontrado.

El tipo que viajaba de acompañante en el todoterreno —Berta lo supo por el rojo del anorak— saludó con la mano que sostenía la emisora. No ponía énfasis en sus gestos, como si volviesen a encontrarse por casualidad.

—¿Qué tal el día de compras?

—¿Te han enviado mis padres?

—Están preocupados.

—Son siempre así. Unos estúpidos.

Él se giró para, agitando los brazos, impedir que el otro siguiese ascendiendo. Miró a Berta de buen humor.

—Así le ahorro el último repecho. Mi compañero no está en muy buena forma.

Le contó a Berta que trabajaban para una empresa forestal; el conductor bromista le ayudaba con los aparatos y conducía. Se encargaba de los suministros porque conocía bien la zona. Él trazaba las pistas. Era ingeniero y a veces recurría a los mapas de papel para no perder la costumbre.

—Oímos los disparos y nos preocupamos. Hay furtivos.

—No he visto ninguno. ¿Cómo son?

—Miserables.

Le ofreció un cigarrillo a Berta y ella se sintió descubierta, adulta. Protegió la llamita del mechero con las manos como si fuese un bien precioso. Le gustó aquel calor, la conversación del ingeniero. No era un bruto. Veía cosas que los demás no veían. Las montañas le hablaban. Y empezó a pensar que tal vez él fuese su consuelo durante aquellos días. Podrían salir a pasear juntos en secreto. El ingeniero era más joven de lo que aparentaba y a ella la muerte de su madre la había hecho madurar antes de lo debido. Fumó resuelta. Quería prolongar la charla. El hombre le tendió la mano para que se levantase.

—Vas a quedarte fría. ¿Has cogido ya tus muestras?

—Todavía no. No encontré nada interesante.

—Estamos demasiado arriba. Tendrás que bajar de cota.

—¿Puedes acompañarme el día que vaya? —le preguntó a bocajarro, y él soltó una risotada complaciente.

—Cuando te levanten el castigo.

A Berta le decepcionó el tono. Fue como si hubiese pactado con su padre cómo dominarla. Las caricias doradas por la puesta de sol se difuminaron en el cielo. El amor salvaje se amansó. Berta se sintió aturdida, espiada. Era transparente; cualquiera con dos dedos de frente le adivinaría el pensamiento. Estaba maniatada. Iba a pasarse los próximos días contemplando ensimismada el fuego de una chimenea. ¿Y si se arrojaba a las llamas y moría como Juana de Arco?

—Entonces iré sola —afirmó solemne.

—Volverías a perderte. Eso no podemos permitirlo. Y mucho menos en Navidad. —Él consultó su abultado reloj de acero—. Será mejor que volvamos ya. Tus padres no se merecen que…

—Susan, la rubia, no es mi madre. Es mi madrastra —Berta se atragantó con la palabra—. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. No me acuerdo bien de ella. Quiero recordarla, pero no puedo.

La confesión le dejó un regusto metálico en la boca, como si hubiese lamido una pila. El ingeniero la abrazó. Le dio unas palmaditas en la espalda que ella no supo o no quiso interpretar. El hombre olía a savia fresca.

—No llores —dijo.

—Tengo frío.

—Bajaremos por un atajo. Estarán esperándote con los brazos abiertos.

Las lágrimas de Berta bien podían ser un salvoconducto, el dolor convertido en llave.

—¿Y si no quiero volver?

—Mira dónde pisas.

Cuando se habían alejado un trecho, ella clavó los talones en el terreno para detenerse.

—Espera…

Trató de localizar el punto geográfico exacto en el que la habían encontrado, allí donde se había dejado abrazar porque sentía el dolor de siempre más agudo, una espina que le atravesaba el alma. No pudo distinguirlo, ningún túmulo natural lo indicaba. Todo tenía el mismo aspecto romo, mullido por el musgo. Berta quería volver a aquel lugar al día siguiente por la mañana y le decepcionó no poder señalarlo con el dedo.

El ingeniero la escuchó, tenía paciencia. Había memorizado las coordenadas. Hasta dormido podría llegar allí. Se lo prometió. Le haría un croquis, un plano sencillo con el que podría guiarse.

—Gracias. Lo guardaré como un tesoro.

Él se sonrió. Ya se olía el humo de las cabañas. Cuatro familias aquel año. Gente de la ciudad conjugando los verbos de la Navidad de otra manera. Los himnos del bienestar escuchándose en el valle.

—No les digas que he llorado —le rogó ella al hombre ahora que eran más visibles y las coloridas formas de abajo se arremolinaban para celebrar su llegada: un padre y una madre emocionados, un hermano mascullando un reto mayor y los espectadores de las otras cabañas dispuestos a la celebración.

El ingeniero le ofreció su brazo para que no tropezara.

—Sujétate a mí.

—No me sueltes, por favor. Tengo… tengo miedo.

—No tienes por qué tenerlo.

Ella se colgó de aquel brazo como si le fuera la vida en ello. Quería que pareciesen novios. Tuvo esa ilusión. A sus pies, el sendero zigzagueaba y las piedras sueltas rodaban ladera abajo ciegas, necias, suicidas, tan turbias y confundidas como la propia Berta. Rodaban sin saber bien hacia dónde se dirigían ni por qué.

Comparte este texto: