Herida luminosa: cicatriz transparente / Luis Jorge Boone

Empezaré recordando algo que escribí hace tiempo: «Decir que Minerva Margarita Villarreal es una de las poetas más completas del país puede sonar grandilocuente, pero no por ello menos cierto. Su recorrido poético ha añadido entrañables estaciones al panorama de la lírica no sólo del norte, sino nacional. Poeta de la violencia y la precisión, la neoleonesa desplegó desde sus primeros textos recogidos en libro el anuncio de lo que sería su voz definitiva, la cual podemos encontrar en plenitud en La condición del cielo. Esta maduración es producto de la experimentación que la autora ha emprendido en distintas etapas de su escritura: del poema extenso al epigrama, del verso de largo aliento a las delgadas líneas de su último libro, de la descripción paisajística a la modernidad metálica de los poemas urbanos, de la oscuridad con que vela el misterio poético a la claridad de la revelación a través del lenguaje, la anécdota y la imagen estática. Estos saltos al vacío han repercutido en el registro de la autora hasta convertirlo en uno de los más amplios, un campo magnético donde tienen cabida el amor y el odio, la nostalgia y el sarcasmo, la violencia y la ternura, el miedo y la entrega a ojos cerrados».
     Citarse o no citarse a uno mismo, difícil decisión. Por un lado, demuestra que no somos capaces de decir mejor lo que ya dijimos alguna vez, detenidamente, sopesando nuestras palabras. Pero por el otro, como sucede con este fragmento que leí a manera de introducción de una lectura de Minerva Margarita Villarreal hace cerca de tres años, nos permite verificar (en este caso, gozosamente) un parecer, ser coherentes con una lectura apreciada. Como bonus track, diré que, además, retomo estas impresiones porque este nuevo poemario me permite comprobarlas, ahora que he tenido la fortuna de ser uno de los primeros lectores de esta Herida luminosa y participar sutilmente en la confección del objeto material que es el libro.
     De filiación claramente mística, los poemas que componen el libro transitan el camino de la elegía, pero también participan de la naturaleza del canto celebratorio; se nos presenta como un largo poema fragmentario cuyas estaciones apuntan hacia la construcción de un paisaje estrechamente unido al origen, como un viaje inmóvil de autoconocimiento que tiene como guía una memoria genética, pero se declina en imágenes claras y entrañables: «Soy tu principio / tan intenso y real / como el canto de este árbol a mitad de la lluvia», leit motiv que se repetirá de cuando en cuando, agregando lecturas a la imagen. Con una voz que no teme mostrar su herida en el arrebato lírico, y a la vez capaz de remontar bellas alturas verbales, la autora reincide en emparejar con fortuna una cadencia bíblica a un tono erótico.
     A lo largo del poemario, el espacio físico —los lugares abiertos, el horizonte— muta hasta confundirse con los confines interiores donde —como en los grabados de Escher— los verbos caer, subir, avanzar, retroceder, son brújulas que descubrir en el trance de una comunión del cuerpo con otras esferas de existencia. Así los paisajes —configurados por los sueños— cambian en un proceso semejante: un bosque conocido desde la ausencia es al mismo tiempo un parque (esas florestas más domésticas) donde la fauna describe signos indescifrables y el sol corona a un personaje para el cual la vida se abre apenas. Es el heredero, el siguiente eslabón: «A mitad de mi vientre / se dibuja una flecha / que pronuncia el vacío / donde has de nacer». Ese vacío es el futuro, la dirección inmutable de la sangre.
     Como en la lectura más famosa del Cantar de los cantares, el amante y la divinidad se confunden, son escuchas a los que se dirige un mismo mensaje. Una trinidad donde las transfiguraciones del interlocutor comprenden al padre, al amante y al hijo. No hay pérdida en esa pausada transmigración que llamamos herencia, los códigos ocultos renacen en cada vida de la cadena de la sangre: nada se olvida, y los rostros se vuelven variaciones familiares de rasgos tribales.
     La ausencia del otro se traduce en la propia incompletud, en una posesión parcial de uno mismo: «Aún no estás / pero quiero pensar que estás / que estás en el lugar donde puedo encontrarte / levantar el teléfono y escuchar tu voz adormilada / que emerge del misterio como los gatos / de su inmisericorde melodía. / Me he acostumbrado a no estar conmigo / a no estar en mí». Y luego de transitar los senderos del dolor, la elevación, la pena, la soledad, el gozo —caminos que recorren los sentidos exacerbados— la última estación se encuentra dentro de ese Otro ya no ausente, en su mundo ajeno, como elevada posibilidad de enfrentar (o, mejor aún: de dejarse cegar por) la luz de la herida primigenia donde se esconde nuestro nombre. La cicatriz transparente que no niega su raíz de duelo y sufrimiento, de boca abierta a la comunión con el pasado, al alumbramiento del futuro. A la confusión del ser propio con el Otro: «Te besaré largamente / mis animales sueltos en el interior de tus sentidos / amándote en tus entrañas»; y, más delante, «Tu voz en las colinas / y los campos inmensos / como tú los pensaste / tus animales sueltos en el interior de mis sentidos / amándome en mis entrañas».
     Herida luminosa abreva venturosamente en una tradición cara a nuestro idioma, y logra aciertos estéticos que componen una sensible intensidad espiritual. Reitero con estas palabras mi celebración por la publicación de esta nueva estancia en la amplia aventura lírica de Minerva Margarita Villarreal.

 

 

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