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El poema es también una batalla incesante con el tiempo: Max Rojas / Isaura Contreras y Antonio Ries PDF Imprimir E-Mail

Originario de la Ciudad de México, Max Rojas (1940) publicó los libros de poesía El turno del aullante (1983) y Ser en la sombra (1986), ambos escritos entre la década de los cincuenta y los setenta. Tras un periodo de silencio de poco más de 30 años, emprende la escritura de Cuerpos, un poema de largo aliento que comprende, hasta la fecha, 24 libros, de los cuales han sido publicados: Memoria de los cuerpos. Cuerpos uno (2008), Sobre cuerpos y esferas. Cuerpos dos (2008), El suicida y los péndulos. Cuerpos tres (2008) y Prosecución de los naufragios. Cuerpos cuatro (2009). Con el primer libro de esta serie fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer (2009) para obra publicada, un merecido reconocimiento a este escritor que, desde los márgenes, ha construido una monumental obra literaria.
Nuestro encuentro con Max Rojas fue en el café Lina, en la Ciudad de México, a unos metros del bullicio de un mercado. Entre el acecho de vendedores, el penetrante olor a café, los músicos transeúntes y el frío de la mañana, la conversación se extendió por varias horas; muestra de la generosidad de este gran poeta que no puso restricciones, más que una: hablarle de «tú».

Max, ¿cuándo descubres la poesía?
Muy joven. Mis primeros recuerdos —yo tendría cuatro o cinco años— son de mi mamá leyéndome los versos de José Martí en la revista para niños que el poeta publicó en Nueva York, se llamaba La Edad de Oro. De allí me seguí, debo de haber escrito mi primer poema un año antes, o el mismo año, que murió Frida Kahlo (se lo dediqué a ella). Luego seguí escribiendo las cosas horrendas que uno escribe a esa edad, y de repente, no muchos años más tarde, yo tenía 18, comienzo a escribir de una forma, digamos, casi profesional. El primer poema de El turno del aullante es de 1958 y el último debe de ser de 1973. Luego publico Ser en la sombra y dejo de escribir 34 años, ya que por esas fechas pasó algo: yo comencé a escribir lo que se convertiría en una novela: era una carta a una ex novia, la escribí como carta para ella aunque no en forma de carta; pero de eso me di cuenta más tarde, cuando un año y medio después ella se mata en un accidente automovilístico; entonces yo dejé de escribir, y hasta 2003, que volví a escribir.

¿Ésa sería una de las razones por las que, poéticamente, callaste tanto tiempo?
Puede ser una. La otra razón es quizá que El turno del aullante y Ser en la sombra me llevaron a un callejón sin salida, tanto en temas como en estilo y lenguaje. Entonces me dije: «Ya se secó el chisguetito de poesía que me tocó». Hasta junio de 2003 que se soltó el diluvio universal que todavía sigo escribiendo.

¿En qué momento te das cuenta de que eres poeta?
Yo diría que cuando me resuelvo a publicar una edición clandestina de El turno del aullante, eso habrá sido en 1973 probablemente; una edición «clandestina» porque tuvo 100 ejemplares que prácticamente no distribuí; regalé algunos, los otros no sé si los tiré o los quemé. Allí, cuando yo me resuelvo a publicar eso, que son los primeros poemas de El turno del aullante, me di cuenta de que era buen poeta, pero como que no supe qué carajo hacían los buenos poetas. La primera edición comercial de El turno del aullante se publica diez años más tarde, y eso porque llega un amigo que sabía que yo había escrito algo. Él logra formar una editorial y me dice: «Dame lo que tengas». Si no, me hubiera muerto inédito, seguramente, porque eso de ir a buscar un editor no, qué aburrido... Y con Cuerpos pasó lo mismo.

A propósito de El turno del aullante, advertimos que hay una conciliación entre esa figura del sufridor con un lenguaje vanguardista y de ruptura que luego vienen a retomar tus fanslos infrarrealistas—, como en algún momento se ha dicho. ¿Cómo se dio esta relación con ellos?
Por un amigo que nos presentó. Cuando se publica El turno del aullante, se hace la presentación en el Ateneo Español de México, que era una institución solemne y pomposa... bueno, seria y respetable. Y me llegan como diez infrarrealistas allí y comienzan: «¡El poema 10, el poema 10!». «Me va a correr esta caterva de viejitos exiliados», pensé.
Pues no, lo tuve que leer. Yo no usaba malas palabras —digo, sigo sin usarlas—, pero ese poema fue como el resultado de una crisis de los 40 años, lo escribí en el 71. Una crisis que directamente me provocó la fractura con otra mujer. Allí se fueron incubando muchas cosas tan bien que estallaron en una crisis alcohólica, o casi alcohólica, de un mes. Me dije: «O lo escribo, o me pego un tiro». Así lo escribí una madrugada, sin corregirle nada. Sólo hay un coma allí que estoy conscientísimo desde el primer momento que no tendría por qué estar, y no me atreví a quitarla. Allí se quedó la coma, como estorbo para los lectores y como símbolo para mí.

Frente a estos poemarios, ¿cómo fue la experiencia de la novela?
Era parte de la misma experiencia, evidentemente; ahora me he dado cuenta de que es como si fuera Cuerpos pero en prosa, prosa poética, incluso. Allí era la búsqueda de una mujer que se había muerto, y a tal grado que en la versión original el autor iba a ser Carlos Manrique, que fue mi pseudónimo en la Prensa Obrera, y uno de los personajes iba a ser Max, nada más que sin nombrarlo. Carlos Manrique, que era el autor, que era mi seudónimo, se dedicaba a buscar los papeles que Max Rojas había dejado regados. Todo era como en un mundo de sombra, aunque los lugares estaban muy bien determinados para mí, y entonces me servían como de conducto —como Virgilio al Dante— las líneas de camiones... y era un viaje de donde yo vivía entonces, en la colonia Cuauhtémoc, al centro de Coyoacán, y de allí a la calle de Rafael Oliva, Héroes del 47, donde yo tenía mi especie de infierno particular. Ésa fue la trama.

Vencedor de otras batallas, título de esta novela, ¿por qué permanece inconclusa?
Porque ya no tenía caso escribirla, ya se había muerto la chava a la que se la estaba escribiendo. Yo nunca escribí pensando en que estaba escribiendo una novela, eran como cartas donde me salía lo poeta o lo escritor y fueron agarrando, sin darme cuenta, el cariz de una novela. Era para que ella supiera por qué habíamos terminado, eso era lo que a mí me urgía, digo, porque aunque sí tuve amigas nunca llegué a la categoría de novio con nadie [...] A esta niña la conocí en el hospital donde estaba agonizando la primera mujer de Efraín Huerta, y vino el chispazo, pero yo era un erizo que no dejaba que me pusieran la mano en el hombro. De repente me dije: «No, se está metiendo demasiado ella en mí y no puedo permitirlo»; de manera que terminé con ella en el Parque México. Pero apenas terminé con ella me di cuenta de que la quería muchísimo y de que era capaz de dejar que me tocaran, me besaran, etcétera. Entonces empecé a localizarla, a buscarla, pero me agarró miedo porque yo no hablaba, yo era un mudo. Luego me vino una etapa de remordimiento, de culpa, de mucho remordimiento de ese que tiene reflejo en el cuerpo. Se debe de haber muerto en el 76, 78, y todavía me duele.

Y luego de ese silencio de casi 30 años ¿cuál fue el impulso para retomar la escritura?
Hay un antecedente. En 1990, una lluviosa tarde de domingo me metí al Sanborn’s de los azulejos a tomar unos vodkas y de repente se me ocurrió un poema que tuve que escribir en una servilleta, y dije: «Si algún día vuelvo a escribir, voy a escribir algo que se llame Cuerpos», así, en remembranza de los ya entonces viejos amores de mi vida. Pasaron todavía como diez años más: nada. Hasta que de repente, el 3 de junio de 2003, arranqué a escribir, pero así como diluvio: yo escribía mañana, tarde, noche, en los camellones, en los micros, en los trolebuses, en medio de una conferencia... Mi mujer me decía: «Ya pon punto». «No. No puedo. No me dejan poner punto». Y hasta el día de hoy sigo escribiendo; algo que me sorprendió porque no tenía nada que ver con lo que hasta ese momento había sido mi mundo poético, nada, excepto Cuerpos uno y Cuerpos dos. Ya del tres en adelante se volvió un desbarajuste. «¿Es un poema de amor?, ¿es un poema de desamor?, ¿es que intentas ordenar el caos o al contrario volverlo más caótico?, ¿en qué diablos estás metido?». No me lo he podido contestar...

Hablas de un diluvio de lenguaje, pero ¿hubo una especie de «revelación poética»?
Yo creo que sí, evidentemente hay algo, que no sé qué demonios sea, que hizo estallar un mundo en imágenes, metáforas, ideas descabelladas, etcétera, con el que nunca me había tropezado en mi vida. Eso que hizo que se fuera incubando en esos años de silencio, y que empezó a aparecer desde Cuerpos tres. Después de Cuerpos tres el poema como que me hace a un lado y me utiliza como escribiente de lo que él quiere decir, no yo. Al grado de que el único signo de puntuación que me acepta es la coma.

¿Hay un deseo de unidad a partir del título?
No, nada más es «cuerpos». Ninguno de los libros tiene que ver con el título. Cada uno de los libros es una revoltura de temas, antitemas, que se repiten una y otra vez en distinto contexto. Debe de haber 50 temas, aparte de los cuerpos, que se repiten: las esferas, los espejos, los metales, el frío, las antítesis frío-calor, luz-sombra, amor-desamor, etcétera.

¿Qué definición te merece Cuerpos?
Tiene que ver con mujer, igual que esfera; tiene que ver con cierto tipo de mujeres. Mis grandes amores. Con amigas que tengo ahora también, e incluso sus nombres aparecen en alguna parte de Cuerpos. Tiene que ver con lo perfecto, igual que el amor tiene que ver con lo perfecto. Entonces son, digamos, cuerpos reales, aunque alguno sea un cuerpo entrevisto en el metro, en el camión, o algo así basta para que me lleve a Cuerpos. Otro de los temas recurrentes es la lucha con el tiempo, detener el tiempo para que los cuerpos no se deterioren, no se desgasten. El poema es también una batalla incesante con el tiempo. Los cuerpos de aquella época están congelados desde hace 40 años, allí se quedaron, no han cambiado para nada, porque es una batalla con el tiempo para que no los desgaste, para que no los aniquile.

¿Cómo acontece ese trabajo con el poema?
Lo escribo y punto. Yo empecé escribiendo en hojas Bond blancas, las cortaba y les ponía un clip. Luego, adonde iba, cargaba mi paquetito de hojas; las numeraba, y escribía y escribía como desesperado, hasta que se me empezaron a perder; entonces, muy inteligentemente, dije: «Lo voy a pasar a máquina». Porque me di cuenta de que había algo, los empecé a pasar a máquina; los escribía a mano siempre pero los pasaba lo antes posible a máquina. Y creo que así se conservaron; luego ya me pasé a libretas, y cuando me dieron la beca del Fonca compré una computadora, con la que me sigo peleando tres años después, porque ni me entiende ni la entiendo, pero que evidentemente resultó muy útil, y ahora sigo escribiendo a mano [...] Muy pronto en Cuerpos uno me di cuenta de que yo estaba escribiendo un solo poema en realidad, pero no supe qué hacer; muchos poemas de Cuerpos uno y Cuerpos dos que querían ser así formalitos, bonitos, con un número y un punto y el carajo, se quedaron sin punto porque nunca logré encontrar el remate, nuca logré ponerle fin a esos poemas. Entonces un amigo me dijo: «No te preocupes, si algún día tiene fin se lo ponemos». Pero qué más da, ¡al carajo!, para qué me complico la vida. Ya desde el tres es el poema único. Luego los fui metiendo en carpetas gruesas, fui a comprar muchos fólders y fui a meter Cuerpos uno, Cuerpos dos y hasta la fecha. Casi todo, los 23 libros que ya están terminados, los escribí en dos o tres meses, cuando mucho, cada uno; y luego dije: «Hay que ponerle título porque quién carajos va querer comprar Cuerpos diecisiete». Entonces una madrugada me puse a inventar los títulos, y ahora el 24 está aquí [señala su cuaderno]; le puse título también: Panteón para difuntos sin razón alguna, y creo que ése sí lo termino.

A propósito de ese trabajo, ¿disfrutas ser poeta?
Sí y no. Yo digo que en el estilo en que yo escribo a veces es muy desgastante, desgarrador, sobre todo en El turno del aullante. Pero Ser en la sombra lo disfruté mucho; lo escribí cuando conocí a la que es mi mujer. Con Cuerpos a veces estoy entre el miedo, entre la angustia y la carcajada porque me burlo de todo lo que hay en el mundo. Me salió un espíritu burlón que no imaginaba que tuviera. A buena hora también descubrí la lujuria. Lo escribí un 12 de diciembre, pinche hereje,  [risas]. El proceso de composición de Cuerpos para mí ha sido muy complicado; en algún momento pensé llevar un diario de navegación, casi casi, pero no me alcanzó el tiempo para nada.

Nos damos cuenta de que eres un poeta que nunca busca aparecer, pero al que siempre la poesía le está dando su lugar...
Sí, sí... digo, yo llegué a ser el poeta más fotocopiado con El turno del aullante. Me gusta ser anónimo, sí, pero nunca lo he buscado, ni ahora. Hay a quienes les gusta aparecer; allá ellos. Pues a mí no me gusta eso, no, yo prefiero las cantinuchas de Peralvillo a los bares de la Roma y la Condesa; no me siento en mi ambiente, porque yo nací en el seno de una familia de la izquierda de entonces, muy ligada al Partido Comunista. Yo milité en el Partido Comunista muchos años, tuve mucho trato con obreros de aquellos años, me gustaba mucho mi ciudad y entonces recorría los barrios más bajos y más peligrosos para la época; nunca me pasó nada. Como que tengo un gemelo o varios gemelos con los que me llevo a veces bien y a veces muy mal. Respecto al mundo intelectual, me atraía mucho la filosofía, los estudios latinoamericanos, que entonces no existían como tales, pero no el ambiente académico: eran muy serios todos; es más, tengo muchos amigos, pero son tan serios que no son mis amigos porque me aburren, no sé de qué hablar.

¿Hay un deseo de situarse en los márgenes? ¿Cómo se da tu diálogo con los lectores?
Pues no es un deseo, estoy en los márgenes de todo, entonces no es un deseo de estar al margen, no encajo en los grupos, sean los que sean. El diálogo ha sido muy padre en el sentido de que, como soy muy abierto, sobre todo entre gente joven, la relación es muy directa. Tengo que leer pronto en la Casa del Poeta, y estoy medio aterrorizado; yo digo: «Qué hago en la Casa del Poeta con otros doce poetas, yo qué hago allí»; pero voy a ir, digo, aprovechando la fama que me dio el premio voy a ir.

Precisamente a propósito del premio Carlos Pellicer: ¿qué significo este reconocimiento?
Cien mil pesos [risas]. Digo, dicho así. Me dio mucho gusto, evidentemente, porque soy un caso insólito en la poesía mexicana. Publico dos libros con muy buena fama, pero fama clandestina, dicho de algún modo. Dejo de escribir 34 años, de repente salen tres libros publicados en un estilo que no tenía nada que ver con los otros. Es así que como que no acabo de creer por qué me lo dieron a mí, que soy una especie de poeta maldito. Pero el premio me cayó muy bien, me hizo creer en Cuerpos. Dije: «Vaya». Me dio fe en lo que estaba escribiendo.

¿Crees que podrías escribir algún otro poemario a la par de Cuerpos?
No. Mientras no se agote Cuerpos —y al paso que voy éste no se va a agotar. No, no podría escribir otra cosa. No podría. Cuerpos se está escribiendo solo, yo lo transcribo a la computadora.

En tu prólogo lo situabas como una especie de testamento o carta de un suicida. Ese tipo de cartas sin respuesta, hasta este momento, ¿te han dicho algo?
No, porque no acabo de escribirlo; pero sí la idea, desde que me senté a escribirlo, de que era una especie de testamento. Hay mucho, mucho de mi vida, muchísimo, pero bueno, es un poema, no hay que tomarlo como autobiográfico. No creo que tenga respuesta; tal vez me gustaría que dejara un heredero, pero tampoco sé para qué, y para qué le complicas la vida a alguien más si ya te la complicaste tú; ahora arréglatelas tú solo. Lo sigo escribiendo porque sigue saliendo.

¿Cuerpos algún día se dejará de escribir?
No, no. Yo creo que se va a dejar de escribir cuando me muera o, como decía una amiga mía, se va a seguir escribiendo solo, a lo mejor. No, nunca. Va a ser el poema interminable.

 

 

 
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