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Paradoja del erudito / Sergio TÚllez-Pon PDF Imprimir E-Mail

Por más esfuerzos que hago para recordar cómo y cuándo cayó en mis manos un ejemplar de Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre, simplemente no lo consigo. Aventuro, entonces, una teoría lógica: un libro me llevó a otro, es decir, con toda probabilidad los Ensayos de crítica literaria (1993) me llevaron a Los 1001 años de la lengua española. Suena lógico (sí sé cómo llegué a los Ensayos..., pero sería largo de contar y además no viene al caso), salvo que las fechas no coinciden precisamente. El primer recuerdo nítido, en cambio, es ya de la facultad, durante las clases introductorias a la lingüística, en las que tenía muy presente el magistral libro de Alatorre, en particular su idea de que la lengua española no se ha empobrecido ni se empobrece, sino que, simplemente, cambia. Desde entonces lo he releído un par de veces más y ahora aprovecho la ocasión de los 30 años de su primera edición para volver a sus páginas.
     La primera edición de Los 1001 años..., como lo cuenta el propio Alatorre, apareció a finales de 1979 y no fue venal: era un libro de lujo, con abundantes ilustraciones y de gran formato, auspiciado por una institución bancaria la cual lo usó como regalo de Navidad para sus clientes; de allí, tal vez, la dificultad para encontrar hoy en día un ejemplar de ésos. Por ello, la edición que yo leí aquella primera vez que no logro recordar fue la segunda, ya publicada para su venta por el fce, El Colegio de México (Colmex) y El Colegio Nacional (Colnal), diez años después de la primera, en 1989. Cuando en 2003 supe que había aparecido una nueva edición, «algo corregida y muy añadida», la noticia hizo parar mis antenas bibliófilas y no dudé en correr a comprarlo.
     No es mi intención glosar, resumir, comentar o interpelar lo que Alatorre dice mejor en su libro: algo que por lo demás, al decir del propio autor, no hicieron en su momento los reseñistas especializados de las revistas de filología de todo el mundo. No voy, pues, a reseñarlo; más modesto, prefiero declarar mi profunda admiración por un libro al que debo mucho y que sin duda estaría entre mis diez libros de cabecera (al lado del Juan de Mairena de Antonio Machado, La realidad y el deseo de Cernuda, las Ficciones de Borges, entre otros). Al compartir mi relectura intento contagiar el mismo interés por el tema o, si se prefiere, confirmar la vigencia de un libro asombroso a 30 años de su publicación —algo que me parece ridículo: yo no soy quién para validar un libro que se sostiene por sí mismo. Aunque, estoy seguro, la modestia de Alatorre le haría ver con cierta indiferencia la más mínima celebración en torno a su libro.
     Los 1001 años de la lengua española es una historia personal, es decir, es el relato de un tema que le apasiona a Alatorre, tanto que lo ha seguido con particular interés a lo largo de un tiempo considerable. Además, es una historia salpicada de anécdotas, datos curiosos, ejemplos sencillos pero ilustradores, historias cómicas, y hasta se puede encontrar una crítica severa al mismísimo Cervantes... Y no con tecnicismos, o un riguroso aparato crítico, ni con datos científicos, a pesar de haber sido escrito por un reconocido profesor de una importante institución académica, en este caso el Colmex (todo eso, dice, le daría un aspecto erudito al libro, algo que el propio Alatorre ha querido evitar en lo posible). Alatorre es un gran lector: más allá del lingüista o del filólogo —como él prefiere llamarse— es, ante todo, un lector; de allí las abundantes referencias literarias que ilustran pasajes determinantes para la historia de nuestra lengua. Por si lo anterior fuera poco, la historia está escrita en una prosa que, para empezar con las paradojas, es mucho más moderna que la de algunos de sus contemporáneos, e incluso que
la de generaciones posteriores. Finalmente, es un libro por encargo que le valió a su autor su ingreso a El Colegio Nacional, esa especie de Olimpo en el que sólo se encuentran las grandes eminencias del país. Sin embargo, ¡oh paradoja!, uno de los grandes conocedores de nuestra lengua no es miembro de número de la Academia Mexicana.
     Mientras en varias universidades Los 1001 años... es utilizado como introducción o invitación al estudio del español (la tercera lengua más hablada en el mundo, luego del chino y el inglés), tengo la impresión de que eso no sucede en México, o al menos no en la facultad donde estudié: cuando ingresé a la licenciatura dio la casualidad de que ya lo había leído y eso me ponía en cierta ventaja sobre mis compañeros, pero no fue requisito para las primeras clases de lingüística, en las que ayudaría mucho para las nociones mínimas de lingüística, fonética y lexicología. Después, tampoco lo fue para las clases de español superior, filología o fonética. Una especie de recelo se tiende en las aulas sobre un libro «poco académico» que, por el contrario, haría más fácil la comprensión de esa materia prima que finalmente usamos todos los días: nuestra lengua.
     A fuerza de no querer parecer un erudito, Antonio Alatorre (Autlán, Jalisco, 1922) se encuentra en una paradoja pues sin duda Los 1001 años de la lengua española es el libro de un sabio; claro, desde una postura muy discreta y modesta, pero erudito al fin.

 

 

 

 
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