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En qué tiempo se escribe / Adriana Díaz Enciso PDF Imprimir E-Mail
Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964). Poeta y narradora. En 2018 publicó la novela Ciudad doliente de Dios (Alfaguara).


Pensar en el futuro es habitar una vida imaginaria. Rara vez la fantasía, ya sea sublime o aterradora, se cumple según nuestros pronósticos. Bosquejar el porvenir es un pasatiempo inútil al que los humanos nos entregamos con ciega afición. Nuestras imágenes del futuro cambian caprichosamente sin que apenas nos demos cuenta de que el presente que vivimos se parece poco o nada a lo imaginado ayer. Pero ésa, que debería ser la prueba irrebatible de la futilidad de nuestro empeño, no nos detiene: seguimos planeando, soñando, temiendo lo que será. Había empezado estas reflexiones hablando de cuánto en el tiempo que hoy me toca vivir, este siglo XXI, anula por completo cualquier idea de futuro que haya tenido en mi infancia o adolescencia, o hace veinte, incluso sólo diez años. Pero el recuento de mi desasosiego comenzaba a convertirse en una pesada diatriba con vagos tintes sociológicos que me empezó a deprimir. Estaba claro que los lectores y lectoras de Luvina se merecen algo mejor, y que además estaba cayendo yo en la trampa del anquilosamiento del tiempo de la que advertía en el primer párrafo. Si ahí hablo del necio empeño de afianzar el futuro, mis quejas se estaban convirtiendo en una igualmente esclerótica representación de un presente que, como todos los presentes que han sido y serán, habrá un día de disolverse y olvidarse.
      Durante algunas horas fui presa de esa sorda desesperación por lo que no puede escribirse. ¡No tengo nada, nada qué decir sobre el futuro!, me decía envuelta ya en el ánimo difuso de la noche de un domingo tan parecida a la de cualquier otro día, tras tres meses de confinamiento debido a la pandemia de nuestros tiempos. Lavé los trastes, puse a lavar ropa dos veces, me asomé por la ventana, vi por internet noticias espantosas de este presente y, casi decidida a soltar la toalla, empecé a interesarme en un punto vago que apenas había alcanzado a ver con el rabillo del ojo.
      Ese punto es la ilusión del tiempo entero.
      Para explicarme haré mención de una reseña de Michael Wood que leí recientemente en la London Review of Books, sobre The Idea of Perfection. The Poetry and Prose of Paul Valéry, recopilación bilingüe de la obra de Valéry, traducida por Nathaniel Rudavsky-Brody. En su reseña, Wood cita a Roland Barthes (la cita, es de suponerse, aparece en el libro en cuestión), para quien la poesía de Valéry se había convertido en un anacronismo. Según él, había pasado completamente de moda, y (cito la cita): «Ya no tiene ningún tipo de realidad histórica viva en la mente de quienes trabajan en la literatura hoy día» (1). Me pareció un criterio curioso para valorar (o, en este caso, desvalorar) la obra de un poeta, y me dejó pensando.
      No he encontrado la entrevista en la que Barthes emitió este juicio sumario (ustedes han leído mi traducción de la traducción inglesa del francés), pero sí encontré otros ejemplos de su ambivalencia ante la obra de Valéry. No es mi intención aquí escudriñar sus causas, ni mucho menos adentrarme en las complejidades de la disección del lenguaje tan caras a la crítica francesa del siglo pasado. Leí la cita mencionada por azar, y simplemente echó a andar la serie de asociaciones y reflexiones que aquí comparto, pues lo que llamó mi atención fue justamente la ilusión de la posesión del tiempo, en este caso el presente, y la arrogancia con que se descalificaba entonces una obra que no reflejaba una concepción específica del «momento actual».
      Que Barthes se equivocaba es cosa probada, así sea por el simple hecho de que yo todavía encuentro significado en El cementerio marino. (No sé en qué año habrá dado Barthes esa entrevista, pero murió en 1980, cuando tenía yo dieciséis años y, si mal no recuerdo, no tenía noticia de su existencia ni de la de Valéry). He releído el poema en estos días, nada más para estar segura, y me encontré gozando su lectura aun más que cuando lo leí por primera vez, hará más de veinte años. En mi experiencia es poesía viva, que habla para mí, que me cuestiona y conmueve, y no estamos hablando ya siquiera del presente en el cual Barthes ya declaraba a Valéry caduco como poeta, sino de lo que entonces era —como lo son todos— inimaginable futuro.
      Después de llevar a cabo este pequeño experimento, surgieron algunas preguntas: ¿para quién escribo? ¿Con qué tiempo es que hablan los escritores? ¿Qué es, exactamente, ese «tipo de realidad histórica viva» a que se refiere Barthes? Porque, pienso, si El cementerio marino es realidad viva en tanto que aún logra tocar la interioridad de al menos una lectora, que sea la suya o no una «realidad histórica» se vuelve un poquito irrelevante. Y aunque para el tipo de crítica deslumbrante realizada por Barthes, y para los postestructuralistas y la cada vez más compleja y a menudo autorreferencial red de la academia la realidad histórica que envuelve un texto literario es de mayúscula importancia, y no les falta razón, me atrevo a afirmar aquí que no es, ni con mucho, su aspecto más importante. Si lo fuera, eliminaríamos el elemento del misterio en la literatura. Y si elimináramos el misterio de la literatura, le daríamos el golpe de gracia a la literatura misma.
      Siempre he estado convencida de que los libros encuentran a sus legítimos lectores, tarde o temprano. Quizá muy tarde, cuando sus autores ya están muertos, pero los encuentran. Quizá esos lectores son muy pocos, o multitudes, pero así sea uno solo, el libro en cuestión tendrá una vida, y el universo del autor o autora tendrá continuidad en otros universos. Digo «siempre», pero a últimas fechas mi convicción se tambalea un poco. Creer en esto es creer en un futuro, y la verdad es que en los tiempos que corren a veces cuesta trabajo creer que existe un porvenir viable para la humanidad.
      Cuando dudo, recuerdo sin embargo cuántas veces la humanidad ha visto venir muy de cerca el fin del mundo; cómo el mundo en efecto se acabó y renació simultáneamente, y aquí estamos. Me resisto entonces lo mejor que puedo a la tentación de hacer predicciones. Quizá más que la falta de futuro, lo que me hace dudar ahora sobre la posibilidad de que los libros encuentren sus lectores es la proliferación deletérea de información, de «cultura», la avalancha de voces inanes o magníficas diciendo cosas hermosas, trascendentes, o pueriles o aberrantes, todas enredadas en una maraña que lentamente nos agota, nos desquicia, nos deja hundidos en el sinsentido más estéril, más desolado. Contra eso, que es presente —un presente impensable en el tiempo en que decidí dedicar mi vida a la escritura, el tiempo en que otros y otras como yo leíamos, escribíamos, buscábamos con avidez, maravillados ante el misterio y las rutas de la búsqueda—, no siento tener ni armas ni armadura. Sé, no sin dolor, que no escribo para semejante presente; que quisiera creer que sí escribo para mis contemporáneos, pero no sé si existen, dónde encontrarlos en esta vorágine psicótica. Si no siento tener interlocutores en el presente, más difícil me resulta entonces imaginar que escribo para el futuro. De pronto me asalta la duda, que no deja de tener su gracia, de si acaso escribo entonces para el pasado.

A menudo hablamos de los escritores o artistas que «se adelantaron a su tiempo», los que crearon para el futuro. Están también aquellos que «no han superado la prueba del tiempo», cuya obra envejeció y ya no nos dice nada. Ambos juicios los hacemos siempre desde el presente, como era el caso cuando Barthes condenó la obra de Valéry (aclarando eso sí, en otro lugar, que era una pena, porque «también ha dicho cosas importantes; en mi opinión, muy justas»). Pero resulta que ni el mismísimo Barthes sabía más del futuro de lo que sabemos nosotros: tú, que lees esto; yo, que lo escribo; resulta, además, que Valéry, en su il faut tenter de vivre ! («¡hay que intentar vivir!») no está proyectando su deseo y la súbita iluminación que lo arranca del letargo contemplativo de la muerte al futuro, sino inscribiéndolos, como es el caso de toda poesía, en un presente continuo.
      En nuestro presente histórico (siglo XXI), me temo que esto se olvida a menudo. No dejan de asombrarme, por ejemplo, los programas de algunas escuelas o posgrados de escritura creativa, en los que algunas de las materias son cómo conseguir agente o cómo entrar al mercado. Los potenciales escritores son instados a proyectarse a sí mismos al futuro —a una delirante fantasía de algo que llaman éxito literario—, y en ese malsano impulso el presente del texto literario es anulado de un tajo.
      No que no sea importante encontrar agentes o vender libros. Vender libros supone más posibilidades de que un texto encuentre sus lectores. Y claro, vender libros ayuda a que autoras y autores coman (aunque rara vez sea ésa la fuente única de su sustento). Sin embargo, éstas son consideraciones prácticas a posteriori del acto mismo de la escritura, y ajenas por completo al acto íntimo de la lectura. Dichos actos sólo ocurren en el presente, y ese presente es, si no eterno, ya que concebir la eternidad es arduo, sí intemporal. La desvergonzada industria de la «escritura creativa» que ha alcanzado tanto furor en las últimas décadas ignora ese presente. Se alimenta de entelequias del futuro. Pretende negar que la verdadera, la única escuela de escritura es la experiencia humana; que se pueden enseñar técnicas e historia de la literatura, se pueden tallerear textos, todo esto actividad noble y necesaria, pero que nadie puede enseñar a otro ser humano a convertirse en escritora, en escritor. Anteponer la zanahoria del producto y del éxito a la experiencia vital de la que surge el impulso creador es condenar a la literatura, bajo el eufemismo de la «expresión personal», a la vacuidad, a lo efímero y, qué duda cabe, a «lo actual».
      Quizá me he ensañado con cierta injusticia con Roland Barthes al principio de este texto, partiendo de una sola cita en la que se equivocó al juzgar el destino de la obra de Paul Valéry. La verdad es que dudo mucho que Barthes haya estado imaginando para el saludable porvenir de la literatura una «realidad histórica viva» como la nuestra, la de los habitantes del siglo xxi, en la que tantos dicen tanto que es cada vez más difícil realmente comunicarle nada a nadie; en la que la literatura se produce y enseña sin pudor alguno según las reglas de un mercado cada vez más ciclópeo e impersonal; en la que hay más supuestos escritores que verdaderos lectores.

 

En los distintos presentes de que se ha tejido mi vida, la rebeldía ha sido constante consejera, y mis proyecciones hacia el futuro a menudo son vistas a través de esa lente. He querido imaginar que autores y autoras, lectores de cualquier género, pueden rebelarse contra la tiranía del mercado. Este año, espoleada por la pandemia, decidí por primera vez autopublicar un libro, de título Flint, en forma de ebook. La decisión se debió a motivos muy poco prácticos: al inicio del confinamiento, entre el miedo y la ansiedad generales, pero también despierta a la necesidad de comunicación con otros, de entregar algo a otros en ese momento, quise que ese libro escrito en la primavera de 2019 apareciera en el mundo de nuevo en primavera, como una manifestación de esperanza. Pensé además que el futuro era sin duda incierto, que nadie sabía si sobreviviríamos a la pandemia, y que eso era también una forma de libertad; ante tamaña incertidumbre, no tenía caso guardar los libros en el cajón. Mi decisión, quizá temeraria, era también una especie de ofrenda.
      Hasta entonces sabía poco o nada de lo que significa la autopublicación hoy en día. Tenía cierta vaga ilusión de que pudiera existir ahí un verdadero espacio de rebeldía desde el cual fuera posible decir «no». Pensaba por ejemplo en William Blake y sus libros iluminados. Mal ejemplo, me dirán, puesto que Blake en vida no vendía nada, pero nadie podrá decir que no es un ejemplo noble. Lo que me he encontrado, por desgracia, es muy distinto. Para ilustrarlo, mencionaré un webinar al que asistí durante el confinamiento, organizado por una prestigiosa asociación, en el que una señora al parecer muy famosa daba consejos sobre cómo promover las autopublicaciones, para así empoderar a los autores. Aunque la palabra empoderar, tan poco elegante y de la que se abusa tanto, me dio mala espina, quise creer en un genuino deseo de orientar a autoras y autores entregados a su oficio con devoción, deseosos de eludir el estrangulamiento impuesto por la industria editorial.
      La experiencia del webinar, sin embargo, era más como estar viendo a una madame explicando las artes de la administración de un burdel. Me he asomado a ese universo de mercadotecnia en línea y he salido con la sensación de haber estado de gira por infinidad de antros de mala muerte, con un tufo a sanitarios y mal alcohol. Cierto, la literatura se enfrenta a muchos obstáculos en el inmisericorde mercado tradicional, pero tampoco tiene un verdadero espacio en la falacia de la literatura supuestamente independiente, porque ahí también la única prerrogativa parece ser el mercado (uno subterráneo, invisible, regenteado por la maquinaria de Amazon), y las ambiciones de la gran mayoría de autores que gustan de llamarse independientes no parecen ser otras que las que teje su fantasía del futuro: su proyección del éxito, el dinero y la fama sin que la obra, francamente, importe gran cosa. En este panorama, sobra decirlo, todo es «actualidad». Todo efímero, todo trivial.
      Que la víctima de semejante mecanismo es la literatura es evidente, pero habría que ver por qué millares de aspirantes a esa celebridad efímera están dispuestos a oficiar el sacrificio. En inglés se utiliza el término vanity publishing, y en efecto, es la vanidad lo que vuelve seductoras las promesas de éxito inmediato. Detrás de esa seducción, sin embargo, creo que se extiende el nihilismo de una cultura que pocas esperanzas ha de tener en el futuro, sea individual o colectivo, y con una ignorancia supina en lo que toca al valor del arte y la literatura como legado vivo de la tribu, de la comunidad humana cuya riqueza trasciende al individuo. Para dicha cultura, el porvenir en realidad no existe, y el presente vivo y vibrante de la experiencia, esa realidad última, es objeto de profunda indiferencia. Es una cultura de absoluta orfandad.
      ¿A qué me refiero cuando me pregunto si habrá entonces que escribir para el pasado? No estoy hablando de viajar literalmente en el tiempo, por más interesante que eso sería. Pienso más bien, y partiendo de nuevo del presente fuera del tiempo de la literatura, en que me gustaría que lo que escribo encontrara lectoras y lectores como la que yo fui y he sido, ávidas del viaje de la lectura y capaces de discernir que dicho viaje requiere de un espacio mental, espiritual incluso, que es íntimo y totalmente ajeno a las veleidades de la actualidad (por no hablar de las del mercado y del ruido atronador de las redes sociales). Desde ese mismo presente se me ocurre que me gustaría mucho que lo que escribimos ahora pudiera ser inteligible para, por ejemplo, quienes gozaron, fueron conmovidos, sintieron miedo, exaltación, deleite o pena leyendo el Beowulf en los siglos vii u viii o xix o x (no parece haber consenso todavía), o escuchándolo leído, declamado o como quiera que haya sido dramatizado, si no sabían leer. ¿Por qué no? Si nosotros, lectores del siglo xxi, podemos experimentar todas esas emociones con su lectura, está claro que lo que los humanos tenían que decir a través de la poesía en la Alta Edad Media tiene cuando menos un «tipo de realidad histórica viva» para quienes aprecian la literatura hoy en día. Y si esa corriente de comunicación es posible de ida, me emociona pensar que lo sería también de vuelta; que, si pudiéramos vencer las leyes de la naturaleza y del tiempo y compartir un momento con los muertos de siglos y siglos atrás, nos seguiríamos encontrando con nuestra común humanidad.
      En su magnífico prefacio a su traducción del inglés antiguo al moderno del Beowulf, Seamus Heaney señala justamente esa cualidad de permanencia de la obra literaria, definiendo el poema como

una obra dueña de la mayor vitalidad imaginativa, una obra maestra en la que la estructuración de la historia es tan elaborada como los hermosos artilugios de su lenguaje. Sus elementos narrativos pueden pertenecer a una época anterior, pero como obra de arte vive en su propio presente continuo, equivalente a nuestro conocimiento de la realidad en el tiempo presente (2).

¿Y de qué está hecho el momento presente? Está hecho de silencio; de un espacioso ámbito interior que libera nuestra percepción y vuelve posible la apreciación del mundo, incluyendo sus obras de arte y su literatura. Eso es el momento presente: el del Beowulf, el de El cementerio marino, y, quiero creer, el que aún somos capaces de rescatar de vez en cuando del incontinente tormento tecnológico, supuestamente informativo, de estas primeras décadas del siglo XXI.
      Por lo demás, sigo intentando resistirme a hacer conjeturas sobre el rumbo que lleva el futuro. Así como no imaginábamos, hace algunos m      eses, que el mundo quedaría paralizado por una pandemia que sembraría muerte e incertidumbre por todo el planeta, no podíamos saber, durante el confinamiento que siguió y que dejaría buena parte de las calles del mundo desiertas, que muchas de éstas volverían a ser ocupadas no gradualmente por el retorno a la cotidianidad antigua, sino por multitudes que desafiarían la amenaza de la covid-19 para protestar por la violencia policiaca (contra un hombre negro en Estados Unidos; contra un albañil en México), ni hubiéramos podido predecir los disturbios que siguieron. A mí sin duda no se me ocurrió nunca que las calles quietas, fantasmales del centro de Londres a medio confinamiento verían irrumpir en junio hordas de grupos de extrema derecha buscando el enfrentamiento con los manifestantes de Black Lives Matter y con la policía.
      Al principio del encierro forzado, muchos imaginamos que saldríamos de la pandemia a un mundo adolorido, pero mejor. Conmovidos por la solidaridad humana, por nuestra propia fragilidad, ansiedad y dolor; arrobados por los cielos azules de la primavera, el aire puro y el canto de los pájaros que el alto abrupto de la actividad humana nos revelaban de pronto, sacudidos por la evidencia de que la pandemia era una consecuencia lógica de nuestros actos, de nuestra forma insensata de habitar este planeta, nos parecía impensable no recapacitar aunque fuera un poco; imposible, que no intentáramos empezar de nuevo, de otra forma. Ése era el futuro más o menos cercano que quisimos imaginar.
      Quizá algo de ese ideal se concrete en una realidad futura, pero mientras escribo estas palabras, durante las tentativas etapas finales, si bien nos va, del confinamiento en el Reino Unido, ya el mundo se apresura no nada más a volver al estado de cosas anterior a la pandemia, sino a volver ahí de prisa y con más ahínco, para salvar a una economía que causa muerte, destrucción y desequilibrio brutales sin tregua; para inyectar cantidades estratosféricas de dinero a la industria aérea (y ya los aviones vuelven a dejar su estela en el cielo fuera de mi ventana), y así las cosas, la pregunta de qué futuro nos espera es fuente de los pensamientos más oscuros. Pero, recordemos, no de certezas.
      ¿Cuál será la literatura que se escriba en un mundo semejante a partir de hoy? ¿Cuál será la literatura del futuro? Si ha de ser literatura, tendrá que estar hecha del momento presente: de ese presente continuo del que habla Heaney. El presente exige, justamente, la presencia de autores y lectores por igual. Exige eso, y no temas de actualidad. Eso, y no agentes literarios o ventas de millones de ejemplares. Lo único que la literatura nos pide, y lo mucho que nos da, es presencia.
      Volviendo a Paul Valéry y a su poesía, habrá que decir que, por supuesto, ésta última tiene más, mucho más que una sola lectora. En 2020 se cumplen los cien años de la publicación de El cementerio marino, que poetas, traductores, lectores y lectoras celebran en muchas partes del mundo. ¿Qué es el futuro en ese poema? Cito de la versión al español de Jorge Guillén:

El porvenir, aquí, sólo es pereza.
      Nítido insecto rasca sequedades.
      Quemado asciende por los aires todo:
      ¿En qué severa esencia recibido?
      Ebria de esencia al fin, la vida es vasta,
      Y la amargura es dulce, y claro el ánimo (3).

Desde esa pureza de la experiencia cincelada a través del lenguaje, su «¡hay que intentar vivir!» está conjugado en el presente, para siempre en el presente. A ese presente no lo derriba nada; ni siquiera la torre más alta del intelecto. No lo derriba tampoco el fin del mundo, de los mundos. Ser ese presente es la única función de la poesía, y su lectura, sobra decirlo, es mucho más fecunda que la lectura del futuro.


 

(1) Michael Wood, “Bitten by a Snake”, London Review of Books, vol. 42, núm. 10, 21 de mayo de 2020.

(2) Seamus Heaney (traductor), Daniel Donoghue (ed.), Beowulf. A New Verse Translation, W.W. Norton & Company, Nueva York/Londres, 2002.

(3) Paul Valéry, El cementerio marino, versión de Jorge Guillén, en http://www.revistaenmarcha.com.mx/miscelanea/cultura/829-el-cementerio-marino.html



 
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