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Finalista Luvinaria - cuento / Son muy escépticos los Virgo / Juan González PDF Imprimir E-Mail
X Concurso Literario Luvina Joven


Son muy escépticos los Virgo
Juan José González Flores
Maestría en Ciencia del Comportamiento, CUSur

Resulta casi imposible conocer la hora de la última corrida. Lo sabía muy bien, pero aun así decidió quedarse. Bajo la lluvia, creyó que quizá no había sido tan buena idea. Sin embargo, al ver el número iluminado de la ruta en el parabrisas del autobús que se avecinaba a través de la brisa, se convenció de que, de vez en cuando, está bien correr riesgos.
      Contó apresuradamente las monedas, que se sentían frías y suaves. Estiró el brazo, haciendo ese ademán que se usa para indicarle al conductor la parada. Ansiaba un asiento vacío y algo de paz, cosa que sólo encontraría con el ruido monótono de la lluvia y motor del autobús. En el bar había un ruido sofocado que impedía distinguir el límite entre la música y la conversación. Había planeado irse temprano. Pero ella había propuesto una ronda más y todos asintieron. Le pareció que irse en ese momento le desfavorecería. Resolvió diciéndose a sí mismo que estaba bien, que aún quedaba tiempo para una ronda más.
      Entregó las monedas al conductor quien no se tomó la molestia en contarlas ni tampoco de ver de qué denominación eran. Se preguntó de repente cuántas personas al día recibían un pasaje de autobús a cambio de una cuota incompleta. Para su suerte, quedaba un asiento vacío, junto a la ventana. Se excusó con el hombre que iba sentado a un lado y pidió permiso para pasar. Casi se dejó caer. Se pasó la mano por el cabello, tratando de despojarse del exceso de humedad y se hundió ancha y plácidamente en el respaldo, anhelando la regadera al llegar a casa.
      –¿Día difícil?
      Quiso pensar que aquellas palabras no iban dirigidas hacia él, pero sonaron tan cerca, tan tibias que no podían ser para nadie más. Quiso fingir estar dormido, pero era imposible que alguien que llevaba sentado tan sólo treinta segundos en el asiento de un autobús se quedara dormido.
      –¿Disculpe?
      –Un día difícil, ¿eh?
      –Un poco, sí… cansado.
      –De seguro eres virgo, ¿verdad?
      No había pasado ni siquiera un minuto y le pareció que aquella era (o sería, a la postre) la conversación más extraña que hubiese tenido con alguien mientras realizaba algún trayecto en autobús. Titubeando, sin pensar en la repercusión de su respuesta, contestó:
      –¿Por qué lo dice?
      –Ah, sí, los virgo son muy expresivos. La forma en que te dejaste caer en el asiento, muy vistosa, dejó notar todo ese cansancio.
      Se arrepintió como nunca el no haberse colocado los auriculares. Miró al hombre con sorpresa y con cierto rencor.
      –Sí, es difícil creerlo. No te culpo. También son muy escépticos, los virgo.
      Ahora sintió cierta curiosidad mezclada con molestia y deseos de reír. Aquello le resultaba rarísimo.
      –Sí, muy escépticos. Les cuesta trabajo creer y resultan ser muy cuestionadores. Confían demasiado, pero siempre anticipan lo peor. Son indecisos. Piensan mucho sus decisiones, cosa que les provoca cierta frustración. Sin embargo, una vez que toman una decisión, la llevan hasta las últimas consecuencias, aun cuando les resulte contradictorio hacía su beneficio. Son distraídos y se olvidan fácilmente de las cosas que suceden dentro de la rutina. Por el contrario, las cosas que los cambian de alguna forma se les quedan vívidamente.
      Pensó, con cierta malicia injustificada, que el hombre era patético. Lo imaginó como alguien que se gasta las madrugadas viendo esos programas televisivos sobre horóscopos, como un hombre obsesionado con toda esa charlatanería que tomaba por verdad misteriosa e incuestionable, aceptando fatalmente, aunque con orgullo, toda represalia que eso pudiera provocarle (el reproche social, la etiqueta de charlatán y loco, la reprobatoria opinión de los llamados hombres de razón). Vestido aun con la ropa que trajo puesta durante todo el día, sentado en la penumbra de la sala frente al televisor donde aparece otro charlatán ataviado con una especie de capa que lleva atada por el cuello y que deja entrever una camisa en la que destellan bordados de insólitas formas y colores, observa y escucha con detenimiento las palabras que éste dice: prevé fortuna para piscis; augura un cambio trascendental para todos los capricornio; hace predicciones amorosas, no tan afortunadas por cierto, para los cáncer. Toma nota, hace marcas en un calendario que encontró en un periódico y que muestra los periodos en que los astros marcaran el destino de algún signo en particular, compara los hechos sucedidos con las predicciones del sujeto de la pantalla y establece él mismo otras más osadas.
      La idea de que alguien emitiera una descripción tan acertada de él basándose en un par de gestos conductuales no le causaba gran impresión, sino por el hecho de que lo hacía ligándolos a la característica particular y nada significativa de su signo zodiacal. Se molestó, sin admitirlo.
      –Vaya, eso fue muy impresionante– dijo condescendientemente.
      –Oh, no hace falta que lo digas. Entiendo que la gente no lo tome en serio. Cuando abandoné la escuela de medicina por estudiar homeopatía todos dijeron que estaba loco. Incluso mi madre me reprochó esa decisión. Aunque, te lo digo en serio, mi padre me hubiera apoyado.
      Lo que escuchaba era increíble.
      –Era un buen hombre– continuó –, pero falleció hace mucho tiempo. En fin, dejé la medicina y me dediqué a la homeopatía. Supe que era lo correcto. La medicina es aún muy cuadrada y rígida. La homeopatía, por otro lado, asume otros planteamientos y soluciones para las dolencias. Me decidí a seguir ese camino y explorar otro tipo de abordaje que no se limitara a los tratamientos farmacológicos y las explicaciones tradicionalmente aceptadas de las enfermedades, que tomara en cuenta aspectos como la energía, las emociones, la sincronización del espíritu con las ondas cósmicas de los astros y los planetas. ¿Has oído hablar de los chakras?
      Absolutamente increíble. Increíblemente estúpido. Sólo un loco haría algo así. Mas el hombre parecía absolutamente convencido de su actuar. La forma en la que se expresaba, tan seguro de sus palabras, lo hizo dudar.
      –Aunque no me lo creas, supe que mi madre tendría cáncer antes de que los doctores se lo diagnosticaran. Y se lo dije. Naturalmente, no me creyó, lo que provocó nuestro distanciamiento. Nos reconciliamos cuando le dieron el diagnóstico. Afortunadamente, fue a tiempo y ahora se encuentra bien. Deduje lo del cáncer por su comportamiento y sus energías. Ahora ha cambiado y seguro le espera una vida larga y sana. Pero bueno, ella es leo.
      Se avergonzó de considerar la posibilidad de que el hombre tuviera razón. De que, aunque ignoradas por la mayoría y descalificadas por los actuales hombres de ciencia, hubiese cosas que, si uno las tomaba con seriedad y estudiaba con objetividad podría maravillarse, lo que el hombre había entendido y aceptado como un desafío. Su juicio sobre el hombre se balanceaba entre “charlatán estúpido” y “valiente admirable”. Vio ahí una oportunidad y acometió contra él.
      –¿Podría hacer eso conmigo?
      –¿A qué te refieres?
      –¿Es posible que pueda hacer eso con cualquier persona, descifrarla?
      –Bueno, en teoría, pero toma tiempo. Aunque podría hacer un esbozo. Ya sé que eres virgo. Tú cuestionamiento hacía mí es una característica inequívoca de tu carácter. Quizá seas estudiante, aunque no llevas contigo mochila o algo parecido. Sin embargo, luces cansado, tienes ojeras algo pronunciadas, lo que me dice que te desvelas frecuentemente, cosa común entre los estudiantes. Sin ofender, tienes un leve aroma alcohólico. Estuviste bebiendo, pero no luces en absoluto borracho. Dado que esta es la última corrida, pienso que tuviste algún asunto que atender, una reunión tal vez, y que optaste por no aplazarlo, o es posible que dicho asunto se alargó más de lo que previste y decidiste darle término, aunque eso significara, quizá, no alcanzar el autobús. Como dije, hasta las últimas consecuencias.
      –Nada que un buen ojo y un buen razonamiento no pudieran deducir. Quizá estuve yo solo bebiendo, hasta que me aburrí y decidí irme.
      –Puede ser, pero lo dudo. Si hubieras estado bebiendo solo ¿para qué quedarse hasta tarde? ¿Por qué no hacerlo en la comodidad de tu casa? Ambas interrogantes habrían pasado por tu cabeza y hubieras resuelto en no venir o, de haber venido, hubieras regresado mucho más temprano. No. Viniste porque tenías que venir.
      –Bueno, tiene usted un ojo muy agudo, pero no veo que tenga relación directa todo lo que dice con que yo sea virgo, señor…
      –Tu mirada es profunda, lejana, ligera. Estás aquí, pero podrías estar en cualquier lugar. Pudiste estar solo, pero hoy viniste por algo. Por alguien. Después de repensarlo varias veces, te decidiste. Con cierta incomodidad en un principio, pues te atormentaba que venir no te resultara tan bien como podrías esperar. Temías, ciertamente, que la expectativa te hiciera una mala jugada. Sin embargo, percibo una calma, una satisfacción que casi estoy seguro encontrarse hoy. Entre la lluvia y la posibilidad de no regresar, obtuviste algo que quizá ni siquiera te propusiste, algo que acaso sólo pensaste con carácter de imposible.
      En efecto, la satisfacción en él era enorme. ¿Otra cerveza?, le había preguntado ella. Había visto la hora unos minutos antes y eran casi las diez. Creyó entonces que era un buen momento para partir, pero pensaba también en lo que ella y los demás pensarían al verlo irse. Los minutos pasaron y la pregunta que lo obligó a quedarse llegó. Aceptó, por supuesto. Lo que había sido hasta entonces una plática grupal, con intervenciones intermitentes de cada uno, se convirtió en una charla fragmentada, cada uno con su cada cual. Ella, que estaba a un lado de él, se acercó un poco más y se enfrascaron quedamente en un ir y venir de insinuaciones bien disfrazadas de humor y casualidad. Revisó de nuevo la hora: veinte para las once. Antes de que pudiera pensarlo demasiado, ella le pidió que la acompañara afuera. Se levantaron, excusándose con los demás y salieron. Mientras avanzaban cruzando la calle él fantaseaba en sus adentros: me pasa el brazo por los hombros y me ofrece uno de sus cigarrillos. Nos sentamos a fumar en silencio, mirando ambos hacia la distancia, en direcciones distintas. La realidad no estuvo muy lejos de la fantasía: ella sacó una cajetilla de su bolso, encendió un cigarro que compartió con él. Al final, un beso habitó entre la última bocanada y las primeras gotas de lluvia.
      El autobús hizo un alto. La lluvia era apacible, una manta auditiva. A pesar de ello, no pudo evitar sentirse intimidado. El hombre lo miraba en silencio con cierta impaciencia. Está esperando a que diga algo, pensó. Sin embargo, algo dentro de sí le decía que no era necesario hablar, que el hombre sabía que había acertado. “Te descifró”. Sintió que el silencio empezaba a ser insoportable e intervino.
      –Vaya, eso fue muy impresionante– dijo ahora sin el más mínimo rastro de malicia.
      –Podría seguir– sugirió el hombre casi de inmediato.
      No, no más. Era prueba más que suficiente de sus capacidades. Trató mentalmente de encontrar una forma amable y comprensible de decírselo.
      –Bueno, es que me parece que sería muy…
      –Lamentablemente, me bajo en la siguiente cuadra. Me hubiese encantado –dijo con una gran sonrisa– continuar. Ha sido un gusto.
      –Igualmente.
      El hombre se puso de pie y avanzó hacia la puerta trasera del autobús. Se oyó un timbre lejano y el abrir y cerrar de la puerta.
      La sonrisa del hombre le pareció llena de algo que no se supo explicar. Pensó en seguida que el hombre se había burlado de él, de que había fungido como un sujeto de prueba de sus ignoradas y extrañas habilidades. Se sintió libre de una amenaza que no comprendía.
      Recordó que el hombre no había dicho su nombre. Pensó entonces, no sin miedo, que hubiera resultado innecesario que él dijera el suyo.



 
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