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Finalista Luvinaria - cuento / La que vino a (re)matar / Jett Quintero PDF Imprimir E-Mail

X Concurso Literario Luvina Joven

 

La que vino a (re)matar
Jett Antonio Quintero Guillén
Licenciatura en Letras Hispánicas, CUCSH

La vi rondando por mi calle. Fue imposible no reconocerla: su mirada penetrante ya me había visitado antes, en tres ocasiones distintas, cuando intenté cortarme, ahogarme y lanzarme desde el puente, en ese orden, tantos años atrás. En aquellos días se me había aparecido justo antes de que yo culminara cada acción, antes de que consiguiera irme para siempre. Su intervención siempre había sido la misma: me decía que no lo hiciera, porque la que debía decidir la hora de mi muerte era ella, no yo.
                  La profundidad que había en su voz logró convencerme en las primeras dos ocasiones, generándome un nivel de terror indescriptible, y tal vez también injustificado, porque ella no podría ejercer en mí ningún castigo peor que la muerte, y era eso precisamente lo que deseaba yo. Fue la tercera vez la que marcó la diferencia: al borde del puente peatonal, mientras yo debatía conmigo mismo si caería sobre el pavimento o sobre el coche de algún conductor inocente, me dijo que si yo lo hacía, ella se encargaría de que yo no muriera y de que, por el contrario, mi castigo fuera la vida eterna.
                  En aquellos tiempos, yo no quería seguir, porque una cosa era la vida, y otra, la vida sin Luna, y Luna ya no estaba. Después de cuatro años a mi lado, ella había tenido la revelación de que nuestro tiempo en el mundo es fugaz, y había decidido que quería ser libre, besando otros labios y tocando otros cuerpos, y que el compromiso vendría después. La idealización que yo había creado en mi mente sobre mi vida con Luna se había desmoronado, y así como ella decidió buscar la libertad y el goce, yo quise emprender la búsqueda del final, porque seguir ya no tenía sentido, pero aquella criatura se manifestaba ante mí y se encargaba de arruinar cada uno de mis intentos de partir.
                  La vida hoy, un lustro después, ya es otra, y había estado adaptándome, a mi ritmo, a la nueva realidad sin Luna… hasta que Luna me llamó. La semana pasada, cuando yo lavaba los trastes de la cena, la pantalla de mi celular se encendió y su nombre apareció en ella. Dijo que no sabía si yo le contestaría, que iba a venir a la ciudad la próxima semana, que había pasado mucho tiempo… y que, si yo quería, ella tenía algo que decirme. Acepté, porque estoy seguro de que ya pudo ver con claridad que su vida no es la misma sin la mía, y que el desinterés y el sexo casual la satisfacen temporalmente, pero que la satisfacción continua solo está a mi lado.
                  Ayer, tres días antes de la cita con Luna, mi Luna, la Luna que se me fue pero que, estoy seguro, está lista para volver… vi a esa criatura rondando por mi calle. Estaba sentada en el patio de la casa de enfrente, bajo la sombra del árbol, esperando… esperándome. Un escalofrío bajó desde mi pecho hasta mi estómago, tanto por la sorpresa de encontrármela como por los recuerdos suicidas que su presencia evocó. Se acercó a mí sin quitarme su mirada de encima, congelándome en la posición en la que había estado desde que la vi. Se me colocó en frente, esbozó una sonrisa y me dijo: «ahora sí, mañana a esta hora te vas». Y se fue, o debió haberse ido, porque sé que tras escuchar sus palabras solo pude sentir el sudor en mi frente y que, cuando me lo quité con la mano, ella ya no estaba ahí.
                  Hoy, después de casi un día entero sin dormir, con la misma ropa de ayer, en el mismo sillón, veo en el piso los cojines que destrocé, la botella que me tomé, la otomana que volteé… los destrozos que son consecuencia de mi furia, de caer en cuenta que ha llegado el momento de irme, justo ahora, justo cuando mi Luna ha vuelto decidida a seguir conmigo y a hacer nuestra vida juntos otra vez, justo ahora cuando ya tengo un motivo para seguir y no se me pasa por la cabeza la idea de cortarme, ni la de ahogarme, ni la de tirarme de ningún puente ni de ningún lado.
                  Esa criatura y yo tenemos historia, pero no exactamente una amigable: soy su enemigo, la he desafiado, he intentado anular su poder en tres ocasiones, he pretendido ser mi propio verdugo sin tener derecho a serlo. Podría intentar negociar con ella, o podría rogar, o quizá escapar… pero va a descartar mis negociaciones, va a ignorar mis ruegos y va a descifrar mi plan de escape, porque ella no pierde, porque ella es quien decide mi destino y lo ha dejado claro antes.
                  Me levanto del sillón, recojo todo lo que está tirado, y me dirijo a la cocina. Saco del refrigerador un puño de verduras, las coloco sobre una tabla, tomo un pelapapas y un cuchillo grande, y comienzo a pelar y a picar. Las calabazas están listas, y es turno de las zanahorias, cuando observo una sombra deslizándose por la rendija inferior de la puerta principal. Mis ojos dejan de brindarme claridad y mi casa se vuelve borrosa. Pongo mis manos sobre la barra y la aprieto con fuerza porque temo caerme. Me debato sobre si debería ir a abrir o quedarme en mi lugar, postergando el momento, pero elijo la opción de la cordialidad, la que quizá es mi última carta, y voy a abrir la puerta.
                  Me ve, exhala su aliento de tabaco, y entra en silencio, con su hacha en la mano. El sudor de mis manos se queda en la perilla. Ella me pasa el brazo por los hombros y me ofrece uno de sus cigarrillos. Nos sentamos a fumar en silencio, mirando ambos hacia la distancia, en direcciones distintas: yo, hacia la cocina; ella, hacia la pared de fotos, la pared de fotos con Luna.
                  La idea de la negociación desaparece de mi mente. Ella cree que quiero irme, porque lo he intentado antes. Decirle que ya no quiero implicaría burlarme de ella, implicaría querer sobrepasar su poder una vez más: «antes sí, pero ya no, así que yo quiero ser el que decida de nuevo». Me termino el cigarrillo y lo coloco sobre el cenicero de la mesa central, mientras veo cómo ella se come lo que quedó del suyo. Me mira buscando mi aprobación para proceder, y yo asiento.
                  —Supongo que seguiré picando las verduras —digo.
                  Voy hacia la cocina, sintiendo cómo ella avanza detrás de mí. Tomo una zanahoria y comienzo a picarla en ruedas pequeñas. Siento el temblor de mis mejillas acelerándose, indicándome que ella ha abandonado mi nivel de perspectiva y que, seguramente, ya se encuentra detrás de mí, acercándose a mi espalda para clavar su instrumento con fuerza y darme el final que tanto deseé y que, según ella, continúo deseando.
                  Mis orejas se levantan, alertándome sobre su presencia cercana. Volteo hacia la esquina de la barra y veo ahí mi celular, en el mismo lugar en el que estuvo cuando Luna me escribió, cuando Luna volvió a mi vida, cuando Luna se decidió a decirme que necesitaba volver a mi lado y se dispuso a hacérmelo saber. Mis dientes castañean. Me pregunto cuántas rodajas más podré picar antes de que todo acabe, porque veo que la zanahoria se hace más y más pequeña y yo sigo aquí picándola. No sé cuánto le falta a ella para llegar a mí, pero, tras picar una rueda, tomo la decisión, apoyo mi mano izquierda en la barra, me impulso hacia atrás, giro con tanta velocidad como puedo, con el brazo estirado, y atino: hago un largo corte en el centro de su cuerpo oscuro.
                  La pateo, aprovechando su breve lapso de confusión, y cae al piso. Pongo el cuchillo en posición vertical y, con todas mis fuerzas, lo inserto en su cuello, lo saco, y lo vuelvo a insertar, otra y otra vez, llenando mi cara y mi brazo del líquido negruzco que comienza a emanar de ella. Pataleando, emite sonidos profundos, queriendo gritar y queriendo toser, pero fallando. Deja de moverse, y yo me levanto, suelto el cuchillo, y retrocedo. Veo el piso llenándose de un charco negro proveniente de su cuello y de su estómago, y siento impulso por huir. Corro hacia la entrada y salgo de la casa, deteniéndome en medio de la calle, sin respuestas, sin saber exactamente qué acaba de suceder.
                  Los latidos de mi corazón parecen estar en mi cabeza, pues ahí es donde aseguro escucharlos, hasta que son interrumpidos por una voz, esa voz, su voz, que ya no tiene aliento a tabaco porque no está, pero que me dice que ahora soy eterno. Desaparece, y siento cómo las salpicaduras negras impregnadas en mi piel comienzan a moverse, a introducirse en mí. Escucho el sonido de un lamento, y luego el de un grito, y después el de un llanto, y varios de ellos, y muchos de ellos, y la calle desaparece para mostrarme una habitación de hotel, una recámara, un hospital, lugares y lugares llenos de personas llorando, gritando, expresando su agonía, la agonía del momento final de la vida, la agonía que debería durar menos de un segundo pero en la que ahora están estancadas, porque la criatura encargada de llevárselas yace en mi cocina.
                  Las salpicaduras negras ingresan en mí, y me empujan desde adentro. Mis piernas dan pasos torpes, tropezando, abriéndose más de lo que normalmente podrían, y dirigiéndome hacia mi casa otra vez. Intento poner fuerza para detenerme, pero ya no tengo el control. Abro la puerta y veo la sala igual que como estaba ayer, antes del aviso de mi final, antes del descontrol. Sin querer hacerlo, tomo los cojines y los rompo con las uñas, tomando su interior y lanzándolo al aire, pisándolo y pateándolo en medio de mis gritos de desesperación, de los gritos que lancé ayer al darme cuenta de que me iría antes de poder ver a mi Luna otra vez. Tomo la botella de la mesa de centro y la estrello contra la pared. Levanto la otomana y la aviento hacia un lado. Me dirijo hacia la cocina, que huele a tabaco y a sangre, y la veo todavía en el piso, inmóvil, llena de cortes, derramando su interior.
                  Me agacho a su lado, y la fuerza que ahora gobierna dentro de mí me hace mover mis manos por el charco negruzco que invade el piso. Tomo el líquido y lo llevo a mi cara, a mi pecho, a mis brazos. Me embarro sin poder detenerme y, a medida que me lleno de él, veo cómo mi cuerpo lo absorbe. Cuando queda poco, me acuesto en el suelo, junto a ella, y mi cuerpo gira, intentando tomar lo poco que queda, intentando no desperdiciar nada. El líquido se termina y, desde adentro, me hace sentir un aire frío que proviene de mis pies. Volteo hacia ellos, y veo que no están tocando el piso. Levitando, comienzo a avanzar hacia la puerta principal, y la atravieso. Avanzo a toda velocidad por el vecindario, sin rumbo, o con un rumbo que desconozco.
                  Paso por calles, por avenidas, por carreteras, y sigo avanzando. El ritmo comienza a disminuir al llegar a un edificio de departamentos. El aire frío proveniente de mis pies se va, y siento cómo bajo y toco el suelo. Entro, subo dos pisos por la escalera de caracol, y me coloco frente a la puerta del 27. La golpeo tres veces, me quedo quieto en mi lugar, y veo cómo una mujer abre, me mira con sorpresa, y sonríe. Se acerca a mí, abriendo sus brazos y dispuesta a envolverme en ellos, pero yo la lanzo hacia atrás.
                  Me acerco a Luna, la tomo por el cuello, y aprieto con más fuerza de la que me creo capaz de poseer. Sus ojos se abren enormemente, su rostro enrojece y sus manos se colocan sobre las mías, en un esfuerzo inútil de lograr que las retire. Cuando deja de pelear, la suelto y la arrojo al piso. Voy hacia la pequeña cocina, abro varios cajones, encuentro un cuchillo grande, y vuelvo con ella. Hago un largo corte en el centro de su cuerpo, y luego doy puñaladas en su cuello una y otra vez, llenando el piso y mi piel de salpicaduras rojas.
                  Me levanto y experimento la sensación de que voy a vomitar. Pierdo el equilibrio, me recargo sobre el respaldo de un sillón, y mi cuerpo comienza a calentarse. El sudor corre por mis axilas, y luego por mi cara, mi pecho, mis brazos, mis piernas… Sudo, y sudo, y genero un charco de sudor, y sigo sudando hasta que no queda sudor en mi cuerpo. Cuando se termina, un líquido negro comienza a salir por cada uno de mis poros, mezclándose en el suelo con mi sudor y con la sangre de Luna, mi Luna. Me quedo sin contenido negro en mi interior, y caigo desmayado.
                  Abro los ojos y me doy cuenta de que estoy de pie. Mi mano izquierda está apretando con fuerza la barra de mi cocina. La zanahoria está sobre la tabla, frente a mí, esperando que continúe picándola. Hay un cuchillo en mi mano. Con terror, volteo hacia atrás impulsivamente, pero no hay nadie, ni hay nada en el piso. Mi cuerpo está limpio. Escucho la risa de unos niños que juegan en la calle. No hay llantos ni lamentos.
                  Estoy vivo. Vivo eternamente en un mundo sin Luna, sin mi Luna, porque la maté.



 
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