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Los orioles han regresado / Chandrakanta Mura Singh PDF Imprimir E-Mail
Tras esconderse durante semanas, el sol emergió finalmente de las franjas de nubes cansadas. Proyectó un destello en la tierra cubierta de nieve. Con el calor que generaron sus rayos, los carámbanos que colgaban de los techos inclinados de la casa empezaron a disolverse.

      Cuando Mahda, que se había envuelto en una colcha, sacó la cabeza para mirar afuera, no pudo evitar elevar sus manos en señal de bendición a Dios. Exclamó: «¡Alabado sea Alá! Después de un largo tiempo, ha sido tan amable como para mirarnos a nosotros, mortales, con compasión».
      Khadija estaba sentada en un tablón de madera en la cocina, ocupada en dar forma a pequeñas bolas de masa. Cuando escuchó la plegaria de Mahda, estalló: «Es gente como tú que no tiene trabajo que hacer la que se dedica a rastrear los movimientos del sol. Seguramente pueden dar un recuento minuto a minuto de sus recorridos».
      «¿Quién te detiene de mirar fijamente al sol todo el día?», replicó Mahda en tono juguetón. El calor del kanger que llevaba dentro de su ropa para calentarse y el aroma en el viento de los frescos y redondos pedazos de pan en la plancha, lo habían puesto en un agradable estado de ánimo para charlar con su esposa.
      «¿Dónde está el tiempo para siquiera mirar al cielo?», dijo Khadija, lanzando un profundo suspiro. «Estoy destinada a trabajar como esclava todo el día. Y luego a nadie en la familia parece importarle un comino todo lo que hago. Nadie tiene una palabra dulce para mí».
      Mahda miró la cara arrugada y enfurruñada de Khadija y concluyó que seguramente había tenido una pelea con su hijo o con su nuera más temprano.
      Khadija siguió volteando los panes roti en la plancha y hablando entre dientes para sí misma. «Desde temprano en la mañana hasta muy tarde en la noche sigo trabajando como autómata sin un momento para enderezar la espalda. La gente de la aldea está celosa de mi buena suerte de haber tenido tantos hijos, ¡pero mis hijos son un montón de ingratos! No tengo tiempo siquiera de voltear a ver el cielo».
      «Deja de quejarte así», dijo Mahda. «Ten corazón. Si empiezas a culpar de esa manera a nuestros hijos, los vecinos se harán ideas y nos difamarán. Después de todo, los niños son niños. Con el curso del tiempo, crecerán y adquirirán la madurez suficiente para entender las cosas».
      Cada que Khadija se quejaba de sus hijos, ése era el formato de respuesta que le ofrecía Mahda. Eran niños, crecerían y adquirirían la madurez suficiente para entender las cosas. Pero Khadija sabía que sus hijos ya habían crecido y recibido la educación suficiente para entender las cosas. Y a pesar de todo encontraban culpa en todo lo que sus padres hacían o planeaban hacer. Había sólo cinco almas vivientes en la familia y a pesar de ello tenían discusiones que a menudo se convertían en acaloradas peleas.
      Su nuera no salía de su recámara hasta mediodía. En las tardes también, cuando Khadija estaba en la cocina preparando comida para toda la familia, ella evitaba pasar por ahí para no tener que ayudarla, con el pretexto de que estaba ocupada en una u otra tontería. Después de todo, ella era el producto de un nuevo amanecer, ¡una nueva era! Ella se creía muy educada y creía que así demostraba su educación. Ella no sabía cómo ordeñar una vaca (¡la vaca de la familia no la dejaba ni tocar sus ubres!). Ella no toleraba el humo que salía del fuego generado con estiércol que usaban para cocinar y calentar la casa. Como fue criada en la ciudad, probablemente estuviera acostumbrada a las estufas de gas. El resultado era que Khadija tenía que hacer todas las tareas del hogar por su cuenta. Encima de todo, su nuera no bebía el té de sal que tomaban todos. Ella debía tener té «inglés» Lipton, ¡como si su familia lo hubiera bebido por generaciones! En cuanto a su educación, en realidad no había pasado de la preparatoria, ¡y a pesar de todo alardeaba como si hubiera terminado una carrera universitaria! Encima de todo, Tariq se quedaba mudo en presencia de su esposa. Parecía sufrir de un complejo porque su mujer había sido criada en la ciudad y creía que esto justificaba la forma en que se comportaba en la familia.
      «En cambio, mira a nuestra Noorie...», continuó pensando Khadija. Noorie se había casado en la ciudad y allí tuvo que hacerse cargo de una familia de diez personas. Había tenido que aguantar los abusos de sus suegros y a veces los golpes de su marido. Lo había aceptado todo con calma, sin rencores ni quejas. Por eso era que, cuando su suegra estaba de ánimo benevolente, la bañaba de afecto como si fuera su propia hija.
      El corazón de Mahda también rebosaba de afecto hacia Noorie. Recordaba que su hija había sido criada al lado de Durgi y Kamli, las dos pequeñas hijas de su empleador, Samsar Chand (llamado afectuosamente Bablal por todos). Ella siempre buscó rodearse de buenas personas que llevaran una vida recta y respetaran las costumbres y las normas sociales. ¿Cómo podría equivocarse, entonces? Para Mahda, la nuera también era el otro extremo de ese continuum. La poca educación que había recibido se le había subido a la cabeza. Había hecho amistad con todas las mujeres caprichosas de la aldea. Era inevitable que esa compañía tuviera un efecto en su comportamiento. Mahda quería aligerar la carga que había en su corazón hablando sobre ello. Pero para qué dar lugar a disputas impropias en la familia.
      Para evitar cualquier discusión sobre este tema sensible, Mahda se levantó y caminó hacia el establo. Ahí vio temblar a los becerros recién nacidos y se preocupó. Miró arriba y vio que el techo de paja tenía goteras y que gotas de agua helada caían sobre el más joven, haciéndolo tiritar. Mahda lo levantó, lo colocó en su regazo y le dio unas palmaditas afectuosas. Después extendió una colcha andrajosa en un rincón seco y lo hizo yacer ahí. Luego puso un largo recipiente de hierro justo bajo la gotera para contener el flujo incesante.
      «Le pedí a Tariq que extendiera unos cuantos fardos de paja en el techo», masculló Mahda. «Eso hubiera prevenido la presente eventualidad, pero Tariq no lo hizo. El techo está goteando. Además, el peso de la nieve que se acumuló sobre la paja está haciendo que se desmorone. Ahora será más difícil llegar ahí para remover los carámbanos».
      «¿Por qué muchachos educados como Tariq treparían a los techos del establo para barrer la nieve y amortiguarla con fardos de paja?», ironizó Khadija. «Debes de estar poniéndote senil para pensar así». Khadija, que estaba amargada por el comportamiento caprichoso de sus hijos, dirigía toda su ira contenida hacia Mahda.
      «Nunca he tenido materia gris dentro de mi cráneo», repuso Mahda con amargura. «De hecho, me volví senil el día en que comenzó a salirles pelo sobre el labio a nuestros muchachos. Debería estar agradecido con Alá de que, aún a esta edad, puedo trabajar con mis manos. Ven, tráeme mi pala y mi vasija. Removeré una porción de la nieve del techo para aligerarlo. Para cuando los muchachos regresen, puede ser demasiado tarde. Si el techo se cae, nuestros animales sufrirán seriamente».
      Haciéndose cargo, Mahda siguió adelante y logró llegar a lo más alto del techo. Con su pala, empujó los montículos de nieve hasta el borde para hacerlos caer. Mientras se ocupaba en este trabajo, no pudo evitar pensar en los muchachos y sus maneras irresponsables, y este pensamiento llenó su corazón de pena y arrepentimiento. Cada que pensaba en Tariq y Fazal y su comportamiento desconsiderado, no podía evitar culparse a sí mismo. «Mahda, has fallado en educar bien a tus hijos», su propia voz reverberaba en sus oídos, resaltando el desagradable hecho. Perdido en sus recriminaciones, Mahda recordó lo que su empleador Samsar Chand le había dicho: «Mahda, tu ausencia de aquí, aun por pocos días, hace las cosas más difíciles para mí en casa. Tú sabes cómo cuidar niños, cómo hacerlos portarse bien».
      Pero mientras Mahda podía hacerse cargo de los hijos de su empleador, se encontraba impotente lidiando con su propia descendencia. Tras darles educación en buenas escuelas, ellos demostraban constantemente una indiferencia por las normas y convenciones seguidas por sus padres y sus mayores.

Los picos de montaña, coronados de nieve, parecían impacientes por tocar el cielo. Los vientos helados habían despojado de su verdor a la morera. No había señal de loros, periquitos o bulbules. Sin su follaje y sus amigos emplumados, la morera parecía distante, triste y desolada. Durante la primavera, el mismo árbol estaba cubierto de retoños blancos y rosas que fructificarían en moras rojas, mientras vuelos de orioles se ocultaban en el espeso follaje y trinaban muy alto.
      Mahda recordó la vez en que Bablal visitó su humilde hogar trayendo con él a sus hijos. Las niñas pequeñas se habían sentido atraídas inmediatamente por la morera. Les gustaron particularmente sus frutas agridulces y los coloridos orioles que saltaban de forma juguetona entre las ramas del árbol cantando: «Ee... ee... yo...».
      «¿Qué dicen los orioles, Mahda Kaka?».
      «Los orioles dicen: “Gopis del señor Krishna, ¿dónde han dejado los mantos que cubrían sus cabellos?”».
      Aplaudiendo con sus pequeñas manos, Kamli saltó y arrancó juguetonamente la gorra que llevaba puesta Mahda.
      «Eso no es parte del juego», bromeó Mahda, fingiendo ira y exasperación.
      «Por Dios, yo no he robado tu gorra», dijo en tono travieso Kamli, escondiéndola tras su espalda. «Ve, ese oriol se la ha llevado».
      «Ni que el oriol fuera un mono para robarme la gorra».
      Mahda finalmente tuvo éxito. Recuperó su gorra y se la puso sobre la cabeza. «El oriol nunca se llevaría la gorra de una persona», explicó. «De hecho, devolvería la gorra que fue robada a su dueño. Una gorra, como un turbante, es un signo de modestia, y su lugar legítimo es en la cabeza de una persona, donde debería quedarse».
      Después de eso, con maneras simples pero interesantes, Mahda explicó a las niñas la diferencia entre una gorra y un turbante. También los significados de los muchos sonidos producidos por las criaturas emplumadas. Como resultado de la conversación, las niñas no volvieron a tocar la gorra de Mahda ese día.
      Durgi y Kamli se habían convertido en niñas grandes. Se habían casado y vivían en lugares distantes en los que estaban felizmente absortas en sus responsabilidades del hogar. Pero Mahda aún imaginaba que seguían siendo niñas inquisitivas. Recordó que en días nevados esculpía figuras de animales con nieve para entretenerlas. Iban desde pequeños ratones hasta leones miedosos. También creó un prototipo de aspecto feroz, el espectro de un hombre indígena llamado Rahchok, para asustarlas. Los vientos helados, la curiosidad y el miedo que les había despertado pusieron las mejillas de las pequeñas niñas más rojas de lo normal.
      «¿Has visto a Rahchok, Mahda Kaka?».
      «Sí, ¿cómo no? En la noche oscura, cuando nieva sin parar, Rahchok toma una linterna en sus manos y cruza campos y montañas y riachuelos. Él siempre camina hacia atrás».
      «¡Oh! ¿Él ahoga gente en los arroyos?».
      «No, no en absoluto. Bueno, sólo a la gente con corazón de gallina, que es la que se intimida cuando lo ve. De hecho, él tiene miedo de gente brava e intrépida y se asusta cuando se la encuentra».
      Durgi y Kamli amaban escuchar historias. Especialmente historias sobre diferentes clases de aves, sus hábitats, sus rutas de vuelo y sus destinos finales más allá del horizonte carmesí. En las tardes, cuando las parvadas volaban hacia un destino desconocido formando filas inmaculadas, sacaban a Mahda de algún rincón de la casa y le hacían preguntas.
      «Mahda Kaka, ¿hacia dónde están volando esas aves?, ¿van hacia el enorme nogal de allá? Mahda Kaka, ¿quién vive en ese árbol?».
      «Ahí viven sus hijos, que esperan a que les lleven comida. Los polluelos pían con débiles sonidos para darles la bienvenida. Luego abren sus pequeñas bocas para que sus padres los alimenten».
      «¿Ellos comen comida cruda y sin cocinar? ¿No les duele la panza después de comer eso?», Durgi seguía disparando su descarga de preguntas sobre Mahda.
      Mahda se veía obligado muchas veces a revisar declaraciones que había hecho antes. En una ocasión, había dicho que a los polluelos recién nacidos sus padres les daban arroz, que ellos digerían bastante bien. El resultado fue que Kamli empezó a imitar a las aves comiendo puñados de arroz crudo a hurtadillas. Cuando su madre, Kakni, la vio comiendo arroz crudo, le gritó. Pero Kamli se defendió diciendo: «Mahda Kaka dice que los polluelos comen y digieren arroz crudo».
      Kakni llamó a Mahda y le preguntó: «Si los polluelos comen arroz crudo se enferman del estómago, ¿no es cierto?».
      Mahda entendió la indirecta e inmediatamente reaccionó a su declaración anterior. «Sí, Kakni Ma, tienes razón. La madre enciende un pequeño fuego en la copa del árbol. Los granos son cocinados y sólo entonces se los dan a los polluelos».
      «Pero las aves no tienen manos, ¿cómo les dan de comer a los polluelos?», Durgi desafió las perlas de sabiduría ofrecidas por Mahda Kaka.
      «Alimentan a los polluelos con sus picos», replicó rápidamente Mahda por temor a que cualquier retraso fuera interpretado como falta de conocimiento de su parte. «De hecho, las aves hacen casi todo su trabajo con sus picos».
      Durgi y Kamli se habían encariñado demasiado con Mahda. Se quedaron estáticas ante la vista de un bulbul. ¿Quién sino Mahda podría descifrar el significado del melodioso gorjeo del bulbul que se había posado en las ramas del árbol chinar? Mahda trataba incluso de imitar sus canciones, poniendo sus manos en forma de concha y soplando en ellas. El sonido que producía era dulce y melodioso (exactamente como el de los cantantes emplumados que estaba imitando: «Goo... gu, goo... gu, goo»).
      «¿Qué cantan estas aves, Mahda Kaka?».
      Entonces Mahda explicaría que, en sus voces lastimeras, los pequeños pájaros narraban cómo eran castigados por sus madres y también por su hermana por supuestos actos desvergonzados. Ellos se quejaban de que su madre los golpeaba con el mazo de un mortero de piedra y que su hermana hacía lo mismo con el husillo de una rueca.
      «¿Su mamá de verdad les pegaba con el mazo de un mortero?».
      «¿Por qué no lo haría? Los pequeños habían ensuciado los utensilios mientras su madre estaba ocupada haciéndoles de comer».
      «¿Y por qué les pegaba su hermana?»
      «Su hermana estaba girando la rueda cuando ellos empezaron a jugar con el rollo de hilo que hacía que la rueda girara. Eso lo ensuciaría todo de tierra. Además, ¿es así como los niños deben saltar por todas partes creando molestias?», preguntó Mahda.

Cuando Tariq vio a su padre empujando y apisonando grandes trozos de nieve del techo inclinado, abordó a su madre furiosamente: «¿Por qué Baba se subió al techo para despejar la nieve? Se va a resfriar y eso va a ser causa de preocupación para toda la familia. De por sí lleva mucho tiempo tosiendo».
      Mahda bajó del techo casi arrastrando sus pies cubiertos de nieve. El frío había congelado sus extremidades y las había vuelto pesadas. Cuando escuchó las palabras de Tariq, replicó: «¿Crees que la gente como nosotros debería contratar sirvientes para hacer tales trabajos?».
      El tono quejumbroso del discurso de Mahda provocó a Tariq, que estalló, «Puedes tener razón en decir eso. Después de todo, has trabajado toda tu vida como sirviente y estás muy acostumbrado a tales tareas».
      Mahda quedó estupefacto ante la reacción de Tariq. En su ceño aparecieron profundos surcos, también venas azules que se hincharon en su piel trigueña. «¿Quieres decir que he trabajado como sirviente toda mi vida? Sí, lo he hecho. Pero si tú hubieras trabajado en la posición en que he trabajado y te hubieras ganado el respeto que me he ganado, no estarías diciendo esto».
      Khadija hizo una señal a su hijo de cesar el duelo de palabras con su padre. Ella estaba muy al tanto de la asociación de Mahda con la familia de Samsar Chand y no quería que el tema se siguiera discutiendo.
      Khadija rellenó el kanger de Mahda con más pedazos de carbón ardiendo y se lo entregó. Mahda puso su palma congelada en el kanger y sintió calor. La intensidad de las brasas pronto lo transportó a un mundo de memorias relacionadas con el pasado. Sí, había trabajado como sirviente en la casa de Samsar Chand (Tariq no estaba completamente errado). Sí, Mahda trabajó primero como aparcero en sus terrenos, después como peón bajo sus órdenes (Samsar Chand tenía un puesto importante en el Departamento de Educación) y finalmente como cuidador de su casa y de su corazón. Tariq consideraba todo eso como trabajar en las capas más bajas y serviles.
      Depende de cómo se miren las cosas, razonó Mahda. Ojos ajenos veían las cosas desde afuera y consideraban su trabajo como el de un sirviente de la más baja categoría. Pero ellos no tenían idea de cómo funcionaba todo desde adentro. Ellos no sabían que Bablal insistía en que él comiera la misma comida y bebiera el mismo té que los miembros de su familia. Ellos no veían cómo Bablal no comía hasta que Mahda hubiera aprobado el sabor del roganjosh o del caldo yahni que hubieran preparado. Ellos no escuchaban la voz de Kakni Ma insistiendo: «Mira, Mahda, de ahora en adelante debes sentarte a comer con la familia en vez de esperar a que terminen». Cuando Mahda escuchó las instrucciones de Kakni, sus orejas enrojecieron. Intentó razonar con ella, «Kakni Ma, ¿cómo podrían patrón y sirviente comer juntos? Eso sería sacrílego. Me transportaría directamente al infierno».
      «No, Mahda», Bablal respiró del incesante humo de su cachimba antes de intervenir. «Tú eres como mi hermano. Si no retribuyo el bien que me haces, tendré que sufrir seriamente en mi próxima vida».
      Mientras Bablal pensaba que Mahda le había hecho mucho bien y le estaba agradecido, Mahda nunca lo vio como una obligación. Él siempre consideró a Kakni como a su madre y a Durgi y Kamli como a sus propias hijas.
      Cuando Mahda iba a su aldea durante sus días de descanso, Durgi y Kamli se sentían inquietas. Se sentaban tristemente en la ventana abierta mirando hacia afuera, de una manera no muy distinta a la de los niños que esperan melancólicamente a que regresen sus padres de una tierra distante a la que han ido por razones de trabajo. En tales ocasiones, cantan: «Que la nieve caiga sin cesar. Pero padre, debes regresar a casa pronto».
      Al regreso de Mahda, Kakni le diría cómo Durgi y Kamli se habían sentido tristes sin él y cómo esperaron ansiosamente que volviera. Esto llenaba el corazón de Mahda con orgullo, satisfacción y una cantidad redoblada de afecto paternal por las pequeñas niñas.

Pero pronto el tiempo dio un giro para peor. Los británicos abandonaron el país tras partirlo en dos. Aquellos que habían estado viviendo como hermanos se convirtieron en enemigos jurados de la noche a la mañana. En Cachemira, el azote llegó en forma de la infame incursión kabali que, tomando la ruta ocupada por Pakistán, había alcanzado Baramulla. En aquellos días, Bablal trabajaba como director de una preparatoria en Baramulla y Mahda como peón en la misma escuela. Como la aldea de Mahda estaba mucho más lejos y él no podía viajar diariamente de su casa al trabajo, se quedaba con Bablal y cuidaba a los niños.
      ¡Cómo podría olvidar Mahda esa fatídica noche del mes de kartika envuelta en oscuridad y silencio! El pueblo parecía dormido como un niño en el acogedor regazo de su madre. De repente, en mitad de la noche, una descarga de disparos raspó el aire sacudiendo el lugar y sus frágiles estructuras. En cuestión de minutos, el pequeño pueblo fue cimbrado con gritos de saqueo y violencia. Mahda, que estaba durmiendo, se levantó de un salto. Se apresuró afuera para ver qué estaba ocurriendo en los alrededores. Vio gente corriendo como loca que quedaba atrapada en el rango de fuego de los intrusos, que parecían disparar indiscriminadamente para aterrorizar a todos. Algunas mujeres volaron a refugiarse en bodegas y graneros, pero los atacantes habían capturado a muchas de ellas y las sacaban por la fuerza.
      Repentinamente, Rasool Miyan, Lateef Baig y Ghaffar Bhat buscaron a Mahda y le dijeron: «Mahda, si quieres salvar las vidas del maestro y su familia, ¡manda a su esposa e hijas fuera de la casa rápido!»
      La mera mención de la esposa e hijas del maestro sacudió a Mahda. Estaba claro para él que esos hombres estaban confabulados
      con los intrusos y trabajaban para su beneficio. También estaba claro que los intrusos necesitaban mujeres locales para satisfacer su lujuria y que estos hombres habían sido enviados para hacer los arreglos necesarios. Mahda vio a través de sus intenciones. Se apresuró a cerrar la casa desde adentro.
      Una vez de vuelta en el interior, Mahda vio un Bablal de cara cenicienta caminando de un lado a otro, muy ansioso. Mahda aún recordaba cómo Bablal se había quitado su turbante recién apretado para colocarlo a sus pies, buscando su ayuda en esa hora de crisis sin precedentes. Más que los sangrientos eventos que siguieron a la convulsión del mundo, fueron los ojos tristes y suplicantes de Bablal los que se grabarían en la memoria de Mahda.
      Mahda levantó el turbante de Bablal y lo colocó respetuosamente en una respisa, se inclinó ante él en una reverencia. Después pensó en un plan que puso en movimiento en el acto. Limpió la marca de color bermellón de su frente y le quitó las ropas sagradas que llevaba puestas. Ayudó a Bablal a vestirse con su propio salwarkameez. Finalmente, lo hizo saltar sobre el parapeto en la parte trasera del complejo, urgiéndolo a dirigirse hacia Srinagar por cualquier medio del que pudiera disponer.
      Después de esa rápida operación, Mahda guió a Kakni, Durgi y Kamli fuera de la casa a través de la puerta trasera y las ocultó en su propia habitación. Por dos días, Durgi y Kamli estuvieron vestidas con las ropas de Noorie para ocultar su identidad. Por la misma razón, cuando Kakni se puso las ropas de Khadija para camuflarse, Mahda se sintió agobiado con un sentimiento de vergüenza y arrepentimiento. Habló mirando el suelo: «Kakni Ma, que la furia de Alá visite a estos demonios por lo que han hecho a tu noble familia. También rezaré a Él para poder guiarte fuera de esta crisis con gracia y honor». Al escuchar esto, Kakni no pudo evitar derramar lágrimas de gratitud y abrazarlo como si fuera su propio hijo.
      Tras unos pocos días, cuando las fuerzas indias finalmente llegaron, mandaron a los saqueadores de vuelta a Muzaffarabad. Tan pronto como las cosas volvieron a la normalidad, Mahda llevó de regreso a Kakni, Durgi y Kamli a salvo.
      El episodio hizo que Rasool, Latif y Ghaffar se enfurecieran con Mahda. Incluso lo llamaron «ingrato kafir». «¿Qué es esta noción de lealtad a un amo pandit?», le increparon. «Si los atacantes se hubieran enterado, hubieran quemado toda la zona en retribución. Nuestra primera prioridad debe ser salvar nuestras propias vidas». Mahda estaba triste y perplejo. Para él, había algo por encima de la fe, pero no podía explicarles a ellos qué era.
      ¿Por qué arriesgó Mahda su propia vida para salvar a Bablal y su familia? ¿Sólo porque eran sus empleadores y los habían mantenido a él y su familia por tanto tiempo? Mahda quería plantear esta pregunta a Tariq. Después de todo, Tariq era una persona educada, razonó él, y debería ser capaz de ofrecer un respuesta convincente y bien razonada. Pero entonces Mahda decidió no preguntárselo. No en absoluto.
      Pero después de muchos, muchos años, Tariq había hecho la misma pregunta a Mahda dándole un giro distinto. Mahda quedó boquiabierto. Nunca le había importado cómo vería sus acciones la gente desde fuera, pero ¿su propio hijo? Si Tariq había sido bien educado, era debido a Bablal. Fue él quien pagó su educación hasta nivel universitario. Era debido a la generosidad de Bablal que ahora estaba lo bastante calificado como para ser maestro de una preparatoria. Un pueblerino como él, pensó Mahda, no podía haber soñado que su hijo no sólo recibiría una buena educación, sino que además sería lo bastante competente para impartir conocimiento a otros. ¿Por qué no tendría Tariq siquiera un remanente de la forma en que su padre veía la vida? ¿Qué sentido tiene el conocimiento si incapacita a una persona para retener siquiera una pizca de gratitud hacia su benefactor? Era difícil para Mahda entender por qué, después de leer unos cuantos libros, una persona pierde respeto por los valores transmitidos por sus mayores tras años de trabajo duro, experiencia práctica y sabiduría benigna.
      «¿Para qué sirve la educación si no inculca sentimientos de amor, honestidad y humildad en los estudiantes?». Mahda no podía evitar plantear la cuestión. «¿Qué tus libros no hablan sobre ellos? Nosotros no fuimos educados como tú, pero nos embebimos del libro de la vida».
      Tariq no pudo ofrecer ninguna respuesta coherente y convincente ni para su padre ni para sí mismo. Para él, esos sentimientos eran demasiado abstractos y no se relacionaban con su vida de forma significativa.
      Sí hizo un intento, sin embargo, de sopesar los términos planteados en las escalas de la lógica. Entonces resumió su entendimiento de la situación de este modo: «Padre, uno debe hablar de cosas como amor, amistad y honor sólo entre iguales. Trabajar como sirviente para un patrón toda la vida y después hablar de esas cosas en relación con él no tiene sentido. Toma tu propio caso, por ejemplo. ¿No es un hecho que trabajaste para Samsar Chand toda tu vida? Ese sentido de lealtad aún persiste en tu corazón. ¿Tú crees que los hijos de Samsar Chand, a quienes criaste como propios, aún se acuerdan de ti? Estoy seguro de que deben haber borrado esas memorias de su conciencia hace mucho tiempo».
      Tariq reafirmó su argumento con una parábola popular: «Padre, a menudo nos cuentas la historia de un nawab que tenía dos sirvientes. Cada mes, el nawab le daría un puñado de monedas de oro a uno y unas cuantas bofetadas al otro. La razón era obvia: el sirviente que recibía las monedas era honesto y trabajador, mientras que el sirviente que recibía las bofetadas era deshonesto y holgazán. Ahora, es probable que tú seas como el sirviente que siempre recibió las monedas. Ésa es la única diferencia».
      Mahda no discutió más con su hijo. Recordó un proverbio que decía que alguna vez la talla de zapatos del padre le quedaría al hijo y que, cuando eso sucediera, debía tratársele más como amigo que como hijo. También había llegado a darse cuenta de que existía un vasto abismo entre el conocimiento adquirido a través de los libros y el conocimiento recogido del libro de la vida. Él ya no trabajaba para Bablal. De hecho, tanto Bablal como Kakni habían muerto unos años antes (sus muertes sólo estuvieron separadas por unos cuantos meses de distancia). Sus dos hijas, Durgi y Kamli, se habían casado y ahora vivían muy lejos. Su hijo Nika había conseguido trabajo en Delhi y se había establecido ahí. Antes de morir, Bablal había legado una gran parte de sus tierras de cultivo a Mahda. Después de que falleciera Kakni, Mahda había regresado a su aldea definitivamente. Aún abrazaba un largo rastro de memorias dulces conectadas con ellos.
      En casa, Mahda se exponía a un mundo distinto con sus propios hijos (cada uno de los cuales tenía sus propios asuntos). A Mahda no le importaban los cambios que tenían lugar tras un periodo. Había aceptado que el cambio era la ley de la naturaleza. Después de todo, las estaciones también cambiaban. Los árboles cubiertos de abundantes hojas verdes y flores en primavera, en otoño eran despojados de su follaje quedándose con su esqueleto desnudo. Pero después de que el helado invierno se iba, sus estructuras esqueléticas se cubrían de verde musgo preparando el terreno para que de los capullos brotaran nuevas flores.
      Mahda se preguntó por qué sus hijos no podían enteder que la tierra debe retener humedad para permitir que los capullos crezcan. Sin humedad, no crecería nada de ella, excepto malas hierbas y cardos espinosos. Cuando Mahda tomó la fotografía de Durgi y Kamli en la que las dos pequeñas niñas, sentadas en su regazo, escuchaban los cantos de los orioles, se sintió inmensamente agradecido. En un estado de ánimo agradable, comenzó a tararear la vieja canción: «Los bulbules gorjean y retozan en las ramas llenas de flores».

Después de comer sus alimentos vespertinos, mientras Mahda fumaba unas cuantas bocanadas de su chilum, Tariq le entregó un sobre. «En el camino de regreso de la escuela, Ahda me lo dio. Como la dirección en el sobre estaba mal escrita, recorrió todo el pueblo antes de llegar a mis manos».
      «¿De quién será?», se preguntó Mahda. «¿Para qué me escribiría alguien ahora? Debe de ser una carta de Gulla. Me ha estado persiguiendo para que te convenza de conseguirle un modesto trabajo en la escuela».
      «Mi puesto no es lo suficientemente importante como para conseguir trabajos a la gente», musitó Tariq. Después se giró hacia Mahda nuevamente y agregó: «Esta carta viene de Calcuta, de una tal Kamla Raina».
      «¡De la niña Kamli!», saltó Mahda de gusto, sorprendido. «¿Después de todos estos años? Parece que aún se acuerda de Mahda Kaka... Léemela, hijo».
      Tariq hizo una cara burlona y leyó la carta. Mahda escuchó todas y cada una de las palabras con la máxima atención posible.
      Kamli había escrito que esa primavera planeaba ir a Srinagar llevando a sus hijos. Los niños visitarían Cachemira por primera vez. Kamli los había alimentado con muchas de las historias que le había contado Mahda cuando era una niña. Ahora los niños querían saber quién era Mahda Kaka y cuál era su parentesco con ellos. Kamli no sabía qué responderles en cuanto al parentesco. Sabía que existían algunos vínculos sin nombre que no podrían explicarse metiéndolos en los moldes de las relaciones humanas. Tal vez Mahda Kaka podría explicarles mejor esas sutilezas. Ella cerraba la carta contándole que el nombre de su hija era Kukil y el de su hijo Poshnool.
      Cuando Tariq terminó de leer, Mahda se sintió inundado de gozo y gratitud. Jaló una bocanada profunda del chilum y después se rio alocadamente. «Mira, los niños educados como ingleses tienen nombres como Kukil y Poshnool (el cuco negro y el oriol), los nombres de dos aves de Cachemira. Mira Tariq, Kamli no se ha olvidado de nada. Nada... ¡Kukil yPoshnool!».
      Por intentar aspirar mayores bocandas y hablar al mismo tiempo, Mahda se quedó sin aliento. Se levantó y salió al patio. Con lágrimas en los ojos, miró la morera, que se paraba como un centinela cubierto de hielo en medio del patio. Imaginó que el hielo se derretía y el árbol se cubría de follaje verde y frutas maduras. Estaba seguro de que pronto regresarían los orioles y, posados en las ramas de los árboles, cantarían: «Las gopis del señor Krishna están bailando sin sus mantos».

 

Traducción de Iván Soto Camba, a partir de la traducción
      del hindi al inglés de Pankaj Bhan.



 
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