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Anacrónicas / Las cosas que digo son ciertas / María Negroni PDF Imprimir E-Mail

La «poesía de mujeres de América Latina» no existe. O existe sólo como casillero recién descubierto en un mercado que disfraza su paternalismo mediante la proliferación de etiquetas que, por supuesto, sólo sirven para señalar a las minorías e impedir la percepción y el festejo de las diferencias. De modo que no voy a escribir sobre la poesía de mujeres en América Latina. Prefiero concentrarme en algunas voces tomadas al azar, a veces llevada por la admiración, otras por la afinidad, otras por la mera alegría que me producen ciertas poéticas yuxtapuestas, la promesa de libertad que esa misma variedad contiene. «Las cosas que digo son ciertas», dice un poema de Blanca Varela. Me gusta el tono de ese verso, de afirmación sin altisonancias, de manifiesto sin réplica ni exigencias. Yo querría hablar en ese tono como quien constata. Como quien celebra lo que hay y también lo que todavía no ha llegado a ser o no ha sabido conquistar. La inseguridad, los miedos, la soledad terrible están allí, cada vez que nos sentamos a escribir, pero también la luz, la exaltación, la posibilidad de comprender un poco más, de transformar eso que Ana Cristina Cesar llamó «la maldad de escribir» en un acto que pueda consolarnos de todo lo que nos deja ausentes a nosotras, de nosotras mismas.

      «Yo sé que la poesía es indispensable», escribió Apollinaire, «pero no sé para qué». A lo mejor es algo muy sencillo, se pone una palabra en su lugar y el milagro se produce. Algo nos consuela entonces de las palabras vacías que se juntan sobre el mundo como catástrofes. Se trata de un matiz, una cualidad, un aspecto del silencio que representa acaso la forma más alta del espíritu de contradicción. No tiene otro país la poesía. Crece en medio de la indefensión, en medio de la ceguera, sin saber adónde va, si podrá retroceder, si ya volvió a empezar pero aún no se dio cuenta.
     Viajeras del sueño, la sexualidad y lo fantasmático, del futuro antiguo de la infancia, del miedo, del exilio político y de género, de todo lo fallido y lo que desvía del discurso bienpensante, las poetas mencionadas saben que el poema busca el blanco, sin distraerse de la riqueza que está escondida en lo ambiguo, lo inverosímil, lo inexplicable. Cada una a su manera enuncia la opacidad del mundo y así construye ese objeto abierto al lujo de la inteligencia y a la emoción —indecible— de lo imaginario, que es, desde siempre, el oficio terrestre del poema.

Marosa Di Giorgio

Ayer conocí el nombre secreto de mi casa.
Era ya el atardecer, y todos paseaban, por la huerta,
el jardín, la calleja, donde las coliflores levantaban sus hermosas
puntas y tazas de plata. Ya ardía alguna estrella,
algún cometa y su cabello fatídico.
Entonces, tomé la lámpara, la más pequeña, fui,                 en puntas
de pie, hasta el armario. Busqué el libro, sigilosamente,
pasé hoja por hoja; hasta que todo empezó a temblar como
si estuviera por llegar la muerte, y todo se quedó inmóvil
como si ya hubiese llegado.
Y yo la vi, no la rosa encarnada que estás imaginando, ni rosa,
ni amarilla, ni una efectista rosa negra. Sólo un pimpollo
plano y claro, de pocos pétalos.
Parece de agua, una gema de mármol, parece un lirio.
La tarde caía como si fuera un siglo

Ana Cristina Cesar

Nada esta espuma

Por enfrentamiento del deseo
insisto en la maldad de escribir
pero no sé si la diosa sube a la superficie
o apenas me castiga con sus aullidos.
Desde la amura de este barco
quiero tanto los senos de la sirena.
                                                                       

Elsa Cross

Palabras

Morada oscura del sentido,
prisión y límite
de lo que en el silencio se nos da.

Ah, palabras, que puedan todavía
hilvanar
tu imagen por ellas dispersadas.

En vano sus fuerzas reconcilian,
pues no salvan
el salto que va del habla
al pensamiento
y del pensar al ser ensimismado.

Vienen solas y dicen de la «cámara blanca».

Cristina Peri Rossi

Proyectos

Podríamos hacer un niño
y llevarlo al zoo los domingos.
Podríamos esperarlo
a la salida del colegio.
Él iría descubriendo
en la procesión de nubes
toda la prehistoria.
Podríamos con él cumplir los años.

Pero no me gustaría que al llegar a la pubertad
un fascista de mierda le pegara un tiro.

Blanca Varela

Las cosas que digo son ciertas

Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro
    pierde los ojos y cae. Alrededor de él los
 hombres lloran y ven llegar la nueva estación. El río
   corre y arrastra entre sus fríos y confusos
brazos la oscura materia acumulada por años y años
   detrás de las ventanas.

Un caballo muere y su alma vuela al cielo sonriendo
   con sus grandes dientes de madera
manchada por el rocío. Más tarde, entre los ángeles, le
   crecerán negras y sedosas alas con que
espantar a las moscas.

Todo es perfecto. Estar encerrado en un pequeño
cuarto de hotel, estar herido, tirado e
impotente, mientras afuera cae la lluvia dulce,
   inesperada.

¿Qué es lo que llega, lo que se precipita desde arriba y llena
   de sangre las hojas y de dorados
escombros las calles?

Sé que estoy enfermo de un pesado mal, lleno de un
   agua amarga, de una inclemente fiebre que
silba y espanta a quien la escucha. Mis amigos me
   dejaron, mi loro ha muerto ya, y no puedo
evitar que las gentes y los animales huyan al mirar el
terrible y negro resplandor que deja mi
paso en las calles. He de almorzar solo siempre.                 
   Es terrible.

i

Olga Orozco

Canto xiii

Se descolgó el silencio,
Sus atroces membranas desplegadas como las de un
   murciélago anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de la negación.
Tu boca ya no acierta su alimento.
Se te desencajaron las mandíbulas
igual que las mitades de una cápsula inepta para
 encerrar la almendra del destino.
Tu lengua es el Sahara retraído en la penunbra.
Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas
    y de rostros.
Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces
   modelos de este mundo.
Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se
   ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,
sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en
   lágrimas.
Tus uñas desasidas de la inasible salvación
recorren desgarradoramente el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de carbón sofocado que
   atraviesa
la estera de los días.

 

 

 

      «Yo sé que la poesía es indispensable», escribió Apollinaire, «pero no sé para qué». A lo mejor es algo muy sencillo, se pone una palabra en su lugar y el milagro se produce. Algo nos consuela entonces de las palabras vacías que se juntan sobre el mundo como catástrofes. Se trata de un matiz, una cualidad, un aspecto del silencio que representa acaso la forma más alta del espíritu de contradicción. No tiene otro país la poesía. Crece en medio de la indefensión, en medio de la ceguera, sin saber adónde va, si podrá retroceder, si ya volvió a empezar pero aún no se dio cuenta.
     Viajeras del sueño, la sexualidad y lo fantasmático, del futuro antiguo de la infancia, del miedo, del exilio político y de género, de todo lo fallido y lo que desvía del discurso bienpensante, las poetas mencionadas saben que el poema busca el blanco, sin distraerse de la riqueza que está escondida en lo ambiguo, lo inverosímil, lo inexplicable. Cada una a su manera enuncia la opacidad del mundo y así construye ese objeto abierto al lujo de la inteligencia y a la emoción —indecible— de lo imaginario, que es, desde siempre, el oficio terrestre del poema.

Marosa Di Giorgio

Ayer conocí el nombre secreto de mi casa.
Era ya el atardecer, y todos paseaban, por la huerta,
el jardín, la calleja, donde las coliflores levantaban sus hermosas
puntas y tazas de plata. Ya ardía alguna estrella,
algún cometa y su cabello fatídico.
Entonces, tomé la lámpara, la más pequeña, fui,                 en puntas
de pie, hasta el armario. Busqué el libro, sigilosamente,
pasé hoja por hoja; hasta que todo empezó a temblar como
si estuviera por llegar la muerte, y todo se quedó inmóvil
como si ya hubiese llegado.
Y yo la vi, no la rosa encarnada que estás imaginando, ni rosa,
ni amarilla, ni una efectista rosa negra. Sólo un pimpollo
plano y claro, de pocos pétalos.
Parece de agua, una gema de mármol, parece un lirio.
La tarde caía como si fuera un siglo

Ana Cristina Cesar

Nada esta espuma

Por enfrentamiento del deseo
insisto en la maldad de escribir
pero no sé si la diosa sube a la superficie
o apenas me castiga con sus aullidos.
Desde la amura de este barco
quiero tanto los senos de la sirena.
                                                                       

Elsa Cross

Palabras

Morada oscura del sentido,
prisión y límite
de lo que en el silencio se nos da.

Ah, palabras, que puedan todavía
hilvanar
tu imagen por ellas dispersadas.

En vano sus fuerzas reconcilian,
pues no salvan
el salto que va del habla
al pensamiento
y del pensar al ser ensimismado.

Vienen solas y dicen de la «cámara blanca».

Cristina Peri Rossi

Proyectos

Podríamos hacer un niño
y llevarlo al zoo los domingos.
Podríamos esperarlo
a la salida del colegio.
Él iría descubriendo
en la procesión de nubes
toda la prehistoria.
Podríamos con él cumplir los años.

Pero no me gustaría que al llegar a la pubertad
un fascista de mierda le pegara un tiro.

Blanca Varela

Las cosas que digo son ciertas

Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro
    pierde los ojos y cae. Alrededor de él los
 hombres lloran y ven llegar la nueva estación. El río
   corre y arrastra entre sus fríos y confusos
brazos la oscura materia acumulada por años y años
   detrás de las ventanas.

Un caballo muere y su alma vuela al cielo sonriendo
   con sus grandes dientes de madera
manchada por el rocío. Más tarde, entre los ángeles, le
   crecerán negras y sedosas alas con que
espantar a las moscas.

Todo es perfecto. Estar encerrado en un pequeño
cuarto de hotel, estar herido, tirado e
impotente, mientras afuera cae la lluvia dulce,
   inesperada.

¿Qué es lo que llega, lo que se precipita desde arriba y llena
   de sangre las hojas y de dorados
escombros las calles?

Sé que estoy enfermo de un pesado mal, lleno de un
   agua amarga, de una inclemente fiebre que
silba y espanta a quien la escucha. Mis amigos me
   dejaron, mi loro ha muerto ya, y no puedo
evitar que las gentes y los animales huyan al mirar el
terrible y negro resplandor que deja mi
paso en las calles. He de almorzar solo siempre.                 
   Es terrible.

i

Olga Orozco

Canto xiii

Se descolgó el silencio,
Sus atroces membranas desplegadas como las de un
   murciélago anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de la negación.
Tu boca ya no acierta su alimento.
Se te desencajaron las mandíbulas
igual que las mitades de una cápsula inepta para
 encerrar la almendra del destino.
Tu lengua es el Sahara retraído en la penunbra.
Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas
    y de rostros.
Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces
   modelos de este mundo.
Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se
   ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,
sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en
   lágrimas.
Tus uñas desasidas de la inasible salvación
recorren desgarradoramente el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de carbón sofocado que
   atraviesa
la estera de los días.

 
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