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Atlas liberado / Christian Anguiano PDF Imprimir E-Mail
CATEGORÍA: LUVINARIA / POESÍA

Finalista


Atlas liberado  /  Christian Alejandro Anguiano Molina
    Profesor de Preparatoria 10


 

Ahora sostienes sobre tus hombros
los raquíticos restos del mundo.

Un peso funesto te ha cuarteado las arterias y los nervios:
      heredada a ti la miseria del siglo
en el instante en que cargas los cadáveres forjados por tu propia mano
justo antes del desplome de la tierra vencida. 

En otros tiempos
habrías cargado sobre tu espalda tortuga el hambre ajena,
el cielo de lámina, la cama infestada de comejenes,
las ropas con temblor de viejos inviernos. 

La mujer que odiaste habría sanado el cáncer del abandono;
no habría suspirado su aliento definitivo en tu laberinto baldío
con la cabeza reventada
por el susurro del martillo que atravesó su vida
el día de su último aniversario.

Un alma etílica te encarroñó las alas,
te estancó una muerte desbordada,
el hambre insensata,
      la ausencia y el sufrimiento.

Un sol de infierno ha derretido las lágrimas de barro
y los mares del mundo escurren en ríos de sal sobre tu nuca,
ahogan la bolsa de confites añejos sobre tu dorso de bestia,
el intercambio fallido por endulzar con cal
el aroma de la muerte que soportan tus hombros.

Tu vástago,
      montaña clavada hasta la carne,
ya no rugirá como el volcán de culpas de la infancia.
El calor ha secado el silencio de su boca,
el deseo inepto de salvar la superficie del mundo. 

La muerte no puede doler más que antes,
      un deceso apático en la historia;
sin embargo, lame tus orejas,
amenaza con un futuro lastimoso,
mundo derrumbado sobre tus hombros.

Y entre menos somos, más nacen sin miedo,
pero nada bueno retoña tras la sangre y la violencia.

La muerte tiene el rostro marchito de tu hijo,
el tuyo propio y el remanente de tus días.
Tuvo la voz de la esperanza
fundida en gritos antes de la despedida.

La tortuga que sostiene el universo
se quedó enterrada en el antiguo jardín
      bajo la plancha de concreto,
clavada en alambres que te abrieron las piernas
en llagas de asbesto y cal.

Y llega el desplome del residuo de ti mismo,
empozado sobre el cuerpo de su madre;
el ícaro desalado cae a la nada.

Tus extremidades se fatigan con el peso de la muerte,
el frío de los inviernos que no salvaste.

Los raquíticos restos del mundo te parten las piernas.

Caen juntos al sepulcro prometido
padre, madre, hijo
      vencidos por la culpa ciega de ayeres.
 
Sobre tu cuerpo
el cadáver primigenio te arrastra a lo definitivo,
al desplome de un mundo forastero;
el endeble escombro te guía
al escape cobarde;
tragado por la tierra
      que ya no quieres
           ni supiste soportar.
           Libre al fin
           del raquítico
                peso
                     del
                          mundo.

 
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