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Entre él y el mar / Alberto Spiller PDF Imprimir E-Mail

 

Entre usted y yo hay toda el agua del mundo.

      Elena Garro, La semana de colores

 

El mar se divisaba a través de un marco de antiguas columnas estranguladas por raíces, lianas y plantas tropicales. Unas frondas que parecían colgar de la cornisa superior, mecidas de vez en cuando por la brisa, y piedras lamidas cadenciosamente por olas tranquilas —demasiado tranquilas, pensó, por ser las de ese mar— completaban aquel cuadro que, por su singularidad, habría podido ser el Magreb, el Golfo Pérsico, el Caribe o Indochina.
      Había llegado allí por azar, por esas coincidencias de la vida que, vistas a posteriori, se parecen tanto al destino, o a la vida misma. Pero eso no era lo importante. Desde que el hombre había rentado este cuarto que daba a la playa, tomó la decisión de que nunca habría de cruzar el marco y formar parte, aunque fuera por un solo instante, del cuadro. Decisión que parecía dictada más por un sentido de imposibilidad que por una convicción racional.
      Pues entre él y el mar, aquel lienzo de mar que se extendía frente a sus ojos demasiado tranquilo para ser creíble, quedaría una distancia infranqueable como la que separa a una creación de su autor. De esto estaba seguro, porque lo había experimentado varias veces a lo largo de su vida. Y con esta obra última, que se dibuja y borra con voluntad propia desde sus entrañas, inasible, no habría podido ser de otra forma.
      No obstante, había resuelto hacer un extremo esfuerzo para intentar aferrarse a ella e inmortalizarla en el marco de piedras, pero hasta entonces, a cada intento, como una frase en la arena, había quedado cancelado y excluido sin remedio de ese lienzo que apenas había logrado rasgar, si acaso, con inútiles anhelos o vencido rencor.
      Un día ella cruzó el cuadro, morena, agraciada y liviana como si caminara sobre el agua; despreocupada, como si no supiera que estaba irrumpiendo en un boceto ajeno que alguien estaba pintando con sus ojos; arrogante, pensó el hombre, como si no le importara apoderarse así, con su pose altanera y ladina, de eso que él, pese a las horas de incesante observación y empeño, no había logrado mínimamente aprehender.
      La aparición fue tan abrumadora e intrusiva como fugaz. En los días siguientes no volvió a verla. Mientras, él seguía pintando el cuadro con su mirada, las olas rompiendo en su iris azul marino, donde se confundían y mezclaban en una única resaca de tristeza.
      Entre él y el cuadro, frente a la terraza del cuarto que rentaba, se alzaban los únicos testigos de esa perpetua obra inacabada: ruinas de lo que había sido un antiguo polvorín y la irrespetuosa vegetación tropical que las iba recubriendo, dibujando con sus raíces y ramas engarzadas en la piedra figuras que recordaban antiguos petroglifos.
      Tal vez, llegó a pensar, muchos años antes algún centinela o capitán del ejército colonial, desde el lugar donde él se encontraba, habría estado acechando ese pequeño recuadro de mar esperando suministros, un relevo, o avistar un galeón pirata. O simplemente, igual que él, en la nada del aburrimiento y el hastío, habría estado recreando en silencio ese cuadro monótono y encrespado por leves olas y reflejos, demasiado endebles y borrosos como en una ilusión óptica; o en un sueño.
      Luego, un día ella reapareció. Pelo corvino largo, tobillos y ojos afilados de pantera, su misma negra y aterciopelada gracia. Otra vez se detuvo en medio del cuadro. Qué insolencia, pensó él. Qué hermosa insolencia; y pronto, como volvió a comparecer, de nuevo desapareció con la rapidez de la sombra de un ave sobre el espejo del mar, y lo único que dejó tras de sí fue el ronroneo de la resaca, que de tan mansa y sumisa le resultaba cada vez más insoportable, más absurda para ese mar. Pero al día siguiente volvió con su aire despreocupado de brisa marina; y al otro también, con su cuerpo hecho de sol y arena; y así el tercero, sin voltear, con su seguridad a cuestas como si fuera la sal del mar que se posaba en su piel atezada.
      Hasta que un día se detuvo y lentamente volteó a ver el cuadro, del otro lado del marco. Permaneció así algunos minutos; los rayos del sol reverberando en sus ojos; los de él fijos en los suyos, espejeando el mar. Luego se fue con la misma displicencia con la que había llegado.
      Ya no pudo pintar, o por lo menos no de la misma forma. Sintió que desde que ella, con sus apariciones diarias, empezó a apoderarse del cuadro, éste había tomado un rumbo definido e irremediablemente fuera de su control, de por sí ya precario.
      Quizás, pensó, el suyo había sido nada más un vano intento para inmortalizar algo que inexorablemente se le estaba escapando de las manos. Quizá la belleza, siempre perecedera, que veía desvanecerse en su cuerpo viejo, en sus recuerdos y en las pocas cosas que lo rodeaban; o la comprensión de un mundo que había renunciado a entender; o tal vez la misma vida.
      Enmarcando ese pequeño recuadro de mar se había hecho la ilusión de que, como las infatigables olas, la vida iría y vendría para siempre estancada en un monótono vaivén para que él pudiera chapotear en un eterno reflujo. Ella, sin embargo, con su apática pero tangible intrusión, había trastocado el sucederse de las mareas en que estaba contenido su sueño de inmortalidad.
      —Hola —le dijo de repente un día desde el lienzo, después de que había permanecido, como hacía desde un par de semanas, unos minutos observando el marco; y tal vez también a él.
      —Buenas tardes —respondió el hombre, no supo si molesto o sorprendido, como si un intruso, después de meterse en una de sus obras, en su más honda intimidad, se hubiera atrevido además a hablarle.
      —¿Eres pintor?
      —No —balbuceó distraído, descubierto, y se refugió en la copa de vino que tenía a un lado, dando un largo trago, pero sin dejar de mirar hacia ella; de, a su manera, seguir pintando.
      La chica se fue con una insolente y blanca sonrisa de ala de gaviota. Mas al día siguiente de nuevo estaba allí, con su tozudez y puntualidad cenitales.
      —Hola.
      —Hola.
      —¿Seguro que no eres pintor?
      —¿Por qué preguntas?
      —No sé, parece como si estuvieras siempre pintando.
      —No, en realidad lo que hago siempre es nada.
      Si bien no lo quería, o no lo sabía, ella ya era parte de la pintura. O era la pintura. Incluso, y ese pensamiento lo aterraba, había sentido la tentación de bajar de su terraza, cruzar el jardín poblado de ruinas —podían ser ídolos prehispánicos, unas cabezas de budas indochinas o dioses hinduistas— y pasar por debajo del marco. Franquear ese lienzo insorteable. La idea, pese a la zozobra, en sus adentros iba tomando cada vez más cuerpo.
      —Me gustaría que me pintaras, un día —le dijo ella en uno de sus alejados encuentros.
      —Si no hago nada, cómo voy a pintarte.
      Una turbación aguda no lo dejaba en paz y se exacerbaba por la resaca, que seguía inexplicablemente pacata, como una lúgubre letanía. Se insinuó en su ánima la duda, la terrible sospecha, de que de este o del otro lado del marco la posibilidad del sosiego que buscaba no existía, y que tal vez la única forma para eternizarse, para crear su inmortal obra de arte, era fundirse con ella, atravesarla y dejarse sumergir en la propia resaca. Y la mujer se había convertido en una pieza inescindible de todo su anhelo, de su maquinaria de incertidumbre.
      —¿Por qué no me pintas tú? —le dijo un día a la chica, envalentonado por unas copas de más.
      —Tal vez lo haré, pero yo no soy pintora.
      —Yo tampoco soy pintor...
      Hasta que de repente no volvió a aparecer. Pasaron días de nada, de mirar sin pintar el cuadro vacío. Presa de una incurable angustia, por fin decidió bajar. Su traje de lino blanco, el sombrero Panamá cubriéndole la frente, recargado en su bastón. Se entretuvo entre la tupida vegetación, viendo las raíces que resquebrajaban las ruinas con una fuerza sin furia, indeciso. Dio una última mirada desde su lado del marco y luego franqueó el umbral.
      Del otro lado el reverbero dibujaba una fina línea al fondo de la caleta, estremecida por el atardecer. Como sospechaba, no había mucho afuera, mucho que le interesara, que le quedara por ver o desear. Luego volteó hacia la derecha, donde se alzaba un cúmulo de rocas. Allí, recargado y bañado por las olas, descansaba un cuadro. Se acercó y lo observó. Quedó unos segundos sin aliento.
      En medio del marco, y del marco de viejas columnas —desde la exacta perspectiva que tenía él de su terraza—, como la había mirado y recreado sin asirla, estaba representada la imagen de la muchacha, de frente al mar y a un horizonte encendido, último. El cabello negro hasta la cintura, tomada de su mano; él de sombrero Panamá y traje de lino blanco que exaltaba la belleza atezada y desnuda de ella, mientras caminaban hacia el reverbero de la puesta del sol.
      Entonces recogió el cuadro, lo sujetó con las dos manos al pecho y empezó a caminar, sumergiéndose despacio en la callada, extrañamente callada resaca.  



 
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