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Estuario / Mireille Diaz-Florian PDF Imprimir E-Mail

Ella avanzó muy cerca del borde hasta sentir el pulso profundo del río. Combustible regado irisaba la superficie de las aguas lodosas. Un cielo gris borraba los límites del horizonte. Ella había abandonado la ciudad en un alba sucia que anunciaba la lluvia. Había conducido varias horas con la curiosa sensación de nadar a contracorriente.

      Su decisión había sorprendido. Lo había anunciado con una voz insegura en el curso de una comida familiar. Sólo su pareja había percibido el sentido de esa partida. Antes de salir, se detuvo frente a la habitación de la niña. Había escuchado su calma respiración. Había abandonado el departamento de puntitas. Una vez en la calle, había visto prenderse una luz en el piso de arriba. Una mano había levantado la cortina. Ella había hecho una señal. Recordó más tarde, solamente más tarde, que tenía la edad de su hija cuando su madre había desaparecido. Pensó en ese momento, en ese momento solamente, una historia muchas veces oída.
      Se mantenía de pie, frente al río. Sentía bajo sus pies la arena viscosa que la fijaba a la orilla. Sabía lo que se exigía de sí. Agotaría en algunas horas el recuento del pasado. Tierra y agua perpetuamente integradas filtran persistentes las últimas escorias. El río iba lentamente a fundirse en las aguas del estuario. Olvidadizo de su ruta, mezclaría sus aguas a las de los otros ríos antes de las mareas oceánicas. Ella quería, si no el olvido, esta suspensión apacible en la superficie de su vida. Esperaría el verano austral, tranquila. Lo sabía desde siempre. El instante escogido poco importaba.
      El paso de un barco trajo hasta ella una ola sombría. Retrocedió. El agua chocaba con un bloque de cemento hundido y se retiraba con un ruido de succión. Ella siguió inmóvil. Sentía brotar en ella una cólera de la que nunca hasta entonces había medido la violencia. La consideró incluso como esa misma que había suavizado su vida. Le exigía al río que le mostrara lo que se había tragado.
      Conocía todas las etapas de la ejecución. Citábamos el tipo de aviones y el nombre de pilotos que tiraban en pleno vuelo, a los prisioneros vivos. Habíamos encontrado algunos cadáveres sobre la playa. Ella había escudriñado sobre la pantalla el rostro de los torturadores. Al norte de la ciudad, un muro de recuerdo se levantaba sobre las riberas del estuario. Ella había encontrado el nombre de esta mujer que la desaparición volvía definitivamente presente. Una flor roja temblaba, colgada entre los ladrillos. Un hombre al lado de ella había acariciado cada letra de un nombre. Ella lo había mirado alejarse hasta desaparecer en el extremo de la explanada. A ella no le gustaba este lugar. Iría por el borde del río.
      Lo fijaba ahora hasta sentir arder sus párpados. Conocía la vida del río. Río arriba, cavaba en la roca, cavidades espumosas. Sus aguas chorreaban en lo más profundo del bosque. Aplastaba incansablemente los troncos putrefactos y los peces muertos. Los hombres se acercaban ahí con respeto antes de empujar con las asas arenosas de finas embarcaciones. Atrapado en las confluencias, se agotaba en terribles remolinos. Más abajo, las ciudades y los puentes trataban de contenerlo. Él perdía en su extensión la memoria de su fuente clara.
      Ella cerró los ojos. Escuchaba el susurro del agua sobre la orilla y más lejos el golpeteo ritmado de una corriente poderosa. Se dejó mecer. Esperaría todavía algunos instantes antes de aceptar en ella el silencio. Se hincó para sumergir sus manos en el agua turbia. Sacó de su bolsa un pequeño zapato de niño. Lo puso sobre el agua. Lo miró flotar, luego hundirse rápidamente en un torbellino.

 

Traducción del francés de Silvia Eugenia Castillero



 
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