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Zona Intermedia / Una ciudad mosaico / Silvia Eugenia Castillero PDF Imprimir E-Mail

Madrid es una ciudad mosaico, una ciudad que guarda aún ese resabio medieval de barrios con una personalidad única, como entrar a diferentes etapas de la historia. Pareciera que la propia ciudad se muestra en diversos actos teatrales, a través de los cuales diferentes telones se abren y cierran dependiendo del barrio que recorre el caminante.

1.
      «Marta de Nevares prende las esmeraldas de sus ojos en el perfil del autor de la comedia, el reverendo padre Félix Lope de Vega y Carpio, cuya vista parece llegar más allá del tablado, hundirse tras los actores mismos, en la lejanía de sus propios pensamientos. A Marta le inquieta ese cura de mirar penetrante, labios irónicos y sensuales, todavía gallardo al pasar de los cincuenta» (Amarilis, Antonio Sarabia, Espasa- Calpe, Madrid, 1992).
      En la calle Infante, Marta de Nevares, nombrada Amarilis por Lope de Vega, vivió su etapa final luego de quedarse ciega y loca. Fue la última amante del escritor, treinta y cinco años más joven, con quien tuvo una relación amorosa intensa y tortuosa y a quien cuidó hasta su muerte.
      2.
      Madrid pasó de ser una fortaleza (cuando fue fundada por el emir de Córdoba y nombrada Mayrit, en el 855) a ser la capital de la corte en el reinado de Felipe II y a consolidarse como una metrópoli cortesana. En esta ciudad real, durante el apogeo que luego se vino abajo, vivieron en el siglo xvii los grandes escritores que solemos llamar del Siglo de Oro: Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Juan Ruiz de Alarcón, Calderón de la Barca. Un barrio que se llamaba de Las Huertas porque estaba lleno de árboles y cultivos, luego se fue llenando de tabernas y se transformó en el barrio bohemio hasta ser el barrio rojo, al que llegaban los soldados de Flandes en busca de aventuras.
      El actual barrio de Las Letras, entre el Paseo del Prado, la plaza de Jacinto Benavente, la calle Atocha y la carrera de San Jerónimo, da constancia de la vecindad en la que vivieron estos escritores. Ahora, dentro de la gran metrópoli madrileña, el barrio es un paréntesis, una invitación a retrasar el tiempo, un oasis.

3.
      Lope fue de todos quien más éxito tuvo y quien logró una mejor situación económica. En la calle Cervantes núm. 11 (antes calle de Francos) se encuentra la Casa Museo Lope de Vega, donde residió sus últimos veinticinco años y a la que definía como «mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio». Cervantes vivía a unos metros, sin embargo no tuvo la misma suerte que su vecino y amigo (aunque pasados los años se enemistaron).
      Las obras de teatro se representaban en patios enormes llamados corrales de comedias, al centro de edificios de viviendas. La gente pasaba el día en el teatro, pues las obras podían durar jornadas completas, e incluso se comía y se bebía ahí dentro. En el barrio se contaban el Corral de Sol, el de Burguillos, el de la Pacheca y el de la Cruz. En 1583 abrió sus puertas el Corral del Príncipe, que en 1849 se convirtió en el actual Teatro Español. Las obras de Cervantes no fueron tan exitosas como las de Lope, no llenaban los corrales ni su autor era ovacionado. Sólo cobró éxito tras escribir el Quijote, pero sin lograr que algún escritor contemporáneo le hiciera un prólogo. El manco de Lepanto murió pobre, viejo y olvidado, tuvo un entierro humilde en el Convento de las Trinitarias, donde profesó su hija sor Isabel, como también sor Marcela, hija de Lope. Tras reformas en el edificio se perdió la huella de sus restos.

4.
      Más adelante, en la calle Atocha, hay una placa conmemorativa: «Imprenta de Juan de la Cuesta», donde se imprimó en 1605 la primera edición de el Quijote.
      ¿Cómo sucedió que, no siendo tan popular el autor de el Quijote, logró, a pesar de todo, conmocionar a sus lectores? Ignacio Padilla responde con acierto a esta pregunta: «Aclaremos de entrada que el personaje Don Quijote es tan apocalíptico como antiapocalíptica es la novela que habita. El hidalgo es un utopista incendiario encerrado en un texto cuya intencionalidad es que descreamos de las utopías… Don Quijote sueña con la Edad de Oro en términos clásicos y bíblicos… La virulencia que impregna la gesta de don Quijote —una violencia que ineluctablemente genera también violencia en quienes enfrenta y a quienes afrenta— convive en la novela con la amarga risotada que nos provoca la renuncia del soldado Cervantes a seguir creyendo en sus ideales, resistiendo entretanto los embates de la realidad» (Los demonios de Cervantes, fce, México, 2016).

5.
      La otra pareja de enemigos la formaban Quevedo y Góngora, cuya rivalidad quedó reflejada en romances y sonetos satíricos. Quevedo escribió:

Yo te untaré mis obras con tocino
      porque no me las muerdas, Gongorilla,
      perro de los ingenios de Castilla,
      docto en pullas, cual mozo de camino;

Apenas hombre, sacerdote indino,
      que aprendiste sin cristus la cartilla;
      chocarrero de Córdoba y Sevilla,
      y en la Corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
      siendo sólo rabí de la judía,
      cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
      aunque aquesto de escribas se te pega,
      por tener de sayón la rebeldía.

Góngora por su parte le responde:

Anacreonte español, no hay quien os tope,
      que no diga con mucha cortesía,
      que ya que vuestros pies son de lejía,
      que vuestras suavidades son de arrope.

¿No imitaréis al terenciano Lope,
      que al de Belerofonte cada día
      sobre zuecos de cómica poesía
      se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
      dicen que quieren traducir al griego,
      no habiéndolo mirado vuestros ojos.

La enemistad llega a tal extremo que Quevedo logra comprar la casa donde Góngora vive de alquiler y lo deja desamparado. A partir de ahí, parece que Góngora se instala en el número 16 de la calle Las Huertas, donde malvive hasta que abandona Madrid en dirección a Córdoba, en el año 1626.
      Era el pleno apogeo de la ciudad moderna, después de haber superado el caos político de España que lograron restablecer los Reyes Católicos; el teatro y la poesía eran los géneros más populares. Las compañías de cómicos ambulantes, «los cómicos de la legua», actuaban por toda España.

6.
      Al salir del barrio de Las Letras está la Puerta del Sol, sobre el centro de la plaza hay una instalación que recrea las voces y los cuerpos de mujeres asesinadas. Viene a mi mente la herida española que todavía se respira en la ciudad, la Guerra Civil. El 8 de septiembre de 1936 la prensa madrileña confirma la noticia del fusilamiento de Federico García Lorca por los fascistas. Antonio Machado, indignado y desolado, escribe: «Por la prensa de esta mañana me llega la noticia. Federico García Lorca ha sido asesinado en Granada. Un grupo de hombres —¡de hombres!—, un pelotón de fieras lo acribilló a balazos, no sabemos en qué rincón de la vieja ciudad del Genil y el Dauro, los ríos que él había cantado. ¡Pobre de ti, Granada! Más pobre todavía si fuiste algo culpable de su muerte. Porque la sangre de Federico, tu Federico, no la seca el tiempo…» (Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Ian Gibson, Random House, Barcelona, 2016).
      Todavía resuenan los versos gongorinos de García Lorca:

El paisaje escaleno de espumas y de olivos
      recorta sus perfiles en el celeste duro.
      Honda luz sin un pliegue de niebla se                                                                               [atiranta,
      como una espalda rosa de bañista desnudo.

[…]

La noche disfrazada con una piel de mulo,
      llega dando empujones a las barcas latinas.
      El talle de la gracia queda lleno de sombra
      y el mar pierde vergüenza y virtudes                                                                                 [doradas.

Mujeres desaparecidas, asesinatos, guerra civil. Las descripciones de aquellos días aciagos de la guerra en magistrales imágenes de Juan Eduardo Zúñiga: «El palacio de escaleras de mármol, de cortinas, de lámparas derramando mil luces sobre muebles ingleses hasta ser requisado en julio del 36 para cuartel de dos regimientos… Oyeron su voz rara, desconocida, y los amigos quedaron estupefactos y bruscamente un sentimiento de desolación se extendió por todo el espacio de la habitación, les asfixió con igual dolor que sintieran los mendigos al atardecer… todos los que fueron sometidos a un alambique de dolor donde se decanta el alma…» (La trilogía de la Guerra Civil, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011).

7.
      Después el Guernica en el Museo Reina Sofía. A ochenta años de su creación. Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica es una exposición que deja en claro cómo Picasso antes de 1937 era un pintor encerrado entre cuatro paredes y un caballete, con una obra más bien íntima y personal. Al solicitársele una pieza para el Pabellón de España en la Exposición Universal, mira en el periódico el bombardeo a Guernica, en plena Guerra Civil, y pinta esos cuerpos cercenados, los gritos de angustia y dolor, el terror, el sufrimiento, la violencia de la realidad bélica. El Guernica inaugura la era moderna porque fija en imágenes el miedo como una cuestión de orden público.

8.
      Afuera, sobre la avenida, el monumento símbolo de Madrid: la Cibeles, en su carruaje tirado por leones, entrando victoriosa a la ciudad. Cuenta la leyenda que el fundador de Madrid, el nieto del héroe troyano Bianor, llamado también así, tuvo un sueño en el que Apolo le anunció que huyera de la ciudad donde vivía para fundar otra. Caminó y vagó por tierras lejanas, hasta que volvió a aparecérsele en sueños para comunicarle que al fin estaba en el lugar de colinas montuosas y rico en agua y que ése era el sitio donde debía fundar y poblar una ciudad, aunque, para asegurar su prosperidad futura, debía sacrificar su vida. Así lo hizo. Y a ella llegaron los «hombres sin ciudad», quienes por una profecía vagaban en espera de la señal divina que les anunciaría el lugar en que debían asentarse. Por indicaciones de Apolo, la ciudad estuvo consagrada a la diosa Cibeles, la Gran Madre. 
      Así surgió Madrid, la ciudad que acoge a todos los hombres que cruzan los caminos. Por eso —dicen los madrileños— todo el que llega a esta ciudad pertenece a ella.



 
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