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El aprendizaje del calor / Mercedes Cebrián PDF Imprimir E-Mail

Pasé años sintiendo vergüenza del calor de Madrid. Igual que aquella mujer griega que se disculpaba recientemente ante mí en Atenas porque su ciudad estaba sucia debido a una huelga de basuras, y las bolsas de plástico, llenas de desechos ya malolientes, se acumulaban ante los portales. «Qué mala imagen estamos dando a los extranjeros», me decía, con ojos que suplicaban piedad. Algo parecido sentí yo durante una época en relación con la temperatura que se instalaba en mi ciudad —Madrid es mía, me guste o no— a partir de mediados de junio y hasta bien entrado septiembre. Iba pidiendo un perdón silencioso a todo aquel que lo requiriese, un perdón por los padecimientos que provoca este sol implacable que cae sobre nosotros en picado y decolora cualquier producto expuesto en una vitrina —envases de cereales, libros, cajas de perfume...— como si lo hubiesen metido en la lavadora a cuarenta grados. También me parecía que debía pedir disculpas a la humanidad por el calor que se experimenta en esas plazas públicas tan madrileñas, de suelo granítico, cuyas terrazas veraniegas ofrecen a sus clientes sus sillas de metal, que son al mismo tiempo parrillas dispuestas a cocinar a la plancha las nalgas de quien ose sentarse encima a media tarde.

«Hace falta valor, hace falta valor, ven a la escuela de calor». Así comenzaba la letra de una canción del grupo pop Radio Futura. «Escuela de calor» fue elegida canción del verano en 1984, en uno de los gestos más coherentes de la historia del pop español y, tres décadas después, seguimos tarareando por lo bajo su primera estrofa cuando los termómetros digitales pasan de los 35 grados:

Arde la calle al sol de poniente,
      hay tribus ocultas cerca del río
      esperando que caiga la noche.
      Hace falta valor, hace falta valor,
      ven a la escuela de calor...

Las monjas, en cambio, no se suelen quejar del calor para no hacer alarde del sacrificio que supone vestir un hábito de tela áspera y oscura en pleno verano madrileño; para eso sí que de verdad hace falta valor. Lo curioso es que, últimamente, yo también permanezco callada ante el calor seco de Madrid, a diferencia de mis conciudadanos, pues comenzar una conversación respecto a un tema tan cotidiano me resulta tedioso, y creo que debería igualmente resultárselo a mis interlocutores, por más que ellos parezcan disfrutar regodeándose en la situación como si jamás la hubieran vivido. Sin embargo, ahora tengo la oportunidad de escribir sobre el fenómeno atmosférico más característico de Madrid bajo los auspicios de mi aparato de aire acondicionado, que intenta hacer descender a 24 grados la temperatura de mi estudio, donde, según me informa el termómetro digital, hemos pasado hace rato los 31.

Cada vez que salgo de mi apartamento, recalentado siempre por hallarse en el piso más alto del bloque de viviendas, sigo un ritual estricto de cierre de persianas y cortinas para evitar que entre la intensa luz de la ciudad, tan incisiva como el láser con el que se eliminan las dioptrías de los miopes. Me llevó años aprender las que hoy son acciones casi mecánicas. Recibí las más valiosas lecciones al respecto en hogares situados en el sur de España, donde la luz entra audaz por cualquier vano. ¡Ay de aquellos que dejan las cortinas sin echar en sus casas durante la mañana en el Madrid estival!: cuando vuelvan por la tarde no podrán creer en qué se ha convertido térmicamente su madriguera, lo que para ellos era un refugio contra el agotamiento que supone caminar a pleno sol en Madrid, ciudad donde, además, abundan los colores excesivamente cálidos.
      Si París nos parece más bien gris y azul, en nuestra búsqueda de colores madrileños típicos el rojo ocupa muchos metros cuadrados. El arquitecto francés Jean Nouvel contribuyó a ello en su ampliación del Museo Reina Sofía, con su ineludible fachada bermellón acharolada que tiñe de una luz un poco putesca los balcones y visillos de las viviendas de los años setenta situadas enfrente, al final de la calle Argumosa, ya casi en la Ronda de Atocha. Y aunque no sea posible seguir una trilogía cromática como la de las películas de Kieslowski, y complementar este rojo con su azul y su blanco correspondientes, sí que podemos encontrar otro color representativo de Madrid: el tono teja o canela, omnipresente debido a la profusión de edificios de ladrillo visto. No sabría decir si esos colores fomentan el calor desde lo visual, pero entiendo que sí: unas nociones de teoría del color bastan para saber que los ocres, marrones, naranjas y rojizos se encuentran en la gama de los llamados colores calientes. Sólo escribir este adjetivo ya me hace transpirar.

Por todo esto, no deberíamos mirar con tanto desdén la presencia de aparatos de aire acondicionado en un porcentaje alto de balcones. Es cierto que afean los edificios como si fuesen una modalidad de acné —la metáfora es de un amigo muy sensible al patrimonio arquitectónico—, pero si tuviéramos que explicarle a un amistoso habitante de Marte de ojos almendrados y piel verdosa para qué sirven esos aparatos no habría que hacer muchos esfuerzos: sólo con que experimente la temperatura que alcanza la ciudad en el mes de julio, él, con sus movimientos siempre gráciles, asentiría con la cabeza mostrando haber comprendido perfectamente el porqué de su presencia en las fachadas.

Por eso es paradójico que los visitantes busquen en cualquier época del año en Madrid la densidad del típico chocolate a la taza, que se ha de medir en gramos, y no en centilitros, de tan sólido y tridimensional. Desde aquí hago un llamamiento a los viajeros franceses, escandinavos o alemanes que, desconocedores de esta realidad, pedirán un chocolatito ligero para rematar su cena y no lograrán conciliar el sueño tras la experiencia contundente y tórrida. Son ellos quienes de verdad necesitan matricularse en la escuela de calor.



 
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