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El ojo tras la cerradura / Andrés Barba PDF Imprimir E-Mail

 

¿Dónde podría ir mi cabeza sola,
      sin el resto del cuerpo?
      Lewis Carroll,
      Alicia en el País de las Maravillas

La niña se adentra en la madriguera del conejo y cae, pero no le asusta caer. En cámara lenta, como sólo se cae en sueños, flota en la oscuridad y al llegar al suelo encuentra un recibidor de puertas cerradas y una mesa de cristal sobre la que hay una llave. Todas las cerraduras son demasiado grandes, pero cuando está a punto de desistir, ve una cortina y tras ella una puerta minúscula.
      Alicia, abrió la puerta y comprobó que llevaba hasta un pequeño pasillo no más grande que la madriguera de un ratón. Se arrodilló y miró a través del agujero. Al otro lado podía verse el jardín más maravilloso que nadie haya imaginado jamás. Deseaba con toda su alma pasear por aquellos parterres de flores luminosas y aquellas fuentes de agua fresca, pero ni siquiera podía asomar la cabeza a través de la puerta. «Y aunque cupiera», pensó Alicia, «¿dónde podría ir mi cabeza sola, sin el resto del cuerpo?».
      Antes que el jardín, lo primero que ve Alicia es su propio deseo del jardín. El voyeur queda milagrosamente sostenido por el objeto que codicia. Cualquier refrán simplón diría que buena parte de la belleza del jardín nace de la imposibilidad de que Alicia pueda acceder a él. Un poco más arriesgado sería pensar que la belleza es precisamente la insistencia de ese deseo a pesar de la imposibilidad, la forma en la que nuestra mirada es simultáneamente aspiración y negación. La belleza es el lugar de resistencia.
      Pero Alicia no ve el jardín completo. Si conocer es siempre recomponer lo que hemos visto fragmentariamente, desear es acceder a una totalidad iluminada. Alicia ha perseguido al conejo hasta la madriguera por la fascinación de la aventura, pero espía a través del agujero de la puerta porque su corazón no es sólo deseo, sino también carencia. Si hubiese estado perfectamente satisfecha junto a su hermana y su institutriz no habría sentido necesidad de correr tras el conejo ni de adentrarse en la madriguera, pero una vez dentro Alicia ya es presa de su propia carencia. Puede que antes no fuera palpable, ahora lo es, por eso es también ahora cuando siente la necesidad de apropiarse del jardín a través de la mirada.
      Se agacha.
      Aprieta la nariz contra la puerta, acerca el ojo sin pestañear.
      Un ojo infantil, omnívoro.
      Hay algo que tal vez Alicia no sepa, pero que sí sabe Carroll cuando piensa en Alicia: ver a distancia es ver de verdad, si estuviese dentro de ese jardín deseado, Alicia no podría verlo sino parcialmente. Paseando junto a esos hermosos parterres, acercando la nariz a las flores para percibir su aroma real, sintiendo en las manos el agua fresca de la fuente ya no podría relacionarse con el jardín sino de una manera incompleta, vería un tronco, una hoja, una flor, un poco de agua. Quien desea un jardín desde lejos lo posee más, lo posee entero. Y como espiar es por encima de todo acariciar la superficie, también el héroe de Proust siente que ve más a Albertine cuando la descubre a lo lejos por pura causalidad en la calle, que cuando estaba en su cama la noche anterior y la tenía entre los brazos. La Albertine nocturna es fragmentaria (pecho, boca, barbilla), con ella el héroe proustiano sólo podía relacionarse centímetro a centímetro y por eso sospechaba, pero frente a esta Albertine inconsciente y regalada, el héroe se siente bajo el signo de la revelación: ésta, y no la de anoche, es la verdadera Albertine. Por eso se esconde en un comercio y la espía, pequeña, a través de la escotilla de una ventana. El personaje de Proust ya es como Alicia, un ojo puro a través de un agujero. Y ¿dónde podría ir su cabeza sola, sin el resto del cuerpo?
      Proust querría hacer volar su cabeza hasta el secreto del corazón de Albertine, por eso hace que su personaje instale a su amante en casa para verla y poseerla a cualquier hora del día. Le hace creer que cuando la tenga en una situación total de dependencia se sentirá libre de la inquietud de que le abandone, pero cuando por fin la instala sucede lo contrario. Incluso estando a su lado, Albertine escapa gracias a su conciencia y huye con Marcelo. Ni siquiera viéndola dormida consigue el descanso. ¿Quién sabe si también en ese lugar secreto Albertine le es infiel? Y es que una cosa es el objeto de nuestro espionaje —nuestra fascinación— y otra su secreto.
      Puede que nuestra mirada tenga una visión menos parcial a través del agujero, pero eso no significa que así le arrebatemos el secreto a quien espiamos. Quien espía sabe que también el objeto de su inquietud está —no importa si de manera inconsciente— en un lugar de resistencia. En El último encuentro, de Sándor Márai, dos jóvenes amigos se van de caza, uno está casado con una hermosa mujer de la que el otro es amante en secreto. Se sitúan a ambos lados de un valle para emboscar la pieza y —ya escondidos— el amante apunta a distancia al marido legítimo. En el interior de la mirilla, la cabeza de su amigo es, por un instante, sólo la del marido de su amante, luego de nuevo la de su amigo, luego, una vez más, la del enemigo de su felicidad. Está bajo su poder y, al mismo tiempo, más lejos e inalcanzable que nunca. La cabeza de su oponente se ha saturado, igual que el jardín de Carroll. Antes de matar a su amigo, el personaje de Márai quiere cazarlo a través de la mirada. Pero si los objetos que poseemos insisten (Albertine entre las sábanas), los objetos que espiamos resisten, se han situado frente a nosotros en un lugar inexpugnable. Cuanto más están bajo nuestro dominio, más misteriosos e inalcanzables resultan.
      Más historias de caza.
      En mayo de 1880, una joven de veintiún años, Berta Pappenheim, entra en la consulta del doctor Freud. Sufre trastornos del habla, estrabismo y hasta parálisis parciales de los brazos y las piernas. La primera histérica diagnosticada de la historia es una muchacha atractiva, con un voluminoso moño a la moda y un aspecto dulce. Lleva años cuidando a su padre enfermo y ella misma parece impregnada de la enfermedad de una manera genérica. Han llegado a pensar que estaba endemoniada. Por momentos hasta se olvida de hablar alemán y responde a las preguntas en inglés o italiano, dos lenguas que conoce sólo de modo imperfecto —afirma que le resulta más familiar hacerlo de ese modo. Sentado frente al diván, como si la viera a través del agujero de las palabras con las que describe su vida, Freud tiene una intuición, una aproximación a una perspectiva imposible: la de que Berta se vea a sí misma a la vez desde dentro y desde afuera. Que sea, como los personajes de Márai, cazadora y cazada a un tiempo. A través de las conversaciones con Freud, Berta Pappenheim comienza un rastreo inusitado para la humanidad: el de su propio subconsciente. En la mirilla con la que recorre sus recuerdos trata de encontrar a otra Berta Pappenheim, víctima inconsciente, que pasea confiada por la calle sin saber que, tras la ventana de un comercio, Berta Pappenheim la espía.    
      Conocer es siempre cazar y la caza exige un doble movimiento: por un lado, la astucia del cazador, y por otro, el descuido de la víctima. El cazador está sumido en la atención, pero la naturaleza esencial de la víctima reside en que no sabe que la observan. También el científico es, por encima de todo, un cazador que trata de sobreponerse a las limitaciones de su propia naturaleza y ver más allá de su alcance. El agujero es el subterfugio del científico para acceder a lo que le está vedado, para asomarse a lo invisible. Qué mundo de extravagantes consecuencias espera a sólo unos milímetros de nosotros —tan lejos, tan cerca— en lo minúsculo.
      El 3 de junio de 1612, el rey de Polonia Segismundo III se inclina sobre una especie de catalejo invertido al que Galileo ha apodado ochiolino. Al otro lado de ese sencillo tubo de unos veinte centímetros, ampliada treinta veces y con aspecto de criatura fósil, más antigua que los estratos, más prodigiosa que los bestiarios, espera al rey una inquilina familiar. El rey no puede evitar una exclamación de espanto y a Galileo le cuesta disimular una sonrisa. Una mosca mira al rey. Sus ojos son como una tela jaspeada de cientos de ojos diminutos, ojos negros, pura pupila ciega, como los de los recién nacidos humanos. ¿Qué verán esos ojos mirados a través del agujero mágico de Galileo? ¿Quién espía a quién: el rey a esa pantalla de ojos más parecida a un terciopelo negro, o el cerebro inalcanzable de la mosca a ese ojo descomunal y ciclópeo, ese ojo único y un poco lelo de Segismundo III?
      Del otro lado del ochiolino, Galileo ha vuelto a obrar el milagro: la cabeza del rey Segismundo viaja separada de su cuerpo. Al asomarse a ese agujero mágico, el rey pierde algunos de sus privilegios de humano: ya no es capaz de imponer a la realidad un sentido preconcebido, sino que se ve asaltado por una presencia que ha creado su propia realidad hasta ahora inexistente. El otro guarda un secreto —dice Sartre, sentencioso—, el secreto de lo que soy. ¿Es esa razón por la que el rey mira con tanta insistencia la cabeza de esa mosca, o porque la cabeza de la mosca y la cabeza del rey ya viajan solas en cierto modo, separadas del cuerpo que las sostenía?
      Y si toda mirada al mundo es análisis, toda mirada a través de un agujero es viaje. En septiembre de 1977, partió de Cabo Cañaveral la sonda espacial Voyager con la misión de explorar los límites del sistema solar. Trece años después, cuando la nave se alejaba de la órbita de Saturno, Carl Sagan sugirió a los responsables de la nasa que la cámara dirigiese por un instante su objetivo hacia la Tierra e hiciera una última fotografía. A más de sesenta mil millones de kilómetros, el 14 de febrero de 1990 la cámara registra la imagen de una mota de polvo azul pálido suspendida en un haz de luz en medio del vacío interestelar. Una mota azul insignificante, nuestro planeta. El ojo técnico de la cámara cumple por igual los deseos de Carroll, Proust y Freud, la cuadratura del círculo, poseernos, aunque sea vicariamente, a través de la mirilla, vislumbrar el ojo que nos mira a través de la cerradura sabiendo que ese ojo es el nuestro. Si la realidad se encargó de mantener cerrada la puerta, nuestro deseo acabó abriendo la resistencia. Nuestra cabeza voló separada del cuerpo. Hemos estado ya en el jardín maravilloso.



 
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