Flor de largas piernas [Fragmento]

Gabriela Lazalde

Estado de México, 1992. Esta es su primera publicación literaria y pertenece su libro inédito Karne koyot: ruinas antropológicas.

I

Venimos a despedirnos de Tata Gabriel. El viejo campesino se encuentra tendido y cubierto con una manta negra; su rostro, envuelto en su viejo paliacate rojo. Nosotros nos revolvemos, sudamos, mientras rogamos que Dios lo perdone, que la virgen lo perdone, que la estrella de la mañana lo perdone. Nosotros, entre veladoras derretidas y por derretir, palmas quemadas, flores de chamaki. Nosotros, aliento perfumado por el copal. Dulce madre no te alejes. Ahí donde reposa el muerto se encapsula una atmósfera congelada, firme, inmóvil. La cocina está caliente, los pollos destazados ocupan un lugar privilegiado en esta ritualidad mortífera.

La casa se funde entre el humo del incienso y el tabaco, entre los fluidos del café y los gargajos. Abelino me invita a mirar dentro de la habitación del difunto: en el centro hay una imagen de san Isidro Labrador; una cruz hecha con flores blancas, por encima de ella otra cruz más pequeñita, y debajo de ellas el ropaje de Tata Gabriel. 

Abelino y su mujer, Rosa, fungen de maestros para los primerizos padrinos de Cruz, ambos revelan sus creaciones: 7 cruces de cera amarilla, 7 cruces de ramos benditos, 7 chiles anchos envueltos en periódico, 7 chiles piquín, 7 granos de sal, 7. 

—Nosotros tampoco sabemos de esas cosas, hasta que nos toca y ahí vemos cómo hacemos.  

—Vente, ya vámonos —dice Rosa, asegurándose de no quedar atrapada en el ecosistema ceremonial de sus muertos.

Los padrinos llevan las cruces al cuerpo. Colocan una en cada esquina del ataúd y 2 al costado; en un movimiento sutil y fluido cambian el paliacate de Tata Gabriel por uno nuevo y blanco. A la par, los hombres hablan del difunto, de sus abejas, de su trabajo y su vejez. Las mujeres con el avasallante sonido de sus manos sobre la masa de maíz. 

Ya han pasado más de 7 horas. Está oscuro ahora. Nos espera una larga caminata para volver a casa. Nana Nila me alarga un cigarro encendido; me apresura: —Vente para enfrente, porque sino te va a espantar el maxte. 

La noche es blanca en Ayotzinapan.

II

La neblina envuelve los rezos, lxs niñxs corren de un lado a otro. Hay decenas de nanas pelando pollos, moliendo maíz, cortando leña, echando tortilla, sirviendo café. Taseseya. Las nanas lloran en la cocina, los tatas en los asientos construidos con finos cortes de cedro. Al volver, nos ofrecen café y un pan de leña con un intenso tono rosado en la cubierta. Venimos a despedirnos de Tata Gabriel. Horas antes, como si de un ilusionismo se tratara, su hija mayor guardó lo que en la vida cotidiana compone su hogar: camas, mesas, bolsas de ropa, los cuadernos de sus hijos. De esa manera cabemos más. Se levanta todo, excepto el catre del abuelo. Sus hijas le han puesto una veladora y un plato de mole recién hecho. Me pregunto si las correas de sus huaraches que reposan cerca habrán sido las últimas. Los perros mojados por la lluvia de anoche, enlodados, se escabullen a la cocina para comer los huesos y vísceras de pollo, hacen parecer que valen cada una de las patadas y mordidas que reciben.  Hay lodo por todas partes. Otra forma de ser maseual: tendido mientras todo a tu alrededor se mueve, aun con el frío, la niebla.

—Si nunca vas a ayudar, nunca te van a ayudar a ti y te vas a morir solo —ríe Micaela.

Al echar tortilla en el comal, quemo mi chamarra. Me ocupan para que vaya a moler más nixtamal, «pero tengo las manos congeladas», me quejo conmigo misma y cargo las cubetas llenas de masa. Pienso en la corporalidad de las mujeres que mientras trabajan se quitan sus coloridas sudaderas, tal vez para no quemarlas. Hace frío hoy, aunque hace 2 días, cuando murió Tata Gabriel, estábamos a 37 grados. Quizá tenga que ver con cómo la sierra es indomable frente a los que se aferran a controlarla. Realmente hace frío hoy, lo delatan las narices rojas y el vaho que sale de nuestras bocas. Tata Gabriel murió caminando hacia Cuetzalan, como lo hizo por más de 94 años. 

«En mi hogar hay piso firme», dice una leyenda del gobierno federal, letrero oxidado como las políticas que lo producen. Más tarde, a la luz del mariachi, se reparten flores. Las nanas paran su quehacer: si van al camposanto, toman un ramito de flores, queman copal, más copal. Las que no, se incorporan a la fila para despedirse entre rezos y un abrazo que delinea delicadamente una cruz frente al ataúd. Vuelven al fuego, imperativo del que la muerte también hace tekit. Trabajando, así es como nos despedimos de Tata Gabriel.

Comparte este texto: