Puebla, 1976. Su libro más reciente es Fiebre (Impronta Casa Editora, 2025).
En el Sexto Congreso del Partido Comunista se resuelve insubordinarse ante el gobierno provisional emanado de la revolución, es decir, de la revolución de febrero. De no ser por esa resolución no habría revolución de febrero porque no se habría requerido el mes, sería sólo la Revolución, en todo caso de 1917. Pero hubo resolución y entonces se tiene Revolución de Febrero y Revolución de Octubre y una extensa y ya muy menguada mitología sobre el mes de octubre y el color rojo, tan extensa pero entonces tan vigorosa que a principios de los años treinta el camarada Fidel Serrano fantasea con llamar a su hijo, de ser niño, Octubre Serrano, y termina por imponer a su hija Bandera, Bandera Serrano, cuyo cadáver descomponiéndose no le impide al camarada Fidel redactar a máquina sus “Materiales para el informe político al Comité Central del Partido” en Los días terrenales del inminente ex camarada Revueltas. Lo importante, comoquiera, son las resoluciones. La primera: desconocer el gobierno provisional del príncipe Lvov y del abogado Kérenski. La segunda: hacer copias impresas de lasresoluciones. Uno de los miles de objetos concretos que pueblan la escritura de Isaak Bábel, junto a establos, levitas andrajosas, radios, jeringas de Tarnovski, perros, barbas amarillas y trágicas, redacciones de periódicos, sillas de ruedas, cebollas, zapatos de charol, violines, cadáveres, botas de Alejandro III, intestinos de palomas, jóvenes idénticos a Spinoza, colmenas, máuseres, granjas señoriales, gramófonos, bufones, silos, cuchillos, es un ejemplar de las Resoluciones, que algunos guardaban como en otro tiempo los cenobitas atesorarían su Regla de san Benito. Hay un baúl, deIliá, el hijo del rabino Mótale, de rostro antaño hermoso y angélico cuando se inclinaba a la Torá y ahora demacrado, de príncipe desnudo y moribundo. Bábel hace inventario:
Todo el contenido del baúl se amontonaba en un amasijo: los documentos de identidad del propagandista y las notas de un poeta judío. Juntos se hallaban los retratos de Lenin y de Maimónides. El nudoso hierro del cráneo de Lenin y la marchita seda de las efigies de Maimónides. Un mechón de cabellos de mujer hacía de punto en el libro de las resoluciones del Sexto Congreso del partido, y en los márgenes de los pasquines comunistas se apretaban las líneas oblicuas de unos versos hebraicos ancestrales. Cual lluvia mustia y parca caían sobre mí las páginas del Cantar de los Cantares y unas balas de revólver.
El párrafo, delicioso para los espiritistas del judeo-bolchevismo internacional, es uno de muchos baúles, reales y metafóricos, que invitan a Bábel al abismo. Calles-baúl, cabezas-baúl, párrafos-baúl, un oasis en medio de la melancólica extinción de la experiencia. Hay un moribundo pero ha de revisarse su baúl porque hay que ver lo visible y todo es visible para Bábel. Un cuento, sí, un cuento, comienza así (acotemos no obstante, nomás para nuestra paz epidérmica, que Bábel lo excluyó de Caballería roja): «Seis majnovistas habían violado la noche anterior a una criada. Al enterarme de ello por la mañana, decidí saber cuál es el aspecto de una mujer después de haber sido violada seis veces seguidas». Majnovistas son los guerrilleros anarcos de Néstor Majnó, líder campesino ucraniano, y el escándalo es el escándalo, sin atenuaciones, ni siquiera si después la criada participe de la boruca matutina y acepte bromas. En sus diarios, en sus libretas, Bábel atenúa. Cuando le requisan sus escritos tras detenerlo el 16 de mayo del 39, el resultado no es un baúl sino un homenaje al arte oficinesca soviética: siete cajas con catorce libretas, 24 carpetas, 751 cartas, quince cuadernos de notas y 32 telegramas. De Bábel, pues, otro loquito de las papelerías, como Canetti, como Puga, conocemos nada, apenas un puñado de algo, puntas del iceberg, filos del témpano, orillas del pañuelo. En sus diarios registra horrores de la guerra, atrocidades del hambre, decenas de cuerpos destazados, pudriéndose. En Petersburgo, en 1918, parece perseguir tenebrismo, visita albergues, hospitales, mercados vacíos, orfanatos, morgues, consigna ciegos, tullidos, nodrizas resecas, bebés hambrientos, incluso animales que caen muertos en el zoológico. Petersburgo es una majestad desolada, calles oscuras, silencio, el aguafuerte de dos siglos destruidos y quietos. Pero una vez enrolado en el Ejército a las órdenes de Budionni, el campo y los pueblos ucranios enseñan vértigo sonoro y a color, y Bábel, como Vasili Grossman dos décadas después, semidioses de lo ávido, miopes transfigurados para quienes ya habrá tiempo o no de descanso porque primero hay que ver y anotar, moverse y anotar, hallar refugio y anotar, transportarse y rasgar viñetas telegráficas, Bábel, pues, en el hilo de las batallas contra la milicia de la aristocracia polaca, amontona para sí mismo períodos condensadísimos, siluetas, verbos, filamentos para luego rehacer ese vasto terreno inédito. ¿Sólo para eso? En la noche o en algún minuto de calma anestésica, seguramente Bábel necesitó escribir para tranquilizarse, renglones para descansar y soportar, unas líneas de imposible compensación. Así sea por su gramo de relevancia ortopédica, se escribe a veces para no temblar. Lo que ve, en lo que participa, es el estruendo del horror, luego otro horror, otro, otro, la crueldad de infligir «heridas inverosímiles», la fuerza para masacrar y dejar campos sembrados de cuerpos y, pese a eso, junto, ahí tenazmente entretejidos, fogonazos de vitalidad cosaca o sarracena o pantagruélica. Se insiste en vivir pese a indicaciones en contrario. Ahí, entonces, Bábel es quien es, un hombre joven machacado quemasienta su tristeza, furia, pavor, que registra indignación y escándalo o bien acepta para ello los adjetivos más obvios o la constatación elemental. Al soldado que se alistó para pertenecer lo rechaza, en el cuarto propio de sus libretas, una brutalidad imprevista que aun le descoyunta la voz. «Dios, agosto, pronto moriremos». Ahora bien, digamos que, en el trance de su arrasamiento, la guerra también le ofrece a Bábel un paseo por su infancia, esto es, por la vieja cultura jasídica oriental: mercantil, devota, alcohólica y campesina. El protagonista de Historias de mi palomar encuentra un manuscrito de su abuelo titulado El hombre sin cabeza, una especie de baúl en hebreo sobre cientos de hojas desleídas:
En él se describía a todos los vecinos de Levi-Yitsok durante los setenta años de su vida: primero en Svir y en Bélaya Tsérkov y luego en Odesa. Sepultureros, cantores, borrachos judíos, cocineras de las fiestas de circuncisión y sinvergüenzas que practicaban estas operaciones rituales, estos eran los héroes de Levi-Yitsok. Todos eran gente insensata, incomprensible, de narices más bien anchas, con granos en la coronilla y traseros torcidos.
De por sí tendiente al klezmer, el griterío y el vodkazo, imaginemos aquel jasidismo enriquecido además por la crianza marítima de Odesa y el resultado desde luego que alimentará a los Bellow, Roth y otros derivados o, más importante, al milagro leonino de Érase una vez en América. Digamos: a la mezcla de candor ritual y paganismo rural se añade el comercio portuario, el trasiego y el tráfico en su siglo de gloria. Sólo en ese mundo a ochenta revoluciones puede ejecutar su pantomima S, una drag judía, o un humilde comerciante hacerse administrador de una gángster notable tras enseñarle a destetar a su bebé. Con ley o sin ley, en las calles, tabernas y zaguanes de Odesa distintos gentilicios intercambian café, especias, salchichas, libros, «panzudas botellas de ron jamaicano, oleoso vino de Madeira, cigarros de las plantaciones de Pierpont Morgan y naranjas de las huertas de Jerusalén», «cigarros puros y finas sedas, cocaína y limas, tabaco picado del estado de Virginia y vino tinto comprado en la isla de Quíos». Hay que quedarse aquí, aspirar esto. No moverse de la mesa. No irse del cuarto donde míster Trottiburn despliega su mercancía, de la boda donde los mendigos judíos dan muletazos al suelo, se beben el ron jamaicano y los empleados de la sinagoga se trepan a bailar a las mesas. Pero no se puede. Al fin conseguimos ver que la exacta síntesis de este mundo es el judaísmo jasídico horadado por el tráfico de objetos y personas, y ese mundo se desvaneció. En realidad sólo existió gracias a la sintaxis de Bábel, horadado a su vez por su infancia talmúdica, su adolescencia arrabalera y su juventud vanguardista, y si existió, como un gólem múltiple y cosmopolita, fue para sugerir sin elegía el momento en que comenzó a dejar de existir. Todavía alcanza a amamantarlo una nodriza «con cara de kirguisa», pero al bebé Yánkel le ponen Karl-Yánkel «en honor al maestro Karl Marx». Encabezados por Beria Kirk, los gángsters han forjado su pequeño imperio suburbial, pero no podrán con la Checa, esto es, la sucesora mejorada de la Orjana zarista, esto es, la memorable policía política soviética. En «El final del asilo» Bábel narra esa irrupción definitiva por boca de los ancianos del lugar, cantores, bufones, cocineras, sastres jubilados que caminan flanqueados por soldados rojos. No se contradice la versión piadosa de los viejos («Le mostró los monumentos y los panteones de los exportadores de trigo, de los comisionistas y negociantes navieros que habían construido una Marsella rusa sobre el poblado de Jadyí Bei. Yacían allí, de cara a los portones, los Ashkenazi, los Hessen, los Efrussi, lustrosos avaros, filosóficos juerguistas, creadores de las fortunas y chistes de Odesa») con la versión veterotestamentaria: «Los ancianos maldijeron el tuétano de los huesos de Broydin [el administrador del cementerio] y de los miembros del sindicato, el semen fresco en las entrañas de sus mujeres y desearon a cada uno de ellos un tipo particular de parálisis y de úlcera». Y aunque en las Historias de mi palomar y los Cuentos de Odesa Bábel hable desde su judaísmo, desde ese sótano con las chácharas de los ancestros, esas tabernas, esos viejos gestos de shtetl, la llegada de los nuevos burócratas, gendarmes y komsomoles supone un corte general para las vidas judías, ortodoxas y musulmanas que en Odesa sobre todo vertebraba el tráfico, el regateo. Que sólo haya dos cuentos de los muchos que seguro Bábel iba a dedicar a la Ucrania de la colectivización, es decir, de la mano lírica, mineral y todopoderosa de Stalin sobre ese arco occidental del imperio, ya implica una triste confirmación del corte, pero en esa vida mímica e inmemorial de los textos se alzan además dos respuestas de idéntica desesperación. Ante la inminencia de la colectivización y de ser deportado, Iván Kolivushka prefiere destruir su fiel máquina aventadora y matar a su yegua. Cuando el primer Comité Regional anuncia cómo será la vida gregaria de los koljoses, Gapa Gushva, una viuda con hijas bebedora y cogelonsísima, logra sobreponerse a su cruda monoteísta para espetarles a los nuevos funcionarios: «Yo estoy contra eso, contra dormir como borregos, nos gusta dormir de a dos y nos gusta nuestro diablo casero, el alcohol».
Stalin no sólo destruyó la mejor agricultura patria, como bien se sabe; también un mundo de mundos de base campesina, espinazo portuario y médula de bíblica variedad. Bábel combatió en el ejército de esa nueva fe y en su momento más frágil, sí, y fantaseó con un gran salto quirúrgico que modernizara a su país y a sí mismo, un latigazo de desapego y reinvención «el resplandor de cientos de luces, el brillo mágico de la emisora de radio, el obstinado trajinar de la imprenta», de ahí que en el tour bélico le fuera sorpresivo el encuentro con los viejos parajes de su infancia. Pero el convencimiento le duró menos que la fe. En los cuentos que moldeó a partir de sus diarios del horror se habla desde muy adentro de situaciones específicas pero fuera de toda vocación exclusiva, de toda deuda familiar, y ya no son mercaderes de varia especie sino los textos mismos los que operan el trasiego no de objetos sino de culturas. Para el caso, suena igual de burda a judíos y a mujiks la estupidez ingenua o cínica del comandante Vinográdov, quien arenga, desde tarima o balcón, a un público de desvalijados: «Ustedes son el poder». Antes de proferir su línea final, una de las más memorables de Bábel, «Y yo quiero una Internacional de buenas personas, quiero que se haga recuento de todas las almas y que a cada una de ellas le den una ración de primera», sencillo clamor que dibuja el límite, si no la pequeñez, del utopismo bolchevique, el judío Guedali ya había desarmado al narrador, en su faceta de soldado ruso, en un coloquio donde revolucionarios y polacos se confunden y donde quienes vienen a salvarlo se apresuran a requisarle su gramófono: «Pero si a mí me gusta la música, le digo yo a la revolución. Tú no sabes lo que te gusta, Guedali. Te voy a pegar un tiro, Guedali». No tanto en la guerra, mucho menos en la cotidiana arbitrariedad posterior, sino en la reelaboración de ese material es donde Bábel se hizo realmente un hombre nuevo, el que querría la revolución imposible. Tan vacío de judaísmo y de comunismo como de fervor cosaco o patriotismo eslavo, tan pegado a las cosas como lejos de sus posibles sinopsis doctrinarias, Bábel puede entonces verlos a todos, presenciar y delinear de unos y otros y otros brutalidades y compasiones; ponerse todos los uniformes, máscaras, seudónimos, quiere decir no rechazar ninguno de sus hábitos, egoísmos, insensateces, delirios, inconsecuencias. En noviembre del 17, a días del golpe bolchevique, un joven viajaba en tren junto al maestro Yehudá Veinberg y su esposa, recién casados. Entre Kiev y Petersburgo subió el telegrafista de una estación perdida a leer una orden de Lunacharski. Y nada, en «El camino», anticipa lo que viene:
sacó de debajo del abrigo un máuser con un cañón largo y sucio y le disparó al maestro en la cara. Tras la espalda del telegrafista se movía un mujik grande y encorvado, con un gorro de orejas desabrochado. El jefe le hizo un guiño al mujik, este colocó el farol en el suelo, desabrochó los pantalones del muerto, le cortó los órganos sexuales con un cuchillo y los metió en la boca de su mujer.
No quieres de la nuestra le dijo el telegrafista, pues come de la kosher.
Todo es brutal e infame en esta escena, hay que respirar. Pero no mucho, para evitar nuestra propia dramatización y porque el cuento apenas empieza. El joven, un reflejo vertiginoso de Bábel, a medias entre personaje de la picaresca y de Jack London, por mucho que vaya ataviado de ruso, en ese tren donde se mata a los judíos no puede disfrazar su judaísmo cuando lo palpan y lo hallan circunciso, es un ruso kosher. Lo salva un tercer disfraz, el uniforme de soldado, el mismo, no obstante, que casi lo condena cuando, arrojado del tren y cerca de perder los pies por congelamiento, a regañadientes lo ayuda un practicante de medicina enemigo de los «bolcheviques internacionalistas». El joven experimenta lo que experimenta, pero el autor, sin dejarnos no ver, de esa experiencia no extrae pautas generales para el mundo ni para su vida ni las nuestras, sólo fluye de una inclemencia a otra y de uno a otro disfraz. Lubopytnost, etimológicamente «amor a la experiencia», dice Val Vinokur, es la curiosidad que tanto consignó Nadezhda Mandesltam en sus notas como signo babeliano, babélico o babelesco. Al fin en Petersburgo mandan al joven al gran palacio zarista de Ánichkov, donde Kaluguin, el jefe, lo acoge y lo abriga con una bata de Alejandro III que le queda enorme; al día siguiente lo acompaña a las oficinas de la Checa y lo libra de una segura sentencia a muerte con esta presentación: «El muchacho es de los nuestros […]. El padre es tendero, se dedica al comercio, pero él ha dado la espalda a su familia… Y sabe lenguas». Lo que salva al joven de morir por judío es haber sido un arquetipo judío ucraniano, estudioso y políglota; al mundo de plenitud y apertura contrafamiliar lo conduce el mismo bando de aquel telegrafista que acató las nuevas disposiciones y montó la secuencia espantosa en el vagón. No hay sucesión, no pasan unas cosas luego de otras para sustituirlas. Hay un remolino de épocas, lenguas, uniformes, un guardarropa que se maneja solo, un baile sin espaldas, el comercio humano en su podredumbre, su ritmo, su paz, su insaciabilidad. Para eso sirve la escritura como la intuye y desea Bábel, para diseñar amontonamientos, para conjuntar sin armonizar lo inconciliable, de tal modo que un baúl no deje de ser baúl por mucha tentación simbólica que emita. En ese filo se juega el balanceo ávido y carpintero del que sale por ejemplo la amplitud y la minucia del tío Lev. Desertor del ejército y de la hija del intendente a quien se había robado, se largó a vivir y morir en California «en una casa de locos, entre negros y malayos». La policía de Los Ángeles envía de vuelta sus pertenencias y Bábel hace inventario: «El baúl contenía unas pesas de gimnasia, unos mechones de cabello de mujer, el taled del abuelo, unos látigos con empuñadura dorada y té de flores en estuches adornados con perlas baratas». Malabareamos con lo que Bábel habría podido hacer de no cruzarse la hambruna ucraniana, la muerte de Gorki y hasta el esdrújulo pacto Ribbentrop-Mólotov una vez atisbada esa ventana hacia diversos barrios y estancias trasatlánticas. Pero Stalin dispuso, y firmó la lista de 246 ejecutados del día. Bábel era el doce, y su vida estuvo llena de cosas y gentes, mudanzas, cuerpos, horror y goce, y a partir de cierto momento, de una sola fe funambulista que abría como un deslinde y lo situaba en un lugar donde ni él ni nadie dejaban de existir. Por eso acepta todos los tics, el catálogo de clichés de los Procesos de Moscú, individua- lismo, desviacionismo, contrarrevolución, errores, traición, escepticismo, libertinaje, cuando el 1 de septiembre de 1939, desde la cárcel política por antonomasia de la Plaza Lubianka, le escribe una carta a Lavrenti Beria, el gran jefe, con un único objetivo que no es salvarse: «Le ruego, ciudadano Comisario del Pueblo, que me permita poner en orden los manuscritos que me han sido quitados. […] Esos manuscritos son el resultado de ocho años de trabajo. […] Le ruego, además, que me permita aunque sea esbozar el plan de un libro en una forma literaria sobre mi camino, en muchos aspectos típico, que me ha llevado a la caída y a los crímenes contra el país socialista», y por eso insiste durante su eufemístico juicio: «No soy culpable de nada […]. En mis declaraciones me he inculpado en falso. Les pido tan sólo que me den la oportunidad de terminar mi último trabajo». Es la tarde previa a la madrugada de su ejecución, y Bábel, que vio el despliegue de cada cosa frente a él, ya no tuvo que ver la masacre de Odesa de octubre del 41 a cargo del Einsatzgruppe D y las tropas de Antonescu, «la más grande de Europa» según Hilberg. Que quede aquí como piedrita o cempasúchil la frase que el estudiante transfigurado en ruso y en soldado y en cosaco y en periodista concibe ante Iliá, el hijo del rabino: «Y yo, que apenas alcanzaba a dar cabida en mi antiguo cuerpo a las tempestades de mi imaginación, recibí el último suspiro de mi hermano».
