FEMINÓMENO (Se solicitan Patanes) / Mauricio Vaca Ab 2008

No se hablaba del respeto a sus derechos porque no se consideraba siquiera la posibilidad de que tal cosa existiese. Era necesario reestructurar las mentes de aquellos que explotaban y poseían a una mujer. Un cambio no era suficiente, se requería de una revolución y la hubo. Y levantaron la cabeza y la mirada aquellas que alguna vez fueron golpeadas como animales, aquellas a las que les robaron la capacidad, el poder, el talento, la libertad, el amor propio, la dignidad. Con las eternamente subversivas palabras justicia, igualdad, respeto, derecho, enderezaron pensamientos y triunfaron. Salieron a las fábricas, giraron manivelas, se armaron de overoles y martillos y checaron tarjeta mientras la guerra las hacía viudas, y madres, y padres, y autosuficientes a la fuerza. Lo creyeron. Probaron su propia manzana, saborearon el dulce del poder, del mandar y comandar y se lo hicieron saber a los estados y a sus leyes, y los Artículos hablaron de su valor y de su quererse a sí mismas, se cortaron los cabellos, se pusieron pantalones, se subieron la falda, se vistieron de vaqueros o de traje sastre o de cigarrillo en mano y bebieron tequila -con sabor a mujer. Se inventó y se legalizó social y jurídicamente la madresoltería, luego se promovió, se publicitó, se defendió y se protegió el nuevo cosmos familiar uniplanetario-unisatelital: mamá-hijo (o hija, desde luego). Se puso de moda el deporte de demandar, por incompatibilidad, por adulterio, por pensión de alimentos, por abuso, por violencia intrafamiliar, por acoso, por desamor, por miradas, por los besos dados y por los no dados también. Se depositaron los hijos en guarderías o en casa de alguna todavía subyugada, todavía no liberada, todavía en casa pero siempre mujer. Abuelas y tías solteronas sirvieron a las liberadas para lo que las liberadas sabían que no servían o no querían servir. Se proclamaron dueñas únicas y absolutas de ovarios y espermatozoides, de maternidad y paternidad, de aborto o vida. Se mostraron a sí mismas, autosuficientes, autoabsolutas, autosolteras, autoamadas y autosolitarias. Solas. Liberaron al hombre.     Este aprendió a empujar el carrito del súper y disfrutar de la paz de esa terapia, a no volver firmar contratos con bienes mancomunados, a levantarse temprano para ir al gym, a retacar de testosterona la camiseta hasta dejarla apretadita, a no durar más allá de cuatro meses con una mujer para no generar demandas, a ser proveedor de palomitas y películas de DreamWorks o ya de jodido Disney cada fin de semana para que los hijos que perdió en el juicio no lo odien tanto como les inocula su madre, a por fin comprar la moto roja que cambió por un anillo y un vestido blanco estando bajo los efectos de la juventud, a quitarse lo machín y ¿por qué no? toquetearse un poco con el compañero del gym que después de todo carne es carne y regaña menos que la ex. El hombre aprendió que siempre ha sido autosuficiente, que no eran necesarios ni lo mocos ni los pediatras, ni las horas extra en el trabajo para poderlos pagar, tampoco eran necesarios los tontos intentos de tener contenta a la princesita… de cualquier modo jamás lo habría logrado. Aprendió que si bien hoy existen apoyos para la madre soltera nunca los hubo ni los habrá para el padre casado.     Aprendió que la que se tiene que cuidar es ella, que la que se embaraza es ella, que de sus espermatozoides ella se hace cargo porque cuando de abortar se trata nadie, nadie se acuerda que hay un padre al que pedirle opinión. Aprendió que en caso de aburrimiento, a falta de amigos y exceso de proteínas siempre habrá mujeres liberadas en el match.com, o en cualquier bar de oldies que, ensordecidas por la soledad, creerán cualquier tontería que se les diga y correrán a la cama otra vez fascinadas por la ilusión de obtener al Mr. Right de sus fantasías.  Y el hombre irá con un pequeño tal vez de esa misma soledad anudada en los testículos, soledad que, perdido en la brutalidad de sus hormonas, jamás sabrá llorar.

Y después de esa revolución, que no dio en el blanco, que hizo de inocentes; víctimas, ellas siguen con la burka, Bebe sigue cantando:

y del morado de mis mejillas sacaré el valor para cobrarme las heridas
malo, malo, malo eres.

Y después de esa revolución una mujer indígena sigue valiendo menos que una vaca.
    Y después de esa revolución, se me nubla la ventana del MSN de gritos de dolor liberado, de úteros secos que nunca fueron ocupados, llenando de vacío las almas de mis amigas que maquillan la mueca del llanto a solas con polvitos de gerencia, y éxito, y liberación, y se consuelan los labios con fálicos lipsticks de Lancome y Pupa y que son totalmente palacio, y que… pobrecitas… se ilusionan tanto cuando el italiano, o el gringo, o el francés, o cualquier cosa extranjera las pone en su lista de amigos en el Facebook, y que con la imagen descascarada de aquella jovencita de la prepa en la mente dicen al vacío: ¡Ah no! A mi que me atiendan porque     YO soy una princesita.
    Y después de esa revolución hay otras amigas cuyas manos se les vuelven artríticas de recordar la última vez que tocaron la piel de un hombre, aunque secretamente, ya de noche, mientras el Motival hace un hoyo en la cerca de la realidad para fugarse al sueño, tengan que reconocer que la piel que sus chuecas manos recuerdan es la de ese que de día llaman: “el patán de tu padre”, porque no olvidemos jamás, no olvidemos jamás, que la mujer que es hechizada por el eficaz spot publicitario que vende el producto “mujer liberada” patanizará al más inmaculado de los hombres ante la necesidad irremediable de un patán real o imaginario, del presente o del pasado, porque sin ese patán ¿de qué se liberaría “la mujer liberada”? porque sólo con esa imagen, “la mujer liberada”, se perpetúa liberada.

 

 

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