En la mesa una escapista libre de sembrar palmeras en la nieve

Françoise Roy

(Quebec, 1959). Su última publicación es la plaquette virtual Un árbol invisible (Ediciones Malpaso, 2019).

I

Sobre la mesa ancestral (su mantel de encaje tejido
con las duras agujas del dolor), cuatro voces se enrollan,
redondas como las canicas de color del parvulario:
la de papá, la de mamá, la de mi hermana Marie y la mía.
De su borde caen nuestras palabras desde un punto fijo
para ir a estrellarse en el anticuado piso de linóleo
como una parvada de ángeles pardos y sin alas:
cuatro campanas que olvidaron cómo suena su tañido.
En el suelo de la cocina yacen; la madera de la mesa
lenta expone su sol, y la savia del antiguo árbol
fulge a través de sus nudos, un pentagrama líquido
para solfeo de ópera: voces de índole filial, paternal,
fraternal y maternal que agujeran con su gorjeo de notas
el silencio inconmensurable de aquel antecomedor
donde yo, de niña, saboreaba tu pay de miel de arce,
el más sabroso del mundo, el que horneabas tú,
madre muerta y tan querida, al calor de tu cariño.

II

Una escapista. Eso fui nomás volando de cría a mujer,
una Houdini hembra que desapareció sin decir pío
del escenario familiar donde repicaban las cuatro voces
—padre y madre mecidos en la barca del parentesco,
cruzando el Mar Rojo que no es y nunca fue rojo.
Esfumada a los diecinueve años (ectoplasma de por medio),
huí por la puerta trasera del tiempo (el portal que siempre
queda entornado de cuna a tumba) para materializarme
muy lejos de la tierra natal, entre cactus y bugambilias,
dejando hablar solos a los espectadores del primer cuadro
—el de aquella mesa domiciliada en la calle De Beauville
donde reinaba un pay de miel de arce, el de la gente pálida
que no farfulla «Mande usted, señor» en lenguas bárbaras
y saluda de pie en tarimas primermundistas, parentela
que usa tenedores y servilleta de tela a la hora del almuerzo.
Escapismo de muy intenso giro geográfico, acrobacias
que llevan en su reloj el toque cronológico de la infancia.
Más milagroso fue salir ilesa y bendecida de la niñez
que ejecutar los trucos de pasapasa del mejor ilusionista.

III

Por obra del exilio, pude sembrar en la pradera de mi futuro
cualquier especie del reino vegetal que me venía en gana.
¿Te encantan a ti los flamboyanes?: pon casa en el trópico.
¿Te gustan los abetos?: múdate al Labrador o a Noruega.
Marchita la tierna edad, el mapamundi fue mío para comérmelo
como degustábamos el pay cuyo hojaldre se derretía en el paladar.
Y entre todas las comarcas posibles, sin saber elegí lo tropical,
donde los bosques son lugar de algarabía, templos ruidosos,
edén que taladra el canto de aves parlanchinas y escandalosas.

IV

No por exiliada al Sur me despojé de mis remembranzas nórdicas.
Recuerdo el silencio blanco que arropó los inviernos de mi niñez:
así mido, funámbula de pasado a presente, la infranqueable distancia
entre el orbe sonoro y lioso en cuyos límenes aprendí a vivir
y la muda galaxia, nevada de par en par, en la que antaño crecí.
¿Será la nieve de aquel antes metáfora de una olvidada quietud?
Una frialdad, mamá tan querida, a la triste medida de tu cadáver.
Comparte este texto: