El Nuevo Bronx

Juan Fernando Covarrubias

Guadalajara, Jalisco, 1980. Su libro más reciente es la novela Nada que salvar (Libros Invisibles, 2024).

Entre la vida y la muerte,
entre la alegría y su contrario
existe lucha, tregua y, para terminar, acuerdo.

Marguerite Yourcenar, Peregrina y extranjera

El Nuevo Bronx es un barrio que toca pared en el río que atraviesa San Johnny. Lino Waleski camina a menudo por la colonia, donde es posible encontrarse, como en aquel del que tomó el nombre, con lo mejor y lo peor del mundo. Sabe que el núcleo de ese animal de 1000 cabezas, cuya máxima es el imperio del músculo, es el mercado de artesanías y comida, adorno de una avenida que tiene tres nombres a lo largo de su trayecto. Las venas que lo circundan son todas calles con locales comerciales de ropa, comida y juguetes y numerosos hoteles populares, rascuachos. Ha ido con mujeres a algunos de ellos. 

Una cuadra al sur del mercado se abre la calle donde el comercio de objetos se alterna con un catálogo de carne humana puesta en sus ganchos no de carnicería, sino bajo marcos de puertas que llevan a hoteles en penumbra, cuya noche no supera los 150 pesos o vecindades que bien podría Teseo desear como escenario para practicar su búsqueda del Minotauro sin desfallecer ni recular. En todo caso, para internarse en un laberinto que al no iniciado le sería complicado memorizar.

En uno de esos pasajes de cuartos malolientes y que acumulan objetos como si no pertenecieran a nadie, Waleski se topó en una puerta con una mujer cuyo acento, apenas saludarla, identificó extranjero. Era corpulenta y de baja estatura, de cabello corto, grandes aretes y vestía un pantalón ajustado. De la cintura para arriba parecía tener cuerpo de luchadora. Le preguntó sobre una perfumería. Pensando que quizá le haría una propuesta de precio, ella lo miró de los pies a la cabeza y de regreso, y le contestó de mala gana que el local estaba a la vuelta, que siguiera ahí nomás, a la izquierda. 

París. Perfumería fina

—Las cosas usadas tienen su peligro — le decía una dependienta a la otra. Waleski entró en ese momento al local pero decidió no acercarse al mostrador, fingió interesarse por los artículos de un aparador lateral. Al sentir la mirada de una de ellas, preguntó por una loción para después del afeitado, que no le interesaba en lo más mínimo. Le respondieron que, además de su bajo precio, era de lo mejor que llegaba del extranjero.

A Waleski le gusta pasearse por tianguis y tiraderos. Sobre todo lámparas y pequeños objetos de cerámica mutilados o despintados era lo que buscaba en esos sitios, de los que hacía ruta en distintos días de la semana. Por ello le había atraído lo que la dependienta estaba diciendo. Waleski notó que a la mujer no le había faltado convicción y se puso a escuchar mientras, más que mirar, bobeaba. 

La dependienta insistía en que se diera una vuelta por esos lugares donde comercian objetos usados, porque tal vez allí encontraría lo que andaba buscando. No podría decir qué era, no lo supo Waleski, sólo pudo seguir la conversación a partir de esa afirmación del peligro que entraña hacerse de cosas en su media vida útil. 

—Tan tienen su peligro que una tía que vive en otra ciudad me contó que allá, en un barrio famoso donde se vende toda clase de cosas, una señora de colonia residencial se compró un abrigo de mink, de segunda mano. Es común que hagan eso las señoras ricachonas: comprar barato para presumir como caro; son de las que comen frijoles pero repiten jamón. Y ese caso lo supo por la televisión. La mujer murió después de usarlo en una primera noche en un baile. La señora era mayor pero tenía una excelente salud, y no se sabía de ningún mal congénito. Es más, en su vida poco se había enfermado. Pero no te asombres, me dijo mi tía, no hay misterio: el abrigo había sido de alguien que tenía tifus, y había dejado el virus en él.

En cuanto acabó la historia, Waleski, en voz muy alta, señaló un frasco pequeño de perfume, barato. Su aroma era escandaloso. Pagó y salió.

Plásticos Berlín

Volvió al callejón de la vecindad a buscar a la mujer extranjera. Le preguntó su nombre. Además del pantalón ajustado llevaba una blusa con cuello en V y el logo de los Yankees. Waleski sabía que únicamente a las mujeres centroamericanas o caribeñas o, en todo caso, dominicanas, les gusta el béisbol, tal vez sería de algún lugar de esos. Ella sonrió y le dijo: Fidelia.

Le preguntó entonces cuánto cobraba. Antes de responder, la mujer hizo un chiste: —¿Qué, el perfume no te sirve para jugar con la pichula…? —Waleski ni se rio ni se inmutó. Ella le dijo que si no quería entrar con ella a la vecindad, con todo y hotel serían 450 pesos, servicio completo. Waleski le dijo que eligiera ella misma el hotel. 

—Vamos al México 70, está sobre la avenida y el precio incluye jabón y toallas, y el baño casi siempre está limpio. Eso es un lujo si te pones a ver dónde estamos —en el camino Fidelia trataba de convencerlo. Waleski no hacía mucho caso a sus palabras, se concentraba, en cambio, en todos aquellos edificios olvidados de la avenida, cuyas primeras plantas son zapaterías de mercancía económica, tiendas de ropa, locales de comida china, farmacias, etcétera, y a partir del primer piso y hacia arriba no existen para el peatón, fija la vista como la lleva en distinguir la mercancía que busca. «Aunque sucia, es otra ciudad, prácticamente», pensaba Waleski.

Sin avisarle, la mujer entró a un local, de donde salió con una bolsa de plástico negra, grande. Se justificó con Waleski: —Cuando regrese, de seguro ya va a estar cerrada la tienda y necesito tirar algunas cosas.

Apartamentos Norman

—¿Ves ese edificio de enfrente? ¿El de los departamentos? —le preguntó la mujer a Waleski. Y sin que este intentara responder, le contó: —Pues en ese edificio, en un departamento del quinto piso, un gringo tenía secuestrada hasta hace poco a una mujer. La encerró por más de 4 años, vendada y amordazada en un cuarto oscuro que da a la calle trasera, donde está un estacionamiento abandonado. Un repartidor de mensajería resolvió el caso, aunque sin tener la menor noción de lo que sucedía: encontró al gringo junto a la puerta del departamento, tirado en el suelo; al parecer se tropezó y se golpeó la cabeza con el pomo de la puerta, que quedó así abierta. Lo encontró desangrándose. Al entrar al departamento, el repartidor notó que la oscuridad, aun cuando no serían más de las 3 de la tarde, era casi total. Quitó las cortinas que cubrían el ventanal de la sala y con aquella luz vio que el pie de la puerta de una habitación había un plato con restos de comida. Le pareció muy extraño. Pensó que nada más faltaría que en la habitación hubiera alguien amordazado, y así fue. El gringo está ahora en el penal. Tiene 55 años. Se apellida Norman. Le dieron 20 años.

—¿Y se supo quién era la mujer? —le preguntó Waleski. 

—Se dijo que, junto con otros tipos, muchos años antes había secuestrado al hijo de Norman —concluyó Fidelia.

Hospital de la bocina Illinois

De nueva cuenta, la mujer abandonó a Waleski por un momento y entró a otro local. Salió de allí con una bocina en una bolsa. —Sin música, haz de saber, no muevo un dedo, ni quehacer hago y ni ganas me dan de levantarme —se justificó—. Es más, necesito música hasta para este trabajo.

—No me imagino —dijo Waleski sin ninguna convicción porque seguía pensando en el gringo Norman.  

Edificio Trinidad

Waleski le preguntó si era verdad lo que le había contado recién, lo del gringo y la mujer secuestrada, porque había un cabo que no ataba. Ella le preguntó que cuál cabo. —El del descuido del gringo por no tener la puerta con llave, o por lo menos con el seguro puesto. —La mujer alzó los hombros. Hasta entonces Waleski puso de veras atención en ella. Le pareció que tenía un aire divertido, que sabía platicar y que no se dejaría intimidar sin oponer resistencia. No tenía la menor intención de acostarse con ella, sólo quería llevar a cabo una vez más toda esa argucia de pactar un precio y meterse en un hotel. Lo había visto en una película, le había gustado y desde entonces lo hacía 2 veces por mes.

—Hace unos 11 años, cuando llegué a esta ciudad, trabajé para una señora que vivía ahí enfrente, en el Trinidad, que ahora lo usan de baño y dormitorio los borrachos. Le ayudaba con el quehacer, pero me despidió porque según ella yo le desgastaba la ropa inútilmente. Me decía: «No tallo ni mis rodillas cuando me baño, mucho menos la ropa. De nueva, incluso en la tienda, hay que hacerla bola, y si se arruga no la compro, porque plancharla también la acaba pronto». Desde que me lo dijo no tallaba ya su ropa, pero ella insistía que sí lo hacía, tal vez a escondidas, porque no le duraba gran cosa. El día que me corrió, antes de irme, con unas tijeras quise hacerle agujeros a unas blusas y vestidos, pero me descubrió, me cacheteó, no me pagó los últimos días trabajados y me cerró la puerta en la cara. Poco le faltó para meterme al bote inventando cualquier cosa.

—No se ve que seas así —le dijo Waleski. —¿Cómo?  —De las vengativas o de las que se quedan con ganas de devolver lo que les dan. —Lo que se ve es que no me conoces ni tantito, así que no te duermas con la pichula al aire porque… —le replicó riendo la mujer. Ya hacía rato que a Waleski le gustaba esa risa.

El Nuevo Bronx

Hormado y limpieza de texanas La Carreta. Café Madrid. Zapatería Jalisco. Pony Toys. Mercado Libertad. Hotel Janeiro. Fábrica de pantalón vaquero y de vestir sr., dama y niño. Cine Parián. Lucero Bar. Camisería York. Restaurant Wen Tao. Todo a 3. Ropa interior para dama Máxima 52’s. Abarrotes Honorio. Tenis todas las marcas. El Mundo del Bebé. Pantalón colombiano. Restaurant Bar Oriental Mascusia. Joyería fina. Cortinas Samantha. Bermudas Chenson. Comida casera Doña Juana. Sandalias y calzaletas. Vans. Pantalones Micky’s. Plaza de los Mariachis. Tattoos Jerry. El 5to Poder, Rock’n Roll Store. Alimento para Crianza y Mantenimiento de Gallos de Pelea y de Combate. Plazuela Pepe Guízar. Naturamia. La Catedral Charra, sastrería. El local donde hay todo. Servicio especializado en televisores. Todo para el médico. Pantis a -precio. Hotel Imperial… 

El Nuevo Bronx, como tantos otros barrios, se formó a partir del enclave de una parroquia. La dedicada a San Johnny, y que antes la llamaran capilla de la Santa Veracruz. Primero barrio; por el arribo de la gente adinerada de más allá del arroyo en busca de diversión se convirtió en arrabal. Imagen que no ha perdido hasta hoy. El Mesón del Puñal, que se hallaba a un costado del hospicio, se erigió como fuente de poder, mecenazgo y tratado de negocios e intercambio de carne por billetes. Su condición carnavalesca le viene desde esa época. A este jolgorio se le agregó una plaza para el trago y la música del marriage.

Vagabundos, diableros, dependientas, cancioneros, madrugadores, vendedores de lotería, gritones, cartoneros, noctámbulos, echadoras de cartas, rateros, borrachos, aguadores, adivinadoras, truhanes, chivistas, sombrerudos, chicleros, pepenadores, churreros, prostitutas, desempleados, maleantes, floristas, bicicleteros, jubilados, jóvenes de pantalones flojos y calzón de fuera y peinados de picos, titiriteros, dealers, leones negros, jugadores de damas chinas, ancianos pensadores, ajedrecistas, matronas, vigilantes, mascusieros, patrones, cargadores, boleros, miembros del Escuadrón, cancioneras, tercia de ases y de compadres, tianguistas, exreos, locatarios, taxistas, voceadores, policías, cholipantros, fugados, mimos, fayuqueros, marchantas, paleteros…

Nueva Sala París

Tuvo un momento de destanteo al ver el local cerrado «de forma permanente». Había pospuesto volver al sitio en numerosas ocasiones, y cada vez se daba una excusa nimia, sin peso. Con la mujer extranjera afuera del cine, evocó a Yamira, quien lo había acompañado la última vez. Al salir, caminaron hacia el Centro, al café del Hotel Francés, del que eran visitantes habituales. 

Yamira le contó en aquella ocasión su idea de aprender a leer las cartas. Entusiasmada, le dijo que sería un modo de ganar dinero y, de paso, ayudar a que las vidas atribuladas de la gente no lo fueran tanto. Waleski se limitó a escucharla, nada dijo cuando terminó porque sabía que cuando Yamira quería algo, no había modo ni frase capaz de hacerla desistir. Después de algunas tardes se separaron. No supo Waleski si Yamira lo había conseguido.

Recordaba la fachada oscura de la sala. El árbol cuyas raíces asoman de entre el cemento en la banqueta. La taquilla, discreta, disimulada entre barrotes y una lona tapizada de afiches de filmes ya pasados de moda y cartelera. Sin embargo, no había sabido que la hubieran cerrado, los periódicos no habían informado al respecto. Waleski tenía por costumbre leer dos diarios locales todas las mañanas y no tenía presente la referencia de la clausura definitiva. 

Waleski y la mujer siguieron por la avenida. A la siguiente cuadra, entre una papelería de apellido europeo y una horrenda tienda de ropa infantil le saltó la liebre al paso cuando ya había guardado el fusil: topó con la Nueva Sala París. Su fachada era ostensible. El color de las paredes, chillón. La taquilla aparecía luminosa. La marquesina presumía mayores dimensiones y sus carteles eran de películas gringas sin mayor interés. Pensó que tal vez si entraban encontraría a Yamira, pero, quién sabe por qué no quería que ella lo viera con otra.  

Hotel México 70

Llegaron. El que atendía, un hombre de gorra y bigotes retorcidos, de panza voluminosa y cigarro apagado en la oreja, saludó a la mujer con familiaridad. Le preguntó que si quería el cuarto de siempre, el 11. Ella movió la cabeza afirmativamente. Al pasar, la mujer le hizo un gesto al hombre diciéndole que su acompañante pagaría.

Waleski pagó. Subió tras ella.

De la habitación número 11, situada en el primer piso, llegaba hasta la recepción un viejo bolero: «Bésame, con un beso enamorado…».

A los 10 minutos bajó ella. El encargado la vio. No dijo palabra. La mujer desapareció por la puerta con la música detrás.

20 minutos después, Waleski salió a la noche fría de la avenida, el corazón del Bronx nocturno que tanto le atraía. A lo lejos vio que las luces del Mascusia aún estaban encendidas. Caminó en esa dirección.

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