Guadalajara, Jalisco, 1965. Es crítico de cine, profesor en el ITESO y colaborador de la revista Magis.
El terror ha sido y es uno de los géneros más socorridos por el cine. En ciertas épocas su presencia en las salas crece ostensiblemente. En tiempos aciagos, como los actuales —cuyo inicio se puede remontar a los años de la pandemia de covid—, las producciones terroríficas tienen una presencia constante en la cartelera (la comercial y la otra, la mal llamada «de arte»); y el número de aquellas se incrementa mes con mes, por lo que no es raro que en los estrenos semanales aparezca al menos un título de este género.
A lo largo de la historia del cine de terror, los pretextos y los asuntos que lo alimentan no han cambiado significativamente, pero sí son objeto de actualizaciones: la puesta al día tiene entre otros propósitos enviar un mensaje pertinente para los tiempos en que se realiza. En este paisaje la literatura sigue siendo relevante como fuente privilegiada de inspiración. Así, hemos visto recientemente «nuevas» versiones de Frankenstein o Nosferatu, por ejemplo. En estas cintas es perceptible un afán medianamente moralizante: el Frankenstein (2025) de Guillermo del Toro hace una invitación a la consideración y escucha del otro; en su Nosferatu (2024) Robert Eggers (quien previamente había puesto al día otras obras y temas de terror, como hizo en La bruja) muestra la inusual toma de responsabilidad que lleva a cabo la joven protagonista.
Los monstruos protagonizan a menudo las películas de terror (como en las cintas mencionadas), pero el cine actual de este género se nutre con la cuchara grande de los demonios que habitan el más allá (¿o el más acá?), los cuales engrosan ese subgénero que bien cabría calificar como «demoniaco». Verbigracia, El pasajero del diablo (Passenger, 2026) de André Øvredal, que fue estrenada en mayo de este año y que provee más sustos que sustancia. Nótese que al título original (Pasajero) se ha añadido en la traducción mexicana «del diablo». Porque, claro, Satanás vende más. Considerando las películas de este subgénero que se estrenan cada año no sería un despropósito considerar a la industria cinematográfica como uno de los grandes propagandistas de la Iglesia católica: porque no faltan los exorcismos y, como en la mentada cinta, las soluciones que provienen de la mano divina. Este tipo de películas es generoso en la provocación de sobresaltos al espectador (como Hitchcock decía, el terror es «inducido por la sorpresa»). Pero estos sustos a la larga son irrelevantes. Y si lo expuesto adquiere tonos morales y somos testigos de las manifestaciones del mal, al final resulta tranquilizador que el origen de este no esté en lo humano sino en lo sobrehumano: si alguien tiene la «mala suerte» de ser poseído por un demonio que lo empuja a hacer el mal, ese alguien, así, no sería culpable del daño que provoca. Más miedo da escarbar en lo estrictamente humano…
Uno de los propósitos de las historias en el cine —me atrevería a decir que del arte narrativo en general— es mover al que mira y escucha, empujar sus emociones y actualizar sus sentimientos. Una vez que ha conseguido (con)moverlo, lo que se ventila en la cinta —el asunto, diríamos— no sólo incrementa sus posibilidades de ser atendido, sino las probabilidades de resultar significativo. Pero esto sucede muy rara vez en este género, pues salvo en excepcionales ocasiones el terror no va más allá de las sorpresas y los sobresaltos. La gran mayoría de las cintas de este género son como parques de aventuras o casas de espantos: su objetivo y su fin es asustar al espectador (que a menudo va gustoso a que lo asusten: el miedo es generoso en la generación de adrenalina, y no faltan los adictos a esta hormona que procuran cubrir sus expectativas con amplias dosis). Pero después de provocarle miedo la cinta no le «dice» nada o no le hace comentarios atendibles sobre el asunto abordado. Uno de los objetivos del terror que se respeta es explorar las fuentes y las consecuencias del miedo, rastrear su origen en el piso y el subsuelo común a todos los humanos. Y estos no precisan de demonios para incursionar en la abyección, que sí da miedo: si una capacidad humana ha sido desarrollada con lujo y creatividad es esta.
Los grandes hitos del cine de terror —que, no está de más recordar, frecuentemente tienen su origen en la literatura— nos hacen ver y vivir situaciones y temas que se presentan en mayor o menor medida en la vida de todos. Por ejemplo, todos hemos tenido (o, desgraciadamente tenemos) vecinos ruidosos e insoportables que son como fantasmas; tal vez no arrastran cadenas ni azotan muebles y ventanas (o tal vez sí, ahora que lo pienso) pero se hacen presentes constantemente con su contaminación auditiva. Y vaya que la vecindad es amenazadora y terrorífica en películas como El bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968) de Roman Polanski, en la que los inquilinos trabajan para el mismísimo diablo, por lo que la cinta también se inscribe en el subgénero satánico. Cambiando de tema, con relación al trabajo y los sinsabores de la vida familiar, El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick es iluminadora: las tensiones se acumulan y se exacerban en el encierro (como pudimos constatar en tiempos pandémicos), y acaban con los nervios y el control del más estoico. En Psicosis (Psycho, 1960) Alfred Hitchcock entra en la mente de un asesino que ha sufrido singular maltrato materno; y después de deshacerse del cadáver el susodicho quiere mostrar que no mata ni una mosca (al parecer, a todos los humanos, sin importar el daño que producen o han producido, les gusta pensar que «son buenos»). En Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) Ridley Scott, con un pie en la fantasía, nos hace ver que en la cruda naturaleza no hay ideología ni consentimiento que suavice o matice los caminos que la vida encuentra para reproducirse.
Así como la comedia que se respeta echa mano de la risa con propósitos críticos y reflexivos, el terror utiliza el miedo. Pero desafortunadamente los tiempos que corren no son propicios para la reflexión y la crítica, aunque sí lo son para los criticones. Estos géneros han convertido sus medios en fines. De esta forma una comedia es bien acogida cuando pululan las carcajadas, y en el caso de una película de terror los comentarios positivos que recibe son proporcionales a los sustos que endilga. Este paisaje seguramente no cambiará sustancialmente en el futuro: es más que ingenuo pensar que de pronto en la especie humana, que nunca se caracterizó por pensar, surjan la necesidad y el deseo de pensar.