Guadalajara, Jalisco, 1993. Esta es su primera publicación literaria.
Fue el destino lo que me trajo aquí. Maldito sea si miento: no sabía de su existencia ni mucho menos lo que me esperaba dentro. Deben creerme. Se presentó como una eventualidad súbita, de esas que rasgan la cordura. La seguridad de un orden falso de átomos y moléculas que se desmorona en una vorágine. La secuencia se interrumpe y el mundo deja de ser un lugar confiable.
La entrada podría pasar desapercibida ante ojos inexpertos. Los míos, acostumbrados a las demencias de este mundo, vislumbraron las escaleras entre 2 viejos edificios de concreto derruido. El primer escalón parecía fundirse con el pavimento, como si saliera de ahí mismo, sin ningún borde ni filo.
Había tomado antes ese camino numerosas veces para visitar a Bruno. ¿Cómo no había visto los estrechos peldaños? Además, conozco bien los edificios. Durante la guerra, se habían utilizado como cárceles improvisadas para presos políticos y desertores. Años después, del horror sólo quedaba el aroma a óxido y la sensación de que entre las paredes se escondían aullidos.
Una cascada de neblina apenas dejaba entrever los bordes de cada escalón. Me acerqué para ver a dónde conducían; parecían devenir en espiral y entre más me aproximaba, más sentía que debía subir.
Me paré en el primer escalón. Pude ver mejor aquellos bordes de piedra resquebrajada, en un bucle que contradecía la estructura del edificio. Subí 1, 2, 3, 5, 8, 13 escalones. Fue ahí cuando escuché los rumores. De las cavidades de las paredes se escapaban murmullos. Pensé que eran los drogadictos o los padrotes que usaban los viejos edificios como moteles improvisados. Seguir subiendo no parecía una buena idea. Giré el torso y bajé 21, 34, 55 escalones. Se multiplicaban ante mis pasos. Esa fue la primera señal de que el mundo se desmoronaba. Maldito sea si miento: no había forma de bajar.
Miré hacia arriba. Al fondo, una sombra parecía sugerir un final. Decidí subir. 89 escalones. 144 escalones. 233 escalones. Me sumergí en la neblina; entre más subía más me rozaba con su piel inerte.
1 597 escalones. La neblina abrió una grieta en su reducto y pude ver que alguien me esperaba a lo alto de la escalera. Quise parar, pero el vapor ya no era vapor. Eran dedos, cientos, apretujando mi camiseta. Ya no subía: era empujado. Mi sudor y aquel humo pastoso que se respiraba en el ambiente se habían fundido. Me sentí, de repente, inmundo, como si la ropa la tuviera llena de lodo.
Un hombre bajito me recibió al final.
—Bienvenido al callejón. Nos encantan las visitas. Pase, pase. ¿Toma ron, coñac, ginebra?
—Pues… —Temí parecer idiota. ¿Por qué alguien que acaba de subir unas escaleras preguntaría cómo bajar?
—¿Tequila, cerveza, vodka?
—Gracias, pero dejé mi cartera allá abajo. En el coche… —mentí.
—No se preocupe. Tome ahora y pague después.
Me extendió un vaso con un contenido oscuro. Sabía a todas las bebidas que había mencionado. Tosí.
—¿Qué es este lugar?
—Usted está en el callejón. ¿Acaso no escuchó mi bienvenida? Permítame mostrarle los alrededores.
Seguimos avanzando y comenzaron a aparecer puestos apretujados contra las paredes: pujidos, alaridos, machetazos, pedazos de carne, sanguaza.
—Como puede ver, aquí se comercia de todo, mi amigo. ¿Busca armas, animales exóticos, huérfanos, órganos, víctimas para satisfacer algún deseo oculto?
—Busco la salida.
El hombre se rio y algunos a su alrededor le hicieron coro.
—Para salir, hay que pagar la cuota.
—¿Qué cuota?
—Todos tenemos una cuota, mi amigo. Una deuda por saldar.
—¿Qué deuda?
—Todos llegamos aquí por algo. Véalo como una oportunidad.
—Tengo que ir con Bruno. Tenemos un negocio y…
—¿Quién?
—Mi socio. Vi las escaleras, quise subir, pero ya no pude regresar y terminé aquí. ¿Dónde estamos?
—Así nos pasa a todos. Tranquilo, no tenga prisa. El tiempo aquí es un resorte que ni aprieta ni afloja. ¿Para qué, entonces, la prisa por salir?
—¿No quiere salir de aquí?
—Todos queremos salir, mi amigo. Pero no hemos pagado la cuota.
—Yo no tengo deudas.
—Tranquilo, lo llevo a su puesto. Venga, venga. Está al fondo; ya lo tenemos listo.
Caminamos por decenas de puestos. En plena calle se cometían toda clase de obscenidades: sobre las mesas, hombres y mujeres violaban, asesinaban, torturaban. El hedor a carne putrefacta se hacía cada vez más cercano.
—¡Llegamos! Tiene usted un puesto grande, eh. La cuota debe ser muy alta. Ya se la explicará el supervisor cuando llegue.
Ahí, tendidos sobre una mesa de acero estaban varios cadáveres. Bruno estaba en lo alto de la pila. Su sangre aún estaba fresca. Fui reconociendo uno a uno los rostros, los cuerpos, las heridas.
El hombre me dio unas palmadas en la espalda:
—Se ve que se divirtió allá afuera. Bueno, lo dejo para que se acomode en su puesto, que pronto llegarán más invitados.
Maldito sea si miento: aquello era una casualidad. Ustedes deben creerme. Aquí nadie me cree y todos dicen que soy parte de esta escoria, que sé destazar un miembro limpio y que soy un buen vendedor. Mentirosos. Son todos unos criminales de mierda.
Corrí para alejarme lo más pronto posible. Al fondo del callejón me recibió una neblina suave. Bajé a zancadas los escalones; se iban enroscando en vórtice: 0, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89…, perdí la cuenta de las veces que me caí, me golpeé y levanté de nuevo. No recordaba haber subido tanto. Al fin, sentí que el suelo se estabilizaba, y la neblina se disipó. Alguien me esperaba ahí abajo.
—No soy San Pedro, pero bueno, mi amigo. Bienvenido de nuevo. Es extraño que sea más cansada la bajada que la subida, ¿cierto?