Doble o nada

Javier Grajeda

Guadalajara, Jalisco, 1979. Uno de sus libros más recientes es Fantasías textuales para melomaniacos (Proyección Literaria, 2023).

El primer sobresalto ocurrió cuando escuchamos dos latidos acelerados compitiendo entre ellos de manera desfasada, ambos con un ritmo tan similar que hacían parecer aquello un canon cardiaco donde al terminar un tum, se encimaba otro sin dar tiempo de reposo, seguido de inmediato por uno más de manera encadenada e imparable.

La expresión del médico fue de alarma, quizá sospechando alguna especie de arritmia fetal y, por supuesto, al ver aquella cara, Ella y yo nos buscamos con miradas llenas de extrañeza y temor, pero cuando las facciones del doctor se fueron suavizando, nos sintonizamos instantáneamente con esa tranquilidad y en cuestión de segundos los 4 estábamos sonriendo abiertamente ante el descubrimiento de 2 bebés y no 1 solo como creímos.

Mateo y Matías. Iker e Ivette. Eva y Evelia. Amelia y Abel. Las posibilidades eran infinitas mientras no existiera la certeza de sus sexos, así que los juegos de fonemas se convirtieron en los preferidos de tíos y abuelos por igual, que sugerían casi imperativamente la forma en que debíamos nombrar a los próximos herederos de ambos clanes. Nosotros no estábamos tan seguros de cómo llamarles aún, nuestras cabezas se volvieron una sola, concentrada nada más en la preocupación que sentíamos al esperar el producto de nuestro primer —y ahora decididamente único— embarazo, pues todas las expectativas, temores, alegrías y posibilidades de recibir a un pequeño ser se potenciaron al cuadrado.

¿Vas a amamantarles solamente o compro de una vez 6 pares de biberones?, ¿una cuna para cada cual o que duerman en la misma ya habituadas a un mismo espacio ahí dónde están?, ¿contaminar gastando agua al lavar pañales de tela o hacerlo al tirar docenas infinitas de pañales desechables?, ¿2 tinas para la hora del baño o en la misma ambas para ahorrar ciclos de enjuagado?, ¿y qué va a pasar si nos confundimos?, ¿tendrá alguno o alguna un lunar distintivo?, ¿se vería mal si le pongo una marquita con un plumón indeleble?

¿Podrías dejar de decir tonterías? 

¿No te sientes preocupada?, ¿en tu familia hubo gemelos?, ¿viste Juego de gemelas?, ¿quieres niños, niñas o mezclado?, ¿crees que aún vayas a quererme igual cuando lleguen?, ¿sabemos cuidar niños?, ¿y si son siameses? 

¡¿PODRÍAS DEJAR DE DECIR TONTERÍAS?!

Alondra y Viridiana. Vaya cosa, ni siquiera rimaban y en la cara de los demás pudo notarse una ligera capa de decepción al escuchar estos nombres disonantes. Eso pasa cuando dejas que cada uno elija el nombre de una niña por su cuenta, pero al menos no íbamos a tener discusiones —como tantas otras parejas— por ceder a que solamente uno eligiera ponerle nombre al futuro hijo para dar paso a peleas, años más tarde, cuando en alguna sobremesa, papá saliera con la chulada de que ni siquiera quería ponerle así y que él había ido a buscar donde estacionar el carro mientras lo registraban. Nuestro trato fue de mutuo acuerdo, escoge cada cual un nombre y sanseacabó, así que en cuanto el ecosonograma mostró, sin espacio para dudas, que eran dos niñas —y por petición mía, ante el enfado de Ella y la estupefacción del médico, también de que no fueran siamesas—, ambos ya sabíamos cómo las llamaríamos de por vida.

¡Ay, qué bonito, 2 niñitas!, ¡yo también quise siempre tener gemelitas!, ¡de seguro alguna vez harán trampa en un examen!, ¡ya me imagino cuando algún galán las confunda!, ¡sólo asegúrense de no darle doble de comer a una y que la otra no comience a desnutrirse!, ¡duerman todo lo que puedan ahorita, porque después no van a poder!

¿Podrían dejar de decir tonterías?

¡Ahora sí van a ver su suerte!, ¡uy, deja que lleguen juntas a la adolescencia!, ¡doble colegiatura, doble de útiles, doble de médicos!, ¡al menos si algún día se separan podrá tener cada uno a su bebita!

¡¿PODRÍAN DEJAR DE DECIR TONTERÍAS?!

Ella dormía a veces por 3 y mi misión principal fue cumplir el doble de antojos de lo que inicialmente había pensado. ¿Por qué no podían ponerse de acuerdo ese par de voluntariosas chamacas para al menos desear siempre lo mismo? 

Amor, creo que a Viridiana se le acaba de antojar un helado de vainilla. Y a correr a la heladería. Mi cielo, Alondra tiene ganas de niño envuelto. Y a buscar una receta rápida. Cariño, nuestra hija quiere un pay de frutas. Y a explorar todas las pastelerías nocturnas. Mi vida, tu hija trae antojo de ensalada de atún con coditos. Y a destapar latas y cocer pasta. Ya desde ahí comencé a intuir que aquellas muchachas me iban a traer de cabeza con tan radicales diferencias donde una anhelaba la sal y la otra disfrutaba el dulzor de la vida.

Tratando de matar el tiempo y hacer menos tortuosa la angustia de la espera, en un arranque lúdico le propuse a Ella una quiniela para augurar el destino de las hijas y en una hoja que meses después perdí a propósito, comencé a anotar con plumón indeleble: ¿A quién se le caerá su primer diente?, ¿quién va a decir su primera palabra?, ¿cuál de las 2 traerá la primera estrellita del kínder?, ¿por cuál de ellas tendremos el primer citatorio en la escuela?, ¿quién será la primera en pelearse con otro niño o niña?, ¿cuál se enamorará primero?, ¿a quién le van a romper primero el corazón?, ¿quién querrá irse de la casa antes que la otra?

Hasta ahí dejé la lista pues yo mismo me obligué a dejar de escribir tonterías.

Lamentablemente también los contratiempos caían al doble. Ambas chicas competían por tener un espacio cómodo dentro de mamá y las náuseas, los dolores, los calambres, las agruras, las hormonas, el calor, el llanto, la presión arterial, el riesgo si no guarda reposo, las piernas adoloridas, la espalda que no a diario se sentía igual de fuerte, las miles de vueltas en la cama para encontrar una posición de descanso, la posibilidad de adelantar el parto si sigue sintiéndose así, el temor de que las cosas no salgan como se ha deseado, las noches de insomnio cuidando a 3 chicas, las oraciones y velas prendidas con una religiosidad sacada de quién sabe dónde.

El riesgo ya disminuido, las recetas kilométricas que el señor de la farmacia me surtía con mirada compasiva, el alivio tras un par de semanas de zozobra, el temblor ansioso de que ya casi llegaban, el arreglo de un cuarto que dejó de ser mi cueva de hombre —llena de juguetes y videojuegos de niño-adulto.

Sin embargo, también se duplicaban las muestras de cariño. No faltó, por supuesto un divertido baby shower donde Ella intentó darme una papilla con los ojos vendados, donde cupieron más pinzas para ropa de bebé en mi mano que en la de mis hermanos, y donde perdí de manera infame al competir contra mi madre intentando cambiarle la ropa a un muñeco más rápido que ella. Salieron varios kilos de papel de envoltura rosas y lilas, decenas de cajas que después se usaron para varios intercambios navideños sin faltar las bolsitas de papel con estampados llenos de cigüeñas y sonajas, y dentro de todo ese desperdicio ornamental, encontramos un par de osos gemelos —que meses más tarde terminarían juntos en la cama de Alondra cuando Viridiana se habituó a aventarlo al piso porque le estorbaba—, varios pañaleros exactamente iguales —que sirvieron para incrementar mi ya de por sí enorme angustia de confundirlas— e incluso un par de vestidos azules con moños rosa en la cintura y holanes blancos en las mangas, que cuando saqué de su envoltorio desataron las carcajadas de mis siniestros amigos, evidentemente fans de Stanley Kubrick.

Alrededor de 32 a 34 semanas después de habitar el cuerpo de Ella —y yo sin aún entender esa manía de los ginecólogos por llevar las cuentas en semanas y no en meses como la gente normal—, nuestra pequeña dupla de bendiciones llegó por fin al mundo exterior. 

El evento se convirtió en un suceso de trascendencia transgeneracional. Abuelos, tíos y primos, congregados para ver la magia de la vida duplicada. Ellos, pude enterarme después, también habían hecho sus quinielas donde la apuesta de mayor cantidad se inclinaba hacia la idea de que las gemelas se parecieran más a su madre que a su padre. No tuve ninguna discrepancia ante ello, la verdad es que también yo lo habría preferido, sin embargo, poco les duró la ludópata euforia de conocer criaturas casi clonadas tras el ventanal del cunero aquella tarde.

Viridiana, 3 minutos mayor. Con el serio semblante de una hermana nacida primero que se convierte, desde el inicio de su vida, en ejemplo y guía sin siquiera saberlo y tal vez sin desearlo. Con una mirada que indaga por segundos para después cerrarse ante la incandescencia del mundo al que ha arribado. Con la piel bronceada como toda mi familia y unos ojos oscuros y profundos a los cuales siempre me gusta seguir mirando de frente cuando el mundo se pone complicado. 

Alondra, considerada por cuestiones de horario como la menor, a quien se le podía ver la inquietud y el desparpajo desde el primer minuto en su vida, con movimientos amplios e imparables de quien ha estado varios meses esperando más espacio para expandirse. Sus tiernos rasgos, bajo el rosáceo tono que casi todo humano recién nacido tiene, ya dejaba entrever la blancura de la piel de su madre y los rasgos combinados de sus abuelos maternos. Sus ojos aún no definían un color en sí, pero chispeaban con tal audacia y curiosidad que, hasta estos días, una década después, todavía me invitan a quitarle seriedad a lo cotidiano.

Hubo felicitaciones, por supuesto junto con palmadas en la espalda y chocolates. También fluyeron algunas lágrimas y turnos para cargarlas y decirles palabras inexistentes para darles la bienvenida. Aun así, no faltaron las pequeñas muecas de derrota, una quiniela infructuosa, expectativas no cumplidas de bromas gemelares, y las ganas de ver crecer a una chica con un espejo viviente siempre junto a ella.

En nosotros hubo alivio. El descanso momentáneo al saber que ya estábamos los cuatro juntos, que las complicaciones extrauterinas ya tenían forma y color, que no habría más ansiedad por saber qué significa un sangrado, un calambre o un cólico.

En Ella vi una alegría jamás vista. Un llanto que no era igual a ninguno por enojo, por tristeza o por miedo. Era un llanto que combinaba todas las emociones y las mostraba de la forma más pura que jamás hubiera visto.

Dentro de mí, el despertar de un ser hasta ahora ignoto. La persona más fuerte y poderosa, valiente y arriesgada coexistiendo con la más débil y cobarde, insegura y cautelosa.

Y, en medio de ese doble hélix de emociones y anhelos nacientes, hubo una certeza que me iluminó el rostro. La seguridad de que al menos no tendría que usar el plumón indeleble, provocando en Ella la mirada que siempre me decía: «¡Nunca dejas de hacer tonterías!».

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