Ciudad de México, 1955. Su libro más reciente es León de Lidia (Tusquets, 2022).
A mi madre le regalaron una pomada hecha con granos de elote tostado, florecitas de ruda amarillas y aceite de almendras dulces. Me la debo untar a diario en los pliegues de mi cuerpo: en los brazos, en las piernas, en las juntas de las orejas, pero no me hace mucho efecto y cuando me ayuda, al rato ya estoy igual. Carmen viene a mi rescate. «Si me prometes no contarle a nadie, te voy a llevar a la Villa de Guadalupe a que te quiten esas alergias, pero no le digas a tus papás. Les voy a pedir permiso para llevarte con mi hermana y nos vamos a la Villa de Guadalupe».
Al sábado siguiente salimos muy temprano. Tomamos dos camiones hasta llegar a la plaza donde se reúne un montón de gente. Por el fondo entramos a la iglesia. Carmen se persigna. «¿A qué huele, Carmen?». «Es copal, mi niña». Nunca me había hincado en una iglesia. Repito lo que escuché en la escuela: «El dios de los judíos castiga a los que se postran». Ella me acaricia la espalda y me dice al oído: «Ahorita sólo pídele que te quite esas alergias». La Virgen nos mira de tres cuartos, si me muevo, sus ojos me cazan. Si me quedo quieta, parpadea. Me muevo, me sigue. Me hago la disimulada y luego la volteo a ver: sus ojos no me sueltan. «Deja de jugar y reza —me dice Carmen impaciente— y respira muy hondo y pide con el corazón». Por fin logro concentrarme, lo sé porque algo me prensa hacia un vacío, como si mi tamaño se redujera, se hiciera liviano, se deslizara, perdiera peso, se hundiera, no lo sé. Siento que algo se sube por mi brazo: es una catarina color cereza. Carmen le interpone el dedo para que se le trepe a ella. Dice que ese bichito será mi animal de compañía, mi nagual.
Diez días después mi mamá está feliz porque el ungüento me hace un efecto notable en las alergias. Carmen me cierra un ojo y me ve igual que me veía la Virgen, luego se limpia las comisuras de los ojos con su delantal. Mi mamá le pregunta qué le pasa, si acaso está llorando por la cebolla que pica en trocitos para el gulash de res, el plato favorito de la tía Gerta que vendrá a cenar esta noche.
Cuando me voy a dormir, mi tía y mamá se quedan en la mesa con varios libros y dicen unas cosas en alemán y otras en español. (Gerta nació en Weimar y es sobreviviente de un campo de concentración. Para ganarse la vida traduce libros y siempre parece feliz, no imagino cuando la dejaron encerrada sin comer en esos guetos donde maltrataban a los niños.)
Temprano, antes de que mi mamá se levante, encuentro en la mesa un papel escrito con letra muy derechita. Tomo la pluma que dejaron encima y le hago dibujos arriba de las letras. Me doy cuenta demasiado tarde que me van a castigar por haber rayado esa hoja de trabajo. Decido esconder el papel en un libro de pasta roja. Lo doblo en dos y ruego que nunca me descubran.
Años después, sin la tía, sin Carmen, y con mi madre muerta, aparecerá, adentro del libro con pasta roja, el pequeño manuscrito. Reconozco la escritura y esos dibujos infantiles. De pronto, el impacto de esa noche enciende mi memoria y lo hace en forma paulatina. Como una casa con pasillos en penumbras que se van iluminando poco a poco conforme los vamos recorriendo, así llega a revelarse el gran salón, el lugar de los secretos, ahí donde se deslizan los cerrojos que mantenían las puertas cerradas a nuestra percepción. Primero se alumbra un hecho, después el otro. Volteo instintivamente a verme los pliegues de las piernas y los brazos: están enrojecidos. Me asalta la imagen de la Virgen de Guadalupe y el calor curativo de Carmen. Me doy cuenta en ese momento de que mis pliegues escocidos son también el arco trazado entre esa mañana de mi niñez y este escrito que cae a mis manos como un objeto imantado. «Los efectos visibles de lo invisible», dice el El libro de las adivinaciones.
Unos cinco o seis años después, me propongo escribir un ensayo sobre diarios de escritores. Leo, embebida, los Escritos autobiográficos de Walter Benjamin. El corazón me da un vuelco y la sangre se me agolpa en la cara cuando encuentro allí ese hermoso pasaje, el mismo que habían traducido las dos mujeres años atrás, tal vez como una alianza y, para mí, como una especie de eco que por tercera vez se posa bajo mis ojos. «Un germen de vida para ser despertado», vuelve a insistirme una voz antigua. Voy hacia el libro donde se quedó prensada la traducción. Corroboro el hecho cuando descubro, atónita, que una catarina roja camina en una junta del librero.
Escribe Walter Benjamin en su Cuaderno de Berlín. Lo hace desde su tiempo que se entrecruza con el mío. No lo subrayo, sólo lo repito hasta que las palabras se graban en mi memoria y comprendo de dónde nace la expresión: «aprender de corazón» (apprendre par cœur):
Quien un buen día ha empezado a abrir el abanico del recuerdo, siempre encuentra nuevas piezas, nuevas varillas, ninguna descripción le satisface, pues se ha dado cuenta de que cabría desplegarla, de que únicamente en los pliegues reside lo auténtico: aquella imagen, aquel sabor, aquel tacto a causa del cual hemos desdoblado, hemos desplegado todo esto; y entonces el recuerdo va de lo pequeño a lo pequeñísimo, de lo pequeñísimo a lo ínfimo (…)
Y entonces, hay algo tuyo que de verdad celebra.
