Cepillo prusiano sobre fondo mongol

Gabriel Wolfson

Puebla, 1976. Su libro más reciente es Fiebre (Impronta Casa Editora, 2025).

Budionni atraviesa medio siglo, el trecho que va del zar a Jruschov, aún sin habernos puesto de acuerdo en cómo escribir su apellido, así el reto perpetuo de transliterar ruso. «Lo cirílico, amigos, dijo Paul Celan, también / lo trasladé por el Sena, / lo trasladé cabalgando por el Rin», y ahora que se añadan apócrifos trotes por el Papaloapan. Budyenny o Budionny han figurado; Semyon Budenny, prefiere Val Vinokur, traductor de Bábel al inglés. Quizá suena más ruso y menos italiano, y qué haría esa migaja de repostería turinesa en el Cáucaso profundo. Y, no obstante: Budionni, que nació ahí, en ese sótano ingobernable del imperio cuyo ejército lo sacó de la pobreza campesina familiar, lo formó y lo dotó de una rígida fe: en la belleza de la guerra clásica y en la quietud del mundo. 
No hay mayor misterio en que, como mi general Felipe Ángeles, Budionni haya luego puesto el hondo saber bélico del antiguo régimen al servicio de la revolución. Sólo que, mientras a Ángeles lo ejecutaban en Chihuahua, Budionni dirigía el primero de caballería del Ejército Rojo en la guerra con Polonia, tocados sus oficiales con sus budiónovki, gorritos puntiagudos de paño, quizá el último momento en que su conocimiento militar, y no el azar o el puro abuso montonero, dio para ganar batallas. Y, no obstante, Budionni, es decir, su saber anacrónico y absurdo atraviesa medio siglo, lo que supone librar el arrebato de Stalin por descabezar y renovar y redescabezar las cúpulas y semicúpulas políticas, culturales y militares, aun si, como fue haciéndose evidente, el clasicismo castrense de Budionni auspiciaba cada vez más derrotas. ¿Qué vio Stalin en Budionni? En el invierno del 41-42, Neumolímov, militar condenado en el gulag, medita escribirle una carta a Budionni para pedirle que lo saque de ahí y lo mande al frente, a Stalingrado. Neumolímov es un personaje de ficción, pero, para entonces, Budionni casi también. ¿Por qué lo salvó Stalin de Stalin? Quizá se vio reflejado en él, en esa obstinación frente al pastizal sin la dignidad vacuna. Quizá lo fascinó el bigote de Budionni, aún más imponente que el suyo. El extraordinario bigote del mariscal Semión Timoféich Budionni sobrevive al zar, a los mencheviques, a los polacos, a Stalin, a la Segunda Guerra y atraviesa medio siglo como emblema de nada, salvo de una época prodigiosa para la observación capilar. En algún tiempo remoto, y ahí nació el melodrama y quizá el lenguaje, la especie perdió el pelo facial, excepto sobre los ojos y orbitando la trompa. Y al rato, tras el largo XVIII de las pelucas, renació la angustia masculina de la distinción pilosa. Alambres, arabescos, nido de golondrinas, geometrismo y constructivismo, rata sedosa, espejo del alma, almacén de migajas, etcétera. Hay tics que casi bastan para perfilar el maldito mundo: de Vasili Grossman podrían entresacarse miles de cigarros o sucedáneos apenas fumables como para al menos dar cuenta de la orilla desesperada del ser; de Bábel, ya de sí ansioso de variación, su entrega al desciframiento facial, su devoción plástica por los pelos. Hay una barba «teñida por el tabaco y hecha jirones», un hombre refunfuña «sin sacarse la barba de la boca», otro no se calma hasta no peinarle la barba a un cadáver, hay «bigotudas actrices» y judíos ricos de «barbas partidas y bien peinadas», su abuelo tiene «barba amarillenta», hay «barbas cenicientas» y «barbas de profeta», la del rabino Mótale parece «pelusa amarilla», a un hombre la barba le descansa «sobre el pecho como un icono sobre un difunto» y otro, encargado de las 
circuncisiones, traga vodka mientras le escurre sangre en sus «desgreñadas barbas». Pero nada dijo Bábel del monumento queratínico de Budionni —su jeta un cepillo prusiano sobre fondo mongol—, aunque, para el caso, tampoco nada de los cachos de pasto congelado que engalanaban el rostro del comandante supremo Serguéi Serguéyevich Kámenev. Habrá acumulado Budionni otros rencores conversos. Contemporáneo del Somme o Verdún, fue incapaz de entender que la guerra ya no era ni sería nunca como la que él aprendió, y que los oficiales y soldados de un ejército aún no precisamente poderoso, el Rojo, improvisarían inéditas máquinas bélicas inconciliables con sus fantasías elegíacas donde todavía contaba la destreza personal con la bayoneta. Así la tachanka. No sabemos qué pensaría Bábel sobre teoría militar, pero sabemos que soportó la fascinación de verlo todo, de ahí que a este engendro a caballo entre la mula y el tanque le dedicara un relato, es decir un «Tratado sobre la tachanka». No importa. Imaginemos lo que Bábel nos da: carretas de popes o de tinterillos modificadas para llevar montada una ametralladora, y veamos a Bábel de pronto a cargo de una y de su respectivo conductor. Desde aquí eso parece el último minuto donde un desquiciamiento equino, baches, piedras o un simple brazo acogotado pueden aún sobreponerse e involuntariamente someter a la tecnología de la muerte. Pero desde allá una recua de tachankas «ha hecho surgir una nueva estrategia y una nueva táctica, ha cambiado el rostro habitual de la guerra», de modo que «carretas de heno, dispuestas en formación militar, toman ciudades». Carretas toman ciudades, dice Bábel, un tolerable espejismo bajtiniano, un prefacio rural a la ciencia ficción, un centauro tenuemente ciborg y, no obstante, Budionni. En su caballería, aun siendo posible, no impera la tachanka y, discreto, Bábel lo registró. El espinoso bigote de Budionni, único signo moderno de su efigie, es un paradójico talismán contra el paso del tiempo. En plenos años 30 ha de ampararlo para insistir en postular la superioridad de la caballería sobre los tanques. ¿Qué le quedaba? Le quedaba atacar a Bábel. En aquellas tierras de déspotas letrados, como Catalina II, como López Portillo, Budionni escribió contra Bábel en la revista Octubre, en el Pravda, en 1924, 1928, 1932, roturando sin saberlo el terreno hacia el balazo en la nuca el 27 de enero de 1940, un sábado en la madrugada. 


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