Caer en el mundo / Gonzalo Lebrija

 

 

 

No creo que uno pueda percibir el mundo sin caer en el mundo. No es una metáfora. La visión humana se basa en el peso, en otras palabras, en el hecho de que uno cae o no. El desplazamiento horizontal, caminar, es una manera de caer de un pie a otro; de manera similar, la visión en perspectiva que tenemos del horizonte está conectada con el hecho de que estamos cayendo en el horizonte.
Paul Virilio

Uno de los temas esenciales de la obra de Lebrija es la caída —la caída del ser arrojado al mundo, para usar una expresión de Martin Heidegger. El asunto es caer, horizontal o verticalmente, en el sentido en que lo expresa Paul Virilio.

 

Entre la carne demasiado viva
del acontecimiento literal y la piel fría del concepto fluye el significado.
Jacques Derrida

El hecho de que haya estudiado Ciencias de la Comunicación significa que Gonzalo Lebrija está familiarizado con las tecnologías de manipulación de imágenes que llevó a Sloterdijk a describir la tercera oleada de globalización, en la cual, dice Sloterdijk, estamos actualmente enredados, y que nos está convirtiendo en creaturas impotentes siempre en busca de noticias de nuestro vasto mundo en una ilimitada serie de terminales de computadoras y pantallas. Armado con este conocimiento, entonces, y quizá rebelándose en contra de su contenido excesivamente alienante, Lebrija se ha propuesto reapropiarse del mundo errando por sus océanos, sus autopistas y caminos.

 

No debería olvidarse que la obra de Lebrija es esencialmente narrativa.

En esta ocasión, Lebrija le impuso a la escultura la tarea de comunicar al mundo la recurrente melancolía que le inspira la condición humana.

 

La práctica de los «Autopaisajes» (1999-2001) alcanza sin duda su apogeo en «Prometeo». En la Teogonía de Hesíodo, Prometeo crea al hombre a partir de un puñado de arcilla, otorgándole conocimiento y, en particular, el dominio del fuego. La humanidad, se supone, también le debe la habilidad para trabajar el metal, sin la cual un flamante Ferrari rojo nunca hubiera podido reflejar el mural de la cúpula del Hospicio Cabañas de Guadalajara.

Convencido del poder del antropomorfismo, Lebrija utiliza el automóvil —símbolo y molesto icono del capitalismo en crisis— para darle expresión visual a un tema que permea todos los escritos filosóficos y literarios: la obsesión con la muerte y, más precisamente, con el momento en que llega la muerte —el momento más enigmático de todos y para el cual, dice Heidegger, debemos estar preparados, ya que es el momento en el que el ser se completa finalmente.

 

Para aliviarse de este abrumador peso, Lebrija recurre a los remedios del arte, a los trucos de que —por más inútiles que sean— la tecnología dispone. La engañosa interrupción de algo que nunca es interrumpido, la ilusoria suspensión del movimiento —las mentiras que el fotógrafo se permite le posibilitan capturar los fugaces momentos de falsa levitación.

Y aunque Lebrija generalmente maneja el humor en sus muestras de desagrado, algunas de sus piezas pueden ser leídas como una activa resistencia a la desilusión y el despojo, mientras que la pesca es una expresión igualmente explícita pero pasiva de la misma resistencia.

 

Como la muerte, la fotografía congela el final de lo real.
Jean Baudrillard

 

Queda claro que Lebrija disfruta los clichés publicitarios abiertamente falsos y dispone que nos entretengamos con ellos plagiando el material con el que se encuentra.

Los recorridos terrenales de Lebrija inducen a cualquiera que afirme descifrar su obra a proponer una estructura que revele un mecanismo, una «máquina Lebrija»

Ésta es una fotografía que no deja duda de su significado cuando nos damos cuenta de que en los muros están las Date Paintings —radical forma pictórica de anotación temporal adoptada por el artista japonés On Kawara en 1965 y continuada con constancia, día a día, desde entonces.

 

 

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