In memoriam: Antonio Deltoro

Antonio

Claudia Berrueto

(Saltillo, 1978). Su libro más reciente es Sesgo (Cinosargo Ediciones, 2022).

«La gratitud es el único secreto que no puede revelarse por sí mismo», dice Emily Dickinson. Agradezco la invitación de la Fundación para las Letras Mexicanas para que, con motivo de su primer vigésimo aniversario, en esta mesa, y de la mano de mis amigos, a quienes quiero y admiro, nos reunamos hoy para honrar, en voz alta, la figura de Antonio Deltoro, nuestro querido poeta y guía, nuestro lujo, a cuya tutoría llegué a los veintisiete años; a su lado, el jueves fue mi día de oro molido no sólo porque me enseñó a sopesar detenidamente cada idea e imagen que me interesaba abotonar en mi vacilante expresión, o a trabajar en la contención del caos en mi escritura, sino por su gran generosidad que me desarmaba semana tras semana y que fue inédita para mí. Con ese gran gesto, Antonio me enseñó a ser persona, pues una de sus más grandes prioridades siempre fue la de ser un hombre agradecido, y para ello ha escrito, para atender, para agradecer. Mis compañeros y yo fuimos testigos de ello en cada una de las sesiones, de donde salíamos verdaderamente conmovidos por su tenaz curiosidad, por su pensamiento genuino; exultantes debido a la espléndida energía de nuestro tutor, quien en el nombre lleva su estrella, pues nació bajo el signo de tauro un veinte de mayo de 1947, trabajamos acompañados siempre por su gravedad formidable y por su risa franca al compartir con nosotros sus cartas de navegación. Aún conservo mis notas de aquel año en que fui becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, una extraordinaria experiencia que cambió mi vida y que me dio el sentido de pertenencia que tanto necesitaba. Recuerdo la emoción con que Antonio nos habló de Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío, libro al que definía como «una felicidad puntual, no tardía»; su devoción por Antonio Machado y su advertencia sobre el texto que peligra por sus virtudes y no por sus errores.

Hace algunos años, en una de sus visitas a Saltillo, Antonio me pidió que lo llevara al Museo del Desierto. Él no sabía que en ese lugar había un pequeño zoológico en el que vivía un puñado de borregos cimarrones. Estos animales lo impresionaron profundamente; se emocionaba cuando decía sentirse observado por ellos, y sostenerles la mirada fue su triunfo bajo el escándalo del sol canicular de ese día que atesoro. Comprendí entonces que Antonio posee el espíritu del cimarrón en su mirada poética. El maravilloso borrego cimarrón tiene la destreza de encontrar su punto de apoyo en breves pulgadas de riscos, y se distingue por las adaptaciones que tienen sus pezuñas para adherirse a superficies rocosas y escarpadas, permitiéndole andar por bordes afilados e imposibles. Esa pericia es la misma que la palabra de Antonio ejerce en su quehacer poético y ensayístico; observando desde lo alto, dominando y desentrañando lo que mira, mi querido maestro no ha hecho otra cosa que escalar en su escritura y adaptarla a cualquier circunstancia para ganar libertad y la alegría que ésta conlleva. Lo que hace grande a un peñasco después de posarse sobre él es el salto con que se le pasa lista. Antonio puede adherir su completa atención a un vaso, a un lápiz, a una almohada, a un cerillo, a una gallina, a un zapato abandonado en la tragedia, a presencias breves que va trenzando con sus afectos y preocupaciones; con su terror, su pasión y extrañamiento que se vuelven riscos al saltarlos y llevarlos a la reflexión blanca de la página, a la otra acepción del ser cimarrón que implica el despojarse de su domesticidad al detenerse de nuevo sobre ellos y escribirlos detonando un nuevo código, al revestirlos de una materia desconocida para aquilatarlos en su inmensidad. La piedra que espera su tiempo y resiste al tiempo es el poema.

Así, piedras desbordadas de música, petroglifos que abrazan su memoria de agua fértil, cantos rodados que sueñan con el aire, peñones que se alzan para marchar por el planeta, lajas que estallan contra el cielo, promontorios que saltan fuera de su naturaleza mineral, son los poemas de Antonio, cuya mirada expansiva se posa y adhiere a este mundo de piedras para vivirlas y encontrar su corazón auténtico, su algarabía reposada a través de la poesía.

Algarabía inorgánica (Notas para un poema mineral)
Antonio Deltoro

I
Inmenso pedregal en medio del desierto,
polvo de rocas, arena, metiéndose en los huesos,
polvo de arena, luz, en chorros delgados y crueles, 
rayos de sol achatando, calcinando piedras.
Piedras cercadas por cenizas, torturadas desde lejos
   por el fuego,
deshaciéndose en muerte; enormes ballenas paralíticas.
Contagiado por las piedras el aire es de cristal de roca;
en lo alto, quieta, un ave yace prisionera.
Intensa luz afónica no lame sonora la piel de las piedras;
no las toca, las llaga; vengadora, silente las seca.
Insomnes de humedad, amnésicas de agua,
las piedras, pobres, se aconchan, se envuelven;
se ahondan, cavan sus propios sentimientos,
no se quejan, se tragan sus lamentos
que descienden hacia adentro en espirales afásicas.

¿En el corazón de las rocas hay una lágrima?
Ni una gota en la garganta de las rocas.
Guijas húmedas antes, de piel agradecida
y de sonrisa fácil.

Ahora, ásperas, encorvadas se protegen
del sol que las castiga: son todas una llaga.
Todavía cuando uno las abre son moluscos palpitantes,
sensuales moluscos sensibles, salados casi.

En las entrañas de las piedras hay aves
volando por su intensidad azul,
cantos minerales, arquitecturas congeladas
de sonidos, océanos, plomo y antimonio.
Por la corteza del deseo y del sufrimiento,
de la belleza vivimos: ¡No hablamos 
el lenguaje de las piedras!
Un día las inflaremos con palabras
y se irán como globos por el cielo; 
o mejor con palabras-escafandra
exploraremos el interior profundo de las rocas:
mares de jade, selvas de amatista,
superficies atigradas, interiores superficies minerales.
¡Sueños espeleólogos, mil veces más audaces
que los acuáticos o los aéreos!

Allá donde las piedras se abren el cuerpo,
donde las rocas son lágrimas que caen
llorando de alegría, allá donde los guijarros son panecillos,
allá donde las piedras son duras,
impenetrables y se abren transparentes
al oído;
donde las rocas son cristales enormes
que al caer se encajan en el cielo,
donde los guijarros son guijarros
que se dejan acariciar por transparentes pieles;
allá, allá, ¿podré decir al fin tu nombre?

II
En el interior de las piedras hay un tiempo secreto,
en el cual se deslizan inmóviles sueños,
un tiempo sin agua, un tiempo suspenso,
que aguarda la cópula del tiempo futuro:
el tiempo del aire, la carne, las cosas.
Semillas de sueños, las rocas preñadas anhelan el agua.
El ave amarilla despierta, se mueve,
combate a la roca uniforme y eterna,
la incendia, la lava, la tiñe de heridas,
de vetas; la raja, aludes celestes se abalanzan
a tierra, las alas del pájaro pulverizan las piedras.
Las piedras se tragan ansiosas el agua,
por sus venas circulan el tiempo,
los sueños, colores, sonidos cambiantes
y pétreos.
La lluvia en las piedras inventa el sonido,
sus poros hirsutos inventan placeres andróginos,
la mano del aire el sexo les roza;
escapan jadeos, minerales suspiros,
al aire lo tiñen parvadas de rocas,
las piedras se hablan, se tocan,
se llenan de verde, de carne;
se nombran.
Siluriginia dulce, suave suanconzin,
ansiosa javeita, niampilia táctil.
Tiernas guijas traviesas juegan en el agua,
algunos corinios nadan en el mar abierto;
las marinias azules, las crisalinas blancas,
los suanconzin lluvinios por el aire viajan.

III
Torres carnales atravesadas por los pájaros,
aire transparente para el ojo, compacto para el tacto.
Alianza de carnes diferentes en asalto
de una carne absoluta, de un absoluto orgasmo.

El gran sexo amarillo a todo calienta,
las rocas fecundas lo reciben abiertas,
del chorro del sol brotan en las piedras
criaturas de carne, vivientes y pétreas.

Trigales de carne han descubierto las rocas,
orgánicas piedras al mundo transforman,
los vuelve de carne, sensible, alerta,
los pasos del agua acarician la tierra.

Lamentablemente no pude quedarme un año más en la tutoría, mi hija tenía entonces nueve años y me esperaba con sus abuelos en Saltillo. A punto de terminar el año, Antonio habló conmigo para convencerme de pedir la renovación y quedarme a trabajar otro proyecto, esa consideración ha tenido para mí un gran significado a lo largo de los años, pues él, sin saberlo, me hizo creer en mi trabajo y en mi existencia. La plenitud de sus ideas, su firme intuición creativa, su alegría robusta, sus lealtades, y su visión de la poesía como una totalidad de carácter urgente modificaron mi mirada y construyeron un eje que llevo invariablemente conmigo. Una vez, en tutoría nos compartió el poema «Los jardines», de Jorge Guillén, el inolvidable gozo con que lo hizo y con que después confesara que cada noche pensaba en un poema a manera de oración a los dioses nocturnos de sus cosas, me lo reveló como un hombre infinito. Uno de sus poemas preferidos para su íntimo ritual es éste, precisamente:

Los jardines
Jorge Guillén

Tiempo en profundidad: está en jardines.
Mira cómo se posa. Ya se ahonda.
Ya es tuyo su interior. ¡Qué trasparencia
de muchas tardes, para siempre juntas!
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.

En cada jardín que piso rezo este poema pensando en mi maestro y en esta fundición de tiempo y espacio, en esta afirmación de la vida que el poema de Guillén nos muestra. La fascinación de Antonio por estos lugares sólo se compara con su gran entrega a la poesía. Su sólida y asombrosa relación con la naturaleza nos ha dado páginas desasosegadas, dulces, salvajes, contemplativas, dichosas, admirables y entrañables todas. Ahora lo entiendo y ha sido por él, por Antonio: decir gracias es compartir también un jardín, un milagro, un sí de la vida

Texto leído en el homenaje a Antonio Deltoro
en la Casa Universitaria del Libro de la UNAM
el 23 de mayo de 2023, en el marco del XX aniversario
de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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