Tizapán el Alto, Jalisco, 1957. Su libro más reciente es Donde hay música no puede haber cosa mala (Rayuela, 2021).
Salvador Novo llegó a decir que hay 2 tipos de escritores: por un lado, los que tienen biografía y, por el otro, quienes ante todo han tenido o tuvieron vida, una vida fuera de lo común. Según esta clasificación, los primeros serían aquellos cuya existencia, y a veces igualmente su obra, está marcada por una serie de pautas y convenciones más o menos previsibles. Los otros, en cambio, desapegados de la ortodoxia, son quienes se salen de lo establecido y consiguen tener una vida mucho más libre, repleta de peripecias y audacias, en la que no faltan las rebeldías, etapas oscuras y repentinos cambios de fortuna que con frecuencia rayan en lo novelesco.
En la historia de la literatura mexicana, la vida de un puñado de autores es de un interés casi tan grande —y a veces sin el casi— como el de su propia obra literaria. Sor Juana Inés de la Cruz, Salvador Díaz Mirón, Jorge Cuesta, Dr. Atl, que escribió casi tanto como pintó, y el propio Salvador Novo son ejemplo de ello. Otro caso más en esa lista de espíritus insumisos e imprevisibles, que se salen de las normas y convenciones, sería el de Alfredo R. Placencia. Aparte de su extraordinaria obra poética, la de este jalisciense es una historia llena de desacatos, de desencuentros con aquellos a quienes debía obediencia, de extravíos existenciales, de destierros y de una dolorosa dificultad para encontrar su lugar en el mundo.
A diferencia del famoso dicho de Paul Claudel «¿Para qué sufrir, si es tan fácil obedecer?», para el hijo mayor del matrimonio formado por don Ramón Placencia Flores, de oficio sastre, y por doña Encarnación Jáuregui García, vecinos de Jalostotitlán, en los meros Altos de Jalisco, obedecer representó siempre un problema mayor, y las penas y desventuras que acompañaron su existencia fueron tanto o más una especie de fatalidad que las consecuencias punitivas de ciertos actos de su vida, a los que algunos no han dudado en calificar de errores graves.
El poeta Alfonso Gutiérrez Hermosillo parece tener razón cuando dice que la del padre Placencia es, antes que la historia de un espíritu rebelde, el caso de «un tipo inadaptado». Por su parte, Gabriel Zaid es de la idea de que «su inocencia mundana y su vehemencia espiritual no le ayudaron para entenderse con sus feligreses ni con sus superiores». Y no es porque haya sido un contreras nato, cuyo programa existencial hubiera sido apartarse intencionalmente de las convenciones y alejarse de manera voluntaria de la diritta via (Dante Alighieri dixit) sino un ser con una dudosa vocación sacerdotal y que, sin embargo, cursó la carrera correspondiente en el Seminario de Señor San José de Guadalajara, ordenándose como ministro religioso el 17 de septiembre de 1899; un hombre que se descubrió en manos del destino cuando ya no parecía existir la posibilidad de dar marcha atrás y al que sólo le quedaba el camino del arrepentimiento y la autoinculpación poética (que aun cuando no son lo mismo, para el presente caso es similar).
Un religioso que escribe versos ni es algo raro ni tiene nada de malo, aun cuando en su obra poética abunden los asuntos mundanos (sor Juana es un muy buen ejemplo de ello); pero la cosa cambia si el sacerdote-poeta le habla a Dios en un tono desusado que, en la opinión de muchos de sus contemporáneos —y aun de gente de generaciones posteriores— rayaba y raya en la blasfemia al llamar, por ejemplo, «ciego» a Dios, aun cuando no se deba pasar por alto que tal «ceguera» (entendida como sinónimo de atontamiento) había sido por amor a la humanidad. ¿Y qué enamorado no es un poco o un mucho tonto? En el mundo pagano, otro «ciego» de ese mismo jaez sería el mitológico titán Prometo, que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los seres humanos, a quienes amaba.
El sacerdote que no tiene dotes de conciliador tampoco es motivo de escándalo, pero la cosa es diferente con un pastor de almas que en más de una ocasión trata de resolver a golpes sus diferencias con algunos de sus feligreses. Un ministro religioso que no llega a ser ejemplo de santidad y más bien da muestras de un crecido interés por las cosas mundanas no amerita una reprensión mayor; pero la cosa cambia cuando tiene amoríos con más de una mujer, de cuyas relaciones le nace un hijo. Por más grandes que sean sus méritos literarios, estos no pueden ser ningún atenuante cuando se trata de obligaciones religiosas irrenunciables.
En el caso de Alfredo R. Placencia, así lo entendieron sus superiores, sus poquísimos inferiores, sus pares, muchos de sus contemporáneos y hasta el mismo poeta, quien en repetidas ocasiones se yergue en fiscal y juez de sí mismo: «Muera yo como Él quiere, / ya que viví a mi antojo y he pecado a mi gusto»; «A tanto error me indujo la juventud que es loca»; «A nadie culpo del destierro / en que he caído y en que estoy. / Mi mano fue, nomás mi mano…». Bien podría alegarse y seguramente con razón, que Placencia, aparte de sus propios errores y culpas, tuvo que cargar además con la incomprensión de su tiempo. (Allegados al sacerdote-poeta como Luis Vázquez Correa y el mismo Agustín Yáñez llegaron a asegurar que, luego de la muerte del padre Placencia, personeros husmearon entre sus papeles y habrían quemado poemas del autor de El libro de Dios.)
En El poder y la gloria, gran novela inglesa de temática mexicana, el escritor Graham Greene, quien se convirtió al catolicismo ya en una edad avanzada, presenta a un sacerdote que es perseguido por un oficial abstemio y casi puritano del ejército callista. Y, no obstante, para el protagonista de la novela, la verdadera persecución proviene de su propia conciencia. Ese personaje es el padre José, un cura rural, de buenos sentimientos, acosado por los famosos enemigos del alma (carne, demonio y mundo), vencido por algunas tentaciones mundanas, quien procrea una hija (la cual le inspira una gran ternura) y al que sus flaquezas y debilidades personales nunca dejan de atormentar.
Salvo que el protagonista de la novela de Greene es un alcohólico (ello explica el apodo de Pater-Whisky), el ficticio padre José guarda un parecido notable con el verídico sacerdote Alfredo R. Placencia. Ambos son verdaderos agonistas, lo que equivale a decir, personajes de lucha, sobre todo de lucha con su propia conciencia y a quienes, sin embargo, mantiene a flote una hermosa certeza teológica: el pecado no es la negación de la fe cristiana, porque también los pecadores contritos (Dimas, el «ladrón bueno», en primer lugar) son merecedores de la gracia divina tanto o más que los justos, los honrados, los virtuosos…, es decir, que las ejemplares ovejas que no se extravían ni se salen del redil.
Al oeste del paraíso
La novela verídica de Alfredo R. Placencia comienza en 1887, con su temprana salida de su edén alteño: Jalostotitlán, donde había visto la primera luz 12 años atrás, el miércoles 15 de septiembre de 1875. El motivo del precoz abandono del solar nativo y del seno familiar (la familia la completaban, aparte de sus padres, una hermana y un hermano, menores que él) no era otro que el deseo de que el primogénito de la descendencia estudiara en el Seminario de Guadalajara. En verso y en prosa, el padre Placencia recordaría, años después, lo que significó para él ese radical cambio de vida:
Al cumplir los doce años de edad era preciso
dejar, para ser hombre, mi natal paraíso.
Antes de convertirse en seminarista interno, durante un año vivió en una casa «triste», por la calle Garibaldi:
la casa aquella triste del barrio de San Diego
en el que el señor mi padre a vivir me ponía,
qué casa tan distinta del rincón solariego…
Entre seres piadosos y buenos, pero extraños.
Sobre este momento de su vida le contó a Alfonso Gutiérrez Hermosillo, ya en la última etapa de su existencia: «Vendía [yo] periódicos en la madrugada y en la noche para sostener mis estudios cuando ingresé al Seminario». En esa misma entrevista, da cuenta de un incidente nimio, en el que encarnan la dicha y la pena, pero que para el niño que era entonces tuvo tintes de una desgracia mayúscula. Tal incidente parece sacado de una novela de Charles Dickens:
En el jardín del Carmen, donde había serenata los jueves al caer el sol […] encontré con sus compañeras a una preciosa niña de 12 años, de gran falda cónica, de ojos azules que yo me embelesaba en contemplar. [De repente] vino a regalarme una flor. Yo sufría una desapacible pena por la pobreza de mi traje que con los periódicos mal ocultaba, y corrí con el dulce regalo, para esconderme entre los laureles. Como si nada hubiese advertido, ella sonrió y de cuando en cuando cruzaba cerca de mí. […] De pronto, la impresión formidable me hizo imaginar que ella estaba lejos, quise llevarme la flor a un sitio que sólo yo conociera, cuando la suela de mi roto calzado me hizo caer. Durante un segundo, resollando sobre las baldosas, me sumí en mi desgracia, y al levantarme, mis pantalones que estaban desgarrados por obra del movimiento pusiéronse a lucir sus lacerías. La niña estaba viéndome, sonriendo todavía. Lloré de pena y no la vi más.
De 1887 a 1899, durante los 12 años que permaneció en el Seminario tapatío, no fue lo que podría decirse un estudiante aprovechado, tal como se puede constatar en los informes anuales de la propia institución y en los que se publicaban las calificaciones de los alumnos. Como lo observó en su momento el padre José Rosario Ramírez, el seminarista nativo de Jalostotitlán mostró más inclinaciones por las materias humanísticas que por las canónicas y teológicas. La nota más frecuente que obtuvo fue ssm («cuarto escalón de arriba hacia abajo»), es decir, menos que regular.
Es precisamente durante su época de estudiante cuando se manifiesta en él otra vocación, mucho más cierta que la sacerdotal: la de la poesía. Varias cosas cambiaron entonces para él: en 1891, su familia había decidido mudarse también a Guadalajara, no sólo para estar cerca del hijo mayor, sino para inscribir igualmente en el Seminario al vástago menor: Higinio. Sin embargo, este último renunció pronto a los estudios religiosos (en 1896, cuando cursaba el cuarto año de la Facultad Menor) para seguir la carrera de las armas, hasta alcanzar el grado teniente en el ejército constitucionalista y morir abatido, en una calle de Jerez, Zacatecas, el 12 de abril de 1916, poco antes de cumplir los 35 años de edad:
Benjamín de mi madre, que a la guerra partiste,
meditando en la Patria, y acabaste en la guerra…
como tantos guerreros, tú tampoco tuviste
ni un pedazo de tumba, ni una orilla de tierra.
El 7 de agosto de ese mismo año de 1896, su progenitor, don Ramón Placencia Flores, que 5 años atrás había trasladado, desde su natal Jalos al barrio de San Juan de Dios, el oficio de sastre, murió víctima de tuberculosis, a los 44 años de edad, en su modesto domicilio de la calle Cabañas. Este deceso fue determinante en la vocación poética del primogénito de la familia, que contaba 20 años de edad y quien desde ese momento incluyó la inicial paterna («R» de Ramón) en su propio nombre como homenaje a su progenitor. Aparte de una loa en honor del arzobispo Pedro Loza, no se conservan, si es que los hubo, versos más antiguos que los inspirados por la muerte de su padre y en los cuales es posible reconocer ya al poeta elegíaco que morosamente habrá de dar testimonio en numerosos poemas que luego serían recogidos en dos libros (El paso del dolor y Del cuartel y del claustro) de la muerte de cada uno de sus familiares inmediatos:
Yo vi la palidez de su semblante
y vi que se apagaron sus miradas…
3 años después, el jueves 17 de septiembre de 1899, con 24 años recién cumplidos, Alfredo R. Placencia se ordenó sacerdote en el templo de Santa Teresa (Morelos, entre Ocampo y Donato Guerra) por don Atenógenes Silva, arzobispo de Morelia, debido a que por entonces la sede tapatía estaba vacante, luego de la muerte de don Pedro Loza el 15 de noviembre del año anterior.
Like a rolling stone
Apenas al despuntar el siglo xx, comienzan los años de peregrinaje. Cuando a mediados de octubre de 1899 el joven sacerdote se traslada a Nochistlán, Zacatecas, para cumplir con su primera encomienda como ministro religioso (sería ayudante del párroco del lugar), estaba muy lejos de imaginar que nunca haría huesos viejos en ningún sitio y que lo suyo sería rodar por cerca de «30 sitios, ejerciendo un sacerdocio lleno de conflictos, nacidos, según algunos, de su inadaptabilidad, su espíritu soñador, su incapacidad para las faenas prosaicas de la vida», según señala José Rosario Ramírez. Otros estudiosos del poeta, desde Alfonso Gutiérrez Hermosillo hasta Ernesto Flores, pasando por Agustín Yáñez y Luis Vázquez Correa, han querido ver también una consigna hostil del alto clero en el hecho de que Placencia hubiese sido destinado casi siempre a los pueblos más apartados, «más tristes, más solos» de la arquidiócesis tapatía. Pero más allá de que esa situación haya sido provocada por la conflictiva personalidad del poeta o por la incomprensión e incluso por una presunta mala voluntad de sus superiores, lo cierto es que en sus 30 años de ejercicio ministerial, Placencia no se distinguió por ser precisamente un sacerdote ejemplar, sino, más bien, por todo lo contrario.
Con excepción de la vicaría de Amatitán, donde alcanzó a permanecer 4 años y medio (del 11 de noviembre de 1905 al 10 de enero de 1910), el periodo más largo y, según algunos, también el más provechoso y quizá el más feliz de su ministerio sacerdotal, el padre Placencia siempre estuvo de paso, siempre encarnó al homo viator del que hablaban los antiguos. Testimonio poético de ese momento venturoso de su existencia es el que dejó en uno de los 6 libros que quedaron inéditos a su muerte, ocurrida en 1930: El padre Luis. Y ese «padre» no fue otro que el presbítero Luis Navarro y Sedano, con fama de santo, quien se afanó por llevar a cabo en Tequila la doctrina social de la Iglesia, inspirado por la encíclica Rerum Novarum.
Pero fuera de Amatitán, contados fueron los lugares en los que Alfredo R. Placencia llegó a permanecer siquiera un par de años, pues lo más común fueron las comisiones breves, de un año y aun de mucho menos. En San Gaspar de los Reyes, en el municipio de Jalos (su «natal paraíso»), fue capellán durante 5 meses; en Ocotlán (en la ribera nororiente del lago de Chapala) apenas permaneció un par de meses, al igual que en San Pedro Apulco (en el estado de Zacatecas, pues no es el Apulco de Jalisco, que se localiza en el Llano Grande, en el corazón del territorio rulfiano).
Sin embargo, fue en el norte de Jalisco, específicamente en Bolaños —que en el siglo XVIII tuvo una breve etapa de prosperidad con la explotación de ricos yacimientos de oro y sobre todo plata— donde el padre Placencia rompió todos sus récords: ministro ¡por 6 semanas!, lo cual significa que el joven sacerdote de 27 años tardó más tiempo en los preparativos y en el viaje, de ida y de regreso a aquella remota y apartada población del norte de Jalisco, que en su residencia en el antiguo mineral, cuyo esplendor minero había quedado en tiempos remotos:
¡Oh Bolaños!, la urbe de las tapias dormidas
que en el tiempo de los reyes fueron de cal y canto
y que ahora se encuentran para que así caídas,
vayan los alacranes a beber su quebranto,
el quebranto sin nombre de las grandezas idas.
Fue en otra población aislada del estado de Jalisco donde comenzó a tener problemas ministeriales serios: Temacapulín, en el municipio de Cañadas (al que luego se le añadiría o más bien se le impondría el apellido oficial de Obregón), hasta donde llegó, antes de cumplir los 35 años, a mediados de 1910. El lugar fue favorable para su estro poético, pues ahí nació, entre muchos otros, su poema más popular: «El Cristo de Temaca», que desde su publicación en 1912, gozó durante varias generaciones de una desusada celebridad regional como lo demuestra el hecho de que niños que apenas empezaban a hablar lo recitaban de memoria. Tal fue el caso de Alfonso Gutiérrez Hermosillo, en Guadalajara, y de Juan José Arreola, en Ciudad Guzmán.
Pero Temacapulín también le fue propicio para el escándalo: Ernesto Flores consigna que «se habló de relaciones amorosas entre Alfredo R. Placencia y Mercedes Martínez». Tal rumor debió ser determinante para su inmediato traslado (¿con amonestación de por medio?) a Portezuelo, en el municipio de La Barca, donde pronto tuvo problemas con algunos de sus feligreses, luego de haber regalado a la iglesia de una población vecina (Los Guayabos), sin el consentimiento de sus parroquianos, uno de los armonios de su vicaría, y también por la caída de un anexo del templo, cuya construcción había dirigido el propio padre Placencia.
A finales de 1913 fue trasladado de Portezuelo al cercano Jamay (colindante con el municipio de Ocotlán y también en la ribera nororiente de Chapala), donde apenas permaneció 6 meses y donde tuvo lugar, a lo que parece, su primer desencuentro con el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, quien tenía poco de haberse hecho cargo de la arquidiócesis de Guadalajara. En esa población ribereña, se vio envuelto en riñas con algunos vecinos, en una de las cuales salieron a relucir armas de fuego, lo que lo obligó a abandonar su parroquia sin orden superior de traslado.
Al curato de Tonalá llegó el 31 de mayo de 1918, luego de haber estado un par de años antes en El Salto y apenas año y escasos 6 meses en Acatic. Ernesto Flores dice que tuvo que dejar Tonalá «precipitadamente, sin saberse con seguridad el motivo», aun cuando tal motivo parece consignarlo el propio Flores a renglón seguido: «Allí había procreado un hijo con Josefina Cortés, llamado Jaime». Este último va a inspirarle varios poemas, entre ellos «Ad altare», que porta una dedicatoria abiertamente significativa: «Para mi hijo Jaime, con devota ternura». También hay otro («Viendo a la inmensidad») que está dedicado explícitamente a la madre de su hijo: «a Josefina Cortés, en mis horas amargas del exilio».
De Tonalá pasó a Atoyac, a donde llegó a principios de 1920 y casi de inmediato tuvo serios problemas con su ayudante, el presbítero Atanasio P. Figueroa, descendiente de una familia acaudalada de esa misma población y quien azuzó en contra del padre Placencia a un grupo de agraristas, a quienes apodaban los Colorados. Por ese entonces tuvo también diferencias con el propio arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, quien un día por la tarde llegó a Atoyac, huyendo de una orden de aprehensión del gobierno carrancista. Pero lejos de ocultar o al menos disimular la presencia del ilustre prófugo de la justicia, prestándole ayuda práctica, el padre Placencia habría recibido a su superior con bombo y platillo, al organizarle una velada literario-musical, con la contrariedad manifiesta del arzobispo: «Esos poetas no sirven para nada».
Al poco tiempo, sus diferencias con el padre Figueroa y con los agraristas se agravaron a tal extremo que una noche se vio obligado a salir a hurtadillas de la población (algunos testimonios hablan incluso de que tuvo que disfrazarse de mujer), debido a que sus desafectos presuntamente pretendían atentar contra su vida. Para esa huida contó con la ayuda de un dulcero del lugar (Damián Flores Gutiérrez), que luego se convertiría en compadre suyo y quien aquella noche infausta lo acompañó hasta la vía del ferrocarril Guadalajara-Manzanillo. Tal suceso lo cuenta el propio Placencia en su poema «Éxodo»:
Y el piadoso dulcero
que su almíbar dejaba y en mi ayuda venía
en la noche tremenda que en vano olvidar quiero,
a lo último díjome:
«Señor, esta es la vía.
Andadla mientras brillan las estrellas.
Yo espero
que os halléis muy lejos cuando reviente el día».
Después de Atoyac, estuvo en San Juan de los Lagos (escaso año y medio), en Valle de Guadalupe (7 meses) y en Guadalajara, en cuyo Sagrario Metropolitano se desempeñó como penitenciario durante pocos meses, pues, en septiembre de 1923, ya se encontraba en Estados Unidos, a donde llegó para cumplir sus 38 veranos.
Mucho se ha discutido si sus andanzas por el extranjero fueron un destierro voluntario o forzado. Todo son conjeturas. Lo único cierto es que, salvo una visita que en 1925 hizo a Guadalajara, para participar en la conmemoración por el centenario de la muerte del obispo Cabañas (en honor de ese célebre prelado, leyó un largo poema suyo en el Teatro Degollado), Placencia vivió de 1923 a 1929 en el extranjero, en compañía de Josefina Cortés, del niño Jaime Cortés (hijo de ambos) y de don Pío Cortés (padre de Josefina), residiendo en Santa Paula, Long Beach y Fillmore, en el estado de California, así como en Juyán, Santa Ana y Juanarán, en la República de El Salvador.
Cuando sólo le quedaba un escaso año de vida regresó a su patria. En un principio se estableció en San Pedro Tlaquepaque, hasta donde llegaron a visitarlo los jóvenes editores de la revista Bandera de Provincias, entre ellos Agustín Yáñez y Alfonso Gutiérrez Hermosillo, y desde donde él se trasladaba a dar misa en el templo de San Juan de Dios. Poco después se mudó al barrio tapatío del Santuario, donde vio la última luz el martes 20 de mayo de 1930, en la finca marcada con el número 182 de la calle
General Arteaga, y desde donde su cadáver fue trasladado al vecino Panteón de Santa Paula, conocido popularmente como Panteón de Belén. Tenía 54 años de edad.En 1924, Alfredo R. Placencia publicó, de su propio peculio, 3 libros de poemas: El libro de Dios (el más conocido, el más admirado y el más polémico de todos); El paso del dolor (inspirado por los días postreros y la muerte de sus padres), y Del cuartel y del claustro, dedicado al hermano militar y a la hermana monja (Cristina, que profesó con el nombre de Sor Eulalia), quienes habían muerto, con apenas 4 días de diferencia, en 1916, él, en Jerez, Zacatecas, y ella, en el convento del Verbo Encarnado de Chilapa, en el estado de Guerrero. El resto de su obra poética (media docena de libros más) apareció muchos años después de su muerte.