Alejandro Rossi / Irad Nieto

«A todos nos hace bien pensar que en nuestras vidas hay escenas esenciales», escribió Alejandro Rossi (Florencia, 1932-Ciudad de México, 2009) en un ensayo magistral. Momentos que son hallazgos, revelaciones, epifanías. Relámpagos que nos indican una nueva dirección y nos conceden el privilegio de otra mirada. Me gusta creer que mi primer encuentro con Rossi es una de esas escenas, cada vez más nítidas y memorables a pesar del tiempo.
    Una tarde de noviembre, hace casi una década, entré a una tienda de autoservicio para comprar no recuerdo qué cosa. Mientras caminaba de mal humor entre papeles higiénicos, rastrillos, desodorantes, latas de leche, pastas dentales y otros productos, me sorprendió toparme con un botadero que reunía, en un noventa por ciento, best-sellers tan desechables como los pañales que se veían enfrente, pero también algunos libros como la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, así como las Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir. Emocionado, continué con el saqueo. Hurgué con paciencia, separé el trigo y los montones de cizaña, alejé a Poniatowska y a Aguilar Camín y encontré, de pronto, un título que despertó mi curiosidad, un libro de diseño sobrio y atractivo: Cartas credenciales, de un tal Alejandro Rossi. Leí en la contraportada las palabras de Juan Villoro: «…una prosa tan brillante y original como un metal inclasificable». Con esta calificación me quedaron pocas dudas. Me lo llevé a casa y lo devoré la misma tarde-noche. Se trataba de una singular colección de ensayos, narraciones, elogios, saludos, críticas, textos que daban la fresca impresión del borrador, del diario, que parecían reescribirse mientras los iba leyendo e imaginando. Cuando cerré el libro, pasado el encantamiento, caí en la cuenta de que no había sido una lectura como cualquiera otra; había significado para mí un verdadero encuentro, una coincidencia, una fiesta entre dos jóvenes, uno de 23 años y otro de 70, que no dejaban de darse la mano. Hubo, ahí, algo esencial.
    En las páginas de Cartas credenciales (1999), como también en las de Manual del distraído (1978), por mencionar dos libros que me son entrañables, hay una prosa tan limpia y tan libre que dan ganas de imitarla, de discurrir con la misma libertad  del autor. Ajeno a la pompa retórica de los profetas y a la «prosa nauseabunda» de los oficios burocráticos, Rossi cultivó el estilo familiar del que hablaba Hazlitt, ése en el que nada «ocupa más espacio de lo que vale» y que distingue a los mejores ensayistas. Se empeñó en llevar a la página el sabor de una buena charla, con sus ritmos narrativos, sus digresiones, sus énfasis y sus palabras llanas. Como si se dirigiera a un lector presente, separado apenas por una mesa con un café humeante, escribe de las calles y de las casas que lo rodean, de su condición de profesor, de los viajes y travesuras de la infancia, de la terrible burocracia de los consulados, del destino de la obra literaria, del tan vital arte de confiar, de su maestro José Gaos, del gran estilista que fue Ortega y Gasset, de cómo la lectura de Las mil y una noches lo llevó a descubrir los ritmos del relato, etcétera. La escritura de Rossi es una charla que se despliega paso a paso, con atención obsesiva por el detalle, y de una manera naturalísima, anecdótica y biográfica. Son los apuntes y las notas de un observador excepcional que, como Montaigne, exhibe su intimidad y declara:

    Por razones oscuras –aunque quizá triviales— me atraen los libros que reúnen cosas diversas: ensayos breves, diálogos, aforismos, reflexiones sobre un autor, confesiones inesperadas, el borrador de un poema, una broma o la explicación apasionada de una preferencia.

    Manual del distraído y Cartas credenciales pertenecen, justamente, a esa clase de libros que a Rossi y a muchos de nosotros nos gusta leer: transparentes, autobiográficos, lúdicos, digresivos, cínicos, juveniles, irónicos y cosmopolitas. Aquel que abomine el tono satisfecho de los pedantes, el cacaraqueo de los profesores y la vanidad de los doctos, esos «espíritus refrigerados» que menciona Nietzsche; aquel que deteste las explicaciones innecesarias, la jerga incomprensible y la imprecisión, encontrará en la prosa de Alejandro Rossi el respiro para su inteligencia. Afín,
en esto, a Sergio Pitol y Gabriel Zaid, en Rossi hay igual alegría, semejante despreocupación, la misma «alma en borrador».
Desafortunadamente, la pluma de Alejandro Rossi se detuvo el pasado 5 de junio. Para los que disfrutamos de su lucidez y el estilo envidiable de su prosa, su desaparición es una verdadera pena.

 

 

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