Una historia para la muerte

Daniel Centeno

(Los Mochis, Sinaloa, 1991). Autor de No hablaremos de muerte a los fantasmas (Casa Futura Ediciones, 2021).

Su primera vez leyendo fue como la fotografía accidental de un anciano en una habitación semioscura: tratando de averiguar su mecanismo, se asusta al apretar un pequeño botón y descubrir un estallido de luz.

Luego, una impresión de su reflejo.

La Muerte sintió tanta pena por pasar todo ese tiempo enfrascada en sí misma que comenzó a disculparse en voz alta; aunque eso no fue lo único que sintió: había quedado fascinada con todas las posibilidades, lo que nunca había imaginado porque nunca se detuvo a pensarse.

Por supuesto, nadie escuchó lo primero.

Y ella no diría lo segundo.

La Muerte se aficionó a leer los libros de los cuerpos a los que visitaba. Al principio trató de ignorar lo que decían sobre ella, como si fuera vergonzoso dedicar demasiado tiempo a su reflejo. No le resultó difícil. Primero, le maravillaba descubrir que los vivos eran más que llanto y silencio, como había conocido a todos con cada llegada: sus historias tenían crecimiento y decadencia, algo que jamás tuvo oportunidad de presenciar con sus ojos. Le parecía injusto que los vivos tuvieran todo eso, mientras que ella no tenía nada. Pero eso no fue lo peor, sino que al leer aquellas historias la Muerte se supo incomprendida: como si alguien le hubiera pedido que se quedara quieta, esperando retratarla, y en cambio le hubieran dado un rostro ajeno. La luz de las historias no le había revelado quién era realmente.

Decidió ignorar las vidas en los libros, dispuesta a encontrarse. Esperaba una revelación que no la hiciera envidiar a los vivos. Pasaba directo al final, a la muerte de todo, y se sorprendía al leer todas aquellas faltas de carácter, y los excesos que no eran suyos; las imprecisiones, como sombras que le deformaban su contorno. La mayor de todas tenía que ver con su papel, con lo que ella era. Sin importar cuántos libros leyó, era siempre lo mismo: la Muerte llegaba por alguien, que se iba con ella. Pero desde el principio, su presencia era la extinción de una vida, así que toda posibilidad de encuentro se había perdido de antemano. El inicio y el desarrollo eran conceptos que no comprendía, porque todo cuanto presenciaba era el fin. Cuando la Muerte aparecía, encontraba un cuerpo, llanto y terror en las caras de los otros. Luego de un momento, transportada por una fuerza invisible, aparecía en otro sitio, para hallar la misma escena en distintas caras, y aquello venía ocurriendo desde siempre.

¿De quién hablaban todas esas historias, si no era de ella?

Otras imprecisiones menores también la molestaban. En algunos libros se decía que la Muerte tenía un reino, a donde iban todos cuando comenzaban a seguirla. Pero la Muerte no tenía seguidores. Que supiera, nadie la había visto, lo que a sus ojos explicaba que su descripción, tanto en el plano puramente físico como espiritual, fuera tan imprecisa. No tenía un reino, tampoco, y si lo tenía era incapaz de recordarlo, pues hacía tanto que iba por ahí de un lado al otro, llegando a donde otros se iban, que no podía imaginarse volviendo a ningún sitio, incluso si éste fuera su hogar.

Fue por los libros que la Muerte se supo desdichada y náufraga. Su fascinación se convirtió en tristeza, pero aun así leía, esperando quién sabe qué. A veces pensaba que lo que quería encontrar era su verdadero reflejo, algo que pudiera llevar consigo para cuando olvidara quién era (o para saberlo); otras veces se contentaba con esa tristeza surgida de la imprecisión, porque era mejor que no tener nada. De haber sido humana, la Muerte se habría probado la ropa de otro, viviendo en su apartamento por una tarde, sintiéndose otra, feliz de ser alguien.

Pero la Muerte no era humana y nunca se hallaba en lo que leía. Nunca sería vista, nunca habría un encuentro, y ella misma nunca habría de morir.

Una noche la Muerte llegó a la casa de un hombre que había muerto sobre su mesa con nada más que la luz de su computadora, que iluminaba apenas los ojos que aún no se volvían grises y una libreta debajo del teclado, o al menos una parte. La parte expuesta de aquella libreta la mencionaba varias veces.

Para la Muerte, leerse en una historia ya había perdido su encanto, pero se supo obligada a mirar, incluso si no se trataba de un libro sino de apenas unas notas, algo inconcluso. Sólo entonces se le ocurrió que los libros, como todos los que alguna vez viven, eran la prueba de que todo termina antes de que ella llegue.

Aquella libreta, sin embargo, no estaba acabada.

Con una curiosidad que no sentía desde hacía mucho, la Muerte hizo a un lado el cuerpo y sujetó la libreta en sus manos.

Decidió que no tenía caso iniciar por el principio, así que la abrió en una página al azar.

Leyó.

Luego de apenas un momento, la Muerte comenzó a reír por la imprecisión. Aquello no era un reflejo que le interesara, ni siquiera como un disfraz. Según el cuerpo, ella podía extinguir la vida de un objeto con sólo tocarlo, si se permitía pensar que estaba vivo. Como si fuera un chiste muy malo al que se le sigue el hilo con tal de no acabar con la risa, ella sostuvo la libreta con una sola mano, y con la otra rozó el monitor que hasta ese momento todavía iluminaba unos ojos muertos. Pensó en la luz de la que hablaban las otras historias, que tenían más sentido, y se rio más fuerte, jamás imaginó que la extinción de la luz fuera algo tan simple y poco romántico. Una trivialidad. Soy Muerte, pensó, se supone que yo arranco la luz de los ojos. Incluso apretó los suyos, esperando llenarse de aquella oscuridad que estaba imaginando. Al abrirlos, encontró que la habitación se había quedado a oscuras. El monitor se había apagado y, sin importar sus esfuerzos, ya no fue capaz de encenderlo otra vez.

La libreta le había revelado algo que no conocía. Una fotografía hecha a escondidas de algo que no podía recordar, pero que era ella. Una historia que le revelaba algo de sí misma, escondido hasta entonces, quizás incluso inexistente. ¿Un libro puede hacer eso? Crear algo donde no existe nada, darle forma a lo que no se ha nombrado. Si un libro podía hacer eso, las posibilidades abiertas no se agotaban ahí, en esa libreta inconclusa, ni en los libros de todos los muertos. Las posibilidades por venir se extendían hasta el fin de lo vivo, en todos los libros que aún faltaban.

¿Qué más no recordaba?

¿Qué más podía ser?

Siguió leyendo.

En la libreta se mencionaba que la Muerte podía flotar, haciendo alusión a la ligereza con la que se llevaba a todo el mundo, sin importar el peso de sus vidas. La Muerte, decidida a probar que las notas se equivocaban, dio un pequeño salto. Sus pies, que ya no tocaban el suelo, jamás se sintieron más ligeros, su cuerpo entero había perdido de pronto toda su constitución, y tan rápido como subió acabó bajando, presa del miedo.

Tenía que leer más.

La Muerte se acercó a una planta que estaba cerca del cuerpo, y le insufló su aliento. Segundos después vio cómo el tallo cambiaba de color, mientras la estructura se hacía más gruesa y las flores eran reemplazadas por simples hojas. Aquella flor había servido como una vasija para traer a una antepasada de otro tiempo, o quizá de un estrato genético escondido en el centro de su misma existencia.

Luego consiguió ver el aliento de aquel que había fallecido, aún en el aire, como si fuera una aurora de los últimos minutos de su vida. Notó la exaltación que había sentido, las nubes que se formaron alrededor y seguían donde debió tener sus labios. Por un momento, ella se preguntó si las nubes en el cielo no serían la aurora de algo perdido hacía mucho, cuyo rastro inhalaban los vivos igual que lo estaba haciendo ella. Aquella vida debió ser monumental. El de la habitación era un aliento brillante que volvió a iluminar casi todo cuanto la rodeaba, con apenas haber deseado su brillo. Inhalarlo fue como una droga: el éxtasis de un latido, sucediendo en ese momento en su pecho.

Jamás había experimentado algo así.

Eventualmente, conforme leía, se encontró con algo que creyó imposible, y lo descartó, pasándolo de largo.

Al final, cuando alcanzó lo último que se había escrito, se descubrió ya no insatisfecha por ser incapaz de reconocerse, sino porque finalmente lo hacía. ¿Era eso lo que sentían los vivos? Pensarse viva fue el chiste más gracioso que le habían hecho jamás. Había experimentado algo muy cercano a morirse, lo que la había hecho imaginar su propia llegada, o la llegada de algo más, que no podría encontrarse con ella tampoco. A lo mejor no había aparecido porque se perdió, y de ahí había nacido la aurora del mundo.

Regresó unas páginas, a aquello que le parecía imposible, porque no podía serlo. Todo lo demás había resultado posible.

La Muerte sujetó el cuerpo por los pies, lo tumbó de la silla y comenzó a arrastrarlo por toda la casa, como la libreta le estaba indicando. Cuando las paredes le estorbaron, pensó en algo que acababa de leer: ningún muro podía resistirse si ella le pedía ceder, y así lo hizo, abriendo una puerta para su paso, conforme ella avanzaba hacia la calle.

La gente no la vio pasar, pero notaron el cuerpo deslizándose por sí solo, arrastrado no sabían si por el viento, un fantasma, o una fuerza superior. Vieron las nubes, que brillaban, visibles por la Muerte. Si aquello era un fenómeno natural, no querían saberlo. No quisieron saber, pero por curiosidad se quedaron, atentos.

En el camino el cuerpo se fue haciendo daño. Los ojos, que hasta entonces lucían vivos salvo porque ya no miraban nada, comenzaron a perder su consistencia por los constantes golpes, que la Muerte no evitó porque eran necesarios. La libreta lo decía: el cuerpo tenía que sufrir.

Su recorrido fue largo.

Se hallaban en medio de una ciudad, y debían ir a un bosque. La Muerte pensó que en cualquier momento aparecería en otro lugar, rodeada de gritos y llanto, pero quienquiera que la llevara de un sitio a otro le había dado una noche libre. Agradeció en voz alta, hablando hacia todas direcciones, por si alguien estaba siguiéndola con curiosidad por ver qué hacía con su regalo. El cuerpo siguió lastimándose la cara, incluso la ropa, que acabó en el suelo, lejos, mientras desnudo y agrietado seguía la luz de la Muerte, que brillaba momentáneamente por el aliento que le había robado. Al caminar, sus movimientos alternaban la luz, como el paso del día a la noche, de la Tierra a las estrellas, como un vendaval. El cuerpo no podía ver nada de eso, aunque sus ojos de vez en cuando se cruzaban con los de ella.

Entonces la Muerte llegó a un claro, al fin un bosque luego de una larga carretera, con autos que pasaban y se estampaban unos con otros, observando el cuerpo iluminado y arrastrado en su muerte hacia un sitio que le haría un daño peor.

Ella buscó un montón de hojitas, de ramas y de cualquier cosa que pudiera encenderse. La libreta le había enseñado que podía hacer fuego, sólo le hacía falta desprenderse de un pedazo de sí misma. Tomó uno de sus dedos y se lo arrancó a la fuerza, algo que hasta entonces tampoco creía posible, y lo arrojó al suelo junto a las otras cosas. Le pareció justo: dar algo y recibir algo, un encuentro del que ella podía formar parte. Cuando el fuego apareció, la Muerte supo que todo lo que estaba haciendo valdría la pena. Quería saber más, quería más fotografías, más historias, más de ese reflejo desconocido que había reemplazado por otros, ajenos.

Si descubría quién era, significaba que tenía un principio, un crecimiento, quizá hasta un fin.

Abrió el cuerpo por el pecho y una a una fue desprendiendo las costillas hasta que pudo sacarle el corazón. Lo tiró al fuego, como había leído.

El corazón debía estar en llamas, si quería entibiarse e infundir vida.

Tomó el corazón del fuego y lo metió en el cuerpo atravesado por una costilla, y lo atoró en su pecho para que no se saliera.

Esperó.

Esperó.

Esperó.

Luego vinieron los temblores, espasmos súbitos que hicieron que los ojos destrozados del cuerpo trataran de ver. La boca, quemada de pronto por el fuego del pecho y hasta los labios, no pudo decir nada. Los pies sólo hacían zanjas en el suelo.

Ella debió olvidar algo, un paso esencial.

Por supuesto, el aliento.

La Muerte se desprendió de la luz que la rodeaba y se la devolvió. Con ella cambió el fuego que ardía en el cadáver por otra clase de fuego, algo que jamás había visto o imaginado y que, al verlo, de pronto, supo que estaba mal. Sintió miedo de aquel fuego como nunca había sentido algo, cualquier cosa, buena o mala, incluso que su propia curiosidad, que la había llevado hasta ahí. Era la primera vez en la existencia que un fuego así aparecía en cualquier sitio, y como había pasado con los primeros humanos al descubrir una llama, su fascinación era mayor a sus ganas de huir.

El muerto comenzó a reírse, tirado en el suelo, con el pecho abierto y el corazón latiendo a un ritmo que no era el de la vida.

Tampoco era el de la muerte.

Ella comenzó a hacerle preguntas, tratando por un momento de aliviar el miedo que estaba sintiendo. Sabía que él no podría verla, ni oírla, pero lo hizo de todos modos.

Preguntó qué seguía en la historia.

Qué más podía hacer.

Qué era ella.

La luz en el corazón de aquel muerto se extendió por la garganta, igual que el fuego de antes, y hasta los labios, que al fin pudieron hablar. Los ojos, iluminados de pronto, la veían.

¿Por qué me ves así?, le preguntó él, casi con ternura.

El cuerpo se acercó a la Muerte y le tocó la mejilla, con sus manos que también ardían en aquella luz de corazón.

Estás muy fría, le dijo. ¿Necesitas un poco de calor?

Los ojos del cuerpo no parpadeaban. Él estiró el cuello, como si sintiera un espasmo, giró sus hombros y se abalanzó hasta abrazarla.

Estás muy triste, ¿verdad? Extrañas tu casa, le dijo.

Si alguna vez existió un reino al que ella perteneciera, ya no podía recordarlo. ¿Él sí? ¿Acaso era de ahí de donde había salido aquella luz nueva, exquisita y terrible? ¿De dónde había salido esa libreta? ¿Quién era ese hombre?

Si extrañas la luz, yo puedo dártela. Sólo necesitas hacer lo que hiciste conmigo.

Apartándose un momento, él le expuso las costillas rotas, los órganos muertos, infundidos de algo más. Entre todo eso, estaba el corazón, atravesado por un hueso, saliéndose un poco más con cada latido.

Puedo ayudarte a abrir tus costillas, le dijo.

La Muerte tenía tanto miedo. No sabía qué podía pasarle. Jamás lo leyó. Ninguna historia le advirtió sobre lo que un fuego así podría hacerle. Se preguntó cómo se habían sentido los vivos cuando no existían las historias, cómo lidiaban con un miedo así, y llegó a la conclusión de que precisamente era el miedo al fuego, y no su calidez, lo que había hecho que quienes se reunían a su alrededor contaran historias. Sólo así lo combatían.

El humo de las fogatas subía hasta el cielo, propagando alivio y terror.

Había pasado demasiado tiempo sin saber realmente quién era, pero era esto. Algo terrible, algo que arrasaba con todo, algo que le preguntaba por su elección, si quería irse o si no, aunque al final no importaba, porque ya lo estaban haciendo por ella, tumbándola al suelo, rompiendo una clase distinta de huesos, buscando un hueco para poner un corazón.

Mientras estaba así, rota, supo que eso era la muerte. No, eso era peor que la muerte.

Tumbada, se fijó en las nubes. De pronto le parecieron avariciosas, escondiendo para ellas mismas la luz de la Luna. Quizá su gracia estaba ahí, en ponerle un límite a la luz, en retenerla. A lo mejor es eso lo que ella era, al final. Un límite para la luz.

¿Volvería a casa, cuando él prendiera su pecho con aquel fuego?

Él tomó su corazón en llamas y lo puso en el pecho de ella, que sintió cómo aquella droga que había sentido en aquel aliento robado de pronto la consumía. Era un infarto, sólo que no podía ponerle nombre.

Ya puedes descansar en paz, le dijo, con voz ceremoniosa y calmada.

Ambos estaban extinguiéndose. De eso debían hablar los libros.

Éste no puede ser el final, pensó la Muerte. Era una libreta cualquiera, una historia cualquiera.

Ella se merecía algo mejor. Había hecho su trabajo, no se había quejado, incluso sintió curiosidad por los vivos. Mientras pensaba en eso recordó la otra parte de las historias: los vivos se iban así, injustamente; se llenaban de oscuridad, que apagaba cualquier reflejo y llama, sin merecerlo. Pero no se suponía que ella estuviera viva, ¿o sí?

El cielo, en un instante, se quedó sin nubes.

En aquel claro del bosque, bajo el cuerpo que volvió a morir sobre ella, deshecho por su culpa, la Muerte conoció su fin.

Proyecto apoyado por el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC)

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