Nuestra Señora de los Desollados

Eduardo Padilla

Vancouver, Canadá, 1976. Su libro más reciente es Zwicky (Cinosargo, 2021).

Mascando pastel en la Av. Márquez, Arianna consideró que de todas las prácticas inventadas por un animal con genio excepcional para la crueldad de desollar a un animal vivo (pero sobre todo a un animal capaz de quitarle la piel a otro animal con calma y cálculo utilitario… o capaz de quitarle la piel a un animal en general idéntico al mismo desollador o en particular parecido a algún amigo o vecino… un animal, pues, capaz de quitar la piel con un cuchillo especialmente fabricado que deja a un lado las semejanzas con sus parientes para proceder con calma y cálculo utilitario a través de los distintos pasos de un método heredado a lo largo de incontables generaciones) era, para ella al menos, difícil de imaginar. 

De cualquier forma, Arianna intentó imaginarlo mientras sorbía una bebida amarga y paseaba su mirada por los rótulos fantasmales de la Av. Márquez. 

No era imposible concebir un origen. Arianna había decidido no leer más libros de historia al juzgar que no había futuro en ello, anticipando todo tipo de daños y desgastes derivados de mirar hacia atrás, pero el río del tiempo es un río contaminado por siglos de industria y sin quererlo Arianna había sido ya contaminada, acumulando imágenes que sería mejor nunca haber visto o pensado. Y aunque ella intentó en algún punto no poner atención lo encontró imposible; Arianna concluyó que era imposible no poner atención y ser profunda e irreversiblemente contaminada en su huida inútil de los datos y en su percepción de los desastres pasados resonando en las colisiones presentes.       

Todos los domingos por la noche tomaba la misma mesa y observaba a los turistas caminar aturdidos como si acabaran de salir de un hospital. Sentada en el balcón bajo una densa maraña de hojas, Arianna disponía libros sobre la mesa y simulaba estudiar.

No era del todo imposible concebir un origen. Las raíces de la cirugía moderna venían de la tortura antigua y nada sería la ciencia médica sin la pesadilla de la prueba y error, el sufrimiento en masa de animales y culpables. La diferencia entre los castigos medievales y los experimentos de los nazis, japoneses, soviéticos y norteamericanos en el siglo XX es la de la intención declarada (por el bien de Dios vs. por el bien del Hombre) pero todos se unen en la persecución de un fin que justifica a los medios y en la inventiva infernal. No es difícil entonces concebir el primer desollado en vida —ya sea por placer, guerra o castigo— como un derivado natural de quitar a las bestias la piel con cuchillos de sílex en el Neolítico o más allá. Desollar en vida fue un subproducto tecnológico y nada más, pensaba Arianna. Un colectivo prehistórico sin talento para la violencia sería naturalmente aniquilado por un colectivo con talento y en cada conjunto, en cada familia, siempre hay miembros con un don excepcional para la violencia, sujetos que pueden ser usados para el bien común mediante la milicia, el heroísmo, la aplicación de la ley, la carnicería, y las otras formas legítimas de la crueldad. La psicopatología de uso privado, la crueldad gozosa de un individuo no validada por el Estado es tabulada como un crimen sólo porque su utilidad no puede ser compartida por el colectivo. No obstante, en secreto o en público, muchos ciudadanos derivan placer del recuento jugoso de las proezas de un psicópata que opera sin licencia. Eso deja —pensó Arianna al observar al camión de la basura doblar la esquina en dirección a un vertedero que ella nunca visitaría— abierto el problema de la violencia imaginaria, moneda corriente en el arte y el entretenimiento. No hay mucha profundidad que esperar de esta pregunta, pensó. Es natural y evidente que la crueldad imaginaria sea bien vista cuando se justifica de la misma manera en que se justifica la crueldad de un colectivo para responder a problemas internos y externos. Si la crueldad se justifica de un modo alterno puede ser mal vista o incluso anatema, dependiendo del lugar y el momento. Si la crueldad no se autojustifica más allá del gozo se tabula de pornografía y se le restringe o se le promueve dependiendo otra vez del lugar y el momento.

Nada de esto, pensó e hizo una mueca, era nuevo para ella. Más de dos meses había gastado ya en darle vueltas al tema y más allá de un perfeccionamiento neurótico en el acomodo de sus ideas no había logrado un avance. Pidió la cuenta y se puso a contar cabezas desde el balcón. Pagó la cuenta y se encerró en el baño. Limpió con cuidado la tapa del retrete. Se lavó las manos después de orinar y salió a la calle, no sin antes revisar que todo estuviera en orden en el espejo.

Desollar a un ser vivo que produce sonidos inconcebibles para mí, que ni siquiera he visitado un rastro, es como una ficción inverosímil, pensó Arianna. No obstante, tuvo que admitir que era real y que había sido real una y otra y otra vez. De reojo se veía a sí misma en los escaparates avanzando con un modo de andar perfeccionado con los años, un estilo nada vistoso, según Arianna, un estilo que no deja una impresión y desaparece rápido en la memoria de quien observa.

Si tuviera que imaginar a la primera mujer que desolló a un hombre sin antes matarlo tendría que imaginarse como una sacerdotisa; no una bruja, sino una figura de autoridad en una religión naciente… una religión que es afirmada en el horror imborrable del acto. Ninguna justificación utilitaria sería suficiente —pensó Arianna de pie frente a un semáforo en rojo— para hacerme cruzar ese umbral y salir del otro lado como la misma persona, con el mismo nombre, una persona con una vida anterior al acto de desollar a una víctima pero sobre todo una persona con una vida posterior a esa labor cuyo peso no puedo imaginar, una persona que puede regresar a casa y ver a su pareja a los ojos, saludar a su vecino, compartir el pan y los ritos de comunión con el resto del pueblo. ¿Cómo puedo imaginarme a mí misma desollando a una persona que grita un grito para siempre fijado en mi mente —pensó Arianna mientras metía la llave en la ranura— si no es como una persona que no es una mera persona cuando tortura, una persona que es algo más o algo menos que una persona, una persona herramienta, una persona utensilio, una figura animada por la voluntad inescrutable de algo que es magnitudes superior e inferior a una persona y que me ha elegido para ser habitada por su aliento de carroña que cabalga el sol y fecunda el mar con toda la violencia que su genio le permite? Una persona animada —concluyó Arianna, satisfecha— por otra persona infinitamente más grande y pequeña pero sobre todo lejana, una persona que nace allá lejos donde el horror es absoluto y elemental y ni siquiera es horror; es fuego, es aire, es nada… Una persona que no es persona y para quien desollar es tan fácil como respirar.   

¿Qué hiciste?, preguntó su esposo al verla en el umbral de la puerta.

Nada, dijo Arianna.

Eran las once en punto. Puntualidad kantiana, decía su esposo cuando la describía a sus padres y amigos.

Arianna se metió a la habitación. No encendió la luz. Se acostó en la cama; se quitó los zapatos, la falda y las bragas; subió su blusa para revelar el ombligo. Dando un largo respiro, Arianna clavó sus ojos en el rincón del techo donde la sombra de un álamo bailaba y esperó a su esposo.

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