Los pies de la hermana Guadalupe

Denis Durón Dávila

Tegucigalpa, Honduras, 1975. Su libro más reciente es Amores ordinarios (Publicación independiente, 2026). 

Hace de esto 44 años. 1982, año del Señor. Era junio y la radio del autobús comunicaba que un avión militar cayó cerca de Olancho y durante semanas los periódicos hablaron de piezas humanas desperdigadas entre los pinos; también se enfatizaba que ese mismo año inauguraron un tramo nuevo de carretera hacia el norte y el gobierno aseguraba que Honduras entraba finalmente en tiempos de modernización. Y mientras la radio informaba, nuestro protagonista viajaba por fértiles valles comayagüenses, rumbo a Taulabé, un municipio que para aquel entonces olía a panela quemada y piedra húmeda. Entonces, los buses interurbanos se detenían frente a un comedor de paredes verdes, los ancianos jugaban naipes bajo el corredor del mercado y las campanas de la iglesia daban la bienvenida, marcaban las horas con una lentitud que parecía anterior incluso al pueblo. 

Rodrigo Castellanos Vega llegó ese día, dos semanas antes del Viernes de Dolores, con un maletín de cuero desgastado y tres cuadernos amarillos bajo el brazo. Su razón, investigar el guancasco entre Taulabé y Jaitique —esa antigua procesión lenca donde los santos patronos descienden por la montaña para visitarse mutuamente— financiado por el Fondo Nacional de las Artes. Al menos eso decía. La verdad era menos clara incluso para él que necesitaba unas vacaciones de Tegucigalpa y los lugares con cuevas siempre le habían producido una tranquilidad difícil de explicar. 

El padre Esteban Murillo lo recibió en la casa parroquial con café negro y la cordialidad cansada de quien lleva demasiados años viviendo en el mismo sitio. El convento adyacente albergaba desde los años sesenta a diez religiosas de la Congregación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La madre superiora era sor Beatriz; sor Catalina, era la encargada de la cocina; y el resto eran sor Dolores, sor Filomena, sor Cecilia, sor Josefina, sor Remedios, sor Inés, sor Amparo, y la hermana Guadalupe, la más joven de todas, cuya presencia dentro del convento parecía todavía incompleta, como si aún no hubiera terminado de decidir qué clase de religiosa estaba destinada a ser. 

Rodrigo se sorprendió al descubrir que ninguna de las hermanas usaba zapatos dentro del convento. Los dejaban alineados junto a las puertas, bajo las escaleras o a la entrada del refectorio, como si pertenecieran a una vida distinta reservada únicamente para el exterior. Descalzas, las monjas atravesaban los corredores con una suavidad que no eliminaba el sonido, sino que lo transformaba: el roce húmedo de la planta contra la baldosa, el pequeño golpe seco del talón sobre la tierra apisonada del patio. Al cuarto día, Rodrigo ya podía distinguirlas sin levantar la vista. Sor Catalina arrastraba ligeramente el pie izquierdo. Sor Dolores descargaba el peso sobre los talones. La hermana Guadalupe caminaba apoyándose primero sobre la almohadilla del metatarso, como si esperara encontrar bajo cada paso una superficie más blanda que la piedra. 

Fue durante una misa ordinaria cuando ocurrió. Rodrigo ocupaba el último banco de la iglesia con el cuaderno abierto sobre sus muslos y las religiosas permanecían arrodilladas frente al altar. El reclinatorio dejaba apenas unos centímetros entre el hábito y el suelo, suficientes para que los pies desnudos asomaran sobre la baldosa fría. 

Los pies de la hermana Guadalupe descansaban apenas inclinados hacia adentro. El arco pronunciado, los dedos relajados, el tobillo estrecho perdiéndose bajo la tela oscura del hábito. Rodrigo sintió una incomodidad inmediata, no exactamente deseo sino algo peor: la impresión de haber encontrado una forma de belleza que no le correspondía mirar. Y aunque era rigor anotarlo todo, no escribió nada en el cuaderno amarillo. 

Durante los días siguientes entrevistó ancianos, grabó corridos y transcribió letanías para su investigación, pero en medio de todo eso comenzó a notar algunos detalles extraños: las huellas húmedas que las religiosas dejaban al salir de la cocina después de lavar los pisos. La sombra de ciertos tobillos proyectándose sobre la piedra al atardecer. La forma en que la hermana Guadalupe recogía apenas los dedos del pie antes de girar en los corredores. Y una tarde, luego de varios días, comprendió algo que lo perturbó profundamente: ya no recordaba con claridad el rostro de las monjas cuando intentaba reconstruir el día por las noches. Recordaba únicamente sus pies. 

La lluvia de Semana Santa llegó puntual sobre la cordillera de Comayagua. El convento empezó a llenarse de recipientes para contener las goteras y así evitar el olor húmedo de las paredes antiguas. Las religiosas atravesaban entonces los corredores completamente descalzas para no ensuciar el suelo recién fregado. Para entonces, Rodrigo se ahogaba ante la presencia de la hermana Guadalupe, incluso antes de verla, sólo con pensarla: al sentir por la noche una serie particular de pasos, ligeros y húmedos, aproximándose desde el patio. Más de una vez abrió la puerta de su habitación convencido de encontrarla doblando la esquina, pero sólo hallaba la marca oscura de unos pies recientes sobre la baldosa. 

En una ocasión, el comedor del convento estaba iluminado apenas por dos focos amarillos. Las sandalias de las monjas permanecían ordenadas junto a la entrada como una fila de objetos abandonados. Rodrigo levantó la vista durante la cena y observó los pies mojados de la hermana Guadalupe bajo la mesa: los talones pequeños todavía brillando por la lluvia, la línea limpia del empeine, el arco pronunciado marcado por la humedad sobre la piel. Sintió una náusea inmediata. Comprendió con brutal claridad que llevaba días construyendo mentalmente aquella imagen. 

Esa noche descubrió el nicho tapiado en la pared de los baños. Del otro lado estaban las duchas del convento. Los tablones separados por el tiempo dejaban pasar una delgada línea de luz y vapor. 

Durante tres noches regresó allí. Nunca vio más arriba de las piernas. 

Los pies de la hermana Guadalupe eran siempre los últimos en entrar y los primeros en salir. Rodrigo los reconocía por la pequeña cicatriz en el talón derecho. A veces escuchaba pasos aproximándose y estaba seguro de que eran los de ella; sin embargo, cuando la sombra aparecía bajo la mampara pertenecía a otra religiosa. El error no disminuía su obsesión. La volvía peor. 

Y a mala suerte de Rodrigo, comenzó a suceder algo más… Siempre que él fisgoneaba, había una monja por ahí, cerca. No evidentemente atenta a él, pero era muy curioso que cuando abandonaba el baño encontraba a sor Cecilia trapeando el corredor. O a sor Dolores acomodando zapatos junto a la puerta. O a sor Catalina sonriéndole apenas mientras le servía más café del necesario. Una mañana descubrió que el viejo tenedor de madera con el que separaba discretamente los tablones había desaparecido. Esa misma tarde encontró uno nuevo sobre su escritorio. Nunca preguntó quién lo había dejado allí. 

La víspera del Viernes de Dolores, sor Beatriz lo encontró solo en el patio mientras la lluvia golpeaba las tejas del convento. Permaneció observando la fuente seca durante unos segundos antes de hablar. 

—¿Ha notado, doctor Castellanos, que siempre hay alguien distinto ayudándolo aquí? 

Rodrigo sintió un frío inmediato en la espalda.  

—No entiendo. 

—La comida. El café. Sus sábanas limpias. El corredor seco cuando llueve. Una cree que los hombres piensan que las religiosas únicamente estamos para servir. 

 La madre superiora sonrió apenas. 

—A veces olvidan que también aprendemos a defendernos. 

Rodrigo no respondió. 

Sor Beatriz levantó entonces la vista hacia las montañas oscuras detrás del convento. 

—Las cuevas de este lugar son hermosas. Debería visitarlas antes de irse. Después de conocer cierta profundidad, hay hombres que simplemente no vuelven. 

El silencio que siguió fue demasiado largo para parecer casual. Luego ella añadió, con absoluta naturalidad: 

—¿Nunca se preguntó por qué nuestra comida tiene un sabor tan particular? 

Rodrigo sintió que el estómago se le cerraba. 

La religiosa dejó escapar una breve risa cansada. 

—Es una broma, doctor. Aquí cocinamos siempre con cariño… y con memoria. 

Y se marchó descalza por el corredor. 

Esa noche Rodrigo no durmió. Escuchó pasos húmedos atravesando el convento hasta el amanecer. 

El Viernes de Dolores no asistió al guancasco. Permaneció sentado junto a la fuente vacía mientras la procesión descendía hacia Jaitique entre cantos y corridos antiguos. Comprendió entonces algo peor que la vergüenza: nunca había observado realmente a las religiosas sin ser observado a su vez. El convento entero parecía construido para mirar hacia abajo. Y una vez que la mirada descendía, ya no existía manera limpia de levantarla nuevamente. 

Abandonó Taulabé esa misma tarde pensando en los pies de la hermana Guadalupe, salivando por ella. 

Durante años publicó artículos sobre tradiciones lencas y procesiones rurales. Dio conferencias. Fue citado en revistas académicas. Nunca regresó a Comayagua. 

Pasaron los años y en 2018 el guancasco seguía realizándose, aunque ya casi nadie acudía. Las cuevas atraían apenas algunos turistas ocasionales y el convento permanecía prácticamente vacío. El padre Esteban Murillo, anciano y enfermo, vivía solo en la vieja casa parroquial. Las religiosas habían desaparecido gradualmente con los años; algunas murieron, otras fueron trasladadas, y de la hermana Guadalupe nadie parecía recordar demasiado. 

A veces, por las noches, Rodrigo despertaba todavía con la sensación de escuchar pasos húmedos atravesando el pasillo de su apartamento en Tegucigalpa. Permanecía inmóvil en la oscuridad mientras regresaban lentamente a él las palabras de sor Beatriz, el tono casi casual con que había mencionado las cuevas, los hombres que no volvían y aquella extraña observación sobre la comida del convento. Seguramente había sido una broma; una insinuación cruel dirigida únicamente a hacerlo sentir descubierto. Y, sin embargo, incluso tantos años después, seguía sin poder recordar aquella conversación sin experimentar la incómoda impresión de haber abandonado Taulabé apenas unos instantes antes de que algo terminara de cerrarse detrás de él.

El baile de la bella, 2024
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