Tlaxcala, 1994. Su libro más reciente es rostros en cardumen arbitrario (Esto es un Libro, 2025).
una bañera y dos cuerpos. el más alto sostiene, hincado, al segundo cuerpo. la cabeza de este segundo cuerpo, desnudo, descansa mirando al techo sobre los muslos del cuerpo hincado. las manos del cuerpo hincado le cubren al cuerpo acostado los hombros y parte del pecho con una toalla, y después acarician la cabeza que descansa sobre sus muslos. los ojos del cuerpo desnudo, toalla encima, miran el cuerpo propio: reparan en los dos pechos que caen, cada uno a su lado, jóvenes pero flácidos. el cuerpo desnudo intenta logra, poco a poco, respirar en calma. hace unos segundos había intentado entrar a la bañera, supervisado por el cuerpo vestido, pero algo falló, y los brazos y las piernas y la cabeza se convirtieron en una masa sin fuerza, escuálida, como hebras finas de queso Oaxaca y, colgantes, lograron retroceder, cambiar de acción: salir para no bañarse. no todavía. más bien, sentarse en la orilla. decir dos, tres palabras con dificultad, para después sentarse mejor, ocupar más espacio, tumbarse, mejor dicho, con ayuda, sobre el suelo. y ahí estaban los dos: el más alto sosteniendo de rodillas al entonces más débil, recién explayado cual alfombra persa o amazigh frente a un comprador indeciso. pero aquí nada está en venta y aparece otro cuerpo: un perro. en silencio se sienta, de espaldas, pegado, muy pegado al cuerpo desnudo tumbado. en particular, al lado de la cresta ilíaca. y el cuerpo no humano acompaña silente en la escena. tras varios minutos el cuerpo vestido ayuda al desnudo, que ya no hiperventila, a levantarse. un par de manos retira la toalla del par de hombros ajenos. y el cuerpo desnudo vuelve a la bañera. cautela. esta vez no cae, ni retrocede. cautela. abren la llave. cautela. y el sonido del agua es ahora el más fuerte y cubre el ruido de la nariz del cuerpo desnudo aspirando cada pocos segundos para retener mocos. y en cuanto cae un chorro ya tibio lo dirigen, las manos que no tiemblan, a la espalda ajena. no, yo puedo. y las otras manos toman torpes la regadera y mojan el cuerpo propio. encorvado, pero de pie. y dirige lentamente el chorro de agua a distintas partes. decide, mejor, sentarse en la bañera. y entonces ahí, oniscídeo temeroso, terminan dos pares de manos de asear un mismo cuerpo.
otra escena en una sala de urgencias de un hospital público y cinco cuerpos: mujer mayor berreante, acompañante masculino, mujer joven que llora, acompañante femenina, enfermero. no hay sangre. es domingo. escasea el personal: tampoco hay médicos, ni administrativos, ni camilleros. hay un enfermero. un enfermero amable y maricón. la mujer joven que llora se siente entonces cómoda, digamos, en buenas manos. la otra, parece que grita de dolor. su acompañante la sostiene de la mano en silencio y con cara de inútil. el enfermero le observa con calma signos vitales, hace preguntas, toma notas, mira condoliente a ambas mujeres y a sus acompañantes. voltea unos instantes hacia la mujer que llora: ahora voy, en un idioma aquí no transcrito. y continúa con la mujer mayor que berrea. va de la camilla al escritorio de recepción, del escritorio a alguna estantería, de la estantería a la camilla, de la camilla a recepción… varias veces, hasta que camina de la recepción a la otra camilla, y pregunta ¿qué pasa, qué tienes? escucha atento ¿me ayudas? la acompañante de la mujer que llora, aún más joven, asiente. el enfermero toma de un cajón un paquete de guantes de látex, se lo extiende, y a continuación le da un frasco con gel transparente: póntelos y úntale esto a tu amiga. ahora vengo. habemus asistente del único enfermero. y vuelve con la mujer que berrea y su acompañante. no contamos con más información: ese único enfermero no puede concluir, se dedica a registrar. datos personales, palpitaciones, numeritos básicos, síntomas, medicamentos usados para ¿calmar?, pero no concluye, no debe. hay que esperar al personal legitimado del que carece una sala de urgencias pública. es domingo y ya no hay sol. vendrán más empleados mañana, lunes. por ahora le aplica una inyección y procede a tomar datos de la mujer joven con manos temblorosas, y pies temblorosos, y voz temblorosa. esta vez lo hace a unos metros, sentado frente al escritorio con computadora. ahorremos pasos tiempo hojas tinta. ¿nombre? teclea. ¿edad? teclea. ¿domicilio? teclea ¿país de origen? no teclea pero se escucha un clic. Mexico, Mexico… va diciendo en voz bajita, así, sin tilde, con acento no gringo pero agringado. y al cabo de unos segundos: Mexico no está, elige otro país. y entre risas eligen ambas el lugar de no-origen de la paciente para registrarla en ese hospital fantasma. vuelve el enfermero a la camilla. se pone también guantes de látex, y pregunta cómo van las manos y los pies. pero ni la molestia ni los temblores descienden. procede al mismo ritual: observa con calma signos vitales, hace preguntas, toma notas, se dedica a registrar. datos personales, palpitaciones, numeritos básicos, síntomas, pero no concluye, no debe. aun así, prescribe una receta para calmar, sin concluir, y recomienda esperar diez minutos y volver a casa. en caso de que no mejore, mejor vayan a otro hospital. a las pocas hoaras, esa misma noche, la mujer joven y su acompañante visitan otros tres hospitales: pasan la noche en el tercero, el más caro de la ciudad, el único con equipo suficiente, y sin conclusiones ni diagnósticos claros, pese a ser evaluada por tres médicos y diversos equipos de enfermería, recibe dos chutes intravenosos de benzodiazepinas y exactamente la misma receta prescrita por el enfermero desamparado y competente. ya con la primera inyección logró, al fin, dormir. con los primeros segundos la molestia se desvaneció como una nubecita de humo de tabaco, y pensó en los adictos al caballo. qué cosa, con toda razón. la segunda dosis fue «un refuerzo». nadie sabe qué pasó por dentro pero sí que el infierno terminó con valium. en las manos y los pies termina el cerebro, y todos los dedos, de arribaaabajo, quemaban hasta desear arrancarlos, temblaban como queriendo tintinear sus falanges, sólo ahí, para sí mismos, sin extender sus ansias a muñecas, tobillos y demás instrumentos, pero extendiendo la amenaza por semanas y meses. todavía, de vez en cuando, la sensación asoma la cabeza, sonríe burlona. baila un poco entre telones.
tercer acto, un cuerpo y una cama. seré breve. los bronquios pueden ser como una acequia falta de pendiente. el aire se estanca y arruina dos, cuatro, nueve noches y 16 días. aquí nada es terminal pero todo absorbe.
yo me enamoré del más célebre médico judío medieval por escribir cosas como esta: podemos observar el dolor del alma hasta el punto de que se pierde el apetito a causa del dolor, el miedo, la tristeza y la angustia. Pues si desea el hombre levantar su voz no podrá, y su respiración se volverá entrecortada por la debilidad de los órganos respiratorios. el tratado sobre el asma de Mošeh ben Maimon tiene un capítulo largo sobre las afecciones anímicas por considerarlas parte de las causas de esta enfermedad inflamatoria. ese texto me llevó al resto de sus obras médicas, y ellas a al- Kindī, puerta a la falsafa, y demás autores arabizados que escribieron sobre el alma enferma.
existe, leo de al-Kindī, la generación y potencial acumulación de temor a partir de escenarios hipotéticos sobre asuntos que quizá no lleguen a suceder, ya sea por desear lo que se carece, o bien, por el miedo a perder lo que ya se posee. un estado prolongado de salud, por ejemplo. en ambos casos, la persona temerosa lo es, nos dice al-Kindī, por permanecer con el ánimo ocupado y perturbado. asociaban además los médicos medievales, al menos los que escribieron en árabe, el miedo a todo estado melancólico. en su tratado de melancolía Isḥāq Ibn ‛Imrān nombra entre los síntomas psicológicos de esta enfermedad tristeza y aflicción continuas, miedo irracional, reflexión excesiva y pensamientos que alarman e incomodan a la persona enferma. a la melancolía la definían como un cúmulo de miedos y obsesiones que se apoderan del alma y que engendran temor. tal afirmación en bucle, tratado tras tratado: escuché a al-Ṯaʿālibī decir, escribió Ibn al-Ḏahabī, que la melancolía es un tipo de locura en la que se tienen pensamientos negativos, apoderándose de la persona el miedo y la tristeza, y tornando su discurso incoherente… la percepción de las cosas se altera debido a un desbalance humoral que somete al alma a las preocupaciones y la aterroriza con una oscuridad interna. el «mal de la bilis negra» se adjudicó especialmente a concentración de sustancias nocivas en la cabeza. en general, sustentaba Ibn Rushd, cuando la causa de fallos fisiológicos es la atrabilis, se altera la mente y se suscitan desasosiego, temor y llanto: humor negro en el cerebro que oscurece la razón incapacitando las facultades racional, imaginativa y retentiva.
últimamente recuerdo menos.
desde el surgimiento de la medicina griega hipocrática hasta el siglo XVIII de nuestra era y, aún entonces, el término melancolía siguió asociándose al diagnóstico antiguo básico que contemplaba tristeza prolongada, miedos irracionales y la desesperación frente a ello como principales signos. el uso del concepto en el ámbito médico ha sido adjudicado a los Aforismos de Hipócrates, específicamente al aforismo 23 de la sección VI, por establecer los síntomas base.
para Ibn Sīnā, precisamente la tristeza y el miedo eran parte de las afecciones vinculadas al pneuma vital, residente en el corazón. ese pneuma o espíritu, en árabe rūḥ, es vital por tratarse de materia o vapores finos procedentes del aire inhalado, depositados en el hígado y las venas que lo articulan (pneuma natural); en el corazón y las arterias (pneuma vital); y en el encéfalo y los nervios (pneuma psíquico o anímico). pasa que se creía que en el corazón también reside el alma irascible: el «espíritu animal», rūḥ al-ḥīwānī , y que hay movimientos del alma o manifestaciones psíquicas, aḥdāṯ al-nafsāniya, capaces de generar expansión, como la ira o la alegría; o contracción, como pasa con el miedo y la angustia profunda. esta información fue recopilada en un diccionario enciclopédico de Ibn al-Ḏahabī, titulado Kitāb al-māʾ, ‘Libro del agua’, durante el siglo XI. su autor detalla más: el pánico puede surgir de manera repentina y hacia el exterior, como la ira; o gradual, hacia el interior, como la tristeza. puede también combinarse, generar otras emociones, y suceder de forma bidireccional, hacia el interior y el exterior simultáneamente:
miedo + alegría = vergüenza
miedo + esperanza = preocupación
acorde a estos movimientos el estado de la sangre, y en general las sustancias del cuerpo, también se alteran. la sangre, según Ibn Sīnā en su Canon, es brillosa, acuosa y fría cuando surge miedo. algo similar sucede con el pulso: cuando la ira se mezcla con temores repentinos, se torna inconsistente y tembloroso. si surge un miedo prolongado el pulso es como con la tristeza: débil, irregular y lento. se trata de un estado en el que el calor se establece y las facultades se debilitan.
principio repetitivo: las emociones exacerbadas generan debilidad en distintas funciones. al-Baljī categoriza afecciones del alma en cuatro grupos. uno de ellos es el pánico: jawf: un estado severo en el que la persona palidece, sus extremidades tiemblan incontrolablemente, fallan sus funciones esenciales, y pierde la capacidad de pensar razonablemente. al-jawf puede llegar a alterar fluidos al interior del cuerpo (los médicos premodernos hablaban de humores) causando eventualmente daños fisiológicos. este cartógrafo de Jorasán aseguraba en un tratado sobre «sustento» para las almas, que en un estado de extremo temor la persona será incapaz de ayudarse a sí misma con pensamientos que relajen el ánimo, pues su naturaleza responde únicamente al instinto de huida y la efectividad de cualquier remedio queda condicionada por la capacidad de escucha y percepción sensata de las circunstancias. entonces al-Baljī es bastante reiterativo en la importancia de habituarse a temores para disminuir afecciones, y contempló, sobre todo, el tipo de elementos exógenos que generan exaltación emocional o altos niveles de pensamiento e inquietud. las personas debían entrenarse a sí mismas: una especie de soliloquio interno continuo para conocer la naturaleza del alma propia. el autoconocimiento, nos dice, es replicable para todas las personas sin importar su estatus social. y describe distintos escenarios: el miedo de un beduino del desierto con la niebla espesa en un país frío; soldados que normalizan los horrores de la guerra, médicos experimentados con operaciones y grandes heridas; marineros bajo tormentas en medio del océano; animales para montar, familiarizados con cosas que inicialmente los asustaban y frente a las que se les ha entrenado una y otra vez, similar a niños que se asustan con sonidos nuevos sin riesgo alguno. leo sobre terapia cognitiva medieval y pienso en Oliver, que teme al ruido de la tetera, la licuadora y la campana extractora en la cocina.
al-jawf, en el Libro del agua de Ibn al-Ḏahabī, es la «contracción del espíritu» frente a una reacción emocional. también usa el término al-faza y al-rahba, y habla de al-murahhab como la persona enferma que busca levantarse pero no puede sino únicamente con apoyo externo. y en textos así afloran, en relación al temor, otros conceptos. por ejemplo, waswās: «susurros del alma»: obsesiones, pensamientos intrusivos. o qalaq: cuando la persona enferma se mueve de una postura a otra repentinamente, para después retomar la posición inicial, y así sucesivamente, una y otra vez.
en árabe contemporáneo qalaq significa ansiedad.
en su Collar Ibn Ḥazm sentencia: un objetivo en cuya valoración y búsqueda coincide todo el mundo, todos los pueblos, todas las clases de personas, tanto la ignorante como la sabia y lo mismo el bueno que el malo, es el de eliminar la preocupación. y enumeró sus causas: pérdida de lo amado, temor a lo detestable, enfermedad y pobreza, en ese orden de relevancia.
secundo.
el cuerpo teme a muchas cosas y yo temo a mi propio cuerpo.
en noches en las que temo más, le unto aceite de tomillo. o le rocío bálsamo de árnica y agua de rosas. o bebo té de ajo con miel, jengibre y limón, hasta el cansancio, maridaje para cócteles de fármacos contemporáneos. lo hago desde mucho antes de saber que en la Edad Media prescribían música, baños, alimentos cálidos y humectantes, medicamentos simples y compuestos, y, también, olores que benefician: jazmín y, por supuesto, al-misk, almizcle: el producto aromático más fuerte, con una extraordinaria cualidad para fortalecer el corazón y quitar la tristeza y el temor. Ibn Rushd. para combatir la melancolía con constantes temores, receta a base de mirobálano de Kabul, epítimo, polipodio, casidonia, pasas blancas, agárico, turpeto y sal nabatea; y otra a base de mirobálano de Kabul, epítimo, ámbar, azafrán, rosas, nardos, dorónico, cilantro seco, hojas de limón, semillas de akanta, albahaca y miel. al-Rāzī. supositorios para purgar el hipocondrio, decocciones y aceites esenciales para aplicar sobre la cabeza. Mošeh ben Maimon. remedios que alegran: las perlas y la seda; agua de rosas y alcanfor por su efecto refrescante; piedras y resinas «protectoras» como ámbar amarillo, coral, lapislázuli o kābalī; turquesa y rubí, por su propiedad desconocida aunque beneficiosa; sustancias calientes como raíces, plantas y semillas: cúrcuma, jengibre, azafrán, clavo, cardamomo, pimienta de java, hojas de limón, canela india y helenio, y elementos fríos: sándalo, rosas, tiza en medicamentos compuestos para absorber la humedad, manzana y cilantro seco. Ibn al-Ḏahabī.
pero el cuerpo inútil, las extremidades temblorosas, los bronquios entorpecidos se vinculan con el alma enferma en un sentido no sólo médico sino filosófico, a partir del desbalance anímico, de la falta de autocontrol frente a las pasiones. el miedo, para los médicos-filósofos premodernos, es falta de sabiduría, principio vigente en la medicina ayurvédica donde la ira, la envidia, la tristeza, el temor y la preocupación excesiva, son igualmente afecciones capaces de alterar el equilibrio físico. me preguntaron muchas veces ¿pero no tenías miedo a las bombas? y no miento cuando recuerdo que temía y temo, especialmente, a mi propio cuerpo. a sus reacciones, escudos y fugas. contracción interna lejos de consultas medievales y algo que diagnostique un estado melancólico que prevalece. y sí, temo, igualmente, a perder lo amado, temo a lo detestable en los días de quienes sí temen por las armas, también, no sobre sus cabezas sino sobre las de sus seres y hogares queridos. cadena de contracciones externas.
