(De las horas del día)

José Javier Villareal

Tecate, Baja California, 1959. Su libro más reciente es Retratos de familia (Vaso Roto, 2025).

El 30 de noviembre de 2025, a las 13 horas, ingresé al Museo del Prado.

No tuve que hacer fila, sólo subí unos cuantos escalones, abrí mi bolsa
y pasé por un detector de metales. Me colgué el suéter
y atreví unos pasos mar adentro. En ese momento, en que penetraba
y me acercaba a cuerpos y rostros que no movían un solo nervio, no me dio por
pensar
en Jesús sobre las aguas, no vi la mirada de asombro de sus compañeros
ni la luz del sol sobre la quieta superficie. No pensé en Galilea.
Tampoco vi el manto, las afiladas piedras, los peñascos y las olas.
Los milagros se sucedían como pasajes bíblicos vistos y escuchados
en mi clase de religión.
Era una ciudad que se distinguía entre la niebla.
Los autos de fe, la misma evangelización que tocaba a mi puerta.
Los comercios exhibían sus productos y todos recorríamos los pasillos
cargando nuestra felicidad y esperanza.
Continúo entre los numerosos paseantes que, como yo,
están dispuestos a enfrentar el duro y desafiante rostro de la belleza.
Cuando abres un libro y comienzas a leer poema tras poema, cuando recorres
una sinuosa carretera y no te cansas de contemplar el cielo.
(Las salidas y los paradores donde enfrentar un horizonte que escapa a tu vida diaria,
la que permanece fuera cuando entras al museo; esa ciudad que apenas,
hace unos minutos,
caminabas bajo la sombra de sus árboles, en ese bulevar que te obligaba a ver,
a derecha e izquierda, un paseo cuyas fachadas comienzas a reconocer).
No estuviste ayer. No creciste al ritmo de sus monumentos. Tus bolsillos
ostentan otras monedas que empañan el paisaje que tus ojos escudriñan.
No estuviste ayer, y poco sabes de sus largos días, del frío de su aliento, del hielo de
su voz.
Es decir, estás en el interior del museo, ya saliste de aquel campo o de aquella casa,
ese recuerdo que vas armando como un inmenso rompecabezas. Las flores que no
acaban,
el cielo tan azul que no varía en sus tonos, los tulipanes, el molino
y el arroyo con sus aguas cristalinas donde Ofelia discurre en tu memoria.
No hay aparte que te implique ni guiño que establezca complicidad alguna.
Tú eres uno entre esa multitud que el día de hoy ha decidido enfrentarse a la belleza,
la que reposa a la vista de todos custodiada por guardias que van y vienen de sala
en sala
mientras tú prosigues admirando paisajes y estampas
que has leído o imaginado, vislumbrado, en alguna noche de insomnio cuando las
horas,
como musgo sobre las piedras, rozan la yema de tus dedos.
Están los rostros severos, las delicadas doncellas,
aquellas que te ven o se columpian bajo un árbol frondoso;
las que se hacen acompañar
por extraños personajes;
pero es su mirada, reflejada en el espejo, la que sigue tu huella,
descubre tu asombro, en esa sala donde te encuentras.
También están los santos rodeados del claroscuro de su fe, las vírgenes detenidas
por la imperiosa voz del arcángel, o aquellas otras que velan
esperando la anunciación que ha de cambiarles la vida.
Insisto en los bodegones, en el filo del cuchillo junto a la fruta
donde la pareja se cubre de vergüenza en medio del jardín.
Las madonas y los puertos con sus velas y banderas, los cielos crispados
y los valles apacibles
donde los pastores algunos enamorados
ven sus penas reflejadas en los hilillos de una fuente o en los graves rostros
en la superficie del manantial donde las bestias inclinan sus cuerpos para beber
el agua que se confunde con las lágrimas de sus dueños. Sigues de largo
asediado por tanta belleza.
Te detienes, sabes que Velázquez te espera en una sala ya muy próxima. Vas a la
cafetería
y dudas entre una cerveza o una copa de vino. Mientras bebes piensas en tu vida,
la que quedó fuera, detrás de la puerta, en el pasillo
para abordar la nave que te ha traído hasta aquí, donde te has detenido a pensar
en tu vida pasada,
la única que es dado recordar. Francisco Pacheco, pintor y editor de la poesía
de Fernando de Herrera,
suegro de Diego Velázquez, poeta él mismo; le encarga a su yerno, ya que va a
Madrid,
que no deje de visitar El Escorial y de buscar a don Luis de Góngora, poeta cordobés,
amigo del conde de Villamediana,
y le haga un retrato, mismo, que es de suponer, se encuentra en el Museo de Bellas
Artes de Boston.
Sales de Madrid. No ves y no escuchas. No estás, tampoco
tienes mucha conciencia del tiempo que ha pasado, del sorbo de café, de la última
mirada,
del reloj en el andén y de su rostro reflejado en la ventana del coche.
No hay certeza, pero hace rato que terminaste tu bebida y decides encarar la sala
donde la luz, el color, el equilibrio, la sobriedad, elegancia, mesura, displicencia y
gravedad
han construido un universo donde el poder, la angustia, los celos, el amor y la
ansiedad
han encontrado la belleza de su expresión. Esa fuerza que has buscado a cada
momento,
en cada detalle, en cada mirada; ese anhelo que te ha traído hasta aquí.

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