Animales blancos

Mario Heredia

Orizaba, Veracruz, 1961. Su libro más reciente es La necesidad de las cosas de allá (Atípica Editorial, 2023).

San José en los Altos de Jalisco, el año no importa, pero sí la estación. La primavera corta las manos con su cuchillo helado, hay que trabajar la tierra, hay que romperla para que no nos devore. La casa no es arquitectura, es un hogar donde se trabaja todo el tiempo. Es marzo: las fiestas y las muertes. Nada nuevo en estos pueblos. Vienen los que se fueron y, como cada año, llenan todo de voces y dólares, vienen junto con los que se fueron más lejos, los ligeros de equipaje, los ecos y los murmullos. Y el pueblo, poco a poco, se despereza y abandona, por unos días, ese destino que sus propios habitantes han creado y que nadie puede cambiar. Hay animales blancos que rondan los pensamientos de la gente del lugar al que, se cree, se llega en dos horas desde Guadalajara, pero eso no es cierto, se necesita mucho tiempo, una vida o dos. Los animales blancos no son reales, aunque parezcan, viven dentro de las almas de los  buenos, los que practican los evangelios, los que temen a Dios.

El tiempo no se mueve, ni se fractura, los pueblos no cambian, se embellece la fuente, se ensancha la carretera, llega la televisión, el internet, se ilumina con farolas la plaza, pero no cambia. El trabajo es pesado para los hombres, las mujeres se encorvan y se dirigen al templo, llevan a los hijos a recibir los sacramentos, saben rezar el rosario y guardar silencio. Las mujeres solteras procuran al sacerdote, los niños ofrecen flores a la Virgen y a Dios, y juegan a morir jóvenes. Las culpas deambulan junto a las grandes trocas que llegan desde el otro lado. Hay fiesta y duelo, la historia se repite una y otra vez.  

San José es un pequeño pueblo perdido en los Altos, tierra de lomilargos, es uno y es todos los pueblos del mundo. José María es un cura que, de pronto, se presenta en la parroquia, carga la culpa y se hace cargo de todos y cada uno de los feligreses. Desde niño tiene marcado el horror de la persecución y el hambre. Eran entonces las luchas sociales, el descontento. No había ley. La pobreza hostiga al niño, pocas oportunidades, pero está Dios, la enorme mano del hombre que lo salva, lo educa, lo hace suyo. Por desgracia, no sólo las ideas divinas y los bienes materiales se heredan, también las obsesiones, las oscuras licencias. 

Los muchachos llegan a las fiestas, las camionetas derrapan, los cohetes iluminan más que las estrellas, todo es barullo, todo es borlote que esconde, en esencia, la sangre derramada durante siglos, la que se requiere para seguir adelante. 

José María lo sabe, pero hay un deseo mayor, algo que no puede dejarlo tranquilo. Es esa noche, es la piel joven, es volver a sentir su propio cuerpo, el miedo, el deseo. Es convertirse en la verdad, en Dios. El temor ya no lo detiene, pero sí lo alerta.

San José, los cascos del caballo no dejan de escucharse en todos lados, hasta en el templo donde resuenan con mayor fuerza. Hay un muchacho llamado Alejandro, un muchacho que ha perdido al amor de su vida, pero más que el amor, lo que ha perdido es el camino, la luz, la única tabla de salvación. Ella, la inmaculada, la inaccesible, la mujer ideal, ha muerto. No hay nada que hacer. Dios lo ha decidido. Alejandro entonces ya no puede esconder la culpa que heredó de ese cura que se ha apersonado en San José. ¿De dónde ha venido? No precisamente del cielo, es un ángel castigado, quien debe pagar su culpa en esta tierra. Un alma profanada debe profanar, debe acabar con la inocencia. Eso es lo que se hereda, generación tras generación, hombre tras hombre ¿Será la maldad? ¿El demonio? Los animales blancos no por ser blancos dejan de ser oscuros. Así es la consciencia. Alejandro debe confrontarlo, hay que dejar de lado el miedo al relincho, a la enormidad de la bestia. Hoy debe enfrentarse a él, debe cortar con ese rito, con esa iniciación. Él no será un depredador, él debe matar en lugar sagrado. 

«Dejé el miedo de lado y, por primera vez, no quise ser tú y, entonces, él fue quien debía ser. Me tomó por la espalda y con sus puños recorrió mi cuerpo, arrancó mis palabras, mis ojos los selló con cera y a mi alma la dejó encerrada lejos de ti». 

Excelente novela de Orvin Muñoz, que logra poner a flor de piel las obsesiones y pecados más oscuros de quien la lee. 

Orvin Muñoz
Animales blancos
Veinti6 Veinti8
2025

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