Las cuatro patas

Luis Vicente de Aguinaga

Guadalajara, Jalisco, 1971. Su libro más reciente es Perspectiva descendente (Medusa Editores, 2024).

Como la ropa, que sólo vamos haciendo nuestra conforme la usamos, prueba de lo cual es que va repitiendo con el uso la forma de nuestros hombros, el aroma de nuestros cuerpos o la marca de nuestros hábitos, así también los muebles que nos acompañan al vivir expresan cuánto pesamos, dónde solemos apoyarnos o en qué postura nos recostamos. Nuestra cama, nuestra silla en el comedor o nuestra mesa de trabajo dan testimonio de nuestra presencia de una manera tan íntima que, paradójicamente, podríamos ausentarnos y al mismo tiempo seguir ahí, con ellas, en ellas, en una suerte de transferencia posthumana: en la cama, en la mesa, en la silla.

La nueva obra del artista visual Pedro Escapa es un libro de arte, se parar se, todo en minúsculas y con espacios intermedios. Como puede verse, con el título se designa y también se muestra una separación, la de las partes que forman la palabra «separarse», pero también un retorno: el de la sílaba se, que al ser la última del título es también la primera. Es, igualmente, un extraordinario libro de retratos. Extraordinario, digo, porque nadie posa en ninguna de sus casi 130 fotografías. Los que aparecen retratados, en cambio, son otros tantos bancos, sillones y sillas —ante todo, sillas— de muy diferentes diseños, materiales y colores. Se trata, en particular, de sillas que pintores y artistas visuales en general tienen en sus estudios, manchadas y desgastadas por el uso, a veces rotas y parchadas, y siempre habitadas. Pero habitadas como la casa de un fantasma, es decir: por un residente invisible.

se parar se no es un libro en el que cada foto tenga existencia propia, como si la imagináramos enmarcada y colgada por separado en una colección o en una galería; es más bien un ensayo en el que se van citando esas obras involuntarias que los pintores elaboran en sus estudios y que son los objetos que los acompañan en su trabajo cotidiano, en este caso las sillas que hay en esos espacios, por mucho que, como bien anota Dolores Garnica en el texto que da inicio al volumen, los pintores trabajen casi siempre de pie. En otras palabras, se parar se no es un libro de fotografía, mucho menos el libro de un fotógrafo, sino un objeto de arte conceptual que se mimetiza con ese otro objeto que convencionalmente entendemos como libro de fotografía. En su ensayo, pues, Escapa cita esas sillas como en un ensayo sobre poesía se citan poemas. Ni las sillas son obra de Pedro Escapa ni las fotografías que las registran buscan embellecerlas, sino registrarlas para que giren en una especie de carrusel cuyo orden e intención es, eso sí, obra de Escapa.

El autor, para crear su libro, visitó los estudios de más de cien pintores. Pero lo que registró en sus fotografías no fue la presencia sino la ausencia de los pintores que, de haberles hecho una visita convencional, habrían protagonizado el registro de su paso por ahí. Por ello, es un libro del que los pintores, héroes predecibles de los ensayos sobre pintura, son evacuados para que se haga visible la huella casi siempre accidental, la mancha involuntaria y, en última instancia, la obra que, sin proponérselo, dejan los artistas en los espacios y objetos que hacen suyos.

En algunas de las fotografías aparecen, en segundo plano, los cuadros en proceso que también forman parte del estudio del pintor, pero no son más importantes, para Escapa, que los caballetes, los muros, los pinceles, las mesas o simplemente los ambientes vacíos en los que la silla del pintor comparece, no como un modelo arrogante que nos exige verlo, sino como esas cosas modestas (piénsese, por ejemplo, en los apagadores, las tomas de corriente, las tazas, los focos, los ladrillos del piso) que no pueden sino estar ahí, sabiéndose humildes y hasta un tanto incómodas cuando son vistas. Esas cosas, al mismo tiempo, habían estado esperando, pues esperaban ser nombradas, como nos recuerda Eduardo Lizalde:

Las cosas se distinguen de las cosas aullando,
piden su nombre a gritos,
reclaman su poeta.
Tienen sus cuatro patas
bien puestas en la tierra, las cosas:
mesas, garzas o serpientes,
y dan su flor cuando alguien
las reconoce en el coto cerrado y expansivo
del lenguaje,
premonición de un huerto
donde el agudo olfato distinguiría
los frutos de injertos posteriores.
[…]

Las mesas que saltaron
de la garza al cuadrúpedo
piden cartas, poeta, sobre su espalda lisa
de potros en lentísima carrera,
cuentas claras,
como la silla de Van Gogh
donde se sienta un mundo.

Es inevitable preguntarse, dada la manera como Escapa formula el título de su libro, qué se separa al pararse, al ponerse de pie. Y también es inevitable, desde luego, responder que la silla presente se separa en esas fotos del pintor ausente. Al pintor no cabe ya verlo como entrada en un índice o prócer de una historia, sino como referencia secundaria expulsada del discurso.

La silla, en un mundo pacífico, nos recuerda que merecemos reposar; más aún, que somos dignos del descanso. No lo digo yo; lo dice Pablo Neruda con el placer del que finalmente ha conseguido sentarse:

La paz
comienza
en
una sola
silla.

Ahora bien, si la silla sirve para sentarse, y por lo tanto para estar ahí, la silla de se parar se sirve para irse, para no estar. Más aún: si la silla sirve, si la silla tiene la vocación o hasta el deber de servir, en un mundo hecho a la medida del hombre y para su satisfacción, «para la fuerza perdida / y para el pensamiento», como en la oda de Neruda, esta silla se rebela: no sirve. De la misma forma, si la fotografía sirve, por decirlo así, para ver, en este libro sirve más bien para no ver o, en todo caso, para ver un vacío. 

Pedro Escapa
se parar se 
Con textos de Dolores Garnica, Daniel Garza Usabiaga, Ana Martínez de Buen y una conversación entre Pedro Escapa, Boris Viskin y Jordi Boldó 
Artes de México 
2025
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