Morelia, Michoacán,1982. Su libro más reciente es El último argumento del Rey (FCE, 2024).
Jeff Medina, hombre de letras, necesita dinero. La salud de su padre declina y, aunque no es un gran progenitor, Jeff decide ayudarle. El padre es bebedor, parrandero, culpa a sus hijos por haberle obligado a abandonar lo que, según él, era una carrera musical que lo haría el próximo Pedro Infante. Entre búsquedas laborales frustradas, Héctor, amigo de Jeff, tiene una idea brillante: un aviso de ocasión. Asumiendo que la condena más común de los escritores es corregir textos ajenos en lugar de trabajar los propios, Medina se anuncia como «cazador de erratas». Esa frase bien conocida por todo el que haya trabajado en edición se convierte en un juego cruel del destino. El anuncio de Jeff Medina tiene, sí, una errata. Se le oferta como: «Cazador de ratas».
Lo que antes había sido una vida sin más sobresaltos que la subsistencia alimentaria y los problemas familiares se vuelve de pronto una extraña novela policiaca. Una pequeña confusión lo lleva a aniquilar roedores. Pero una confusión mayor lo pone en contacto con el misterioso Carlos Orton, quien lo necesita para cumplir una misión que pondría a temblar a Philip Marlowe o, incluso, al Gabriel Syme de G. K. Chesterton: Jeff Medina debe infiltrarse en una secta de adoradores de Jorge Luis Borges.
Puesta así la trama, saltan a la vista algunos de los logros de la novela de James Nuño (Guadalajara, Jalisco, 1984): es disparatada y es irreverente. Su trama confía en el complicado recurso del humor. Y los modos de abordarlo van desde el chacoteo de los lugares comunes, hasta la parodia de formas textuales reconocibles. Además de la novela policiaca, está la narrativa en primera persona que evoca la autobiografía y autoficción contemporáneas; hay capítulos al modo de guiones melodramáticos de los años más macizos de la Época de Oro del cine mexicano; hay un ensayo borgiano sobre una casa imposible y un cuento porteño. El humor y la parodia pueden ser armas efectivas, pero tienen el peligro de volverse contra quien los usa. La novela de James funciona porque acepta caminar en este filo de navaja, que también se arriesga a la percepción lectora. En literatura latinoamericana, todo lo que no huela a solemnidad, tiene un tufillo sospechoso.
Nuño sale avante del modo en que sus predecesores lo han hecho. Un caso que se antoja afín sería la forma de repensamiento de la narrativa policial con que Jorge Luis Borges guía «La muerte y la brújula». Con todo, un mejor parangón es el que ya sugería líneas atrás. En El hombre que fue jueves, Chesterton usa al poeta Gabriel Syme como agente encubierto del gobierno. El poeta debe infiltrarse en una organización anarquista que amenaza con una conspiración temible. La trama de Chesterton retoma un tropo de la época: se publica en 1908, el año posterior a El agente secreto de Joseph Conrad. La novela sobre intrigas internacionales con organizaciones siniestras (que Arthur Conan Doyle ya había explorado con su Sherlock Holmes), está en peligro de volverse un lugar común. ¿Cómo renovarla? Chesterton resuelve hacer una parodia: toma una serie de personajes y giros archiconocidos y los convierte en una novela llena de humor e inteligencia.
Guardadas las distancias, James Nuño nos entrega algo similar o que aspira a serlo. ¿No hemos oído ya bastante sobre el padre mexicano que parece un calco oscuro de una comedia ranchera o de Pedro Páramo? ¿No hemos visto ya a la gente de letras atrapada en un problema económico del que sólo puede salir con una tarea inusual? ¿Y las sectas fundadas sobre un secreto arcano? Umberto Eco usó el tema en El péndulo de Foucault, y ya lo hacía en clave de parodia. Amenazan incluso con volverse un lugar común los detectives del neopoliciaco mexicano que cambian la literatura por las investigaciones: está el Zurdo Mendieta de Élmer Mendoza o Evaristo Reyes de Enrique Serna.
James Nuño toma clichés, evocaciones y usa un conocimiento que no es menor sobre la obra de Jorge Luis Borges para hacer una novela inteligente y divertida. Gracias a ello, se acerca a temas de mayor calado, por ejemplo, la paternidad (tanto la biológica como la simbólica; Borges, ese padre literario) o la precariedad en las humanidades. Está, además, el juego formal: una buena trama policiaca (en código paródico o no) arroja más preguntas sobre las pasiones humanas que respuestas sobre los misterios del crimen. Una novela en la que los personajes parecen siempre ocultar algo en lo que dicen ofrece preguntas sobre nuestra pulsión para narrar y nuestra capacidad de leer tanto el texto como el mundo. Esos intersticios en donde las cosas no quedan claras, pero hay que interpretarlas, lejos de ser puntos ciegos, se convierten en puntos luminosos desde los que se pueden ver simultáneamente varios aspectos del mundo sin superposición y desde todos los ángulos. Y también, con goce literario.

Cazador de [er]ratas
Textofilia Ediciones
2024