Unos jardines ajenos para leerse como propios

Diana Isiordia

Guadalajara, Jalisco, 1995. Su publicación más reciente es «La escritura: testigo, viaje y catarsis» (revista Katabasis, 2025).

Después de varios años de haber sido concebidos y labrados, llegan a la materialidad Los jardines ajenos de Baudelio Lara (Teocaltiche, Jalisco, 1959). La más reciente obra del poeta, ensayista y crítico de artes visuales se arraiga en el escenario poético tapatío como parte de las novedades de Mantis Editores. El autollamado «víctima profesional del síndrome del impostor» nos comparte después de doce años de ausencia editorial (que no de escritura) este ejercicio de poesía observacional que se comunica con su obra previa. Luz a tientas (1991), su primer poemario, hacía evidente una cierta preocupación por la existencia en un tiempo y espacio determinados, al igual que una sensibilidad que conduce a la exploración —y viceversa—, que son recurrentes en su obra. 

Si bien todos los jardines invitan a la contemplación, estos se atreven a ir más allá, pues los encuentro como una invitación a observar, involucrarse y aprehender. En ellos se concentra lo liminar como un espacio de cultivo para las existencias olvidadas y se construye una perpetua llamada a la observación de aquello que sucede «entre las grietas de la incertidumbre». Estos jardines parten del fenómeno natural de desaparición entre la multitud, sin dejar de resaltar la ironía de tal suceso, ya sea que los protagonistas de este sean plantas ruderales, migrantes o asesinados cuyo caso sigue sin resolverse. El poeta medita sobre este ciclo que no se detiene y afecta a criaturas alienadas, no deseadas en el ojo público, cuya existencia suele ser transgresora y efímera al mismo tiempo. 

El libro se nutre de diferentes matas, pues los poemas en verso o en prosa pueden verse acompañados de entradas descriptivas, nombres científicos, así como de reconstrucciones de testimonios de la masacre de San Fernando, comunicados, notas sobre el asesinato de Guillermo Fernández, un ejercicio escolar que circuló en redes o un cartel de búsqueda de desaparecidos. En las seis secciones («Liminar», «Miedo a la oscuridad», «Ruderales», «San Fernando 2010», «Ascenso al Xinantécatl» y «Letras para una ronda infantil») que componen el poemario se reflexiona sobre vidas que «florecen en las junturas del aire», esos espacios inesperados y volátiles donde encuentra lugar aquello que se excluye por la sociedad. Pareciera que estas vidas estuvieran condenadas a ser entes olvidados, testigos mudos y eternos: «ojos/ hoy / apagados // Ven / siguen / mirando». 

En esta obra, la poesía se trenza y crece como notas entreveradas sobre una realidad observable. Ya en Duermevela (1994), Lara planteaba la poesía como testigo contenedor de la fugacidad y resaltaba que la perspectiva juega un papel fundamental en el entendimiento del mundo. Estos jardines atestiguan que una existencia perturbada, a la vez que perturbadora, no deseada y breve no pierde su cualidad de existencia. Contra todo pronóstico: es. La presencia de dichas existencias muestra que incluso la muerte es un mayor reto para los que escapan a la regla: «Morir es un trabajo duro, más aún para una fibra como la suya que desafiaba la montaña y la nieve». La perspectiva se retoma aquí en entender, subjetivamente —como hacía Benveniste—, que el yo y el tú son existencias complementarias: «uno es // solo / por otro / rayo del sol / que nos mira // desde su mundo».

La poda de estos jardines ha sido cuidadosa, en ellos se aprecia un trabajo de investigación y una búsqueda de la especificidad que no desdeña la complejidad de la realidad de la cual parte, mientras reafirma el compromiso con el oficio poético. Con una adenda y referencias (hábito que ya aparece en El ángel ebrio de 1998) el poeta reconoce la relevancia del origen de los datos y ejerce con ética el uso de la información ajena. En esta suerte de epílogo, se detallan los autores, los sujetos y las fuentes. Estas secciones adicionales ilustran que la observación del poeta no está contenida al mundo físico, ya que los no lugares también son espacios sociales observables —como Wikipedia o Facebook—. También abonan a reflexionar sobre lo efímero de la virtualidad: algunas fuentes originales ya no existen, pero no por eso dejan de ser registradas.

Leer estos jardines me recuerda a la palabra como responsabilidad y al encuentro con el ser de cara a la superficialidad social, presentes en Aquí no hay un bosque (2013), pues el fenómeno del que se alimentan se da en medio de una sociedad que decide ignorarlo. En una época donde la banalización de la palabra es materia de rutina, Lara propone a la poesía como testigo (que bien podría ser mudo) y al lenguaje como objeto de reflexión —noción que se encuentra en su Alfabeto inconcluso (2025)—. La poética de Lara hace palpable el hecho de que la palabra se resquebraja si no tiene lugar de resonancia, así como que la conversación y la poesía son espacios donde la palabra florece. Si estos seres liminares necesitan un lugar donde ser nombrados y vistos con perplejidad, pueden (al menos) encontrarlo en estos jardines.  

Baudelio Lara
Los jardines ajenos
Mantis Editores
2025

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