Juan Kraeppellin. Un diálogo entre lenguajes interestelares

Baudelio Lara y Rubén Méndez

Baudelio Lara, Teocaltiche, Jalisco, 1959. Su libro de poesía más reciente es Los jardines ajenos (Mantis Editores, 2025).

Rubén Méndez, Guadalajara, Jalisco, 1960. Dirige la colección Alma Colectiva de la familia López – Martínez. 

La idea de que coleccionar arte consiste simplemente en acumular objetos artísticos es, por lo menos, insuficiente. Omite que recopilar a largo plazo la obra de uno o varios autores se basa, muchas veces —al margen de los intereses del mercado—, en el despliegue de una intención en la que diversas circunstancias se entrecruzan misteriosamente: azar, necesidad, destino. Una de esas eventualidades es el hecho de que, al seleccionar una obra, casi siempre el coleccionista elige y resignifica también a su creador, ya sea de manera temporal o permanente. Otra, que coleccionar es un proceso dinámico que afecta por igual a quien colecciona que a los artistas. En efecto, a partir de la primera adquisición, a sus ojos, tanto la producción como el artista se convierten en interesantes y atractivos objetos de atención, al tiempo que la compilación de las obras se va transformando en un complejo pasatiempo y en una sofisticada forma de conocimiento, además de un eventual negocio.

En ese sentido, asumiendo que un coleccionista no es otra cosa que un primer espectador que decide hacer suya una determinada pieza, reunir un conjunto de objetos artísticos puede observarse sobre todo como una relación, esto es, como la interacción peculiar que una persona establece con un cuerpo de obra en tanto espectador privilegiado, proceso que no pocas veces se transforma en una experiencia de vida basada en el gusto, la sorpresa, la admiración, la filia o el simple capricho. En esta relación confluyen intereses, perspectivas y visiones del mundo, a veces articulados alrededor de ciertos temas, a veces contradictorios entre sí. Esto hace posible, entre otras cosas, que una colección sea capaz de generar múltiples lecturas y relatos, motivo por el cual también puede constituirse en un referente significativo de la historia cultural de una comunidad o de una época.  

Integrada a lo largo de más de cuatro décadas, la colección Aguilar Martínez-Negrete ha evolucionado —como afortunadamente otras más en Guadalajara— del entusiasmo incondicional de una sola persona, el arquitecto José Aguilar Valencia, hasta convertirse en patrimonio y proyecto cultural familiar y comunitario. En su gran mayoría, está conformada por pintura, dibujo, gráfica, fotografía, escultura, documentación y memorabilia del artista Juan José Ávila Aceves (Guadalajara, 1948-2009). Creador disruptivo y fascinante, Juan Kraeppellin, como solía llamarse, dedicó su vida a construir un personaje sui generis que se erigió como icono contracultural y artista inclasificable en el contexto de una ciudad tan conservadora como lo era la capital tapatía en el último tercio del siglo pasado y, como en algunos aspectos, lo sigue siendo todavía. 

Situado en los márgenes, su temperamento contradictorio alternaba entre el bufón urbano y el chamán esotérico obsesionado por el Necronomicón, el Shabd y la alquimia; entre el dandy punk que vestía sacos y mallones estrafalarios y usaba pelucas rubias o platinadas que recuerdan a Warhol y el tímido asceta al que que gustaba observar la ruta lenta de los caracoles ascendiendo en su tina de baño; entre el erotómano que poblaba su arte con seres andróginos, figuras ambivalentes y referencias sexuales explícitas —lo que cuestionaba las barreras de identidades, especies, clases y géneros—, y el narcisista ególatra que se autorretrataba con frecuencia en sus cuadros pero que prefería esconderse en la soledad introspectiva de su «cubil» creativo. Todos estos atributos discordantes de raíz dadaísta y surrealista, además de su pionera actividad performática, encontraban sentido en un propósito más alto: el de provocar al espectador y transgredir las normas sociales y estéticas, lo que a los ojos de los demás podía tratarse lo mismo de una forma seria y antisolemne de entender el arte que de una mera ocurrencia relajienta.

En este contexto, la exposición Lenguajes interestelares tuvo dos protagonistas necesarios, uno temático, Kraeppellin, y otro fundacional, José Aguilar Valencia —así como su familia, en tanto promotores y custodios de la colección— en sus papeles correspondientes de creador y de coleccionista-mecenas, los cuales a veces parecen combinarse. Si bien Aguilar Valencia desempeñó el papel de coleccionista de manera natural, sin proponérselo, también desplegó diligentemente una ética del cuidado con respecto al artista tapatío en la que el mecenazgo devino con el tiempo en una amigable complicidad. En esta relación, los elementos en juego fluyeron y se confundieron, se conectaron y entrelazaron, al grado que podría decirse que encuentran paralelismo con los temas, el estilo y la colorística distintivos de la obra de Kraeppellin. 

El guion curatorial se basó en una especie de regreso a las fuentes de esta relación, la cual tiene como primer resultado una destacada representación de temas eróticos, asunto esperable si nos remitimos a la figuración del artista tapatío, pero que también está estrechamente relacionada con la sensualidad y el hedonismo de las formas abstractas y la excéntrica paleta con la que Kraeppellin desarrollaba otros temas, como sus paisajes marinos y siderales. La decisión curatorial de mostrar las piezas favoritas del coleccionista, remite de igual modo a la fascinación inicial que hizo que la colección pudiera tomar cuerpo. El propio Aguilar Valencia recuerda que la colección comenzó con la compra de la pieza Desnudo ultraterrestre (1977), «una pintura sobre tela toda en blanco excepto [por] dos pequeños salientes de la misma tela sugiriendo dos pezones femeninos», gesto pictórico que al novel coleccionista le pareció «muy estético y contemporáneo». El título de la exposición alude a una atmósfera en la que se respira confabulación. Ambos personajes participaban de una suerte de juego dadaísta en sus conversaciones. Hablaban en boruqués, idioma imaginario y personal derivado de «boruca», cuyo significado en México se refiere a hacer ruido confuso, escándalo, o a producir murmullos o sonidos inconexos, como el lenguaje de niños al aprender a hablar o como el griterío de una muchedumbre en un contexto de protesta o conspiración. 

Kraeppellin se consideraba a sí mismo «un ser místico, espiritual y sumamente hedonista». La belleza inquietante y convulsiva de su obra y el carácter disruptivo de su personalidad no intimidaron al coleccionista; por el contrario, este rasgo pareció constituirse en el referente de una perdurable fascinación. Consideraba al artista como «un amigo, un gran dibujante, un gran pintor y un extraordinario escultor», imagen que no le impidió sostener una visión clara y trascendente sobre su papel social y comunitario, pues consideraba que las obras de la colección «podían elevar el valor cultural […] de las actuales y futuras generaciones, principalmente de los jóvenes» quienes tenían «razonablemente [el] derecho» de apreciar su valor artístico y sus diversos mensajes ideológicos. 

La colección Aguilar Martínez-Negrete muestra el temperamento de Kraeppellin como creador, pero al mismo tiempo dice mucho de los motivos y la mirada del coleccionista como mecenas y como persona. En ese sentido, una de las posibles lecturas que nos ofrece la exposición es observar cómo, pese a que el periodo en que se conformó la colección estuvo atravesado por episodios oscuros y turbulentos, estas dos figuras, que bien podrían haber sido antagonistas o no haber cruzado nunca sus caminos, construyeron una larga y amistosa complicidad. En la historia cultural de nuestra ciudad, estas dos personas consiguieron encarnar una dualidad que es singular en el amplio sentido de la palabra, un espejo bidireccional donde ambos se reconocieron en su más íntima naturaleza. Se trata de una suerte de moderno mito de los gemelos, separados al nacer y antagónicos, pero cuyo encuentro trascendió convencionalismos y prejuicios de la época, gracias a que, entre otras cosas, se atrevieron a confrontar ellos mismos los límites de sus propias visiones y lenguajes. 

Lenguajes interestelares 
Una muestra con piezas de Juan Kraeppellin 
Curaduría de Ana Aguilar 
Estudio Parque Juan Diego, Parque Juan Diego 351 
Chapalita, Guadalajara 
28 de enero-28 de abril 2026

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