Las celebraciones de Brad Mehldau

Alfredo Sánchez Gutiérrez

Ciudad de México, 1956. Su libro más reciente es Música de Fondo. Ensayos sin género ni geografía (Universidad de Guadalajara, 2025).

A Mónica Maristáin,
in memoriam

Brad Mehldau (Jacksonville, Estados Unidos, 1970) se la ha pasado celebrando la música de otros. También ha creado la suya propia, cómo no, pero en su repertorio ocupa un lugar privilegiado la inspiración que obtiene al reinterpretar —nunca mejor usado el término— lo que otros han compuesto. Mi primer acercamiento con él fue hace años: con absoluta fascinación miré en video su compleja versión de «Martha My Dear», de Paul McCartney.  Ya en su disco de 1997 The Art of The Trio Vol. One incluyó su versión a «Blackbird», pieza casi infaltable en sus recitales. Ese amor por los Beatles se expresó sin cortapisas en su disco a piano solo de 2023, Your Mother Should Know, colección de piezas de Lennon & McCartney, desde «I’m the Walrus» hasta «Golden Slumbers» pasando por casi todas las épocas beatleanas (y con un bonus track: «Life on Mars» de Bowie).  Pero no sólo se ha ocupado del famoso cuarteto inglés: el espectro de sus versiones abarca a artistas como Bob Dylan, Fiona Apple, Jaques Brel, Jeff Buckley, Kurt Cobain, Paul Simon, los grupos Rush o Radiohead y el más bien oscuro compositor de Nebraska, Elliot Smith, músico de los llamados de culto quien murió apuñalado a sus apenas 34 años en circunstancias nunca bien aclaradas y por quien Brad Mehldau ha sentido una fascinación evidente. A él le dedicó su disco de 2025, Ride into The Sun, en el cual hace una apropiación mayormente instrumental de sus composiciones.  El disco no ganó, aunque estuvo nominado al Grammy 2026 en la resbalosa categoría de jazz alternativo.

¿Qué debe tener una canción para que sea considerada por Mehldau digna de ser celebrada? Alguna vez ha dicho que solamente toca canciones que ama, no importa que hayan sido compuestas por John Lennon o Cole Porter, no importa si son melodías pop, siempre que sean buenas, sólidas. Y también está claro su interés por actualizar el american songbook, como el que existe con canciones de Gershwin, Porter, Rodgers y Hammerstein, Jerome Kern y otros de la primera mitad del siglo XX. Y si bien tiene varios discos en formato tradicional de trío de jazz y ha tocado en otros de jazzistas tan importantes como Joshua Redman, Wayne Shorter, Charlie Haden, Pat Metheny, Lee Konitz, Chris Potter o Antonio Sánchez, no solamente se ha dedicado al jazz y sus alrededores sino también a la llamada música culta: en los años recientes publicó un disco inspirado por la música del francés Gabriel Fauré y dos más donde retoma a su modo la música de Bach. La evidencia muestra que Mehldau es un artista curioso y dispuesto a cruzar fronteras, cosa no siempre frecuente entre quienes tienen una formación como jazzistas. Y además es un músico reconocido cada año por revistas especializadas.  

Pero si pensamos que todo en su vida ha sido cuesta abajo nos equivocamos. Por recomendación de la fallecida periodista argentino-mexicana Mónica Maristáin, conseguí el libro Un canon personal, donde el pianista recorre los primeros 26 años de su vida y relata, a manera de Bildungsroman —o novela de aprendizaje— diversos pasajes de su vida y formación musical. Melhdau, quien fue un niño adoptado, cuenta episodios de bulling escolar, abusos de un maestro, la búsqueda de su identidad sexual y la grave adicción a la heroína de la que logró librarse con muchos trabajos. Un periplo a veces escabroso, con altibajos, episodios traumáticos, interacción con muchos músicos en escenas competitivas. Hoy es un feliz hombre casado, padre de tres niños, pero para llegar ahí tuvo que atravesar un camino empedrado que por fortuna siempre estuvo acompañado de indudable talento musical.

Como dice Ted Panken en un artículo-entrevista en la revista Down Beat:

[Melhdau]…combina géneros literarios (ficción transgresora, autobiografía confesional, teoría crítica, historia social, crítica musical) con la fluidez interdisciplinaria que aplica a sus narrativas mezcladas en notas y tonos. Hay descripciones minuciosamente detalladas del trauma infantil, su formación musical temprana, su adicción a las drogas (que se intensificó desde el cannabis como «un mecanismo de afrontamiento diario que me ayudó a superar la escuela secundaria» hasta la adicción a la heroína que lo consumió a mediados de la década de 1990) y su «sexualidad fluida». 

En el libro habla también de sus intereses filosóficos y literarios que se han traducido en música.  Por ejemplo, en su disco de 2023 The Folly of Desire, realizado junto al formidable tenor Ian Bostridge, musicaliza textos de Shakespeare, Auden, e. e. Cummings, William Blake, Goethe.  Previamente se había asociado con las célebres sopranos Renée Fleming y Anne Sofie Von Otter en un par de discos en formato piano/voz: con la primera, musicaliza a Rilke; con la segunda, versiona canciones de amor de autores disímbolos: de Joni Mitchell a Leo Ferré; de Michel Legrand a Richard Rogers.

Brad Mehldau es aún un hombre joven, 56 años en agosto de 2026. Son factibles, por lo tanto, nuevas audacias musicales cuyo rumbo preciso aún es incierto. ¿Discos muy personales y eclécticos como el espléndido Jacob’s Ladder? ¿Orquestaciones ambiciosas como las de Highway Rider? ¿Piano intimista, musicalizaciones de poetas clásicos, nuevos abordajes a su personal cancionero americano, colaboraciones con colegas virtuosos, experimentaciones electrónicas, nuevos acercamientos a compositores renombrados? Todo ello y aún más cabe esperar, todo ello será motivo de gozosa celebración.

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