Guadalajara, Jalisco, 1973. Es autora de Cien voces de Iberoamérica. FIL Guadalajara 35 años (con fotografías de Maj Lindström, Universidad de Guadalajara, 2021).
Salimos contentos en aquellas fotografías, aunque el preciado flash automático de la cámara nos haya sacado con los ojos rojos, un poco diabólicos. Éramos felices porque, pese a las crisis económicas, teníamos fiesta de cumpleaños y nos organizaban una reunión en la sala de la casa. Apreciábamos incluso los gorros de cartón que, estampados con dibujos cursis, se sujetaban a nuestras cabezas con una liga finísima, que nos estrangulaba y dejaba el pescuezo maltrecho, ardoroso. Éramos felices sin importar que a ninguno de nuestros invitados se le ocurriera llevarnos un regalo de cumpleaños.
Nos bastaba con un barrio de rodillas ennegrecidas. Con un barrio y un pastel.
Por eso, en aquellas fotografías aparecen, atrapados en la maldición del tiempo, en el centro de la mesa, el bizcocho de naranja decorado con betún de claras de huevo y lunetas de colores y, a su lado, una olla de aluminio con leche hervida. Alrededor de la mesa están las niñas y los niños, todos con su gorro asfixiante, todos con las rodillas embarradas de libertad, todos serios porque una fotografía era un asunto solemne, perenne. Aparece mi madre, hermosa, siempre vestida para fiesta, con sus ojos de gata y la boca muy roja. Mi padre nunca sale, tal vez porque él se encuentra detrás de la cámara.
No me acuerdo si las piñatas se rompían antes o después del pastel, ni qué forma tenían, pues lo importante era romperlas, tan duras, y lo que había adentro de ellas, aunque no hubiera gran cosa. Había mandarinas, que por supuesto despreciábamos; cañas para pelar con las muelas, que algunos se animaban a agarrar; colaciones a granel, que nos tragábamos enterregadas, y dulces ácidos con un pedazo de tamarindo en el interior. Como las golosinas no eran para todos los días, nos dejábamos caer sobre los tapalcates de barro de la piñata rota. Era obligatorio librar una breve lucha con los invitados. Nadie se quejaba de los raspones y el pleito acababa en cuanto el último dulce desaparecía del suelo.
Las calles de mi barrio eran de tierra. Había muchos lotes baldíos, muchas vecindades miserables en las que jugábamos escondidas. En la fiesta más lujosa a la que fui en mi niñez, desfilaron unas bandejas con manitas de puerco en conserva. Mi papá, que tenía el defecto de ser vegetariano, se me acercó, para decirme al oído, no vayas a agarrar eso, es puro veneno. Lo obedecí mientras veía la expresión placentera de mis vecinos mientras se envenenaban. Ha sido uno de los momentos más traumáticos de mi vida. No por la veda —aquella tarde decidí que mi primer acto de rebeldía de la adolescencia iba a ser llenar el refrigerador de manitas de cerdo—, sino porque mi papá, que era comunista, me dio la libertad de tomar cocacola, aunque enseguida me dio la noticia falsa más popular de los años ochenta, que a una señora de nosédónde le salió un dedo humano en una coca.
El último sábado de noviembre de 2005, Camila cumplió tres años y me descolgué a las dulcerías de Santa Tere, dispuesta a comprar lo más barato que me encontrara para celebrarla —trabajaba como periodista.
No tenía experiencia en fiestas infantiles. Desde que dejé de ser niña había perdido el interés por completo. No me arrepiento de haber invitado nada más que a mis sobrinos e hijos de mis amigas aquel día; eran pocos, pero no tardaron en exhibir su perfidia, muy temprano, en cuanto pudieron hablar entre ellos. Entonces me rodearon deveras con mala saña cuando iba saliendo del baño, al mismo tiempo que me cuestionaban de qué se trata esta fiesta, tía. Querían saber por qué la piñata era de Barni, pero las bolsas para bolos de Cars, el mantel de los Backyardigans y el pastel de durazno del Aurrerá de Avenida México. Regina reclamó todo debe ser de lo mismo, tía, esta no es una fiesta de verdad. Me quedé con ganas de azotarlos con el palo de la piñata. Me contuve: ellos habían llevado regalos y sus irresponsables madres suficientes bebidas espirituosas.
No hubo una gota de alcohol en aquella fiesta infantil, en una terraza del fraccionamiento Rinconada de San Isidro, en Zapopan. Sólo agua fresca, de jamaica, y hielo; mucho hielo porque era enero, sábado 25 de enero de 2014, pero hacía calor. En las fiestas infantiles hace calor, todo el mundo lo sabe, y ese día sobraban los niños.
A media tarde, el calor y los brincolines llevaron a los invitados al agua de jamaica y el agua de jamaica, a la necesidad de hielos. Los hielos llevaron a la locura.
Fue un festejo inolvidable. Aquella noche de sábado, cuarenta personas se llevaron una fiesta no deseada a su casa, y quince terminaron en el hospital: once de ellas eran niños y niñas de entre dos y doce años. En todos los casos, el diagnóstico inequívoco fue intoxicación por anfetaminas y metanfetaminas.
Ice, le dicen a las anfetaminas y, casualidad o no, había mucho diluido en la bolsa de hielos que se ofrecían a los invitados en recipientes hondos, y con los que se había enfriado un garrafón de agua de jamaica.
Mi psicoanalista tiene la hipótesis de que me hice periodista cuando mi papá me invitó a beber cocacola y luego me contó que a una señora le salió un dedo humano en una coca. Lo de los hielos no era fake, como ahora les decíamos a las noticias falsas. Los asistentes a la fiesta de Rinconada de San Isidro tenían a la vista los análisis clínicos que les habían practicado a ellos y a sus hijos en los hospitales públicos o privados a donde acudieron tras la fiesta. Y los análisis clínicos decían que ellos y sus hijos estaban intoxicados con anfetaminas: en cada mililitro de sangre tenían entre 2100 nanogramos de metanfetaminas y 2150 nanogramos de anfetaminas. Eso era apenas un poco menos que los que tenía Aide Méndez, una estadounidense de 23 años que en enero de 2011 había pasado a la fama por acribillar a su familia antes de suicidarse.
La mañana que me dieron las entrevistas, impotentes porque los policías investigadores de la Fiscalía se burlaban de ellos, un nene de seis años recién había sido dado de alta de un sanatorio, tras una crisis que incluyó alucinaciones y conductas autolesivas. El más pequeño de los que se intoxicaron recién había cumplido dos años; fue él quien dio la señal de alarma, alrededor de las diez y media de la noche; sus movimientos compulsivos, involuntarios, eran difíciles de ignorar.
A esa hora, como todavía se han de acordar quienes lo presenciaron, un enfermo renal en diálisis que había llegado en silla de ruedas y chupó un hielo para quitarse la sed, daba saltos en un brincolín, contra los reclamos maniáticos de su mujer.
Una de las pocas personas que libró las anfetaminas el 25 de enero de 2014 fue una mujer llamada Margarita Márquez, una viciosa de la cocacola. La suya no podría llamarse buena suerte, porque de pronto se encontró entre un grupo de personas que hablaba incoherencias, niños que se arrancaban las uñas y ancianos que deseaban escapar corriendo de la terraza.
No recuerdo quién rescató las bolsas de hielo, en las que quedaba apenas un poco de líquido, para llevarlas a una agencia cercana del Ministerio Público, donde alguien las tiró, dijeron, pensando que eran basura. Eso dijeron.
Antes de las terrazas de fiestas, los cumpleaños temáticos y el tráfico de anfetaminas, existía el milagro del cine. El milagro lo hacía mi padre, cada cumpleaños, Navidad y periodo vacacional, si lo agarrábamos de buen humor. A manera de cortina, colgaba una sábana blanca que decía ISSSTE en la ventana principal de la casa, que daba a la calle; sacaba su proyector de carrete, ajustaba su altura con libros, tablas o ladrillos, apagaba las luces y hacía correr un fragmento de diez minutos de alguna película. Nunca se hizo de una cinta completa, así que siempre vimos los mismos diez minutos de dos o tres películas. Nunca nos aburríamos y, algunas veces, venían niños de otras calles para ver la proyección desde la calle. Calle Bosque se llama.
Así terminaban todas las fiestas infantiles en la casa, con la sensación de una historia de la que nunca conoceríamos más que diez minutos que sabían a felicidad.
Luego vinieron las terrazas y el fondant y las rodillas limpias y una sensación de que el mundo ya no es suficiente. A veces, en las fotos que les tomo a mis hijos y sobrinos, busco en el flash ese reflejo diabólico en sus ojos. Ya no aparece.
