Bombay, India, 1966. Su libro más reciente es Identitalie / Identitalies (Vita Activa Nuova, 2024).
TRADUCCIÓN DEL ITALIANO DEL LABORATORIO TRĀDŪXIT
A veces quisiera ser huérfana. Es terrible decirlo, lo sé. No soy una ingrata, tal vez me expresé mal. Quiero con locura a mis padres, lo juro. Sólo quisiera que fueran… diferentes. O sea, normales. Como los padres de todos los demás compañeros de mi salón en el Liceo Pertrarca. Tengo 16 años y vivo en Milán, diablos. No puedo no ir a la disco, no puedo no hacerme un piercing, no puedo no tener novio —lo hacen y lo tienen todas mis amigas. Estoy harta de inventarme excusas para no decir la verdad. Mis padres son Picapiedra indios que creen que todavía viven en una choza de lodo en el oscuro pueblo de Mirapur, en el centro de la India, con sus dos vacas y tres cabras. En cambio, desde hace más de veinte años viven aquí, en el centro de Milán. Pero para ellos no ha cambiado nada. En su interior viven todavía en medio de la peste del estiércol de vaca, la humedad espantosa de las lluvias monzónicas y también, tengo que admitirlo, el perfume de los árboles de mango en flor. Es más, para ellos una casa con agua corriente, un cuarto de baño interior y un refrigerador parece no hacer diferencia. Casi casi añoran tener que ir a sacar agua del pozo, la costumbre de levantarse de madrugada para dar de comer a las gallinas, el enorme esfuerzo bajo el sol abrasador en los campos. No obstante la larga estancia en Italia, mamá se viste siempre al estilo indio, luciendo un sari llamativo tras otro, se peina siempre al estilo indio, cocina siempre al estilo indio, habla siempre indio. Apuesto a que si hubiera una forma de roncar al estilo indio, lo haría.
Mi padre, en cambio, en verano y en invierno usa siempre el mismo suéter azul violáceo con escote en V, demasiado ancho en los brazos y demasiado apretado en la panza prominente. Ya no le quedan pelos para peinar o aceitar desde hace un buen rato. Si bien habla un italiano comprensible, aún piensa como campesino indio.
A veces su obstinada nostalgia me vuelve loca.
—¿Entonces por qué te fuiste de tu pueblo si era tan «padre»? —pregunto exasperada cuando papá se despatarra frente a la tele en el sillón de terciopelo verde algo raído y descolorido, con la huella indeleble de su nuca en la cabecera. Mi papá y su sillón verde viven en simbiosis y han acabado por parecerse. Papá es tan grande y está tan flácido como el sillón, y día tras día la vida va borrando una parte de él como él lo hace con los apoyabrazos desgastados de su querido receptáculo. Menos mal que, aparte de la nariz chata, no me parezco en nada a él. Me parezco más a mamá: alta, delgada y de color miel de castaño (eso dice mi novio). Con su sudor de trabajador honrado, y el coraje de un hombre que llegó a Italia con visa de turista y cincuenta mil liras, actualmente dueño de la empresa de limpieza Shakti («quince empleados y cien millones facturados, libres libres, ¡pura obra mía!»), papá piensa dejar su huella indeleble en Occidente. Pero no se da cuenta de que la suya es una huella que se borrará en cuanto regrese a su querida Mirapur para admirar a sus dos vacas y tres cabras y construirse una nueva choza de lodo después de cada monzón.
—¡Pero mamá, no puedo andar por la calle con las trencitas aceitadas!
—Sí que puedes —contesta mi madre. Su voz es firme, mientras con su mano de prestidigitadora da vuelta al pan indio en el aceite hirviendo—. Ya que arruinaste tu bonito pelo con este estúpido color vas a tener que remediarlo de alguna manera. Un poco de aceite de coco le volverá a dar brillo.
—¡Pero si todas las mujeres indias se ponen henna en la cabeza!
—¿Y tú qué sabes? Nunca has estado en la India.
—¡Me lo dijiste tú!
—Claro. La henna. Que es una planta india y hace bien. No como esa cosa que te hicieron. Parece que un pavorreal enfurecido te picoteó la cabeza.
—Se llaman luces rojizas, mamá. Y están de súper moda. Todas mis amigas las tienen. Samantha las tiene igualitas.
—Ah, esta noche cuando vea a Samantha ¡vas a ver lo que le voy a decir!
—¿Con que ahora los pavorreales atacan a los seres humanos? Pensaba que eran animales tranquilos. Son tan bonitos.
—¿Tú qué sabes, a ver? Si ni siquiera has visto nunca a un pavorreal en vivo.
Es cierto. Sólo tenemos en la entrada un jarrón chino dizque antiguo, lleno de plumas de pavorreal un poco empolvadas. Que yo recuerde no he visto un pavorreal ni siquiera en el zoológico de Milán. Para mi madre la causa de la gran tristeza del mundo occidental es esta: los jóvenes no crecen hombro con hombro con las demás criaturas del Señor. Quizá su desenfrenada pasión por los animales venga del hecho de que ella misma parece una mangosta. No me pregunten ahora cómo es una mangosta porque tampoco he visto nunca una mangosta, pero sé que es así porque mi padre me ha contado miles de veces sobre las mangostas en su aldea en la India. Son exactamente como mi madre: astutas y de movimientos rápidos y nerviosos.
—Sam es mi mejor amiga. ¡No te atrevas a decirle nada!
—¡Amiga! ¡Qué amiga es la que te convence de arruinar tu hermoso pelo largo y negro! Y además tienes el descaro de llevarlo suelto. Parece que traes una escoba oxidada en los hombros—. Mamá y la tetera bufan al unísono. —Ahora que si no te pones aceite en la cabeza, les voy a hacer curry de pollo a Samantha y a ese amigo suyo, Makku, para cenar hoy — amenaza.
—Marco, se llama Marco.
—¿Makko?
—Ma-R-co. Es un nombre italiano súper común y súper banal, mamá. Y te ruego, te suplico, ni en broma digas que vas a hacer curry. Te prometo que me voy a echar una botella entera de aceite de coco en la cabeza durante el fin de semana. Por hoy déjame ir así a la escuela.
Mis lloriqueos llegan a los oídos de mi padre que se está tragando diez litros de té con especias y una tonelada de pan indio con una serie de verduras asfixiadas en aceite, cúrcuma y semillas de mostaza.
—¡Anandita! —mi padre alterna un rugido con una serie de eructos picantes—. ¡Ven acá! ¡Déjame verte!
Me arrastro de la cocina a la sala y me siento en mi lugar en la mesa.
Me sirvo un poco de salvado con leche en un tazón y añado azúcar, sin
mirarlo.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Qué es ese cuento de no querer ponerse aceite en el pelo? Mi madre se puso aceite de coco en el pelo toda la vida y cuando, descanse en paz, nos dejó a la venerable edad de setenta años, aún lo tenía largo, lacio y totalmente negro.
—Ya sé, ya sé —suspiro. He oído la historia de la abuela Rupa por lo menos un millón de veces. —Entonces, si ya oíste todo, ¿por qué me lo preguntas? Ya lo sabes, ¿no?
Mi padre cambia de tema y se echa otro medio litro de té con la gracia de un jabalí.
—¿Por qué comes estas porquerías? —me pregunta, acercándose el tazón con cara de asco, como si lo hubiera visto lleno de gusanos.
Se lo quito y le respondo molesta:
—Nadie te está diciendo que te lo comas, y si de veras quieres saber por qué me lo como, me lo como porque hace bien.
—¿Este estiércol de conejo hace bien? Ahora entiendo por qué vas por ahí con esa cabeza mitad roja y mitad negra como una cebra insolada. Con razón tienes la cabeza llena de aserrín si sólo comes esto. No sé de dónde sacas energía para estudiar. Unas buenas verduras con unas rebanadas de pan indio frito —eso es lo que hace falta para empezar bien el día. Y mira cómo te pavoneas con estos pantalones de pata de elefante. Los usaba yo hace treinta años cuando llegué a Italia, pero ya entonces me daba pena. ¡Parece que te da gusto ir por ahí como tu pobre padre que vino a buscar fortuna a Occidente con una maleta de cartón en la mano!
No le respondo. No tiene caso gastar aire. A fin de cuentas, ya sé cómo va a acabar: voy a tener que tragarme la historia de cómo hizo dinero de la nada, de cómo debo estar agradecida de tener un padre que fundó una empresa de limpieza que trabaja nada menos que en los Ministerios — algo nunca visto antes, nunca habían confiado en una empresa dirigida por un extracomunitario. Mi padre lo había logrado. De Mirapur a Milán, un largo camino cuesta arriba. Y yo debía seguir el ejemplo, bla, bla, bla. Todo eso interrumpido por largos silencios durante los cuales se rascó las orejas, se masajeó la panza y los pies, hizo ruidos de flautista desafinado para liberarse de las verduras que se le habían atorado en los dientes.
Y al final la amenaza de siempre:
— Ah, ya es hora de que empiece a pedirle en serio a mi hermano que te busque un buen marido indio de nuestra aldea. A tu edad todas las mujeres de Mirapur ya están casadas. Mi madre, que en paz descanse, a tu edad ya había dado a luz a tres hijos.
En fin, hoy, en vez de preguntarle por qué dejó su encantadora aldea donde los campos de grano cantaban al viento y las palmeras bailaban en la lluvia, por esta ciudad asquerosa con calles pavimentadas y casas hechas de ladrillo, sólo para limpiar los retretes de la Administración Pública, me voy a quedar callada, quietecita. No voy a repetir el hecho de que nací y crecí en Italia, que en Italia a nadie se le ocurre casar a una hija de 16 años, y que no quiero casarme con un ordeñador de vacas ni con el campeón de los bajacocos de Mirapur. Me voy a casar sólo con Marco, mi guapo novio de ojos de zafiro y pelo de Brad Pitt. No maullaré que no quiero ponerme el vestido indio como mi mamá. (A Marco le gusta la minifalda). Que no me quiero poner el punto en la frente como mi mamá. (Marco dice que tengo la piel aterciopelada como gamuza).
Que no quiero ponerme las dichosas sandalias. (Marco adora los tacones altos). Aunque este año las sandalias estén de moda, no me quedan tan bien como a mis amigas. Este verano hubo tal desfile de túnicas y pantalones indios, bolsas de yute con foto de Bollywood, pañoletas de chifón bordadas con perlitas —parecía que todos querían ser indios. Yo, en cambio, no.
No obstante, hoy no voy a hacer nada que pueda molestar a mis padres porque es un día muy especial. Invité a Marco a cenar (y a Samantha como tapadera). Marco es mi novio desde hace 45 días, tres horas y doce minutos, pero mis padres no lo saben. Tampoco saben que tengo un piercing en el ombligo, que cuando digo que voy a estudiar a casa de Samantha el domingo en la tarde, la verdad es que vamos a la disco, que tiro a la basura la bolsa con el pan indio relleno de verduras rehogadas en aceite y especias que mi mamá me prepara como lunch para llevar a la escuela. Lo que no saben no les puede hacer daño. Lo que saben provoca una furia desmedida en mi padre y puntualmente desencadena su mantra:
—Ah, ya es hora de que empiece a pedirle en serio a mi hermano que te busque un buen marido indio de nuestra aldea. A tu edad todas las mujeres de Mirapur ya están casadas. Mi madre, que en paz descanse, a tu edad ya había dado a luz a tres hijos.
Pero esta noche viene Marco. ¡Dios mío, qué nerviosa estoy por esta cena! Yo nunca he ido a su casa y él nunca ha venido a la mía. Siempre nos vemos en la escuela (él es un año mayor que yo) o en casa de Samantha. Algunas veces me ha tocado que me conteste su madre el teléfono y siempre ha sido amable. «Sí, querida. Te paso a Marco». Tiene la voz de alguien que usa mascadas Trussardi.
Cuando se lo dije, Marco me confesó que si su familia supiera que tiene una novia extracomunitaria se pondrían negros de rabia. Votan por la Lega y piensan que Bossi es demasiado «tolerante». Aproveché la ocasión y le dije que mis padres tampoco brincarían de gusto si supieran que su hija tiene una relación con alguien de aquí y que no votan en absoluto, aunque mi padre tiene la credencial del sindicato de la Confederación General Italiana del Trabajo.
Mi mamá viene a la mesa con dos paquetes (uno para mí y otro para mi papá) de pan indio relleno de verduras difuntas envueltas en papel aluminio que logra taponar el derrame de aceite por unos diez minutos.
—Entonces esta noche hago pakoras de espinaca y también un buen curry de pollo para Samantha y Makku —dice deshaciendo y rehaciendo su larga trenza negra.
Enojada, la miro.
—Ah no, no Makku, Makko —se autocorrige.
Viendo mis ojos convertirse en pozos de petróleo, mi mamá se echa a reír.
—¡Estoy bromeando! Voy a hacer penne al pomodoro, como quedamos.
Mi madre ríe como un arroyo que salta de roca en roca.
Suspiro aliviada.
—Pero a Samantha le gustan tanto mis pakoras de espinaca —agrega. No sé si todavía está bromeando, pero es tarde y tengo que irme a la escuela. Le doy un beso primero a ella y luego a mi padre.
—Por favor, mamá, me prometiste que no harías curry ni otras cosas indias. Y te pido que te esfuerces por hablar un italiano correcto. ¿De qué te sirvió el curso que hiciste en la Universidad Popular? Sabes, Marco jamás ha estado en una casa india.
—¿Jamás ha estado en una casa india?
Mi padre pela los ojos como si fuera la cosa más antinatural y blasfema de este mundo.
—Pobre chico. Precisamente por esto deberías dejar a tu madre hacer su espectacular curry de pollo. Este Marco se volvería loco. Tu madre usa la receta que usaba mi madre, que en paz descanse. Y por si no lo sabes, mi madre hacía el mejor curry de pollo de todo el distrito de Mirapur.
Cruzo los dedos y espero que no haga que mi madre cambie el menú durante mi ausencia. Estoy ya nerviosísima pensando en la reacción que tendrá Marco cuando vea a mi madre vestida de india y la oiga chapurrear en italiano. Me da escalofríos pensar que mi padre pueda comenzar uno de sus monólogos sobre la belleza de los pueblos indios sin alcantarillado ni agua potable y sobre la decadencia de la vida occidental, a pesar de sus bidés y su amplia variedad de papel higiénico perfumado. Hace tres días que no duermo pensando si hice bien o mal invitándolo a cenar. En realidad, fue él quien insistió:
—Ahora que llevamos 45 días juntos quizás sea mejor que yo vaya a tu casa. Si tus padres me conocen a lo mejor no te pondrán tantos peros para salir de noche.
No tuve el valor de decirle que a lo mejor pasaría justo lo contrario, pero le hice prometer que no mencionaría nada de nuestra relación. Lo presentaría como un compañero de clase y como el novio de Samantha.
Las ocho. El calentador está encendido y hace calor, pero tengo las manos heladas. Mamá también está nerviosa. Casi nunca tenemos invitados y nunca antes ha cocinado pasta para italianos. Es una cocinera increíble y sabe hacer bien la pasta, pero viendo cómo ajusta y reajusta la sal de la salsa y los pliegues de su sari naranja entiendo que está tan inquieta como yo. Papá también está inquieto, pero no lo demuestra. Hojea el periódico haciendo mucho ruido, y eso revela que ni lo está leyendo. No es que lo lea de arriba abajo los demás días. Lo compra sólo para ver si hay anuncios de licitaciones para empresas de limpieza. Ahora estoy segura de que no es capaz ni de enfocar las tetas de Megan Gale que ocupan toda una plana. No deja de sobarse la calva y muy probablemente está repasando los discursos eruditos que pretende impartir a la juventud malcriada de Occidente. Está pensando si empezar por contarles su historia de inmigrante con una maleta de cartón en la mano y su posterior ascenso de milusos doméstico a empresario o empezar su monólogo con una arenga sobre la hermosa y sana vida campesina india, libre de vicios y ocio.
Las ocho y cinco. ¡Ya están aquí! Corro a abrir la puerta y tropiezo.
—Eso pasa por ponerte esos zancos en los pies —murmura papá detrás del Corriere della Sera—. En Mirapur todas las mujeres andan descalzas, con tobilleras tintineantes de pura plata. Cuando avanzan con paso ligero y voluptuoso parece que se oye una melodía celestial. Aquí en cambio se ponen tanques de guerra en los pies.
—Por favor, no empieces —digo para mí.
Sam percibe mi expresión tensa y me dice que me relaje. Marco me aprieta la mano para decirme que todo está ok. Aprieta fuertemente su dedo meñique contra el mío, es nuestro beso secreto.
Durante un cuarto de hora todo va bien. La portada del Corriere, mi padre y la meteorología llevan la voz cantante. Por suerte hace muchomás frío de lo normal y se puede hablar un buen rato de corrientes árticas y vientos del este, temas que no saben de color o raza o clase social.
En ese momento cae la primera ficha.
—Dime, Marco, ¿qué hace tu padre? El tuyo trabaja en un banco, ¿verdad, Samantha?
—Mi padre trabaja como albañil, señor Kumar —responde Marco.
—¿¿¿¿Albañil????
Mamá, providencial, entra con un platón humeante de penne al pomodoro.
—Comer rápido. Venir. Venga, Makko, tú sienta aquí. Samantha cerca papa suyo.
Le perdono todo.
Nos servimos y Marco, pensando que hace lo correcto, lleva la conversación hacia las bondades de la pasta y su appeal internacional.
Las alarmas se disparan en mi cabeza, pero, curiosamente, papá no revira. No está acostumbrado a la pasta, y la masticación de este alimento inusual parece requerir de toda su energía física y mental. Después traga el primer bocado de grano duro como un pelícano tragaría una rana saltarina, se aclara la garganta y pregunta:
—¿Y cuánto gana?
Suspiro profundamente para que no me explote la cabeza antes de dejar caer adrede el tenedor al piso.
—Ni siquiera Anandita está acostumbrada a comer estas cosas y con esos tenedores —dice mi padre asintiendo para convencerse a sí mismo—.
A nosotros no nos gustan estas cosas, a nosotros nos gusta el curry. Y comer con las manos. Pero Anandita dijo que a ti no te gusta el curry, Marco.
Trágame, tierra.
Marco se mimetiza con la pasta.
—No, no, sí me gusta el curry, señor Kumar.
—¡Ya ves! —bufa mi padre—. ¿Qué te dije, Anandita?
—No sabía —respondo en un susurro.
—¿Dónde comiste curry, Marco? Apuesto que nunca en tu vida has comido un curry tan rico como el que hace mi mujer.
—Estoy seguro, señor Kumar. Una vez lo comí en una pizza: pizza con hongos, crema y curry.
Mi padre hace un ruido entre arcada y sollozo. Nos volteamos hacia él preocupados.
El pobre de mi novio, sin darse cuenta del rigor mortis que provocó en mi padre, continúa impertérrito:
—Y una vez compramos un sobre de arroz con camarones y curry. Mi mamá lo hizo una noche. Estaba buenísimo. Sólo hay que agregar una cucharada de parmesano y un poquito de mantequilla.
Ahora que mi padre sabe que el padre de Marco es albañil y que come curry en la pizza no hay nada en el mundo que pueda revalorizarlo a sus ojos. Se degradó de repente, justo como su sobre caducado de risotto con camarones.
—Era mejor hacer el curry, ¿no?
Mi padre se voltea hacia Samantha para encontrar algo de solidaridad real. A Sam el curry de mi madre realmente le gusta. A decir verdad, a Sam le gusta todo, siempre y cuando lo encuentre listo. En su casa nunca hay nada listo, y ocho de cada diez veces ni siquiera encuentra a sus padres — pasan más tiempo en el bar que en casa.
Mi padre aplaude como una foca amaestrada.
—¡Mujer! ¡Mujer! —grita exaltado—. Ve si quedó un poco del curry de pollo de ayer. Mejor las sobras de curry que estos tubos de goma.
Dios, ayúdame. No sé si sobreviviré a esta cena.
Mi madre levanta los brazos, se ve desconsoladísima.
—Nada. Curry acabado. Sólo pasta pomodoro.
Mi madre es un ángel. Le haré un monumento. Le voy a traer flores todos los días por el resto de su vida. Me pondré aceite de coco en la cabeza todos los santos días (o por lo menos en la noche).
¿Ubicas la cara de alguien que está escuchando el sorteo de la lotería el día de Reyes? ¿Con ese gran premio gordo multimillonario? ¿La cara de alguien que adivina todos los números hasta esa maldita última bola roja enloquecida? Bueno, esa era la cara de mi padre.
—No es posible, no es posible.
La desilusión se apodera de sus cuerdas vocales.
—Nos invitarán otro día para el curry, señor Kumar —dice Samantha, sonriendo.
—Claro, claro —responde papá—. Tengo que hacer que este jovencito sienta la sublimación de los sentidos. Debo hacerle olvidar los horrores de la pizza con curry o del risotto al curry de sobre. Sabes, mi esposa usa la misma receta que usaba mi madre, que en paz descanse. Hacía el mejor curry de pollo de todo el distrito de Mirapur. Primero molía tres tipos de chile con las otras especias —mostaza, cilantro, cardamomo, semillas de amapola, canela, clavos de olor—, luego los freía con cebolla y ajo y al final agregaba un tomate, leche de coco y el pollo. ¿Ahora quieren que les cuente un poco de la buena vida que se lleva en el campo de India? Nada de contaminación, nada de pobreza ni esas cosas estúpidas que muestran en la televisión con gente enferma y moribunda. Nosotros en Mirapur tenemos sólo vacas gordas y cabras felices y campos de trigo que ríen al sol….
—Anandita, pasa a papá la charola con chile y especias para poner sobre la pasta. Así él se quema la boca y se calla poquito —dice mamá.
Todos nos echamos a reír.
—Mira, mira, Marco —dice papá con expresión bonachona—. Menos mal que tú elegiste una novia italiana y no una india revoltosa como las de esta casa. ¿Ves lo que debo soportar todos los días por un plato de curry de pollo?
Marco sonríe incómodo y Sam me guiña el ojo. Marco me hace señal de que le pase el chile y las especias. Mientras estira la mano para tomar la charola, aprieta fuerte su meñique con el mío. Por suerte papá ha comenzado a contar la historia de su vida y mamá se está acomodando los pliegues de su sari. Mis padres no se dan cuenta de nada.
