Revisita a la fiesta de las balas

Hiram Ruvalcaba

Zapotlán el Grande, Jalisco, 1988. Su libro más reciente es Los inocentes (Era, 2025).

El pasado mes de febrero, un operativo militar en la sierra jalisciense terminó con la vida de uno de los capos más notables del país. La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes trastocó la tranquilidad aparente en que vivía nuestro estado y, para la mayoría de los municipios, detuvo el tiempo por varios días: por las carreteras no había tránsito vehicular y, dentro de las comunidades, la sensación de amenaza inminente —atenazada por los rondines de jóvenes en moto cargando armas de alto calibre— obligó a los habitantes a permanecer en casa, creando una atmósfera opresiva, profundamente literaria, que permanece incluso mientras escribo estas líneas.

No es para menos. Los capos, además de ser personajes reales que ocupan la atención pública, son también habitantes del imaginario, y se han vuelto personajes de canciones y de innumerables anécdotas, reales o ficticias, sobre su vida y sus obras. Por ello su muerte no sólo resuena en las noticias, sino que hace eco en la conciencia literaria de la gente. Este doble carácter existencial caracteriza a todos los personajes históricos, sobre todo a los que obtienen su celebridad por su vocación marcial. De esta forma, para establecer una imagen completa, clara, que abarque con autoridad la biografía de alguno de estos personajes, es necesario no limitarse al terreno de los hechos verificables e internarse, con confianza y rigor, al territorio de las leyendas.

Quiero retomar este doble carácter para hablar sobre un par de cuentos que, me parece, han retratado mejor esa sensación de inminencia de la que he hablado antes y, sobre todo, el rompimiento entre lo ficcional y lo real que suele ocurrir en los eventos de naturaleza histórica. En primer lugar, exploraré «La fiesta de las balas», del chihuahuense Martín Luis Guzmán, publicado en el libro séptimo de la primera parte de El águila y la serpiente (1928). El segundo cuento también es del siglo XX: «El llano en llamas», publicado en el libro homónimo del escritor Juan Rulfo en 1953. Ambos textos exploran el cruel designio de la guerra revolucionaria; ambos, también, buscan develar el rostro de dos personajes históricos, Rodolfo Fierro y Pedro Zamora, quienes forjarían, en el imaginario mexicano, la efigie pura de la crueldad.

A fierro muere

«La fiesta de las balas» es quizás uno de los cuentos más célebres y mejor recordados de la literatura de la Revolución Mexicana. La tensión que Martín Luis Guzmán logra imponer en su relato, así como la creciente malicia con que refleja la presencia de Rodolfo Fierro, lo colocan en las más altas cumbres de la literatura mexicana. En lo personal, siempre me ha llamado la atención que el primer párrafo del cuento sea una reflexión en torno a la verosimilitud o, si se quiere, en torno a la forma de representar fielmente los eventos inefables. Al hablar sobre la División del Norte — temible por su crueldad o heroica por sus logros, dependiendo del historiador que la nombra—, Guzmán se pregunta cuáles son las hazañas que lograban pintarla más a fondo:

Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte; si las que se suponían estrictamente históricas o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia.

Luego de esta reflexión, Guzmán nos introduce en la anécdota: por órdenes del general Villa, Rodolfo Fierro debe ejecutar a un numeroso grupo de prisioneros de guerra, los llamados orozquistas o colorados, antes del anochecer. A la orden, de por sí siniestra, se le suma pronto la ocurrencia de Fierro. En lugar de conducirlos al paredón de fusilamiento —como sería común en la época—, Fierro decide ejecutarlos de una forma mucho menos eficiente, pero con toda certeza más creativa. Su solución es esta: reúne a los prisioneros en un corral y, magnánimo, les da una opción para sobrevivir: deben correr en línea recta a través de la tierra hacia un paredón que se halla al fondo, mientras tratan de esquivar sus disparos.

En el cuento, Guzmán lo expresa así:

Fierro y su asistente eran los únicos que estaban dentro del primero de los tres corrales: Fierro, con una pistola en la mano y el sarape caído a los pies; el asistente, en cuclillas, ordenando sobre su frazada las filas de cartuchos.

El jefe de la escolta entró a caballo por la puerta que comunicaba con el corral contiguo, y dijo:

—Ya tengo listos los primeros diez. ¿Te los suelto?

Fierro respondió:

—Sí, pero antes entéralos bien del asunto: en cuanto asomen por la puerta yo empezaré a dispararles, los que lleguen a la barda y la salten quedan libres. Si alguno no quiere entrar, tú métele bala.

Cuando la orden ha sido dada, los soldados de Fierro sueltan a los prisioneros en grupos de a diez. Uno a uno los hombres corren en dirección a la barda; uno a uno, también, sucumben ante los disparos de un Fierro que, a pesar de su crueldad, exhibe la alegría de un niño que ha inventado un juego nuevo. A partir de este momento, el espíritu de la narración es festivo, y el temible general adquiere un tono —dice Guzmán— cariñoso y cruel, de ironía y de esperanza: «¡Ándenles, hijos: que nomás yo tiro y soy mal tirador!», les grita a los soldados cuando apenas aparecen en su campo visual.

El escritor Jaime Labastida también llama nuestra atención hacia esta cualidad narrativa de Martín Luis Guzmán: «lo que llama la atención del narrador es la imaginación de las balas: hechas para matar, se supondría que deberían dar en el blanco y cumplir con su misión estricta (matar); pero es el caso que las balas se divierten, como si tuvieran vida y ánimo propios: describen trayectorias insólitas, llenas de humor e ironía» dice en su presentación a El águila y la serpiente, aunque en referencia al cuento «En el hospital militar», que forma parte de la misma colección.

El ánimo de fiesta está presente también en la actitud de Fierro, quien hace patente la celebración de un general que ha vencido por completo a su oponente. Dice el narrador: «Fierro se sentía feliz: lo embargaba el placer de la victoria —de la victoria en la cual nunca creía hasta consumarse la completa derrota del enemigo—, y su alegría interior le afloraba en sensaciones físicas que tornaban grato el hostigo del viento y el andar del caballo después de quince horas de no apearse». Su festejo tiene un carácter ritual, el del sacrificio de los animales para glorificar la gesta: los prisioneros son arreados dentro de corrales como si fueran reses, con «voces que los silbos del viento destrozaban, voces como de vaqueros que arrearan ganado», y posteriormente forman parte de la ejecución ritualística: el juego en donde Fierro alza sus dos pistolas, en aquel tiro al blanco siniestro que no termina sino hasta que el último colorado yace en el campo.

La crítica de Guzmán hacia Fierro y lo que representó su figura es feroz, pero la crueldad del general sinaloense no deja de mostrarse con un ánimo sarcástico y festivo. Cuando termina su encomienda, Fierro pide que le tiendan la cama en el mismo corral donde yacen los que ha asesinado. El silencio de los muertos termina por serenar su propio sueño, pero pronto unos quejidos irrumpen en aquella fosa: es un sobreviviente que pide agua. Es entonces, me parece, donde Guzmán nos presenta a su personaje en todo su esplendor: Fierro le da una patada a su asistente —el mismo, sí, que recargaba sus pistolas— y le dice que uno de los muertos pide agua, luego zanja: «¡Que te levantes y vayas a darle un tiro a ese jijo de la tiznada que se está quejando! ¡A ver si me deja dormir!». El cuento acaba cuando el asistente, al encontrar al quejoso, le da un balazo que termina con su agonía.

La fiesta brava en el llano

En la obra de Juan Rulfo encontramos otro texto en donde la violencia aparece disfrazada de un carácter festivo. En su caso, el jalisciense elige a otra figura controversial de la lucha revolucionaria: Pedro Zamora de la Torre, militar revolucionario quien, por cierto, también sirvió para el ejército de Francisco Villa. En el cuento, el Pichón —personaje narrador— nos muestra una realidad brutal y descarnada de la Revolución, alejada de los discursos épicos de la batalla. Rulfo es crítico con el movimiento armado, y describe los ataques a poblaciones, el incendio de haciendas, los enfrentamientos con el ejército federal —al mando de Petronilo Flores— y, en términos generales, la vida errante de los hombres de Zamora, que sobreviven en medio de la violencia.

En el cuento abundan las escenas memorables, pero encuentro que la desolación propia de la obra rulfiana llega a un momento álgido cuando el Pichón nos cuenta sobre las correrías en el Cuastecomate, así como del destino que sufrirían los soldados que tuvieron la mala suerte de quedarse en la hacienda. El narrador nos cuenta que los federales se han ido a Autlán, abandonando a ocho soldados, al caporal y al administrador en el lugar. Con ellos, el grupo de Zamora improvisa una fiesta brava:

Tuvimos que hacer un corralito redondo como esos que se usan para encerrar chivas, para que sirviera de plaza. Y nosotros nos sentamos sobre las trancas para no dejar salir a los toreros, que corrían muy fuerte en cuanto veían el verduguillo con que los quería cornear Pedro Zamora.

Los ocho soldaditos sirvieron para una tarde. Los otros dos para la otra. Y el que costó más trabajo fue aquel caporal flaco y largo como garrocha de otate, que escurría el bulto sólo con ladearse un poquito.

En cambio, el administrador se murió luego luego.

Si bien la violencia narrada es reprobable, me gustaría llamar la atención hacia el tono en que el Pichón nos cuenta la anécdota. En su narración hay humor, un humor cruel que resalta el carácter absurdo de la escena que observamos: para simular mejor la corrida, Zamora les ha provisto a los soldados de una cobija para que lo toreen; siendo el caporal tan alto y flaco, esquiva con facilidad el verduguillo con el que Zamora intenta embestirlo. Tan hábil es el caporal, que Zamora termina por cansarse: «Se veía a las claras lo cansado que ya estaba de andar correteando al caporal, sin poder darle sino unos cuantos pespuntes. Y perdió la paciencia». Posteriormente, Zamora abandona el juego y clava su estilete en el pecho del caporal, hasta que este, viéndose desangrado, abandona el juego y reconoce la inminencia de su propia muerte.

En este punto, el personaje de Pedro Zamora aparece no como el legendario salteador de caminos que asoló la costa sur de Jalisco, o como el bravo soldado a las órdenes del general Villa: al rebajarlo a una situación tan absurda como la corrida de toros, Rulfo lo humaniza, y nos permite identificar en él cualidades que lo vuelven más memorable para la experiencia lectora. Su crueldad no ha disminuido, tampoco se ha visto afectada su memoria en tanto personaje histórico; pero en su carácter de personaje literario muestra una contradicción profundamente humana: la crueldad se filtra por el anhelo pueril de hacer un juego. Un juego de toros, ni más ni menos.

Dice Martha Nussbaum que la violencia del sacrificio animal expresa el temor de una sociedad ante sus propias pulsiones homicidas: «Inmolando un animal en lugar de una victima humana, rodeando además la acción de un ritual que pone de manifiesto tanto la inocencia de los matadores como su respeto por la vida los actores de esta “comedia de la inocencia” (Unschuldskomödie)». Al volver a las víctimas humanas, los rituales de Fierro y Zamora transforman el ritual en una experiencia trágica, que al mismo tiempo que glorifica revela los niveles de crueldad que se alcanzaron en el conflicto revolucionario y que, siguiendo la descripción de Guzmán o de Rulfo, logran pintar más a fondo a la División del Norte: «Algunos prisioneros, poseídos de terror, caían de rodillas al trasponer la puerta; la bala los doblaba. Otros bailaban danza grotesca al abrigo del brocal del pozo hasta que la bala los curaba de su frenesí o los hacía caer, heridos, por la boca del hoyo», dice Martín Luis Guzmán en su cuento, y su descripción hace eco con la expresada por Rulfo en la muerte del caporal:

El caporal pareció no darse cuenta de lo que había pasado, porque todavía anduvo un buen rato sacudiendo la frazada de arriba abajo como si se anduviera espantando las avispas. Sólo cuando vio su sangre dándole vueltas por la cintura dejó de moverse. Se asustó y trató de taparse con sus dedos el agujero que se le había hecho en las costillas, por donde le salía en un solo chorro la cosa aquella colorada que lo hacía ponerse más descolorido. Luego se quedó tirado en medio del corral mirándonos a todos. Y allí se estuvo hasta que lo colgamos, porque de otra manera hubiera tardado mucho en morirse.

En ambos casos —el de Fierro, el de Zamora—, no estamos hablando sólo de violencia sin sentido, o acaso de la monstruosidad de dos personajes cuya crueldad trascendió las barreras del tiempo. Por medio del recurso literario, los autores llevan a cabo una crítica contra el conflicto armado que permite la existencia y proliferación de seres así. Al ritualizar la violencia, al emplear también un lenguaje humorístico y festivo para narrarla, los autores nos muestan cómo la belleza de la lengua escrita nos permite conocer la realidad representada pero, sobre todo, comprender que esta conforma un paisaje más complejo, en donde la violencia y la fiesta se transforman en una sola unidad temática. En este caso, la historia de México.

En esta cualidad se encierra, me parece, el aspecto más literario que tienen los cuentos aquí analizados. Y también, por cierto, una enseñanza acerca de cómo podemos abordar —como lectores, como artistas—, el contexto social mexicano de esta guerra sin cuartel que vivimos en el siglo XXI. Alejarnos de las producciones culturales que exaltan la figura de los capos y, en cambio, poner nuestra atención en la sátira que podría mostrarlos, sin suavizar en ningún punto su carácter, todo el ejercicio de su cruelad.

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