Ciudad de México, 1956. Autor de La música de acá. Crónicas de la Guadalajara que suena (Universidad de Guadalajara, 2018).
Circunstancias fortuitas me llevaron a la colombiana Medellín a participar en la Fiesta del Libro y la Cultura 2025 con el encargo de hablar de la llamada música popular de estas tierras jaliscienses. No fue propiamente una conferencia sino un diálogo con un joven colombiano, melómano y promotor musical: Santiago Arango. La charla nos llevó a revisar a vuelapluma algo así como los 50 últimos años de fenómenos musicales y a reflexionar sobre la compleja actualidad, cuando los discos como soporte han perdido su vigencia lo mismo que las estaciones radiofónicas que antes determinaban gustos y tendencias. Hoy los artistas tienen que competir con un entorno desigual con acceso a músicas de todo el mundo; el ecosistema se ha ampliado hasta el delirio y cada vez es más complicado destacar. Las dudas, inevitables, aparecen: ¿Son democráticas las nuevas formas de consumo musical? ¿Sigue existiendo la payola (el pago para que ciertas canciones o artistas destaquen y sean incluidos en listas de éxitos)? ¿Los likes son mecanismos naturales o artificiales? ¿Cómo se sobrevive a la dictadura de los algoritmos en las plataformas musicales? Sin respuesta aún a esas interrogantes, transcribo las notas que llevé al encuentro en Medellín.
«De Cocula es el Mariachi, de Tecalitlán los sones», dice el conocido son de Manuel Esperón y Ernesto Cortázar. Una frase cuya veracidad los investigadores han puesto en duda. «¿De dónde son los cantantes?», preguntaba el son cubano… Aquí podríamos parafrasear «¿De dónde son los mariachis?» La verdad no sabemos si de Cocula o de otro pueblo o de varios al mismo tiempo. Sin embargo, concedamos: más allá del sitio exacto, Jalisco es cuna de la forma musical más representativa de México. Pero maticemos: este estado del occidente mexicano ha sido más que mariachi. Parecería una necedad repetirlo, pero en el terreno de la llamada música popular hay rock, blues, rap, jazz, cumbia y fusiones diversas desde hace muchos años. Hay ejemplos ilustrativos.
Propongo remontarnos al final de la década de los 60 del siglo XX. El contagio del rock llegó a Guadalajara y muchos jóvenes emprendieron sus particulares propuestas roqueras, cantadas en inglés, eso sí. Y se escucharon en todo el país grupos cuyos nombres suenan hasta el día de hoy: Spiders, La Revolución de Emiliano Zapata, Fachada de Piedra, 39.4, La Quinta Visión, Toncho Pilatos, La Solemnidad. Aquellos fueron tiempos de efervescencia musical representada por jóvenes.
Poco después, en los años 80, surgieron más grupos y propuestas que sonaron con insistencia, desde uno tan popular como Maná —el grupo de Guadalajara con más repercusión internacional— hasta otros menos comerciales pero de impacto estatal y nacional: Cuca, Azul Violeta, Rostros Ocultos, El Personal, Gerardo Enciso. En otros géneros también es justo mencionar a compositores como Pancho Madrigal, Eduardo Flores, Alberto Escobar y a grupos como Tierra Mojada o Escalón, abrevadores todos de formas folclóricas actualizadas.
En los 90 y principios del nuevo siglo surgieron otros, varios con vida efímera: Fósforo Club, La Dosis, La Estaca Brown, Garigoles, Óscar Fuentes, Pito Pérez Y Plástico, por citar algunos.
En el campo de la música electrónica el inicio del siglo XXI fue marcado por los sonidos del proyecto Nopal Beat y un género al que bautizaron como acid cabaret que incluyó a artistas como Galápago, Susie 4, Sweet Electra; también hubo otros proyectos híbridos exitosos como Belanova, Porter y Telefunka.
El recuento sería incompleto si no se añadiera a personajes del jazz, de la llamada world music y diversas fusiones: el pianista Carlos de la Torre, los bateristas Memo Olivera y Javier Soto, los guitarristas Willow Brizio y Tom Kesler, la saxofonista Nathalie Braux, el grupo Radaid, la cantante y compositora Jaramar, el grupo Troker; pianistas como Omar Ramírez, Christian Jiménez, Willy Zavala y muchos más.
Subrayo, pues, que los intereses musicales de Guadalajara han estado marcados a lo largo de los años por la diversidad.
Se impone otra reflexión crítica: casi todo ocurre aquí, en la capital, Guadalajara. Se reproduce un vicio común a todo el país (y supongo que a toda Latinoamérica): el centralismo, un fenómeno que trasciende lo artístico y se vuelve un problema estructural, económico, social. Son muy escasos los proyectos conocidos que surgen en el interior del estado. Y los artistas que quieren trascender casi por fuerza deben trasladarse a Guadalajara para encontrar una proyección mayor. Del mismo modo, muchos artistas del país se ven forzados a emigrar a la Ciudad de México para encontrar vías de difusión, promoción e impacto.
En Guadalajara también ocurren otros acontecimientos culturales: la Feria Internacional del Libro, el Festival Internacional de Cine, la Feria Internacional de la Música; en paralelo han surgido también foros privados. Pero paradójicamente, en los años recientes varios festivales musicales han dejado de realizarse en la ciudad, pues la empresa que acapara la organización de estos, OCESA, ha considerado riesgosos esos emprendimientos. ¿Se contradice, entonces, la supuesta efervescencia artística de la ciudad y la respuesta del público? Es un fenómeno con muchas aristas que van desde el poder adquisitivo de la gente, el surgimiento de formas musicales muy exitosas como la música de banda, el corrido tumbado, el reggaetón, la música grupera, que han desplazado los intereses de los nuevos públicos hacia otros sectores; o la popularidad de las plataformas que han modificado los hábitos de consumo musical de la gente. También hay que decir que en los muchos foros que existen actualmente, la escena local no está suficientemente representada.
¿Qué suena hoy en Jalisco y más específicamente en Guadalajara? Si revisamos las plataformas de música —Spotify, Apple Music y demás— encontramos que lo que suena son los géneros «regionales» agrupados en el llamado corrido tumbado y sus variantes, lo mismo que la música de banda y la onda grupera. Es abrumadora la presencia de artistas comerciales como Peso Pluma, Natanael Cano, Carín León, el grupo Fuerza Regida, Luis Conríquez y otros más. Sé bien que esos son los géneros en boga y que otras formas musicales —rock, pop, balada romántica— han visto disminuida notablemente su popularidad e impacto, pero no son ellos, con su fuerza promocional descomunal, quienes me interesan.
Tampoco desdeño a artistas surgidos en Guadalajara que han tenido un impacto comercial importante al margen de los géneros citados: Maná o Belanova, solistas como Siddartha, Caloncho o Sabino que han ido consolidando paulatinamente audiencias muy grandes capaces de llenar auditorios de importancia. Sin embargo, es en las escenas alternativas donde percibo mayor exploración y búsqueda estética que pudieran encontrar poco a poco sus nichos de audiencia.
Afirmo aún con ciertas dudas, que la música de Guadalajara —y Jalisco— vive una especie de transición. Hice una lista de reproducción donde exploro música reciente de muy diversos géneros: https://tinyurl.com/5x2vwn6p
Destaco la presencia de artistas de la escena under que aún sin tener un gran impacto comercial ni demasiada visibilidad han tenido una constancia de años. Veteranos como Carlos Avilez, Jaramar o Sara Valenzuela; generaciones intermedias como Troker,
Yolihuani o Porter, y propuestas más recientes como Fosa Común, Ray Coyote, Hela San, Virrey o Laboratorios Moreno.
Es un panorama no exhaustivo pero sí representativo de algunas tendencias que en este momento se desarrollan en la ciudad y que me parecen interesantes. A ciencia cierta no sé cuál de esos proyectos trascenderá y en qué medida lo hará, pero todos ellos representan una cara de la música de Guadalajara y de Jalisco a la que vale la pena mirar y atender. Una cara que confirma lo escrito: somos más que mariachis.