Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966. Su libro más reciente es Vals para lobos y pastor (Era, 2024).
Si la literatura puede cumplir una función, no dudo ponerla en práctica en el desmantelamiento de los lugares comunes y de los estereotipos nacionales. Una disección longitudinal, de arriba hacia abajo, como partir un pastel. Un reconocimiento de todas sus capas como pelar una cebolla. No se trata de desmentir esos tópicos sino de ahondar en sus complejidades, en sus metáforas, en sus tabús o en sus atavismos. ¿Para el lector mexicano Puerto Rico es, todavía, una ínsula extraña? Sí y no respondería con flagrante ambigüedad. Supongo que la lectura de la poesía de Julia de Burgos y Luis Palés Matos o de las novelas de Luis Rafael Sánchez y Rosario Ferré nos adentran con seducción y gracia, pero también nos abisman con arte e ingenio concediéndonos una visión más vasta de Puerto Rico, menos unívoca y monolítica que las que nos proporcionaría el tríptico de una agencia de viajes o la información de un link del ministerio de turismo.
En mi experiencia de sibarita, la lectura de Crucero Caribe. Cuentos selectos de Ana Lydia Vega (Saturce, 1946) ha cumplido con creces esa exploración intramuros hacia el centro de Puerto Rico y lo puertorriqueño —la ontología de su ser nacional diría Heidegger— no como un documento sociológico o etnográfico sino a manera de un plan de ruta eminentemente sensorial en torno de un imaginario, una educación sentimental como erótica y, por qué no, una muy particular gramática para narrar las pasiones más terrenales, el amar y el comer, el soñar y el rebelarse. Decía Samuel Ramos que «la cultura mexicana es la cultura universal hecha nuestra». Esa frase contundente se aplica, por supuesto, al pueblo boricua, con los matices de su devenir histórico y las encrucijadas de su presente, asuntos espinosos que pasan por el cedazo de la imaginación barroca y mordaz, pantagruélica y chaplinesca a ratos, coloquial a varias bandas de Ana Lydia Vega, toda una maestra del cuento, género que ejerce en sus diversos modelos y extensiones con soltura y atrevimiento. Encantadora de serpientes escépticas y de lectores in fabula, sabe conducirnos con dudas, extrañamientos, camaradería y curiosidad al lugar de la revelación o de lo ignominioso.
Cruceros Caribe incluye varias piezas que no pueden faltar en antologías del cuento escrito en español. Por algo su autora obtuvo el Premio Casa de las Américas (1982) y el Premio Juan Rulfo de Radio France Internacionale (1984) en sus mejores épocas, un periodo en el que el cuento hispanoamericano replanteaba revisiones y actualizaciones de su tradición. En este momento axial, comienzos de los 80, un relato como «Pasión de historia» echa mano de varios registros de oralidad, el de la calle y el íntimo, el afuera de la vida de la protagonista y el adentro de su diario para contar una historia de contraste cultural, —2 puertorriqueñas en los Pirineos franceses—, es decir, una playa bruñida de sol y concupiscencia enclavada entre «13 montañas nevadas donde sólo se ve el ojo de un mirlo». Observar en el extraño nuestras debilidades y vicios, nuestros atajos emocionales y querencias insustituibles. Pero también, la trama de este relato pondrá el dedo en la llaga en la violencia contra la mujer, el control de sus actos, la hostilidad de su entorno y el acoso que terminará en su crimen. Con este cuento poliédrico, en su forma narrativa y en sus aristas de contenido, se abre esta muy recomendable antología, estructurada en 6 bloques a partir de afinidades temáticas y de extensión, con piezas compiladas de sus 6 colecciones cuentísticas publicadas a la fecha.
Para Ana Lydia Vega la forma de contar es un reto tentador y un riesgo irrenunciable. Elegir el formato y la retórica de un informe de una aseguradora («Ajustes S.A.») o el de la ceremoniosa perorata al final de un curso («Discurso de graduación») da pie para romper todos los esquemas de la solemnidad, un territorio donde la narradora se mueve con desenvoltura de cabra en cristalería, derribando con solvencia los sagrados valores de la patria, la familia y el trabajo. Por otra parte, la exultante sexualidad del macho boricua es llamada a escena en varios momentos del libro (por ejemplo, en «Letras para salsa y tres soneos por encargo») vía la parodia en distintas graduaciones de mordacidad, ora cruel y sardónica, ora tierna y condescendiente.
Afirma Manolo Núñez Negrón, en sus cuartillas de presentación, que los dones narrativos de Ana Lydia Vega son: «la conquista de la naturalidad en la expresión, la economía de la forma, la unidad del efecto, la genuina afinidad con el habla popular y sus múltiples matices». Por supuesto suscribo ese inventario de virtudes. Agregaría también su mérito en la creación de personajes, verosímiles, tridimensionales, con su yo y su circunstancia puestos en circulación en el devenir de la trama. Cuerpos, consciencias y almas en momentos críticos que reconozco, por ejemplo, en los tres pobres diablos de «Encancaranublados», isleños embarcados en el huracanado Caribe ilusionados por alcanzar el sueño americano así como en el cándido poeta de provincia, Jeremías Gómez de D’Avila o en la memoriosa Lilianne que reconstruye un paseo dominical que se convertiría en una efeméride sangrienta en la historia moderna de la isla.
En el apartado «Escala micro» corroboramos el arte de pintar un paisaje humano en un grano de arroz. La escena iluminada por un relámpago. Dibujar sin despejar el pincel de la superficie del lienzo. Historias de una cuartilla donde se muestra un principio, para luego, tras unos pasos, dar con un precipicio. Posiblemente el microrrelato «La última palabra» es una poética, en tono de farsa, de la brevedad como de la goma de borrar o de la tecla de suprimir. Este formato jíbaro del cuento pareciera ser una práctica contra natura de Ana Lydia Vega, un ir en sentido contrario de su arborescencia verbal, el mar siempre recomenzando en su historiar incontinente. Como tocar el piano sólo con el dedo meñique. Asumido ese reto, confirmo que la experiencia de la contención expresiva otorga a la narradora libertades insospechadas y propiciatorias. Las 9 piezas recogidas en el volumen corroboran el éxito de las faenas de decir mucho con poco. En «La invitada» y «Autobiografía de la intrusa» se alcanza esa exquisitez de la literatura francesa que inauguró Charles Baudelaire con sus Pequeños poemas en prosa; en ese nivel de exigencia artística, las palabras sugieren algo más por su música y por su cromatismo.
El lector mexicano no puede quedarse en tierra viendo partir este Crucero Caribe. De subir la escalerilla de la embarcación, lo aguarda una colección de cuentos de vibrante vitalidad, marcadas por el humor y la algarabía verbal donde los sentidos fundan, provisionalmente, un paraíso, transformado en abrir y cerrar de ojos, en pesadilla y ruina por obra de un desliz de soberbia o indolencia, un desliz a fin de cuentas, demasiado, demasiado humano.
Ana Lydia Vega
Crucero Caribe. Cuentos selectos
Universidad Autónoma Metropolitana
Col. Molinos de Viento 189
2025