Teocaltiche, Jalisco, 1959. Es autor de, entre otros libros de poesía, Aquí no hay un bosque (Universidad de Guadalajara / Quimera, 2013).
A partir de lo que el propio autor describió como un acercamiento a los planteamientos de la exposición Asimétrica. Afinidades y discrepancias, curada por Carlos Ashida en el Instituto Cultural Cabañas en 2005-2006, Javier Ramírez, en su libro Xenofobia en el arte jalisciense. Los casos de Mathias Goeritz y Tomás Coffeen, escribe un relato profundo y necesario sobre uno de los periodos más dinámicos y controvertidos de la historia del arte en Guadalajara. A través de la investigación minuciosa de fuentes primarias y secundarias, el autor reconstruye de manera vívida el enfrentamiento estético e ideológico que marcó la producción artística jalisciense a mediados del siglo XX, centrándose en cuatro figuras clave: Mathias Goeritz y Tomás Coffeen, artistas extranjeros ambos que, a su modo, emigraron a nuestro país a causa de conflictos bélicos de la época, y los locales Guillermo Chávez Vega y Gabriel Flores, representantes de la tradición figurativa y nacionalista heredera de la Escuela Mexicana de Pintura, miembros del Frente Artístico Neorrealista de Jalisco.
En este relato, las palabras clave son, precisamente, afinidad y discrepancia —más esta última para el caso que nos ocupa—, porque se trata de categorías que encarnan, dialécticamente, el motor que anima la dinámica cuyo fruto preciado es la búsqueda de legitimidad de las visiones, espacios, concepciones estéticas, ideologías y mercados en pugna en ese terreno vago y escurridizo al que solemos llamar modernidad. Ashida propuso que «de la permanente tensión que se da entre estas 2 posiciones proviene una buena parte de la energía que anima la producción artística en Jalisco». En este contexto, lo que para Ashida constituyó la tesis de su guion curatorial, para Ramírez se convirtió en la hipótesis toral de su trabajo crítico. Ambos autores aspiraron a establecer «las coordenadas dentro de las cuales se ha modelado la vida artística tapatía», lo que no es un logro menor, considerando la escasez de acercamientos de este tipo en nuestro medio debido a la distancia que las instituciones de investigación parecen haber interpuesto entre sus programas lectivos y las manifestaciones orgánicas de la vida artística.
Javier Ramírez sitúa este conflicto estético e ideológico en el marco de una ciudad en plena transformación urbana y social, impulsada por políticas modernizadoras que alteraron su fisonomía «provinciana» y su ambiente cultural, o que al menos, pretendían hacerlo. El libro se estructura en 4 capítulos que abordan el contexto sociocultural de Guadalajara, las nociones de modernidad, vanguardia y nacionalismo, el análisis de los conflictos entre los artistas elegidos y, finalmente, el estudio de sus obras. Este enfoque permite comprender no sólo las disputas estéticas, sino también sus raíces sociales, formativas e ideológicas. En este sentido, cumple ampliamente con su cometido de ofrecer un panorama rico de la trama en que diferencias y antagonismos dieron forma a una escena artística como la nuestra, proverbialmente pródiga en talento.
Surgido de un ámbito académico (es fundamentalmente su tesis de grado de la Maestría en Historia de México) este libro se sostiene en diversas categorías sociológicas que permiten al autor articular su discurso de manera coherente y fluida. Sin embargo, tengo para mí que sus aspectos más interesantes aparecen precisamente cuando este poeta y ensayista se aleja de la argumentación académica, e incluso cuando, de algún modo, la contradice. Hay varios ejemplos. Uno de ellos se revela en que esta compleja trama tiene diversos niveles y capas que no son exclusivos de nuestra geografía particular. El autor nos muestra que los conflictos se producen, también, aunque con otros matices, entre el centro y la periferia, como una especie de choque cultural con base ideológica y derivas xenófobas o francamente represoras; o en relación con otros temas articuladores, como la percepción de la raza, el origen, la orientación sexual y la clase social. Ramírez retrata también las contradicciones ideológicas y estéticas de los sujetos y grupos en pugna que derivan, a veces, en graciosas anécdotas, o en signos culturales que, a la postre, retratan en conjunto una época. Es el caso de la arquitectura, cuando el vanguardista José Guadalupe Zuno se aventura a revivir la estética colonial a la hora de construir la casa familiar en la calle que hoy lleva su nombre, sin mayores consecuencias epigonales, mientras algunos «ingenieros conservadores y elitistas» emprendieron la tarea de crear la modernista Escuela Tapatía de Arquitectura o de fundar la vanguardista para ese entonces, Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, proyectos de raigambre funcionalista que a la postre produjeron cierta imagen de modernidad que aún permanece en nuestra retina. La lección de este libreto es que la nostalgia ideológica no siempre se reproduce en el tiempo como tendencia estética. Otro ejemplo es la ironía que impregna el frontal ataque al arte abstracto por parte de los pintores neorrealistas, el cual no se corresponde coherentemente con su ideario político, ya que está plagado de abstracciones encarnadas en imágenes alegóricas que se vuelven lugares comunes pretendidamente pedagógicos fincados en una visión que confunde identidad nacionalista con autarquía. En efecto, los neorrealistas estuvieron lejos del espíritu cosmopolita que animó el discurso nacionalista revolucionario de sus predecesores, en figuras como Dr. Atl, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera (Orozco, como siempre, se cuece aparte). Tampoco entendieron que, al lado de los cuadros teñidos de folclor de Rivera, en el mismo taller en que se admiraba el espíritu nacional y se discutía sobre su programa, se cocinaba lentamente la propuesta insólita de Frida Kahlo que reconstruía lo mexicano, no desde la grandilocuencia discursiva sino desde la agonía subjetiva del dolor y la alteridad. Un ejemplo más se manifiesta en el paso del tiempo como nivelador del canon artístico, que se desdibujó en los espacios oficiales y oficiosos públicos y privados conquistados por los neorrealistas en los estertores de la Escuela Mexicana de Pintura, y que reaparece renovado en las obras urbanísticas, performáticas, educativas y experimentales, sobre todo de Goeritz, que hoy forman parte de la normalidad de las prácticas artísticas de las nuevas generaciones, la cuales, tal vez no han descubierto aún estas conflictivas raíces. El último ejemplo que mencionaré es un punto en el que Javier Ramírez se aleja más de las disquisiciones académicas que le exige el discurso histórico, pero que, en contraparte, le permite acercarse a sus sujetos de estudio de manera más íntima y original. Como lo muestra el autor, en el caso de Goeritz y Coffeen se puede advertir una afinidad con la tradición pictórica, casualmente una que los condujo por caminos espirituales y religiosos. Quizá el problema no fue que estos artistas fueran ajenos a la tradición, sino que estaban alejados del tipo de tradición, tanto ideológica como estética, heredada en segunda o tercera generación, que defendían los nacionalistas y cuyo caballo de batalla era la defensa a ultranza de la figura humana. En contraparte, Chávez Vega y Flores coquetearon tímidamente con la abstracción y, aunque alguna vez reconocieron el agotamiento de sus formas, nunca abjuraron de su estilo. En este contexto, cabe la posibilidad de que el último capítulo del libro, en donde el autor analiza temáticamente la obra de estos 4 artistas, puede ser observado como el guion curatorial de una exposición improbable, en la que, tras los acordes estridentes que modularon los conflictos de estos 4 personajes, a la distancia podamos percibir algunos puntos de encuentro si centramos nuestra atención en la forma y en el fondo artísticos, olvidándonos un poco del contexto, pero sin omitirlo.
En una época como la nuestra en la que el debate estético parece haber rendido sus armas en los altares ideológicos, comerciales y publicitarios, el mayor riesgo de la crítica y la polémica artística no es que existan, sino que sean reguladas por la corrección política que tiene muchos voceros, pero un solo padre, el cual, por cierto, como en 1984, no da la cara. En ese sentido, la lectura de Xenofobia en el arte jalisciense. Los casos de Mathias Goeritz y Tomás Coffeen nos permite regresar al pasado próximo, para escuchar cómo esa voz única, antes, como hoy, tiende a privilegiar las razones políticas por sobre la lógica estética, o mejor aún, para admitir que en las visiones artísticas no hay estética sin ética, categorías en constante interrelación que no pueden ni abstraerse ni asimilarse al poder. El libro de Javier Ramírez nos permite observar que algunos ecos reprimidos en otras épocas pueden tener, con el paso del tiempo, una mayor energía disruptiva y esclarecedora.
Javier Ramírez
Xenofobia en el arte jalisciense. Los casos de Mathias Goeritz y Tomás Coffeen Panicvm/Ediciones Coyote 2025