Ciudad de México, 1990. Su libro más reciente es glásnost (Juan Malasuerte, 2023).
Recientemente concluí mi tardía lectura de Los Escorpiones, segunda novela de Sara Barquinero y una de las más comentadas dentro de la hispanósfera en 2024. Es fácil mostrarse escéptico frente a un producto como Los Escorpiones, sobre todo si, como parece ser la norma entre los comentaristas literarios de periódicos y revistas, eres misógino. Yo prefiero basar mi entusiasmo precisamente en 2 aspectos que se han usado contra la novela: la edad de la autora y la extensión de la obra. Y es que me parece completamente sano (para el porvenir de la literatura, quiero decir) que una autora de menos de 30 años haya conseguido una novela como esta, larga y ambiciosa, pero lograda.
Con 800 páginas, Los Escorpiones es, más que una épica, una versión impresa que detalla partes de la investigación de lo que en el lenguaje de internet se conoce como un rabbit hole: una serie de informaciones de procedencias y registros diversos que se han reunido alrededor de un misterio fundamental. Barquinero aborda algunas de las obsesiones paraliterarias de su generación (videojuegos, drogas, creepypastas, teorías de la conspiración) para entregarnos una novela que comulga con la narrativa de Mónica Ojeda, pero que más bien forma parte de un continuo que se hizo visible dentro de la literatura española a partir de la publicación de la antología Mutantes en 2007. En los relatos de esta antología, se muestra una tendencia hacia un intento de asimilación de la narrativa posmoderna estadounidense, y a lo largo de esa década se vería en distintas obras (el Proyecto Nocilla, las novelas y las traducciones de Javier Calvo, los textos de Robert Juan-Cantavella) una preocupación por asimilar muchos de los avances que proponían narradores como William H. Gass, Don DeLillo, David Foster Wallace, Vladimir Nabokov, Thomas Pynchon, John Hawkes, Rick Moody, Gilbert Sorrentino, Rikki Ducornet, etc.
La narrativa de Barquinero parte de las búsquedas de la generación de Mutantes y propone una actualización del mestizaje literario que estos autores intentaron, en la que se mezclan técnicas lovecraftianas con personajes de Don DeLillo y una obsesión con la historia secreta heredada de Pynchon. El maximalismo de Barquinero es a partes iguales David Foster Wallace, Elena Ferrante (autora de mi agrado, no piensen mal, pero evidentemente impuesta al mercado global debido a su alto impacto en el lectorado del centro del imperio) y Nabokov (al igual que La dádiva, Los Escorpiones se toma el lujo de albergar un libro completo dentro de sus páginas); en ella podemos encontrar diversas modalidades textuales: narración en primera persona, comentarios en blogs y foros, diarios novelados, artículos académicos ficticios, testimonios subidos a la web. Este amplio rango de recursos se corresponde con un rango igualmente amplio de temas: Pokémon, retrogaming, creepypastas, teorías de la conspiración, la Italia fascista, arte conceptual, foros en la web sobre suicidios y drogas, la cuarentena global de 2020, las drogas auditivas, sonidos prohibidos. El escenario es internacional pero, más que de una novela posnacional (2666, No Country for Old Men, las novelas de Ian Flemming, la narrativa de Salman Rushdie o La máscara de Dimitrios de Eric Ambler), la preeminencia de las conexiones mediante internet que impulsan su trama hacen de ella un buen ejemplo de novela posgeográfica (cualquier novela de William Gibson, la narrativa de Cory Doctorow o, esto va a sorprender a muchas personas, Grandes esperanzas —aprovecho este espacio para capitalizar el posible interés que esta declaración controversial pueda generar, anunciando que estoy dispuesto a dar explicaciones si se me ofrece un modesto espacio en algún medio).
La trama de Los Escorpiones es, a grandes rasgos, el intento de 2 personas (ayudadas por personajes incidentales que se suman a sus esfuerzos) de descubrir qué hay detrás de diversas desapariciones y muertes y su inminente enfrentamiento con los conspiradores que han orquestado estos crímenes a lo largo de varias generaciones. Como en La subasta del lote 49, existe la posibilidad de que la conspiración sólo exista en la mente de algunas personas que interpretaron una serie de informaciones de manera demasiado paranoica. Hay quien la ha llamado novela de campus. Creo contar con las credenciales suficientes para desautorizar dicha apreciación, a pesar de que algunas de sus escenas ocurren en entornos universitarios. Existe un par de novelas igualmente buenas pero mucho menos ambiciosas que Los Escorpiones que creo que interesarán a cualquier persona que salga de la lectura de este libro con ganas de continuar con la experiencia: Limbo de Agustín Fernández Mallo e Historia de España contada a las niñas de María Bastarós.